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AGENDA
#30
Sobre
la estrategia
Jorge Valls
El solo concepto de
estrategia ya es peligrosísimo. Implica una disposición a la guerra. Se
trata de una plaza que hay que tomar, un reino que debelar, un enemigo que
hay que vencer; y en el sentido más estricto: destruirlo para que no vuelva a molestar. Así pues, se trata del arte o la ciencia de matar a
otro, que está dispuesto a hacer lo mismo con el primero, sin que haya
otra alternativa que la victoria o la aniquilación ora de uno ora de
otro.
Por supuesto, la degenerada
jerga del comercio hablará de cómo proponer una mercancía, desarrollar
su mercado potencial, etc.. Pero si penetramos un poco en la esencia del
mundo capitalista, comprobaremos que el mercado no es un objetivo sino un
medio, y que para lo que se propone una llamada "estrategia" es,
en última instancia, destruir y aniquilar a todos los posibles
competidores, quedarse como único abastecedor y controlar la población
mediante la función sicológico-existencial de necesidad/satisfacción.
Este arco funcional, sepámoslo bien, no es fundamental sino condicionado.
Lo que se discute es el poder del hombre sobre el hombre.
¿Qué es el poder?-,
podríamos preguntamos. Es una línea de correlación indivisa y continua
entre dos entes inseparables, por donde se desliza, en una misma
dirección, una carga de fuerza, en un sentido o en otro, que produce una
mutación o movimiento en uno de los entes, al servicio de la concepción
o intención del otro.
Esta correlación podría
esquematizarse como un segmento de recta, a uno de cuyos extremos se
encuentra A y en el otro B; A logra trasmitir su fuerza intencional por la
línea hasta tal punto que B hará lo que A ha decidido. Por supuesto, la
relación entre A y B es dialéctica. Cada uno de los extremos es un ser
que dispone de fuerza, concepción e intención. Ahora bien, en cuanto a
estas tres categorías, ambos extremos son autónomos y peculiares; sólo
que están imbricados en un otro sistema único y propio, también
autónomo, en posiciones directamente contradictorias. Así, de uno para
otro habrá una resistencia así como una penetrabilidad.
Cuando se plantea la
dimensión estratégica en puridad, nos situamos en un instante terminal:
uno de los extremos debe aniquilar al otro y absorber en sí todas las
posibilidades del mismo. La imagen de la estrategia es el juego de
competición entre dos partes. Cuando una logra vencer a la otra, se acaba
el juego. Si el juego ha sido el sistema de convenciones por el cual ambas
partes se han integrado en una superestructura funcional común, ésta no
ha sido sino la condición medial para que los extremos contrarios
intenten cada cual la eliminación del otro.
Tal vez esto nos sirva para
una primera conclusión: si la estrategia es la guerra, la dialéctica
correlacional es la paz.; o mejor: la continuidad del sistema, la
persistencia.
La correlación dialéctica
implica dos puntos de vista, si bien situados en antagonismo, que miran
hacia un mismo objeto que a ambos atañe y sin el cual la correlación no
existe. La estrategia, que implica también dos puntos adversos, reclama
la absolutez de la solución final: uno de ellos ha de ser totalmente
aniquilado, y el otro va a apropiarse del campo (vida y hacienda
inclusive). La fuerza, así como la capacidad de concepción e intención
del contrario han de ser totalmente absorbidas y mutadas en el vencedor.
En los juegos existenciales
del tiempoespacio -lo que va desde la creación hasta la parusía, aunque
a lo que asistimos es simplemente a la guerra, a la condición polémica
de la naturaleza- lo que ocurre es una correlación dialéctica ocasional.
Las posiciones contradictorias se renuevan constantemente y el sistema
persiste, pues nunca ocurre ni una victoria total ni una aniquilación
completa. La beligerancia es una aptitud y una posibilidad del ente
individual en el sistema de la pluralidad, no necesariamente su condición
o connotación esencial.
Pero en la dialéctica pura,
fuera del tiempoespacio, donde los que se enfrentan y proponen son
nociones conceptuales, sí no hay posibilidad de persistencia, de la
prosecución del juego. Lo que se juega es la definición entre lo cierto
y lo falso, lo que es y lo que no es, lo que existe sustancialmente y ha
de existir y lo que es una ficción o una construcción impropia y, por lo
tanto, ha de volver a su no existencia original, ha de desaparecer. De
esto no tenemos noción sino a través del juicio crítico.
