PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

AGENDA #28


Socialismo y Civilización

Pues sí, somos socialistas. A pesar de todo lo que de ambigüedad y tergiversación pueda sugerir la palabra donde estamos y en este momento. Para nosotros la política es una función ética, una obligación del hombre para con la comunidad de donde se nutre y a la que se siente pertenecer, como lo ético es una responsabilidad para con Dios, que me pedirá cuentas de qué he hecho con lo que me ha dado, y esto incluye a mi prójimo. Entonces es obligación de la comunidad políticamente constituida -del reino, del estado-proveer a los que viven dentro de su jurisdicción de medios para ganarse la vida trabajando honradamente--, y atender a que la distribución de los frutos del esfuerzo alcance lo más ampliamente posible, para que nadie se quede fuera de esa participación en la construcción colectiva que es la civilización.

La civilización es precisamente lo contrario de la selva y la competencia irrestricta de todos contra todos a ver quien sube poniéndole la pata encima al que se le ponga por delante. Es la responsabilidad civil, de la ciudad, del cuerpo social organizado, de proveer orden, justicia, seguridad, modo de ganarse la vida y condiciones mínimas de convivencia libre. Esta última palabra --"libre"-es de vital importancia. El poder civil es el modo de organizarse racionalmente los hombres libres, dueños de su persona, capaces de discernir, decidir y comprometerse con su palabra. Esto es lo que da la clave al concepto de socialismo: es la responsabilidad de cada hombre libre para con todos los demás, es la conciencia de que hay que organizar la sociedad de modo que el trabajo de todos rinda lo más justamente a cada cual.

Desde este punto de vista se comprende el problema de la propiedad. Esta indudablemente garantiza la independencia de la persona y de la nación. Por eso hacemos nuestro el principio de la recuperación de los recursos, pues si el país no dispone de sus medios y del fruto de su trabajo, que se ha de acumular para uso de las generaciones venideras, ni el adulto padre de familia tiene un medio permanente de obtener su sustento, no habrá ni nación independiente ni ciudad de hombres libres sino predio de amos y siervos. He aquí por qué recelamos tanto de la concentración de la propiedad en pocas manos, sean éstas empresas privadas o consorcios estatales. En última, sólo sirve para que una minoría dominante, por su desproporción para con el resto de la población, resulte, casi obligadamente, cada vez más injusta.

Es en la pluralización de las formas de la propiedad, y en su composición polimorfa en la urdimbre social, que puede garantizarse un equilibrio más estable y una solidez estructural más duradera. Pero esto requiere la firme consolidación del estado -del poder político-, organizado en función de toda la población, con la participación lo más directa posible de la misma. La aplicación de programas "socialistas" es países de extremas dificultades como fueron Dinamarca, Islandia, Suecia, Noruega y Finlandia permitió administrar el rendimiento social del modo más libre y a la vez más consciente de la responsabilidad colectiva.

En nuestros países, de recursos limitados, propiedad muy enajenada y profundos abismos sociales, la única manera de organizar la civilización es una conciencia orgánica de la responsabilidad de cada quien para con el todo y de éste para con todos y cada uno de la comunidad. Si en 1959 no nos interesábamos por un programa tan radical y riesgoso como el que en Cuba fue intentado, en el 2002 rechazamos por completo la pretensión de un salto súbito a una privatización y competencia mercantil irrestricta, cuyos resultados políticos y sociales podrían ser peores que los vividos en la antigua Yugoslavia y resto de la Europa oriental. En las condiciones socioeconómicas del mundo presente, en la antesala de trastornos que todos sabemos que se van a presentar -y muy especialmente en las áreas macroestructurales-la necesidad de la responsabilidad colectiva sobre la función socioeconómica es imprescindible.

