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FESTIVAL DEL CINE POBRE 2014: ENTRE PESCADO, CARNAVALES Y ALGO DE CINE


Escrito por Erian Peña Pupo. Foto del autor  
  















A Miguel, Camilo y Ernesto, en Gibara

Gibara comúnmente huele a mar intenso, a salitre que se pega en el cuerpo y en la respiración. Arribamos (dos amigos y yo), como en ediciones anteriores, ya empezada la mañana, para no perdernos el suceso cultural del que tanto se venía hablando. El viaje no fue cómodo en un viejo ómnibus Girón, pero llegamos rápido a la villa. Se habla muy poco o no se habla en estos pequeños ómnibus intermunicipales; y yo empezando a leer una novela de Carpentier, inapropiada para estos viajes. Ya lo había advertido el chofer al llevar escasos pasajeros: Gibara está tan pobre como el cine. Aquello fue más que un presagio. Creímos que la villa perdería, por causa del Festival, su encanto natural de ciudad dormida en el tiempo. Pero, sin duda, no fue así. Gibara es, con Festival o sin él, la misma: uno de los lugares más bellos y tranquilos de esta Isla de múltiples aguas.

Fuimos recibidos por las mismas curvas de la entrada, el mar tragándose la carretera, y los pescadores asaltando la bahía con sus botes y redes. Todos, en esos días, queríamos probar los productos del mar. Los pescadores seguían, con el deseo de capturar algo a lo El viejo y el mar, metidos hasta el pecho en el agua, quemándose su cuerpo ya curtido de mar y Sol. En Gibara los pescadores no temen al naufragio, o esperan que alguien los salve, por fin, del naufragio diario.
Ni el Malecón había cambiado mucho. Continuaba tranquilo, perfecto para confesiones románticas y hasta parecía más deteriorado que nunca, aún con las huellas del ciclón que se casi se lleva la Villa Blanca…o azul, por el mar; o roja por los techos de sus casas... Cerca de la entrada noté que faltaba la escultura de los dos viejos pelícanos. Hace algo más de once años, esta villa fascinó a Humberto Solás, para realizar igual cantidad de ediciones del Festival Internacional del Cine Pobre de Gibara.

En el parque principal, alrededor de la iglesia colonial de San Idelfonso y entre árboles de fruta del pan, existía algún movimiento. La gente comenzaba a aparecer, mientras se estacionaban los vendedores de suvenires y objetos ornamentales. Cerca, la luz de una Estatua de La Libertad, versión reducida del símbolo de New York. La ciudad que en su momento fue orgullo de la burguesía nacional, parece ahora una feria de artesanías. O peor, un carnaval de municipio mal organizado, donde el cine fue un pretexto.

En el cine Jiba, donde antes todo confluía, hubo proyecciones de largos y cortometrajes de ficción. Aunque realmente esta vez se extrañó un poco el cine en el Festival… Además, vi muy pocos gibareños, casi ninguno. En algunas paredes, el cuerpo, la esbelta y bella espalda de Luisa María Jiménez comienza a metamorfosearse en sirena. ¿En qué otra cosa podía hacerlo bajo el influjo de las aguas de Gibara? Esta es la imagen que identifica la oncena edición de esta cita del Cine Pobre.

El cartel promocional es parte de uno de los atractivos que más personas acercaba al cine Jiba: la exposición de fotografías (algunos desnudos realmente bellos entre ellas) de la actriz Luisa María Jiménez, tomadas por el español Pedro Coll, titulada precisamente así: La actriz. Es laLuisa María (Magaly) de Barrio Cuba (2005), uno de los filmes de Humberto Solás. Son fotos sencillas, en blanco y negro la gran mayoría. Luisa María luce sobria y elegante, aunque esta sencilla y amable mujer parezca enferma cuando se conoce y se comparte con ella, seductora en su madurez. Como si vivir fuera otra actuación cotidiana y necesaria.

El plato fuerte del Festival fueron (o debieron ser) las obras en concurso: 16 cortometrajes y un largo de ficción, mayormente de realizadores jóvenes con una obra conocida dentro del panorama audiovisual cubano. Este es un punto a destacar: son muchos los jóvenes realizadores que ven en el Festival de Gibara un espacio para promocionarse, darse a conocer y competir con sus obras; además del debate y el diálogo fructífero.

Entre los cortos en competencia recuerdo los cubanos Bigger, faster, better, more! (Alcides Pereda Ochoa), Obsessio (Frank Luis Velázquez), La isla en peso (Erick Sacramento y Yoelvis Chío), Nani y Tati(Adolfo Mena) y Desatada (Adolfo Izquierdo). Como jurados en la categoría ficción-videoarte: el Premio Nacional de Literatura Reynaldo González (con una camisa de coloridas flores), la directora de cine y actriz francesa Juliette Touin, el director Luis Ernesto Doñas, la directora de arte Vivian del Valle, y director y actor Jorge Molina, a quien se le dedicó una homenaje en el Festival.

