PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

AGENDA #30


Sobre la estrategia

Jorge Valls

El solo concepto de estrategia ya es peligrosísimo. Implica una disposición a la guerra. Se trata de una plaza que hay que tomar, un reino que debelar, un enemigo que hay que vencer; y en el sentido más estricto: destruirlo para que no vuelva a molestar. Así pues, se trata del arte o la ciencia de matar a otro, que está dispuesto a hacer lo mismo con el primero, sin que haya otra alternativa que la victoria o la aniquilación ora de uno ora de otro.

Por supuesto, la degenerada jerga del comercio hablará de cómo proponer una mercancía, desarrollar su mercado potencial, etc.. Pero si penetramos un poco en la esencia del mundo capitalista, comprobaremos que el mercado no es un objetivo sino un medio, y que para lo que se propone una llamada "estrategia" es, en última instancia, destruir y aniquilar a todos los posibles competidores, quedarse como único abastecedor y controlar la población mediante la función sicológico-existencial de necesidad/satisfacción. Este arco funcional, sepámoslo bien, no es fundamental sino condicionado. Lo que se discute es el poder del hombre sobre el hombre.

¿Qué es el poder?-, podríamos preguntamos. Es una línea de correlación indivisa y continua entre dos entes inseparables, por donde se desliza, en una misma dirección, una carga de fuerza, en un sentido o en otro, que produce una mutación o movimiento en uno de los entes, al servicio de la concepción o intención del otro.

Esta correlación podría esquematizarse como un segmento de recta, a uno de cuyos extremos se encuentra A y en el otro B; A logra trasmitir su fuerza intencional por la línea hasta tal punto que B hará lo que A ha decidido. Por supuesto, la relación entre A y B es dialéctica. Cada uno de los extremos es un ser que dispone de fuerza, concepción e intención. Ahora bien, en cuanto a estas tres categorías, ambos extremos son autónomos y peculiares; sólo que están imbricados en un otro sistema único y propio, también autónomo, en posiciones directamente contradictorias. Así, de uno para otro habrá una resistencia así como una penetrabilidad.

Cuando se plantea la dimensión estratégica en puridad, nos situamos en un instante terminal: uno de los extremos debe aniquilar al otro y absorber en sí todas las posibilidades del mismo. La imagen de la estrategia es el juego de competición entre dos partes. Cuando una logra vencer a la otra, se acaba el juego. Si el juego ha sido el sistema de convenciones por el cual ambas partes se han integrado en una superestructura funcional común, ésta no ha sido sino la condición medial para que los extremos contrarios intenten cada cual la eliminación del otro.

Tal vez esto nos sirva para una primera conclusión: si la estrategia es la guerra, la dialéctica correlacional es la paz.; o mejor: la continuidad del sistema, la persistencia.

La correlación dialéctica implica dos puntos de vista, si bien situados en antagonismo, que miran hacia un mismo objeto que a ambos atañe y sin el cual la correlación no existe. La estrategia, que implica también dos puntos adversos, reclama la absolutez de la solución final: uno de ellos ha de ser totalmente aniquilado, y el otro va a apropiarse del campo (vida y hacienda inclusive). La fuerza, así como la capacidad de concepción e intención del contrario han de ser totalmente absorbidas y mutadas en el vencedor.

En los juegos existenciales del tiempoespacio -lo que va desde la creación hasta la parusía, aunque a lo que asistimos es simplemente a la guerra, a la condición polémica de la naturaleza- lo que ocurre es una correlación dialéctica ocasional. Las posiciones contradictorias se renuevan constantemente y el sistema persiste, pues nunca ocurre ni una victoria total ni una aniquilación completa. La beligerancia es una aptitud y una posibilidad del ente individual en el sistema de la pluralidad, no necesariamente su condición o connotación esencial.

Pero en la dialéctica pura, fuera del tiempoespacio, donde los que se enfrentan y proponen son nociones conceptuales, sí no hay posibilidad de persistencia, de la prosecución del juego. Lo que se juega es la definición entre lo cierto y lo falso, lo que es y lo que no es, lo que existe sustancialmente y ha de existir y lo que es una ficción o una construcción impropia y, por lo tanto, ha de volver a su no existencia original, ha de desaparecer. De esto no tenemos noción sino a través del juicio crítico.

