1.- Sobre sicología y ética en Cuba 2008-
Jorge Valls
2.- El Imperio del Consumo
Eduardo Galeano
3.- Medios de Cultura y dominación (Primera Parte)
Miguel Guaglione
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1.- Sobre sicología y ética en Cuba 2008
Jorge Valls
En 1955, cuando la fundación del Directorio Revolucionario, en su manifiesto de presentación, se usaba un esquema de cinco categorías estructurales para abordar el diagnóstico de la problemática nacional: político, económico, social, sicológico y ético.
Una comunidad nacional, como persona colectiva que es, al igual que una persona individual, constituye un cuerpo integral donde para su mejor aprehensión no es bueno someter todas las categorías a un solo hito referencial y hacer derivar todo lo demás de esa pretendida primera premisa. Precisamente, porque un documento es intencionadamente político –y esto va desde un simple manifiesto hasta todo un cuerpo doctrinal— no puede meterse con honestidad confiable a establecer definiciones ontológicas, que corresponden a un plano distinto y superior del pensamiento, es necesario percibir la realidad desde una pluralidad de perspectivas que permitan situar la intención de la proclama en el punto de concurrencia de las distintos fuerzas conductuales, que es donde se actualiza la conciencia de presente y de acción directamente aplicable.
Sin embargo el esquema pentacategorial, aunque ni remotamente es perfecto, sí es útil para poder desglosar en componentes diferenciados el complejo social, comparar proporcionalmente el peso y la gravedad de cada uno de los factores con respecto a los otros, y discernir el proyecto –causa inmediata, método y fin concreto— para actuar más responsablemente sobre el aglomerado humano.
Por supuesto, con el paso del tiempo las connotaciones cualitativas y cuantitativas incluibles bajo cada una de las categorías cambian, y pueden cambiar más aún. Pero el instrumento intelectual también puede servir para comparar trabajos y resultados y, sobre todo para distinguir el principio de continuidad que permite la existencia de la comunidad, y consecuentemente, producirse más previsora y acertadamente hacia el futuro.
Tal vez el reto más imporante en cuanto a la preocupación social (conciencia comunitaria o responsabilidad patria) está poder discernir con acierto qué es lo más grave de la problemática y cómo la intención individual debe, por natural sujeción a la realidad, conceder el mayor esfuerzo al campo que así se ha logrado aislar y definir. Esto plantea determinantemente quién debe actuar y cómo.
Bajemos al presente. No carecemos de una visión gestalt de la problemática del país, pero sí nos interesa muy especialmente enfocar campos definidos de la realidad sobre los que nos parece más necesaria la delicadeza de percepción, interpretación y acción. Lo que indudablemente salta a la vista como lo más grave de la problemática, para cualquier observador serio, de una posición política u otra, nacional o extranjero, está incluido en los órdenes sicológico y ético, con el agravante que para ninguno de los dos campos, socialmente hablando, hay receta simplista o opcionalmente partidaria.
Lo primero que tenemos que advertir es que, para justamente apreciar y obrar, esto no puede tratarlo el gobierno ni tampoco puede ser tratado sin él. No es encuadrable en los esquemas cómodos de pro/contra, una posición partidista o su opuesta, una versión sistemática o la inmediatamente contraria. Tampoco responde a la aplicación coartiva de medidas compulsoras o represoras. Cuando se llega a este punto, todo está perdido, y el resultado es peor que lo que se intenta curar. Se trata de un reordenamiento de la personalidad en cuanto a su sedimento afianzador y a su instrumental eficaz. No hay más que el hombre y la comunidad en que se encuentra inserto, con todos los trastornos que una y otra perspectiva humana impliquen inseparablemente.
Decimos trastorno sicológico a la incapaciad de identificació, obración y continuación constructiva integral mediante el ejercicio claro y universal de la razón discerniente, y de su aplcación voluntaria sistemática y progresiva. Y llamamos trastorno ético a la incapacidad de discernir clara, objetiva, eficaz y confiablemente la diferencia entre el bien y el mal, y de organizar la conducta propia de modo que lo social facilite y provea a la obración individual, y lo individual, de igual manera, a la obración colectiva.
Sólo del correcto equilibrio no auto-aniquilatorio del funcionamiento de estas categorías en la persona individual y en la colectiva proviene la posibilidad de un serio ordenamiento normativo, de la compulsión de un programo de trabajos y, sobre todo, de la confiablidad –esencialmente confianza—que universalmente puede tener el sujeto con respecto a los demás sujetos y de éstos con respecto a aquél. El resultado final tiene que ser la conllevancia, la colaboración y la solidaridad en su más amplia y profunda expansión posible. Digamos que un orden normativo y una promesa de trabajo son confiables porque la persona real, individual y colectiva es racional y moralmente confiable; no viceversa. Por eso el esfuerzo por modificar lo humano mediante la legislación y la coerción social está, por naturaleza, subordinado a la intencionalidad vocacional del hombre en el uso óptimo de sus facultades. Un viejo refrán japonés reza: “No se puede enseñar a caminar hacia adelante a los cangrejos si éstos no quieren y gustan de caminar hacia atrás”.