Pero, de la misma manera, en una sociedad mundial espantosamente desconcertada por las más contradictorias y caotizantes formas de violencia -armada, moral, ideológica, sico y biotécnica--, es urgente ir a una recomposición de las partes, a una conciliación de los adversos y a una cooperación entre los distintos. Esto es: al diálogo entre personas, no a los pactos entre fuerzas. Hay que ir a formas de rearmonización moral y de recomposición jurídica que cuanto antes permitan a los hombres reintegrarse a un todo común, sentirse de nuevo en su comunidad, y ser capaces de colaborar y de defenderse mutuamente. Donde persistiere esta conciencia se preservará la comunidad.

Esto, para salvar, no lo que se tiene -que nadie de veras tiene nada-, sino lo que se és,... lo que se ha sido... y lo que se ha de ser. Lo que a través de todos los desenfrenos y barbaries ha tenido que rescatarse para que no perezca la especie: el respeto del hombre por sí mismo y la necesidad que cada quien tiene del otro para sobrevivir.

Jorge Valls Miami, mayo del 2002

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Sobre el Derecho de Propiedad

Reconocemos que al estado, legítimamente constituido, corresponde disponer de los recursos -naturales, artificiales y humanos- y ordenar los trabajos -de producción o servicio-- para asegurar el mantenimiento de la población y el nivel de civilización y para propiciar el desarrollo integral de la persona humana tanto individual como colectiva.

Esto implica la provisión de ocasión laboral satisfactoriamente renditiva para todos y cada uno de los habitantes en capacidad de trabajo, y el ordenamiento de la distribución del ingreso de modo que permita la máxima eficacia del esfuerzo colectivo para la satisfacción de las necesidades individuales y la óptima instrumentación de la eficiencia individual y su aprovechamiento colectivo.

Pero dentro de estos principios, que implican tanto el compromiso del estado por el aseguramiento del bienestar colectivo como el de la ciudadanía de colaborar en la construcción orgánica de la comunidad y su patrimonio, tiene que reconocerse la condición dialéctica de la nación constituida en estado, y así como se legitima la propiedad del estado y la potestad del mismo para la planificación del esfuerzo nacional, el estado tiene que reconocer la propiedad particular, o derecho de los ciudadanos a poseer también los medios de producción y a determinar la aplicación de su esfuerzo.

Así, el proceso económico se instrumenta dialécticamente mediante la propiedad estatal y su gestión gerencial, y la propiedad particular y la suya. Corresponde entonces al organismo gubernativo determinar los límites, derechos y obligaciones de cada cual y los modos de organizarse la relación entre las partes.

De igual manera, hay que reconocer el derecho al intercambio comercial, de producciones o servicios, tanto del propietario particular como del estatal. Corresponde de nuevo a la autoridad gubernativa determinar los límites y modos de este comercio.

Sólo en la medida en que el trabajo engendre propiedad disponible y en que la propiedad pueda ser empleada para el trabajo productivo y servicial, y en que esta propiedad, base y producto del esfuerzo laboral aplicado, sea intercambiable, puede llegarse a una noción verificable de la relación entre los medios disponibles y los objetivos que han de ser alcanzados para la conjugación de necesidades y posibilidades, acumulables y gastos, que es lo que constituye la gestión económica.

Sin tener en cuenta estos principios fundamentales de la función del trabajo aplicado para la sustentación y el desarrollo, no hay economía real de ninguna clase. La economía es un fenómeno comunitario y personal, y no se constituye sino por la determinación de las partes componentes y el intercambio de las mismas. La relatividad entre unas y otras es lo que permite la mediación comparativa y la sujeción del proceso a la calculación inteligible.

Esta es la única manera, tanto en una economía que se dice capitalista como en una que se dice socialista de salir del virtualismo enajenante que separa la justificación verbal o ideológica de una política económica de la realidad concreta del hombre que trabaja y que tiene por tanto que padecer la inseguridad y la insuficiencia producidas por el proceso colectivo.

PROPOSICIÓN:

1- Reconocimiento de la propiedad estatal y de la autonomía de su gestión empresarial (entiéndase: autonomía de la empresa estatal).

2- Reconocimiento de la propiedad particular y de la autonomía de su gestión.

3- Derecho al libre comercio de bienes y servicios, tanto del particular como del estado.

