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AGENDA #28
Socialismo
y Civilización
Pues sí, somos socialistas. A pesar de todo lo que de ambigüedad y
tergiversación pueda sugerir la palabra donde estamos y en este momento.
Para nosotros la política es una función ética, una obligación del
hombre para con la comunidad de donde se nutre y a la que se siente
pertenecer, como lo ético es una responsabilidad para con Dios, que me
pedirá cuentas de qué he hecho con lo que me ha dado, y esto incluye a
mi prójimo. Entonces es obligación de la comunidad políticamente
constituida -del reino, del estado-proveer a los que viven dentro de su
jurisdicción de medios para ganarse la vida trabajando honradamente--, y
atender a que la distribución de los frutos del esfuerzo alcance lo más
ampliamente posible, para que nadie se quede fuera de esa participación
en la construcción colectiva que es la civilización.
La civilización es precisamente lo contrario de la selva y la
competencia irrestricta de todos contra todos a ver quien sube poniéndole
la pata encima al que se le ponga por delante. Es la responsabilidad
civil, de la ciudad, del cuerpo social organizado, de proveer orden,
justicia, seguridad, modo de ganarse la vida y condiciones mínimas de
convivencia libre. Esta última palabra --"libre"-es de vital
importancia. El poder civil es el modo de organizarse racionalmente los
hombres libres, dueños de su persona, capaces de discernir, decidir y
comprometerse con su palabra. Esto es lo que da la clave al concepto de
socialismo: es la responsabilidad de cada hombre libre para con todos los
demás, es la conciencia de que hay que organizar la sociedad de modo que
el trabajo de todos rinda lo más justamente a cada cual.
Desde este punto de vista se comprende el problema de la propiedad.
Esta indudablemente garantiza la independencia de la persona y de la
nación. Por eso hacemos nuestro el principio de la recuperación de los
recursos, pues si el país no dispone de sus medios y del fruto de su
trabajo, que se ha de acumular para uso de las generaciones venideras, ni
el adulto padre de familia tiene un medio permanente de obtener su
sustento, no habrá ni nación independiente ni ciudad de hombres libres
sino predio de amos y siervos. He aquí por qué recelamos tanto de la
concentración de la propiedad en pocas manos, sean éstas empresas
privadas o consorcios estatales. En última, sólo sirve para que una
minoría dominante, por su desproporción para con el resto de la
población, resulte, casi obligadamente, cada vez más injusta.
Es en la pluralización de las formas de la propiedad, y en su
composición polimorfa en la urdimbre social, que puede garantizarse un
equilibrio más estable y una solidez estructural más duradera. Pero esto
requiere la firme consolidación del estado -del poder político-,
organizado en función de toda la población, con la participación lo
más directa posible de la misma. La aplicación de programas
"socialistas" es países de extremas dificultades como fueron
Dinamarca, Islandia, Suecia, Noruega y Finlandia permitió administrar el
rendimiento social del modo más libre y a la vez más consciente de la
responsabilidad colectiva.
En nuestros países, de recursos limitados, propiedad muy enajenada y
profundos abismos sociales, la única manera de organizar la civilización
es una conciencia orgánica de la responsabilidad de cada quien para con
el todo y de éste para con todos y cada uno de la comunidad. Si en 1959
no nos interesábamos por un programa tan radical y riesgoso como el que
en Cuba fue intentado, en el 2002 rechazamos por completo la pretensión
de un salto súbito a una privatización y competencia mercantil
irrestricta, cuyos resultados políticos y sociales podrían ser peores
que los vividos en la antigua Yugoslavia y resto de la Europa oriental. En
las condiciones socioeconómicas del mundo presente, en la antesala de
trastornos que todos sabemos que se van a presentar -y muy especialmente
en las áreas macroestructurales-la necesidad de la responsabilidad
colectiva sobre la función socioeconómica es imprescindible.