En cuanto a la estrategia,
dijimos que los extremos no tenían que ser inmediatamente y
necesariamente enemigos, y esto tal vez sea lo más importante. La guerra,
para suscitarse, necesita de un detonante, y éste hay que buscarlo en el
principio de agresión, que parece ser natural en los carnívoros:
una entidad concibe, intenta
y por fin acumula y dirige sus fuerzas hacia la captura de la otra, a la
que someterá y devorará, es decir: la aniquilará y absorberá todo lo
que había en la misma. Nunca hay una adversidad manifiesta entre la
gacela y el león; no obstante, éste atacará, vencerá y devorará a
aquélla. Por mucho que la gacela se defienda, lo cierto es que ni
originalmente atacará al león ni podrá intentar otra cosa que
inútilmente defenderse.
Bajemos, pues, a la sociedad humana y la historia, y enfoquemos la
porción tempoespacial que nos interesa: Cuba, la nación, pueblo y lugar
signado, sistema correlacional en el que estamos insertos.
La realidad más determinante
con que nos encontramos es la conquista, la agresión, en más de un
momento para aniquilar al contrario, devorarlo y absorberlo con todos sus
recursos.
Si hubo un tiempo en que la
Isla estuvo vacía, lo suponemos; pero desde hace más de 11,000 años
-que tengamos confirmación-está habitada. Después de esto, fue ocupada
y dominada por las migraciones invasoras de origen tupí-guaraní, y
luego, por la española. Sin embargo, la conciencia polémica
conquistadora que más nos interesa, porque en ella estamos implicados, es
en la agresión desatada por una parte de la población para someter,
aniquilar y absorber a la otra, (sin que todavía sepamos bien ni cuáles
son verdaderamente los entres contrapuestos ni qué se pretende aniquilar
y devorar para absorber). Esto ha sido lo que hemos denominado
"revolución" desde el s. XDC: un grupo que se dispone a agredir
y conquistar.
Si el momento 1510-1515 es
típico de esta figuración estratégica, después del mismo lo más
claramente determinado en este sentido es 1956-1959. por supuesto, con
buena perspectiva, un tiempo de guerra y conquista pueden verse como
instancias tácticas en una estrategia más amplia y profunda. Así una
estrategia puede identificarse como la determinación de un objetivo que
ha de ser agredido, vencido, aniquilado y absorbido, por alguien que, en
principio, no dispone sino de su autonomía existencia! intencional y su
fuerza de acción. A alguien le interesa apropiarse de b, para servirse de
ella, y a alguien le interesa destruir a B absolutamente, para quedarse
como único poder determinante en el campo.
Intencionadamente hemos
saltado sobre las "Guerras de Independencia", donde estos
elementos no se distinguen sino muy nominalmente. ¿Cuál es el factor que
aspira a apropiarse del campo? ¿El nativo? ¿Y cómo se define éste? Por
otra parte, ¿es el nativo, como ente, quien de veras irrumpe como
porción nucleada para agredir y hacerse dueño? ¿O está el nativo
movido por una corriente inicialmente exógena?
Sólo en Martí encontramos
conceptuación suficiente en cuanto a lo que se quiere fundar y con quiOn;
pero eso hace que la guerra martiana se conciba como un simple
desplazamiento proporcional en cuanto a la correlación del poder, y más
como una promoción apostelar hacia una toma de conciencia más profunda
del ser humano con respecto al acertijo de su destino. Por otra parte,
Martí no inicia la revolución. Cuando viene a la vida se la encuentra en
marcha, como un proceso prácticamente universal. A él le toca definir
una línea dentro de ella: la que va desde la concepción del hombre hasta
el fin operacional de su existencia en el tiempoespacio. En última
instancia, su proposición se reduce a la obligatoria responsabilización
del hombre con su destino y el de los suyos en la tierra.
La guerra del 95 -estrategia
martiana toda ella- no es más que una operación táctica para obligar al
poder español a reconocer la independencia política de Cuba y para más
o menos orientar a los cubanos en los valores hacia los cuales ha de
constituir su autónoma autoridad. El verdadero trabajo martiano es una
prédica ontológica, en función de cuya noción de realidad se ha de
inferir y aplicar una ética, particular y universalmente válida. No
sabemos ahora si hay error o insuficiencia en la teorización martiana,
pero para la acción política jamás se ha podido concebir y predicar una
ideación más intrínsecamente profunda, coherente y humanamente
realizable. Por supuesto, ni agota la posibilidad del pensamiento ni cubre
toda la urdimbre del devenir humano. Como los profetas hebreos mayores,
sintetiza la concepción universal con la situación casual y crucial
desde la cual él contempla el destino del hombre.