En cuanto a la estrategia, dijimos que los extremos no tenían que ser inmediatamente y necesariamente enemigos, y esto tal vez sea lo más importante. La guerra, para suscitarse, necesita de un detonante, y éste hay que buscarlo en el principio de agresión, que parece ser natural en los carnívoros:

una entidad concibe, intenta y por fin acumula y dirige sus fuerzas hacia la captura de la otra, a la que someterá y devorará, es decir: la aniquilará y absorberá todo lo que había en la misma. Nunca hay una adversidad manifiesta entre la gacela y el león; no obstante, éste atacará, vencerá y devorará a aquélla. Por mucho que la gacela se defienda, lo cierto es que ni originalmente atacará al león ni podrá intentar otra cosa que inútilmente defenderse.

Bajemos, pues, a la sociedad humana y la historia, y enfoquemos la porción tempoespacial que nos interesa: Cuba, la nación, pueblo y lugar signado, sistema correlacional en el que estamos insertos.

La realidad más determinante con que nos encontramos es la conquista, la agresión, en más de un momento para aniquilar al contrario, devorarlo y absorberlo con todos sus recursos.

Si hubo un tiempo en que la Isla estuvo vacía, lo suponemos; pero desde hace más de 11,000 años -que tengamos confirmación-está habitada. Después de esto, fue ocupada y dominada por las migraciones invasoras de origen tupí-guaraní, y luego, por la española. Sin embargo, la conciencia polémica conquistadora que más nos interesa, porque en ella estamos implicados, es en la agresión desatada por una parte de la población para someter, aniquilar y absorber a la otra, (sin que todavía sepamos bien ni cuáles son verdaderamente los entres contrapuestos ni qué se pretende aniquilar y devorar para absorber). Esto ha sido lo que hemos denominado "revolución" desde el s. XDC: un grupo que se dispone a agredir y conquistar.

Si el momento 1510-1515 es típico de esta figuración estratégica, después del mismo lo más claramente determinado en este sentido es 1956-1959. por supuesto, con buena perspectiva, un tiempo de guerra y conquista pueden verse como instancias tácticas en una estrategia más amplia y profunda. Así una estrategia puede identificarse como la determinación de un objetivo que ha de ser agredido, vencido, aniquilado y absorbido, por alguien que, en principio, no dispone sino de su autonomía existencia! intencional y su fuerza de acción. A alguien le interesa apropiarse de b, para servirse de ella, y a alguien le interesa destruir a B absolutamente, para quedarse como único poder determinante en el campo.

Intencionadamente hemos saltado sobre las "Guerras de Independencia", donde estos elementos no se distinguen sino muy nominalmente. ¿Cuál es el factor que aspira a apropiarse del campo? ¿El nativo? ¿Y cómo se define éste? Por otra parte, ¿es el nativo, como ente, quien de veras irrumpe como porción nucleada para agredir y hacerse dueño? ¿O está el nativo movido por una corriente inicialmente exógena?

Sólo en Martí encontramos conceptuación suficiente en cuanto a lo que se quiere fundar y con quiOn; pero eso hace que la guerra martiana se conciba como un simple desplazamiento proporcional en cuanto a la correlación del poder, y más como una promoción apostelar hacia una toma de conciencia más profunda del ser humano con respecto al acertijo de su destino. Por otra parte, Martí no inicia la revolución. Cuando viene a la vida se la encuentra en marcha, como un proceso prácticamente universal. A él le toca definir una línea dentro de ella: la que va desde la concepción del hombre hasta el fin operacional de su existencia en el tiempoespacio. En última instancia, su proposición se reduce a la obligatoria responsabilización del hombre con su destino y el de los suyos en la tierra.

La guerra del 95 -estrategia martiana toda ella- no es más que una operación táctica para obligar al poder español a reconocer la independencia política de Cuba y para más o menos orientar a los cubanos en los valores hacia los cuales ha de constituir su autónoma autoridad. El verdadero trabajo martiano es una prédica ontológica, en función de cuya noción de realidad se ha de inferir y aplicar una ética, particular y universalmente válida. No sabemos ahora si hay error o insuficiencia en la teorización martiana, pero para la acción política jamás se ha podido concebir y predicar una ideación más intrínsecamente profunda, coherente y humanamente realizable. Por supuesto, ni agota la posibilidad del pensamiento ni cubre toda la urdimbre del devenir humano. Como los profetas hebreos mayores, sintetiza la concepción universal con la situación casual y crucial desde la cual él contempla el destino del hombre.