Pero, de la misma manera, en una sociedad mundial espantosamente
desconcertada por las más contradictorias y caotizantes formas de
violencia -armada, moral, ideológica, sico y biotécnica--, es urgente ir
a una recomposición de las partes, a una conciliación de los adversos y
a una cooperación entre los distintos. Esto es: al diálogo entre
personas, no a los pactos entre fuerzas. Hay que ir a formas de
rearmonización moral y de recomposición jurídica que cuanto antes
permitan a los hombres reintegrarse a un todo común, sentirse de nuevo en
su comunidad, y ser capaces de colaborar y de defenderse mutuamente. Donde
persistiere esta conciencia se preservará la comunidad.
Esto, para salvar, no lo que se tiene -que nadie de veras tiene nada-,
sino lo que se és,... lo que se ha sido... y lo que se ha de ser. Lo que
a través de todos los desenfrenos y barbaries ha tenido que rescatarse
para que no perezca la especie: el respeto del hombre por sí mismo y la
necesidad que cada quien tiene del otro para sobrevivir.
Jorge Valls Miami, mayo del 2002
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Sobre
el Derecho de Propiedad
Reconocemos que al estado, legítimamente constituido, corresponde
disponer de los recursos -naturales, artificiales y humanos- y ordenar los
trabajos -de producción o servicio-- para asegurar el mantenimiento de la
población y el nivel de civilización y para propiciar el desarrollo
integral de la persona humana tanto individual como colectiva.
Esto implica la provisión de ocasión laboral satisfactoriamente
renditiva para todos y cada uno de los habitantes en capacidad de trabajo,
y el ordenamiento de la distribución del ingreso de modo que permita la
máxima eficacia del esfuerzo colectivo para la satisfacción de las
necesidades individuales y la óptima instrumentación de la eficiencia
individual y su aprovechamiento colectivo.
Pero dentro de estos principios, que implican tanto el compromiso del
estado por el aseguramiento del bienestar colectivo como el de la
ciudadanía de colaborar en la construcción orgánica de la comunidad y
su patrimonio, tiene que reconocerse la condición dialéctica de la
nación constituida en estado, y así como se legitima la propiedad del
estado y la potestad del mismo para la planificación del esfuerzo
nacional, el estado tiene que reconocer la propiedad particular, o derecho
de los ciudadanos a poseer también los medios de producción y a
determinar la aplicación de su esfuerzo.
Así, el proceso económico se instrumenta dialécticamente mediante la
propiedad estatal y su gestión gerencial, y la propiedad particular y la
suya. Corresponde entonces al organismo gubernativo determinar los
límites, derechos y obligaciones de cada cual y los modos de organizarse
la relación entre las partes.
De igual manera, hay que reconocer el derecho al intercambio comercial,
de producciones o servicios, tanto del propietario particular como del
estatal. Corresponde de nuevo a la autoridad gubernativa determinar los
límites y modos de este comercio.
Sólo en la medida en que el trabajo engendre propiedad disponible y en
que la propiedad pueda ser empleada para el trabajo productivo y
servicial, y en que esta propiedad, base y producto del esfuerzo laboral
aplicado, sea intercambiable, puede llegarse a una noción verificable de
la relación entre los medios disponibles y los objetivos que han de ser
alcanzados para la conjugación de necesidades y posibilidades,
acumulables y gastos, que es lo que constituye la gestión económica.
Sin tener en cuenta estos principios fundamentales de la función del
trabajo aplicado para la sustentación y el desarrollo, no hay economía
real de ninguna clase. La economía es un fenómeno comunitario y
personal, y no se constituye sino por la determinación de las partes
componentes y el intercambio de las mismas. La relatividad entre unas y
otras es lo que permite la mediación comparativa y la sujeción del
proceso a la calculación inteligible.
Esta es la única manera, tanto en una economía que se dice
capitalista como en una que se dice socialista de salir del virtualismo
enajenante que separa la justificación verbal o ideológica de una
política económica de la realidad concreta del hombre que trabaja y que
tiene por tanto que padecer la inseguridad y la insuficiencia producidas
por el proceso colectivo.
PROPOSICIÓN:
1- Reconocimiento de la propiedad estatal y de la autonomía de su
gestión empresarial (entiéndase: autonomía de la empresa estatal).
2- Reconocimiento de la propiedad particular y de la autonomía de su
gestión.
3- Derecho al libre comercio de bienes y servicios, tanto del
particular como del estado.