4- Ordenamiento legal preciso para determinar límites, corresponsabilidades y modos de obrar, con diafanidad suficiente, para que pueda darse un proceso continuo intrínsecamente compensado.

Lo que interesa es organizar un sistema que funcione por sí mismo, y salir de la casualidad personal compulsoria, que, si bien es necesaria, a menos que exista una automoción sistemática sobre la cual constituirse, resulta inoperante.

Requerimiento:

Habilitar y determinar legalmente propiedad estatal y particular lo más ampliamente distribuida y funcionalmente equilibrable que se pueda. 

Jorge Valls Miami, mayo del 2002

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Ante la Nueva Perspectiva

Lo que se llamó durante anos la "guerra fría" tal vez hoy podríamos analizarlo libres del prejuicio que la inmediatez del fenómeno produce. Al final de la II Guerra Mundial dos macroestructuras, como nunca antes habían existido sobre la tierra, quedaron ejerciendo la hegemonía mundial. El juego de alianzas y potencias que subsistió hasta 1939 había cedido a la aparición de dos inmensos reservorios de territorio, recursos, demografía y acumulado industrial. La decisión del conflicto se había debido a la descomunal capacidad de producción agrícola e industrial de uno y a la disposición casi ilimitada de territorio y población del otro. La estrategia como la aptitud de movimiento de cuerpos proporcionados acabó en la capacidad de afectar masivamente la disposición de recursos. Al final, las potencias tradicionales resultaron las perdedoras -Inglaterra, Alemania, Francia. Japón, Italia, etc.- y emergieron los grandes cuerpos de E.U., la URSS y, en la perspectiva, China. En 1945, más que una rivalidad, hubo un acuerdo necesario entre las dos macroestructuras para, de una manera u otra, subordinar toda la ecumene a su dominio. Ante la imposibilidad de un solo gobierno imperial se planteó un equilibrio deslizante pero compensado, tipo juego de ajedrez, donde se intercambiaban piezas. Así cualquier posibilidad quedaba bajo el control de una u otra de las capitales. Los dos colores se equilibraban como un techo a dos aguas.

Ni uno ni otro contaban con el orden natural del crecimiento de la población y el desarrollo cualitativo de la cultura. En 1960 la capacidad económica, tecnológica y militar de ambos imperios, mutuamente compensados, sobrepasaba la de cualquier otra región de la tierra. No obstante, ya para ese tiempo una sociedad culturalmente diferenciada, siquiera en pocos rasgos, había crecido y se había desarrollado como una posibilidad o vocación de independencia. Una parte estaba en la Europa occidental, digamos al oeste de la frontera rusa, cualquiera que fuera su denominación política, y la otra, en eso que dio en llamarse el Tercer Mundo. No es sorprendente que en ese momento ocurriera en el Caribe el fenómeno de la Revolución Cubana, en su más reciente avatar. El juego de ajedrez podía ser aprovechado a beneficio de terceros, pero un nuevo perfil conductivo se iba a acentuar rápidamente.

Ni Europa se había disuelto ni se podía decir que el Tercer Mundo no existía. En 1986 ni las senales del desarrollo europeo o japonés ni la inmensa masa de población y recursos del Tercer Mundo, ésta aún en las condiciones más infames de injusticia, podían ser ignoradas. Por otra parte, las macroestructuras vencedoras de 1945 ámbas demostraban su incapacidad para mantener bajo control eficiente sus zonas de influencia directa. Los cambios en el antiguo mundo comunista eran necesarios para entrar en una más firme asociación, en competencia con las nuevas zonas emergentes.