Entre los documentales, los cubanos La revolución es un automóvil antiguo, cada vez más nuevo, que avanza siempre (Armando Capó, coproducción con España), El otro mar (Rodolfo Ramírez y Juan Pablo Aguilera), Molotov (Irán Hernández Castillo), Persona (Eliécer Jiménez, en coproducción con Panamá),Abecé (Diana Montero) y obras de países como Australia, Brasil, Bosnia Herzegovina, Venezuela y Colombia. El jurado de documentales (de corta y larga duración) estuvo integrado por el escritor y ensayista holguinero Eugenio Marrón, la directora de fotografía Daniela Sagone (Guatemala), el productor y director Freddie Marrero (Puerto Rico) y el escritor y crítico de artes Frank Padrón.

Se realizó en esos días una muestra homenaje de la obra de Molina, más colorado y quemado por el sol gibareño de lo normal; entre ellos su inicial Molina´s culpa (1992), Fría Jennie (2000), Molina´s MOFO(2008), Molina´s Ferozz (2010) y Jíbaros (2012).

Era fácil ver a Lester Hamlet, director hace dos ediciones del encuentro, de un lugar a otro, dirigiendo los diferentes espacios. Viste muy fresco, veraniego; a veces esto le molesta a los gibareños. Se le notaba nervioso: tiene en sus hombros la responsabilidad de mantener el Festival de Gibara después de la muerte de Humberto Solás; y Humberto, dicen los gibareños, era el cuerpo y el alma del Festival.

De las exposiciones no debería hablar, pero también fueron parte del Festival, aunque cada vez que entraba a una de ellas, de no ser por los amigos, parecía estar solo. Entre las exposiciones:Aprovéchame, de la orfebre Mayelín Guevara, donde utiliza materiales desechables en la confección de joyas y obras de arte bastante sencillas, y algo pobre, tanto en la calidad como en la cantidad de piezas expuestas; y la amplia Pan-cromático, del fotógrafo José Julián Martí y el artista de la Plástica Lisandro Ávila (mejor en su parte fotográfica que en las reproducciones en los cuadros, pues las pinturas, más bien dibujos, se apoyan en las fotografías), donde los alimentos en Gibara, los ingredientes, las maneras de prepararlos y servirlos muestran las sugerencias de las formas, en contrastes de blanco y negro, en variados e interesantes planos.

Banquete sensual, de la cubana Anaisis González, una muestra de orfebrería con la técnica del burilado y el repujado sobre metales, poco tuvo que decir; y entre las exposiciones mejores está El trovador, de Iván Soca, un homenaje al músico imprescindible que es Santiago Feliú. Pero si la de Soca es atractiva, aún más lo son las fotografías del propio Feliú, recogidas bajo el título De la reencarnación y otras fotografías del amor. Obsesiones, miradas al y desde el arte de un trovador genuino y grande. Excepto estas últimas, y la de fotos de Luisa María, poco se hizo en el Festival por acercar, como en otras ocasiones, las buenas artes plásticas a la cita. Recordemos que en ediciones anteriores se presentó de lo mejor de la Plástica Cubana de las últimas décadas.

Con suerte, el visitante pudo encontrarse en las calles con Luisa María o algún otro actor conocido. Pero los gibareños están acostumbrados a eso, a diferencia de los visitantes que posaban ante la cámara y sonreían, o solicitaban autógrafos de las carismáticas actrices. No todos los días uno se encuentra con Edith Massola al doblar de la esquina, pueden asegurar, orgullosos, los habitantes de este municipio holguinero, quienes también aseguran que allí bailó, durante una breve escala, la mismísima Isadora Duncan.

Quizá no los conocieron a simple vista, pero también se cruzaron con Rubens Riol, Luis Ernesto Doñas o cualquier otro realizador de los “de atrás de las cámaras”. A estos, pocos les pedían posar para una foto. Casi nadie.
Mientras se exponía, en las calles se filmaba, en la costa, en los parques, aunque con menor intensidad, al menos visiblemente, que la anterior edición. Es esta una ciudad que conoce muy bien las grabaciones:El huésped, Lucía, Miel para Oshún, Marina…

También se entregó el Premio Adria Santana a la Massola (como jurado, René de la Cruz, Luisa María Jiménez, Lester Hamlet y Jorge Molina), por su actuación en el cortometraje La trucha, de Luis Ernesto Doñas. Pero como aún no he visto el corto, no opino, pero ya sabrá el jurado que sí vio el corto.