4- Ordenamiento legal preciso para determinar límites,
corresponsabilidades y modos de obrar, con diafanidad suficiente, para que
pueda darse un proceso continuo intrínsecamente compensado.
Lo que interesa es organizar un sistema que funcione por sí mismo, y
salir de la casualidad personal compulsoria, que, si bien es necesaria, a
menos que exista una automoción sistemática sobre la cual constituirse,
resulta inoperante.
Requerimiento:
Habilitar y determinar legalmente propiedad estatal y particular lo
más ampliamente distribuida y funcionalmente equilibrable que se
pueda.
Jorge Valls Miami, mayo del 2002
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Ante
la Nueva Perspectiva
Lo que se llamó durante anos la "guerra fría" tal vez hoy
podríamos analizarlo libres del prejuicio que la inmediatez del fenómeno
produce. Al final de la II Guerra Mundial dos macroestructuras, como nunca
antes habían existido sobre la tierra, quedaron ejerciendo la hegemonía
mundial. El juego de alianzas y potencias que subsistió hasta 1939 había
cedido a la aparición de dos inmensos reservorios de territorio,
recursos, demografía y acumulado industrial. La decisión del conflicto
se había debido a la descomunal capacidad de producción agrícola e
industrial de uno y a la disposición casi ilimitada de territorio y
población del otro. La estrategia como la aptitud de movimiento de
cuerpos proporcionados acabó en la capacidad de afectar masivamente la
disposición de recursos. Al final, las potencias tradicionales resultaron
las perdedoras -Inglaterra, Alemania, Francia. Japón, Italia, etc.- y
emergieron los grandes cuerpos de E.U., la URSS y, en la perspectiva,
China. En 1945, más que una rivalidad, hubo un acuerdo necesario entre
las dos macroestructuras para, de una manera u otra, subordinar toda la
ecumene a su dominio. Ante la imposibilidad de un solo gobierno imperial
se planteó un equilibrio deslizante pero compensado, tipo juego de
ajedrez, donde se intercambiaban piezas. Así cualquier posibilidad
quedaba bajo el control de una u otra de las capitales. Los dos colores se
equilibraban como un techo a dos aguas.
Ni uno ni otro contaban con el orden natural del crecimiento de la
población y el desarrollo cualitativo de la cultura. En 1960 la capacidad
económica, tecnológica y militar de ambos imperios, mutuamente
compensados, sobrepasaba la de cualquier otra región de la tierra. No
obstante, ya para ese tiempo una sociedad culturalmente diferenciada,
siquiera en pocos rasgos, había crecido y se había desarrollado como una
posibilidad o vocación de independencia. Una parte estaba en la Europa
occidental, digamos al oeste de la frontera rusa, cualquiera que fuera su
denominación política, y la otra, en eso que dio en llamarse el Tercer
Mundo. No es sorprendente que en ese momento ocurriera en el Caribe el
fenómeno de la Revolución Cubana, en su más reciente avatar. El juego
de ajedrez podía ser aprovechado a beneficio de terceros, pero un nuevo
perfil conductivo se iba a acentuar rápidamente.
Ni Europa se había disuelto ni se podía decir que el Tercer Mundo no
existía. En 1986 ni las senales del desarrollo europeo o japonés ni la
inmensa masa de población y recursos del Tercer Mundo, ésta aún en las
condiciones más infames de injusticia, podían ser ignoradas. Por otra
parte, las macroestructuras vencedoras de 1945 ámbas demostraban su
incapacidad para mantener bajo control eficiente sus zonas de influencia
directa. Los cambios en el antiguo mundo comunista eran necesarios para
entrar en una más firme asociación, en competencia con las nuevas zonas
emergentes.
Una nueva alianza, mas firme estructuralmente, tenía que formarse
entre Rusia, E.U. y China contra Europa, Japón y el Tercer Mundo, aunque
así no se declarara. De un lado tendríamos la concentración mayor del
complejo económico, militar y tecnológico del mundo; del otro, las
inmensos reservas de territorio y población y la capacidad dinámica de
relación más agil, pero con abismales diferencias en cuanto a la
instrumentación. Este segundo campo, sólo a distancia en vías de
estructuración integral, contaba, en un area limitadísima y de
población decreciente, con los más sofisticados instrumentos de
relación, por ende, de la más ágil capacidad de acción y combinación.