El cómo se piensa y el cómo se actúa, y la confianza que alguien puede tener con respecto al otro para la continuidad y eficiencia colaborativas, depende de un nivel básico universal de sanidad, sin el cual la condición humana se hace inaprehensible.
Para nadie en el mundo es un secreto que el modo de pensar, discernir y urdir la relacion dizque racional de los cubanos ante la realidad particular y universal se hace tan peculiar y diferenciada del modo común en el que históricamente hemos hemos estado incluidos que no podemos aceptarla sino como una transitoriedad de algún modo patológica, ni inmediatemnte inteligible ni universalmente concordable. Aparece como una pretensión de humanidad distinta, para quien las categorías que funcionan para todos los hombres no funcionan o tienen que ser torcidas y adaptadas a una situación casual tampoco realmente clasificable. Los cubanos no tienen más constante definitoria que su contradicción casual inmediata, a la que refieren todo lo habido y por haber, como si su realidad fuera absolutamente distinta e irremisiblemnte última.
No hay antes y después referenciales, y se plantea como dos compulsiones conductuales: una, la de obrar desde la mera vocación individual (individual o nacionalmente hablando) aunque eso implique la ignorancia, destrucción y aniquilación de todo lo distinto, y otra, la tendencia incontrolable a fuga autoexpulsiva hacia la desintegración de la unidad existencial identificativa, de una forma o de otra intelectualmente suicida. (Esto no quiere decir que no haya una enorme producción intelectual, pero que sí que toda ella muestra una insalvable contradicción interna, donde la parte que se asume, y a la que se muestra la adhesión, acaba por aniquilar el todo, por el que se implica su continuidad progresiva desde el antes del presente hasta el más allá del mismo.
Moralmente hablando, es decir en cuanto al discernimiento, opción y comisión de la figura conductual (sentimiento, pensamiento y acción), no parece determinarse sino por la oposición feroz y acrítica de un monstruo (figura logotípica en la que se encarna la adversidad) intrínsecamente rechazable que, por otra parte, no puede ser aprehendido sino como casual, temporal e inmediato. Se obra de una manera u otra para hacer lo contrario de lo que se dice planteado por el adversario, éste más mitológico que real, sea un cuerpo doctrinal, un referencial constructivo histórico o una alternativa práctiva casual de oposición pretendidamente absoluta. Esto hace que las proposiciones conductuales más disímiles y contradictorias sean aceptadas sin la más mínima discriminación crítica y que todo sea justificado a posteriori por su utilidad particular práctica. Esto da la comisión ya perfecta, parcial, o puramente intencional o imaginal, de una enorme cantidad de delito, que no puede ser rastreado policiaca y legalmente sino después de cometido, pero que el sólo hecho de haber sido imaginados, de haberse deseado el cometerlos, de percibirlos con indiferencia y sin reacción repugnante espontánea interna y por supuesto con una muy fácilmente elaborada forma de hurtar la persecución legal o la mera desaprobación de la opinión circundante, ofrecen uns señal mucho más grave que su propia comisión material. Recordemos que es mucho más pernicioso aceptar intrínsecamente el mal, aprobar su comisión o permanecer indiferente ante su postulación inteligible porque proveen un sustrato mucho más peligroso que proclive a la comisión de males no sospechados aún, pero derivables de la implícita aceptación anterior y concatenables como secuela de aquél mismo.
Ahora bien, una sociedad no puede ser reformada en sus estructuras determinantes ni por la agencia de un factor exógeno que impone su filosofía, su ley y su control material eficiente, ni porque una parte de la misma se constituya en tutor y policía del todo y le imponga su contradicción coartiva. La acción de “la” parte sobre la “otra” parte es siempre negativa y fortalece las adhesiones y compulsiones íntimas no inmediatamente declarables. El único modo de enfrentar el problema es por medio de una doble acción combinada de la comunidad hacia el individuo y viceversa que, a manera de una germinación seminal, vaya reunificando los campos diversos en un campo único con el mismo referencial identificatorio.
Y no es esto un trabajo ni científico ni político primariamente, sino precisamente: un proceso laboral tanto intelectual --de recuperación y práctiva de la razón por sobre las perturbaciones de la misma-- como ético: de identificación claramente diferenciada del bien, de adhesión axiológica al mismo y de determinación compromisoria del esfuerzo intencional en su sentido.
Para esto no puede haber premisa condicional posible. Esto lo impediría y distorsionaría desde el comienzo. Lo único que cabe es la confianza personal, tanto individual como institucional, para poder trabajar desde una integridad principista confiable hasta una imprevisible e impredeterminable elaboración de la praxis según el caso y las circunstancias.