La Villa de los Cangrejos es reencuentro de amigos, fiesta de abrazos. Allí pude disfrutar desde la fiel compañía de un amigo “incondicional”, hasta el compañero de aula, el colega de algún medio, los esparcidos y casi perdidos que une el cine y la fiesta y solo ves, aunque quisieras hacerlo más a menudo o tenerlos siempre cerca, en momentos como estos. Hasta aquellos que te brindan el suelo de su casa de campaña y muchas cosas más; o visitar a Lemus Nicolau, el viejito venerable que conoce palmo a palmo la historia local y a quién le hice, hace ya algún tiempo, mi primera entrevista, justo el día que conocí Gibara, para quedarme prendado por siempre.

El mayor movimiento fue en la Plaza Da Silva. Es el centro del día y alguna vez fue de las noches; cerca está la famosa batería Fernando VII, construida para proteger a Gibara de ataques piratas y hoy centro “cultural” de Artex. En la Plaza se comía y se bailaba, aunque esto último está en duda, porque una de las cosas que se palpó a flor de piel, fue la falta de buena música. Gibara conoció a Carlos Varela, Raúl Torres, Descemer Bueno, Cuba Libre, William Vivanco, me dice, melancólica, una amiga realizadora. Ahora se escucha hablar solo de artistas locales, cuando más, provinciales… Y la comida: los cuentapropistas señorean con sus variadas propuestas: pescado frito, frituras de maíz, cerveza. Uno de ellos, con curioso pregonar, vende pizzas, que si la compras, te darán la visa para viajar, te salvará el matrimonio, tienen PPG, el número de la lotería, el antídoto de cualquier mal… Cerca, los niños dan vueltas y gritan, en amplios barcos de metal.
Es importante destacar algunos de los eventos colaterales del Festival, que aunque pobres, se hicieron: el panel teórico El arte de vivir desde la conciencia social (Lizette Vila e Isabel Blanco), Aspectos jurídicos de la producción audiovisual (Darsi Fernández), Cine y Cocina (Frank Padrón, Reynaldo González, Lester Hamlet y Asociación Culinaria Gibara / Holguín), La crítica como mecanismo de promoción al cine alternativo (Frank Padrón, Rubens Riol y Carlos Tabares), El intérprete y el estilo cinematográfico. Labor y/o placer (Luisa María Jiménez, Edith Massola, René de la Cruz, Jorge Molina y Rubens Riol), panel donde se enfatizó sobre el trabajo de los nuevos realizadores y su relación con los actores de más experiencia; sobre la necesidad de apoyar su obra, que intenta buscar calidad estética en producciones financiadas de manera alternativa y de bajo costo, pero con un resultado final de calidad…vuelvo a insistir en el público: allí estaban los propios invitados y participantes y quizá algún gibareño extraviado; y el foro La pedagogía, las escuelas y la poética cinematográfica (Jorge Molina, Lester Hamlet, representantes de la EICTV y Villa del Cine). Además, lanzamientos de libros de Ediciones ICAIC…

La calidad de estas publicaciones, a lo largo de los años, ha sido variable. Muchas mutan, se metamorfosean (lástima que no como la oruga en mariposa o Luisa María en sirena) y cada nueva cita parece estar más lejos de la anterior en muchos aspectos, en cuestiones que quizá no estén en manos de los organizadores. Sobran las buenas ideas, el entusiasmo, el deseo fervoroso de los gibareños de que el Festival sea nuevamente anual y se mantenga siempre en la Villa de los Cangrejos, como pensó Solás. Pero, ante todo, debe ser una cita “del y para el cine”, donde primen las proyecciones, competitivas o no, los paneles y foros; donde se viva y sienta el Festival en las calles, en las galerías de arte, en los conciertos colaterales (este año casi ausentes) en la vox populi y en la vida de los habitantes de esta ciudad del norte holguinero. Si no, será un espacio que irá perdiendo objetivos y vida. Donde una vez hubo Festival y Cine, quedarán los dispersos restos de lo Pobre.

Al partir, Gibara continua con el mismo malecón, en la bahía, los mismos botes con nombres de mujer, el mismo mar azul fuerte, la gente, el calor, los parques…

Dejamos en la tarde, a bordo de un almendrón de un CUC (en esos días los precios suben, este sólo subió cinco pesos, otros pedían 40) aquel día gibareño que me había dejado quemado, rojo, cansado, con el cabello revuelto y olor a mar. En el auto se habló poco o casi nada. A pesar de los baches del camino, yo intentaba leer la novela de Carpentier (imposible). Llegamos a Holguín bajo un fuerte aguacero primaveral.



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