Pero sí más allá de lo cubano y lo martiano hay una prospección estratégica, un cálculo de posibilidades y acciones por parte de un extremo A para agredir, conquistar, aniquilar y absorber al otro extremo B y quedarse como dueño absoluto del campo. Tal vez bajo las proposiciones de "democracia" y "capitalismo" se encuentre la más aguzada estrategia de agresión y aniquilación a que hayamos asistido, de la cual las peripecias polémicas sean simplemente aplicaciones tácticas.

Volvamos a Cuba. Fidel, indudablemente, es un gran estratega. ¿Intuitivo o nato? ¿Documental? \ Lo cierto es que pocos caudillos han dispuesto de tal energía personal para mover desde u extremo, ni de \ tanta capacidad y versatilidad de maniobra.
¿Cuál fue su objetivo, el que iba a ser conquistado? El reino de la Isla de Cuba y sus habitantes. ¿Qué estorbaba su ambición inicial? La organización institucional de la República. Entonces Moneada 1953 y el alzamiento en la Sierra Maestra pueden verse como tácticas dentro del proyecto estratégico. No interesaba vencer y destruir a Batista. Este era una forma aparente y ya muy endeble del verdadero poder. Ni siquiera la estructura social del la República -sus clases dominantes propietarias y dirigentes- era considerable sino como instrumental, y éste muy endeble. La acción determinante reclamaba la apropiación de todos los recursos del poder en la Isla y el control absoluto de todo el territorio y sus habitantes. Los pasos tácticos fueron: primero imponer su determinación al movimiento revolucionario, luego tomar el poder el poder-gobiemo, y entonces aniquilar a todo enemigo interno y apropiarse de los tres instrumentos neurales del poder para su uso directo y exclusivo: 10 el brazo armado, 2) la correlación económica propiedad-abastecimiento y 3) la identificación sicológica (justificación doctrinal y jerarquía proposicional).

Los tres vectores de transmisión de fuerza fueron tomados, redefinidos e instrumentados, y se estableció, como en todo reino producto de la agresión conquistadora, una autocracia totalitaria, centrada en una cabeza regente, con unidad absoluta de normación conductual, justificación ideológica (doctrinal) y sistemática de la producción y distribución de bienes de consumo, muebles e inmuebles.

Como esto no ocurría en nuestra Isla desde 1510-1515, la población se revolvió e intentó todas las resistencias, reconquistas y recuperaciones. Pero en varias décadas todo intento de adversión fue vencido, aniquilado y ora absorbido ora expulsado del territorio. Nada parece indicar, ya desde hace años, que pueda constituirse una porción autónoma que pueda asaltar o siquiera desafiar el reino constituido. El progresivo aniquilamiento y renuevo de las generaciones tiende cada vez más a mantenerlo, compactarlo, asentarlo y asegurar su durabilidad.

Desde hace mucho rato se confía en que el peso mayor de una configuración distinta en el sistema correlacional geopolítico internacional (hoy preferiríamos decir simplemente "planetario") logre "influir", ya que en propiedad no se puede decir "presionar", para que se produzcan modificaciones formales que aproximen el estilo convivencial de Cuba al de los países actualmente determinantes en la conducción del planeta. Lo cierto es que las claves del poder del reino fidelista -1) estructura armada de imposición y defensa, 2) estructura económica de propiedad y trabajo y 3) estructura sicológica de exposición y orientación- obran en función perfecta con la unidad del reino y su gobernación.

Sólo podría ser debelado -agredido, conquistado, devorado y absorbido- por un centro de poder exógeno, desproporcionadamente superior en fuerza, y en condición coyuntural de ataque. Hace mucho rato que esta realidad es evidente. Queda de inmediato el preguntamos: ¿nos es deseable la debelación, conquista y absorción del reino de la Isla de Cuba y sus habitantes por un poder exógeno? Esta pregunta hay que respondérsela no como cubano sino como hombre universal.