En los término en que suelo identificar mi pensamiento habría que decir que éste es un trabajo misional, donde los factores constituidos políticos, económicos y sociales tienen el doble deber de colaborar y de no estorbar, para que pueda llevarse a cabo.
Creo que en este sentido muchos podemos darnos cuenta de la gravedad del hecho y de la urgencia del trabajo. No podemos refugiarnos en que “el mundo está así o peor” y que “en otro lado se hace menos”. Cada cual tiene que empezar por lo que tiene próximo y sobre lo que él puede osar. El problema del deber es que hay que cumplirlo porque es deber; no por los frutos; que nadie puede predecir, ni necesariamente decir, quién los recogerá o cuándo.
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EL IMPERIO DEL CONSUMO
Eduardo Galeano
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas». Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald's, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald's no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald's, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra... Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla.
La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.
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3 Medios, cultura y dominación
Los modos de la alienación
Miguel Guaglianone
Red Voltaire
Esta
palabra, que fuera usada por los investigadores sociales y culturales
en la década de los 60, es uno de los conceptos “desaparecidos”
por el sistema de dominación imperante. El DRAE define la palabra
alienación con cinco acepciones. Dos de ellas abarcan perfectamente
el tema que queremos enfocar. Dice [1]:
alienación: 2. f. Proceso
mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su
conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse
de su condición. y también
5. f. Psicol. Estado mental
caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia
identidad.
El poder de los medios masivos de comunicación para determinar opinión en el público no es una novedad. Ya a principio del siglo XX, William Hearst fue capaz de crear -con su cadena de periódicos- una guerra con Cuba. En la década de los 30 del mismo siglo, Joseph Goebbels sistematizó las transmisiones radiales para adoctrinar al pueblo alemán en la visión expansionista-imperialista de los nazis. Después de la Segunda Guerra Mundial, los triunfantes EE.UU., con el advenimiento de la televisión, difundieron e impusieron en el mundo su “american way of life”, a la vez que expandían globalmente el mercado de los productos de consumo masivo que definían ese modo de vida.
Sin embargo, el salto cualitativo del poder de los medios se consolidó a partir de la década de los 80, junto a la irrupción del neoliberalismo como nueva fase dominante del capitalismo. La acumulación de capital y poder en manos de un numero decreciente de grandes corporaciones transnacionales interrelacionadas, así como el desarrollo tecnológico de las comunicaciones por satélite capaces de cubrir el globo terrestre, apoyados en la proliferación de los sistemas informatizados, han ido creando una red alrededor de todo el planeta, controlada y abastecida por un reducido número de transnacionales de la “información” y el “entretenimiento”. [2]
A través de esta red, los poderes hegemónicos imponen al mundo una cosmovisión propia, que funciona como efectivo sistema de opresión de grandes masas. Lo hemos escrito antes, pero creemos que habrá que repetirlo hasta que se haga carne: han establecido el más efectivo sistema de control: lograr que los dominados piensen y vean el mundo con los mismos ojos de los dominadores.
Los modos de la alienación
¿Y de qué formas producen la alienación? Podemos distinguir varias facetas de la acción del bombardeo mediático sobre los grupos sociales y los individuos.
1: Publicidad y Consumo
La primera forma fue detectada y estudiada desde principios de la segunda década del siglo XX. En dos estudios relacionados, Vance Packard [3], desentrañó por primera vez las estructuras de funcionamiento de la publicidad y las estrategias del consumo obligado. Otros investigadores en la década del 60 profundizaron estas investigaciones, hoy prácticamente desconocidas fuera de los ámbitos académicos. Para desarrollar una economía como la norteamericana en ese entonces, capaz de producir por encima de las necesidades de sus consumidores, se creó toda una estrategia y técnicas de medios, que apelaba fundamentalmente a la emocionalidad de las personas. Ese manejo emocional para estimular el consumo va desde la elaboración de piezas comunicacionales que asocian los productos a otro tipo de emociones (perfumes con envases de formas eróticas, automóviles con imagen asociada al poder y al éxito, hipertrofia del concepto “limpieza” para vender más productos detergentes, etc.) hasta la manipulación oculta de la publicidad subliminal (hoy prohibida en muchos países), atravesando todo tipo de otras formas intermedias. De esta manera los medios utilizan gatillos emocionales y manipulan el sentir del público en aras de estimular el consumo de productos y servicios.