Una nueva alianza, mas firme estructuralmente, tenía que formarse entre Rusia, E.U. y China contra Europa, Japón y el Tercer Mundo, aunque así no se declarara. De un lado tendríamos la concentración mayor del complejo económico, militar y tecnológico del mundo; del otro, las inmensos reservas de territorio y población y la capacidad dinámica de relación más agil, pero con abismales diferencias en cuanto a la instrumentación. Este segundo campo, sólo a distancia en vías de estructuración integral, contaba, en un area limitadísima y de población decreciente, con los más sofisticados instrumentos de relación, por ende, de la más ágil capacidad de acción y combinación. En la gran extensión del Tercer Mundo, estaba la mayor cantidad de recursos disponibles y la capacidad de crecimiento demográfico mayor del planeta. Esta última tenía que ser la zona de desarrollo por excelencia. Pero las relaciones entre los concentrados de civilización material de Europa y Japón y la expansión del Tercer Mundo eran aún demasiado débiles y simples.

Ya antes de las mutaciones de 1989 y ss., se exigía un replanteo de la estructuración política del planeta. Ni las dos capitales regentes eran confiables, especialmente para el Tercer Mundo, ni una ni otra tenían capacidad para propiciar un desarrollo balanceado que permitiera compensar, para una convivencia colectiva, las abismales diferencias de desarrollo e independencia de las distintas zonas del planeta. Más aún, el sistema de control centro-periférico establecido por parte de ambas macroestructuras, que había sido la causa primera del gran desequilibrio socioeconómico, ya demasiado insoportable, era totalmente incapaz tanto de establecer el control eficiente de territorio y población como de proveer a una relación siquiera mínimamente satisfactoria entre metrópoli y área de inluencia directa.

El paso de conversión al capitalismo -condición extrema de competencia irrestricta entre particulares-, si facilitaba la alianza entre gigantes, acentuaba entonces al máximo las contradicciones internas de la estructura mercantil y financiera mundial.

El resultado que se obtendría por ese camino sería el teratológico desarrollo de una porción propietaria y la catastrófica prescindibilidad de la mayor parte de la humanidad desposeída. La globalización no era siquiera un equilibrio para el control mundial por parte de una constelación de grandes dominantes, sino la inevitable descomposición de las formas de civilización que, de alguna manera, habían facilitado ese desarrollo, y la consecuente eliminación de la porción más amplia de la humanidad, que no podía ser incorporada al esquema.

Esto marcó la orientación ideológico-publicitaria del proyecto con dos consignas, a cual más alarmante: 1) total e irrestricta libertad del mercado especulativo, y 2) control demográfico inducido (aborto, eutanasia, esterilización, sexo esteril, clonación, etc.). La propiedad quedaba en manos de los pocos, que ya no se reproducían apenas, y que se encargarían, a su vez, de reducir progresivamente la reproductividad de los desposeídos.

La publicidad proponía el capitalismo como la forma natural de desarrollar la economía; quienes estorbaban eran las gentes, a las que se las eliminaría poco a poco o mediante grandes pogroms (Camboya, Africa, Guatemala).

Sin embargo, en la medida en que se desenvuelve el proyecto de la nueva gran alianza, más urgente resulta la reorganización de todo el sistema económico del planeta, que necesariamente tiene que ser distinto del comunismo stalinista o del capitalismo. La experiencia del 2000, no superada en el 2001, demuestra que las contradicciones del actual conglomerado estructural dominante son tales que pueden precipitar en violencia desastrosa los centros de civilización universal que permiteron el desarrollo de una cultura integral, sólo mediante la cual se puede llegar a una organización planetaria justa.

Lo que defendemos en estos momentos, frente al nuevo monstruo aún innominado que se nos enfrenta, es la existencia de la población humana, su natural crecimiento y multiplicación material y espiritual, y el rescate de una civilización que, originada en todos los mestizajes, decantó los instrumentos necesarios para el reconocimiento ético, intelectual y estético del hombre universal, y que no en vano intentamos llamar cristiana.

Ya no se trata de izquierdas o derechas en un mundo a repartirse, sino de la propia existencia humana, de la persona de cada quien con su posibilidad de crecer y multiplicarse material o espiritualmente, de la necesidad de reordenar el trabajo de los hombres y los recursos del planeta en función de una dignidad que es única e idéntica para todos los de la especie. Se trata de una revolución no violenta contra las causas mismas de la violencia. El instinto de conservación llevado al grado más necesario de responsabilidad y conciencia.

Jorge Valls

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