Los que nos respondemos que no -y esto no es nada fácil cuando el objeto del que se trata constituye lo más propio-, tenemos que planteamos inmediatamente la doble dimensión del hombre:

material y espiritual. Desde el punto de vista primero, la respuesta conduce al que ha quedado fuera del reino castrista a apropiarse, de alguna manera, de un espacio existencial donde asentarse y desarrollarse, y esto ha de lograrse de cualquier manera, bien por la reconquista del lugar original, bien por la apropiación mediada de otro cualquiera.

Desde el punto de vista segundo, el espiritual, el problema de la consistencia ontológica se hace capital. ¿El qué se consiste? ¿Qué somos? ¿qué hay en nosotros de esencial, sin lo cual no podemos existir? Esto cambia por completo la proyección personal en cuanto a su trascendencia, en cuanto al qué podemos hacer. Entonces el problema está en identificar una realidad óptima, y en mover la conciencia y conducta del prójimo, el más cercano, a creer en ella, mirar hacia ella y obrar en pro de la misma.

¿Qué es lo que sustancialmente ha sido quitado del hombre? ¿Y cómo convertir a este hombre, que se nos propone como el enemigo, el adversario, el distinto, en uno de nosotros, para que obre en función de lo que nosotros creemos?

Ese vuelco sobre uno mismo que exige el hallarse en la posición del vencido, del conquistado, aniquilado y absorbido, tiene que remontarse a la absoluta desnudez, indefensión y despojamiento del hombre, hasta situarse en la noción clave de su ocurrencia en este plano: su condición de vida-muerte. ¿Por qué y para qué vive? y ¿por qué y para qué muere? Esto va a la noción de su sustancialidad universal: lo que hace que él sea quien es, y exista como tal para los demás. La vida se le convierte entonces en su proposición de la verdad, y la muerte es la acción-pasión única posible para establecer la validez causal de ésta en el tiempoespacio.

Nos preguntamos ahora: ¿existe una estrategia para la conversión? ¿Para convertirse a sí mismo y para convertir al adversario en uno como él? - Sí, exactamente la contraria a la que conduce a la conquista del reino temporal. Consiste en atraer sobre sí al convirtiendo, y en encamar, con la propia existencia (vida-muerte), el objeto-verdad que quiere que sea infündido. Esto reclama cultivar en el convertidor la verdad en la que cree, y en proponerse a si mismo ante el convirtiendo como el principio universal que éste último necesita para reconocerse.

Estamos en el 2002, cuadragésimo tercero del gobierno de Fidel Castro en Cuba. Desde ésta nuestra defensa, derrota y finalmente expulsión de Cuba, consecuencia de la conquista, apropiación y absorción de la misma por un grupo originalmente salido de nuestra propia etnia y cultura, a quien naturalmente denominamos "ellos", muchos tumbos hemos dado.

En principio fuimos sorprendidos. Lo que parecía un conflicto civil sobre la ilegitimidad de un mandante ocasional, derivó hasta nuestra extracción radical en cuanto a la responsabilización temporal con el destino de nuestra comunidad. Mil veces hemos usado la palabra "sistema" para de alguna manera identificar eso que constituye, al menos nominalmente, nuestra adversidad. En un principio, esto implicaba, por contraste directamente opuesto, el modo de realizar la existencia y la imbricación particular que los expulsados habían tenido, con sus intereses y correlaciones. Como nunca nos había ocurrido algo semejante, tampoco encontrábamos la comparación histórica. Para los que compartiendo nuestro punto de vista se habían quedado en la Isla, la situación era la misma que la de cualquier población conquistada ante la conquistadora: los señores pasaron a siervos, la disposición de los medios pasó de los vencidos a los vencedores, la nueva religión oficial se impuso en el sistema ideológico, se enseñó masivamente, se exigió la conversión a la misma y sirvió de teorización racional para justificar la conducta de los poderosos, y hasta para intentara la defensa de los no favorecidos.

Parta los desterrados, significó la dispersión, el nuevo reagrupamiento y, a veces, la disolución en los otros medios a donde fueron arrojados. Como nada en la tierra alcanza el grado de absolutez pura, en ningún sentido, ni material ni espiritual, no ocurrió una aniquilación total. Ni los vencedores se pudieron diferenciar absolutamente de los vencidos, ni éstos fueron perfectamente aniquilados o absorbidos. Por ahí empezó la recuperación de un cuerpo ideal todavía muy lejos de concretarse material y espiritualmente: el de la nación cubana más allá de la catástrofe de la actual conquista- Lo único de lo que se disponía era de un elemento casi inefable y poco definido (o indefinible), que se hacía patente nada más que bajo su encubrimiento en una palabra sagrada, una especie de "logos hierático" o "hierologos": Cuba.