2: Política e instituciones
El otro nivel en que imponen los medios, tiene que ver más con la propaganda que con la publicidad. Los Estados Unidos (y también Europa) han utilizado los medios masivos para condicionar a grandes masas de público respecto a posiciones políticas. El estudio aún sin intentarlo en profundidad, de cómo el “enemigo” (los malos) ha ido variando según los intereses políticos generales de los países centrales, muestra claramente la manipulación de opinión. A fines de la Segunda Guerra Mundial, el Japón era un país bárbaro agresor, y sus habitantes “los dientudos enanos del Mikado”, en la guerra fría se blandió el fantasma del “comunismo internacional”, primero el de la Unión Soviética, y luego el “peligro rojo de oriente”, a partir del ascenso de los neocom al gobierno de Estados Unidos, el nuevo enemigo es el “terrorismo internacional”. Informativos, prensa, radio, series de TV y cine repiten sistemáticamente estos patrones y penetran en las almas de las gentes, proponiendo e imponiendo posiciones políticas ajenas a sus circunstancias.
Igualmente, va aparejada la imposición de institucionalidad social, no sólo se asignan posiciones políticas, sino que se acompañan con la validez de las instituciones de las naciones centrales (la democracia representativa como forma adecuada de gobierno, las “libertades”, la “justicia”, etc). Aquí también se utilizan las técnicas de manipulación emocional que se crearán para vender más productos, acompañadas de las de manipulación política que desde Maquiavelo en adelante manejan los sectores dominantes de la Cultura Occidental.
3: Valores y Patrones de conducta
Mucho más sutilmente, el mensaje de los medios va imponiendo patrones de conducta que están sustentados en un sistema de valores ajeno al receptor. Por bombardeo, por hábito, estos patrones (que están asociados al sistema de hábitos relacionado con el cerebro básico o cerebro R) se van haciendo parte de cada individuo o grupo social y condicionan su percepción del mundo, a la vez que les van estableciendo un nuevo sistema de valores. Los cambios se producen en todos los niveles de captación de la realidad. Para poder visualizar el fenómeno, veamos algunos ejemplos.
En el nivel de los valores éticos, analicemos algunas series de TV. Todas aquellas que pertenecen al género “policial” están basadas en un sistema judicial (juicios orales) y de represión (funcionamiento de los cuerpos policiales en los países centrales) que surgen sobre todo del derecho anglosajón y de la estructura represiva de esos países. Las conductas de sus personajes (aún cuando sean críticos) están sostenidas en el funcionamiento del “sistema”, implícita o explícitamente. ¿Qué queda para nuestros países latinoamericanos, que basan sus sistemas en el Derecho Romano? ¿O para aquellos de otras latitudes (del Oriente por ej.) cuyos códigos son esencialmente diferentes? Inclusive el fenómeno puede apreciarse en el tratamiento de las relaciones personales, allí los patrones son de eficiencia, predominio de la visión racional sobre la intuitiva, positivismo y pragmatismo (sin dejar de lado el individualismo típico de la sociedad capitalista).
Dónde es más fácil percibir el fenómeno de alienación es en la imposición de patrones estéticos. En lo más superficial la industria cosmética impone patrones de “belleza”, “juventud” y “éxito”, o aumenta en forma exponencial en el mundo el uso de la cirugía “estética” para acercar los cuerpos a los patrones impuestos desde el Norte. Pero aún más allá, basta apreciar un ejemplo (que otras veces hemos utilizado) que es paradigmático. Analicemos la estética de los “noticieros” de TV a nivel mundial. Cuando vemos que los canales árabes, o los chinos utilizan no sólo la estética de los espacios y la gráfica, sino también los patrones de vestimenta y aspecto de los periodistas con “modelos” impuestos desde los países centrales; percibimos hasta que punto la transculturización producida por la alienación está funcionando. Aún aquellos medios que intentan ser “alternativos”, dar una respuesta a esa visión hegemónica, caen en la “naturalidad” de esos patrones estéticos.
4: La cotidianeidad
En un nivel aún más profundo, estos cambios se manifiestan en lo cotidiano de la vida. Tendemos a actuar en nuestras relaciones con los demás, en nuestras relaciones sociales, en nuestros haceres diarios, no de acuerdo a los patrones y valores que nuestras sociedades crean, sino con los hábitos que vemos, oímos y percibimos en el constante bombardeo mediático. Así, vamos perdiendo nuestra identidad personal y nuestra identidad cultural, sustituyéndolas por formas impuestas a través de los medios. Tendemos a pensar y a actuar como los medios nos proponen, aceptando como natural un modo de vida que nos es ajeno.
Lo más curioso, cuando podemos verlo desde fuera, es saber que ese modo de vida, esa cosmovisión que los medios presentan globalmente como el “modo de vida”, en la realidad corresponde (siendo generosos) al 15 o 18% de los habitantes del planeta. Con cifras de la UNESCO, la mitad de la población mundial nunca ha hecho una llamada telefónica en su vida. Estos son los excluidos, a los cuales a pesar de todo el sistema de medios trata de influir. En medio queda una masa del orden del 30% de la población del planeta que es el receptor directo de la alienación