En la gran extensión del Tercer Mundo, estaba la mayor cantidad de
recursos disponibles y la capacidad de crecimiento demográfico mayor del
planeta. Esta última tenía que ser la zona de desarrollo por excelencia.
Pero las relaciones entre los concentrados de civilización material de
Europa y Japón y la expansión del Tercer Mundo eran aún demasiado
débiles y simples.
Ya antes de las mutaciones de 1989 y ss., se exigía un replanteo de la
estructuración política del planeta. Ni las dos capitales regentes eran
confiables, especialmente para el Tercer Mundo, ni una ni otra tenían
capacidad para propiciar un desarrollo balanceado que permitiera
compensar, para una convivencia colectiva, las abismales diferencias de
desarrollo e independencia de las distintas zonas del planeta. Más aún,
el sistema de control centro-periférico establecido por parte de ambas
macroestructuras, que había sido la causa primera del gran desequilibrio
socioeconómico, ya demasiado insoportable, era totalmente incapaz tanto
de establecer el control eficiente de territorio y población como de
proveer a una relación siquiera mínimamente satisfactoria entre
metrópoli y área de inluencia directa.
El paso de conversión al capitalismo -condición extrema de
competencia irrestricta entre particulares-, si facilitaba la alianza
entre gigantes, acentuaba entonces al máximo las contradicciones internas
de la estructura mercantil y financiera mundial.
El resultado que se obtendría por ese camino sería el teratológico
desarrollo de una porción propietaria y la catastrófica prescindibilidad
de la mayor parte de la humanidad desposeída. La globalización no era
siquiera un equilibrio para el control mundial por parte de una
constelación de grandes dominantes, sino la inevitable descomposición de
las formas de civilización que, de alguna manera, habían facilitado ese
desarrollo, y la consecuente eliminación de la porción más amplia de la
humanidad, que no podía ser incorporada al esquema.
Esto marcó la orientación ideológico-publicitaria del proyecto con
dos consignas, a cual más alarmante: 1) total e irrestricta libertad del
mercado especulativo, y 2) control demográfico inducido (aborto,
eutanasia, esterilización, sexo esteril, clonación, etc.). La propiedad
quedaba en manos de los pocos, que ya no se reproducían apenas, y que se
encargarían, a su vez, de reducir progresivamente la reproductividad de
los desposeídos.
La publicidad proponía el capitalismo como la forma natural de
desarrollar la economía; quienes estorbaban eran las gentes, a las que se
las eliminaría poco a poco o mediante grandes pogroms (Camboya, Africa,
Guatemala).
Sin embargo, en la medida en que se desenvuelve el proyecto de la nueva
gran alianza, más urgente resulta la reorganización de todo el sistema
económico del planeta, que necesariamente tiene que ser distinto del
comunismo stalinista o del capitalismo. La experiencia del 2000, no
superada en el 2001, demuestra que las contradicciones del actual
conglomerado estructural dominante son tales que pueden precipitar en
violencia desastrosa los centros de civilización universal que permiteron
el desarrollo de una cultura integral, sólo mediante la cual se puede
llegar a una organización planetaria justa.
Lo que defendemos en estos momentos, frente al nuevo monstruo aún
innominado que se nos enfrenta, es la existencia de la población humana,
su natural crecimiento y multiplicación material y espiritual, y el
rescate de una civilización que, originada en todos los mestizajes,
decantó los instrumentos necesarios para el reconocimiento ético,
intelectual y estético del hombre universal, y que no en vano intentamos
llamar cristiana.
Ya no se trata de izquierdas o derechas en un mundo a repartirse, sino
de la propia existencia humana, de la persona de cada quien con su
posibilidad de crecer y multiplicarse material o espiritualmente, de la
necesidad de reordenar el trabajo de los hombres y los recursos del
planeta en función de una dignidad que es única e idéntica para todos
los de la especie. Se trata de una revolución no violenta contra las
causas mismas de la violencia. El instinto de conservación llevado al
grado más necesario de responsabilidad y conciencia.
Jorge Valls
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