Si Cuba existía realmente, siquiera como una idea seminal o un espíritu común por cuya ignición nos constituíamos, de él y por él iríamos produciendo y elaborando, hasta que, pasado el tiempo de lo accidental y disuelto "esto" nos reintegraríamos como nación única en un solo principio.

El principio de la vida aparece con la primera pareja humana, para nuestra especie. No tiene que ser original. El rastreo del mismo conduce, remontando el curso de nuestra estirpe histórica, al momento en que algo nos fue trasmitido -mejor: infundido-, y ese algo, como quid esencial imprescindible, germinó, sustanció nuestras uniones y promovió nuestro crecimiento y multiplicación propio, único y polimorfo a la vez.

¿Qué hay por lo que haya que vivir y valga la pena morir? Dramáticamente, nuestro Himno Nacional insiste no sólo en la idea del combate, en que la vida es un agón, un forcejeo mortal contra una adversidad ineludible, sino en la de que "morir por la patria es vivir". Sólo que la palabra "patria" se nos hace hermitica, misteriosa. En principio, es aquello por lo cual se puede sobre otro, aquello que es una calidad de poder, recibido y reconocido, por el cual el acto es legitimado, síntesis a un tiempo de sustancialidad compartida y de instrucción ética. El himno empieza dirigido imperativamente a un vocativo que significa una pluralidad de hombres, de personas individuales que comparten e integran una sustancialidad única y común. Ser hombre implica ser indisolublemente persona, individual y colectiva.

La persona es una correlación continua, sígnica e inseparable de una individualidad a otra, y de una individualidad a una colectividad y viceversa. El hombre que va a tener patria es persona, y la nación en la que se constituye la patriedad es persona también, y una y otra no son sino dimensiones del mismo ser: el hombre. Esta era la única noción con la que podíamos identificamos todos los cubanos -los nacidos y los por nacer-en el instante catastrófico de la última conquista. No quedaba más remedio que intentar la conversión de todos hacia esa noción. Si lográbamos identificarla y creer en ella, ahí estaba el punto inextenso, el fuego sustancial, para reunimos y recuperamos.

De la noción clave de la persona provendría una concepción del derecho, de los fundamentos esenciales de la normatividad, y de ésta, un modo de recomponemos en comunidad solidaria y colaboradora. Lo demás era simple decantación de causas anteriores y proyecciones finales, pasos del deshacer y el hacer partiendo de lo que se tiene y dirigiéndose hacia lo que se quiere tener. Pero recordemos que tener no es ser, ni lo que se tiene es lo que se es. Por lo tanto, los modos de componer y reformar lo temporal son múltiples y variados, y son mera expresión de una sustancialidad única e idéntica.

En esta regresión conceptual -más bien: reflexión forzada- hacia el reencuentro con nosotros mismos, tuvimos que partir desde lo más concreto y material, inmediato y práctico, porque ningún vencido se da cuenta inmediata de hasta qué punto ha sido aniquilado y despojado; siempre cree que la reconquista es integral y rápida. Así, lo primero que tratamos de recuperar fueron las formas imediatas del derecho político y de la propiedad, que son las más directamente afectadas por cualquier conquista. A lo primero lo llamamos "democracia", y a lo segundo, "capitalismo". Ni siquiera se hurgó mucho en la noción de "soberanía del pueblo" ni de "función productivo/distributiva entre el trabajo y los medios". Pero en esto hemos estado enredados retóricamente cuarenta y tres años.

Hemos caído en la trampa de reducir todo a una consecuencia de esas dos pretendidas causas. Sin embargo, éstas son las formas más vulnerables y variables de la estructura humana. Ultimamente, siguiendo las variaciones de la oda, todo ha sido reducido a la propiedad: ¿quién dispone de los medios: tú o yo, A ó B? Lo demás no importa, viene solo, -así nos dicen. ¿Quiere esto decir que lo que connota la existencia del hombre es su tenencia de la cosa no hombre?

¿En el siglo XXI, esto que llamamos "democracia" tiene bien definidas la imprescindible noción de soberanía, y ésta, la de su ubicación en el orden universal? ¿Son universalmente reales, o al menos posibles, las formas prácticas de la "democracia", tal como se nos presenta? ¿Cuál es su verdadera apreciación, confrontada con las nociones, hoy también en duda de "libertad" y "justicia", o con la sustancial de la persona humana? ¿Es suficiente un simple modo de producir la autoridad gobernante de una comunidad tempoespacialmente limitada para fundamentar conceptualmente la sustancialidad continua y permanente del destino individual y colectivo?

Guiados por la orientación de la porción humana hegemónica en el curso de nuestra civilización por varios siglos -definida entre la revolución Cromweiliana en Inglaterra y el pretendido dominio global de los Estados unidos anunciado por su jerarquía representativa- nosotros, derivando desde la insurrección de las colonias inglesas de la América del Norte y la Revolución Francesa de 1789, fuimos instruidos ideológicamente en los pilares del "democratismo" y el "capitalismo". Entrando en el siglo XXI, la noción de una propiedad particular causa y fin de todo, se propone como una clave de la integración religiosa -entiéndase por esto: una interpretación omnicomprensiva del misterio universal-, por encima del cristianismo y de toda la posibilidad del ejercicio pensante del hombre. ¿No está llegando el momento de confrontar las dos sistematizaciones con la necesaria noción de la realidad y el bien y de su consecuencia en el destino humano?

Si el orden político y el de la propiedad son lo más fácilmente mutable en los desplazamientos de la correlación de fuerzas del agregado humano, y se sitúan concretamente en el horizonte de los que se apropian del poder (conquistadores) y de los que lo pierden (vencidos), ¿no sería necesario buscar raíces más profundas del ordenamiento convivencial, para a través de ellas llegar a la concienciación de los primeros principios?

Hace mucho rato que nos preocupa en demasía lo que en un principio nos golpeó de manera más directa y desconcertante: las distorsiones del orden penal y del orden social. Por eso, la recuperación de una conciencia fundamental sobre el derecho penal y el social nos parecen más duraderamente importantes que las del orden político y económico, y nos importan especialmente, porque son estos fundamentos estructurales los que parecen entrar en crisis en el ámbito de la civilización donde estamos inclusos. Y es precisamente en este momento cuando, de manera muy vaga aún, se sienten en Cuba signos que pueden apuntar en dirección a este orden.

Jorge Valls
Florida, 2002

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Sobre Socioeconomía

Por Jorge Valls

¿Por qué decimos "socioeconomía" y no "economía" solamente?

Porque no existe el fenómeno económico puro, sino que éste se realiza en una comunidad integrada, donde todos dependen unos de otros, tienen unos hábitos y valores que se continúan y que constituyen el modo de ver, juzgar, apreciar y realizar el oficio de la supervivencia, y tienen por encargo la construcción de una cultura común por la que han de expresarse universalmente.

Así decimos:

Socioeconomía es el arte y la ciencia de combinar los recursos naturales y de civilización con el trabajo socialmente integrado, para proveer al crecimiento y multiplicación de una población, en un lugar determinado, organizado políticamente y bajo autoridad civil reconocida.

Es, al mismo tiempo, la indagación y realización de cómo se producen, circulan y se distribuyen los bienes, y la consideración eficiente de cómo vive, trabaja y se desarrolla una población, a qué aspira ésta y qué capacidad necesita para lograrlo. No se trata de cuánto le proponen y quiere adquirir, sino de qué se propone y cómo lo puede alcanzar.

Como el hombre es libre -y en esto creemos sustancialmente--, este análisis tiene que separarse completamente de toda noción de determinismo así como de imaginismo desiderativo. Tratamos de necesidad y posibilidad, de disponibilidad y acceso. Esto se parece al cultivo y a la construcción; no hay ni máquina universal ni evolución espontánea. Se trabaja con la vida y la obra del hombre.

Estamos a finales de junio del 2002, en el momento en que se hacen dramáticamente manifiestas las señales de una crisis económica en la potencia máxima (E.U.). Ya es más que evidente en otros países de seria construcción estructural (como la Argentina). Y si bien afectará especialmente a toda el área de predominio del dólar, no será menos incidente en la del euro o en las economías orientales y de la Oceanía.

Lo primero a lo que estamos asistiendo ya, es al súbito empobrecimiento de grandes masas laborales, no solo de nivel no calificado sino aún profesional y tecnocrático. Esto está impulsando la emigración masiva hacia los centros más desarrollados (E.U. y Europa Occidental), lo que desequilibra la capacidad de mantenimiento en regiones, si bien muy perfectamente organizadas, sin recursos ni posibilidad inmediata de crecimiento suficiente para asimilar los cambios demográficos y los desajustes y contrastes socioculturales. Quiero decir: que las condiciones están dadas para el desarrollo de la violencia interna (delincuencia, perturbación social, descontentos y contradicción insalvable de intereses).

Si a esto añadimos la situación a que nos asomamos desde el 11 de septiembre del 2001, y la preocupación --por experiencia histórica-- de que la única manera que tiene una macroestructura político-económico-militar para intentar salir de la crisis es la precipitación de una guerra, que justifique grandes gastos, autorice determinaciones por encima del proceder común y augure victorias probables que traerán deseables beneficios consecuentes, comprenderemos mejor el momento que estamos viviendo.

La población más afectable por esta situación son las multitudes menesterosas, técnicamente indoctas y socialmente abandonadas, de América Latina, África, Asia y Europa Oriental, de pronto en la miseria y forzadas al éxodo hacia un mundo que necesariamente acabará rechazándolas. Esto quiere decir que en la actualidad sólo una pequeña porción de la población del planeta está en medios adecuadamente instrumentados para el rendimiento óptimo. Pero, a la vez, son las tierras habitadas originalmente por esas masas hoy en desastre las más abundantes en recursos naturales y las que ofrecen la mejor perspectiva para un desarrollo integral posible a través de un programa justa e inteligentemente concebido.

En tiempos de crisis no son confiables: 1) ni la empresa constituida, porque es demasiado vulnerable a los desequilibrios del mercado, 2) ni el capital financiero, porque la moneda puede convertirse en cualquier momento en papel mojado, 3) ni los "inversionistas" porque el terreno en que se mueven es altamente inestable e inconfiable.

Hay, pues, que contar sólo con lo que existe realmente: 1) los "recursos" naturales o de civilización de los que se puede disponer, 2) el "gobierno" de la unidad de territorio y población políticamente constituida, que tiene que identificarse con toda la población y responsabilizarse con la conducción y suerte de toda ella, y 3) la "comunidad del trabajo": el conjunto de población que produce y consume y tiene que convivir en el mismo medio (obreros, empleados, campesinos, artesanos, comerciantes, empresarios, etc., etc.)

¿Qué se requiere?

1- La plena autonomía -soberanía- de la unidad nacional (la nación-estado), que es a la vez la unidad económica básica, con la que hay que trabajar.

2- La perfecta confiabilidad interna y externa del gobierno, para que su autoridad pueda resultar eficiente, duradera y constructiva en todo sentido. (Esto reclama, por supuesto, la perfecta legalidad y legitimidad del mismo. En la II Guerra Mundial las dictaduras totalitarias y gobiernos de fuerza resultaron al final los más vulnerables e ineficientes económicamente.)

3- La organización plenamente libre y democrática, autónoma y no partidista de las bases laborales, para poder establecer con ellas el intercambio dialéctico necesario para la instrumentación y puesta en práctica del programa nacional.

4- El grado de libertad y diafanidad legal plenas, para que no se estorbe la iniciativa ni la capacidad original de realizar y combinar el esfuerzo.

Necesitamos viabilizar al máximo la capacidad de trabajo, cuantitativa y cualitativamente hablando, y de propiciar la más alta productividad del hombre y la óptima distribución de lo producido. Cuanto coarte la capacidad de producir o mercar justa y honradamente, es estúpido; y cuanto estorbe la más amplia distribución de los bienes y el acceso común a la media superior de vida y civilización, es canallesco.

Hablamos para gobierno: para los que mandan o pueden influir decisivamente en los destinos de la comunidad, sean autoridad oficial o no.

Habrá más después. Por ahora baste.

Jorge Valls, 26 de junio del 2002

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