Pero sí más allá de lo
cubano y lo martiano hay una prospección estratégica, un cálculo de
posibilidades y acciones por parte de un extremo A para agredir,
conquistar, aniquilar y absorber al otro extremo B y quedarse como dueño
absoluto del campo. Tal vez bajo las proposiciones de
"democracia" y "capitalismo" se encuentre la más
aguzada estrategia de agresión y aniquilación a que hayamos asistido, de
la cual las peripecias polémicas sean simplemente aplicaciones tácticas.
Volvamos a Cuba. Fidel,
indudablemente, es un gran estratega. ¿Intuitivo o nato? ¿Documental? \
Lo cierto es que pocos caudillos han dispuesto de tal energía personal
para mover desde u extremo, ni de \ tanta capacidad y versatilidad de
maniobra.
¿Cuál fue su objetivo, el que iba a ser conquistado? El reino de la Isla
de Cuba y sus habitantes. ¿Qué estorbaba su ambición inicial? La
organización institucional de la República. Entonces Moneada 1953 y el
alzamiento en la Sierra Maestra pueden verse como tácticas dentro del
proyecto estratégico. No interesaba vencer y destruir a Batista. Este era
una forma aparente y ya muy endeble del verdadero poder. Ni siquiera la
estructura social del la República -sus clases dominantes propietarias y
dirigentes- era considerable sino como instrumental, y éste muy endeble.
La acción determinante reclamaba la apropiación de todos los recursos
del poder en la Isla y el control absoluto de todo el territorio y sus
habitantes. Los pasos tácticos fueron: primero imponer su determinación
al movimiento revolucionario, luego tomar el poder el poder-gobiemo, y
entonces aniquilar a todo enemigo interno y apropiarse de los tres
instrumentos neurales del poder para su uso directo y exclusivo: 10 el
brazo armado, 2) la correlación económica propiedad-abastecimiento y 3)
la identificación sicológica (justificación doctrinal y jerarquía
proposicional).
Los tres vectores de
transmisión de fuerza fueron tomados, redefinidos e instrumentados, y se
estableció, como en todo reino producto de la agresión conquistadora,
una autocracia totalitaria, centrada en una cabeza regente, con unidad
absoluta de normación conductual, justificación ideológica (doctrinal)
y sistemática de la producción y distribución de bienes de consumo,
muebles e inmuebles.
Como esto no ocurría en
nuestra Isla desde 1510-1515, la población se revolvió e intentó todas
las resistencias, reconquistas y recuperaciones. Pero en varias décadas
todo intento de adversión fue vencido, aniquilado y ora absorbido ora
expulsado del territorio. Nada parece indicar, ya desde hace años, que
pueda constituirse una porción autónoma que pueda asaltar o siquiera
desafiar el reino constituido. El progresivo aniquilamiento y renuevo de
las generaciones tiende cada vez más a mantenerlo, compactarlo, asentarlo
y asegurar su durabilidad.
Desde hace mucho rato se
confía en que el peso mayor de una configuración distinta en el sistema
correlacional geopolítico internacional (hoy preferiríamos decir
simplemente "planetario") logre "influir", ya que en
propiedad no se puede decir "presionar", para que se produzcan
modificaciones formales que aproximen el estilo convivencial de Cuba al de
los países actualmente determinantes en la conducción del planeta. Lo
cierto es que las claves del poder del reino fidelista -1) estructura
armada de imposición y defensa, 2) estructura económica de propiedad y
trabajo y 3) estructura sicológica de exposición y orientación- obran
en función perfecta con la unidad del reino y su gobernación.
Sólo podría ser debelado
-agredido, conquistado, devorado y absorbido- por un centro de poder
exógeno, desproporcionadamente superior en fuerza, y en condición
coyuntural de ataque. Hace mucho rato que esta realidad es evidente. Queda
de inmediato el preguntamos: ¿nos es deseable la debelación, conquista y
absorción del reino de la Isla de Cuba y sus habitantes por un poder
exógeno? Esta pregunta hay que respondérsela no como cubano sino como
hombre universal.
Los que nos respondemos que no -y esto no
es nada fácil cuando el objeto del que se trata constituye lo más
propio-, tenemos que planteamos inmediatamente la doble dimensión del
hombre:
material y espiritual. Desde el punto de
vista primero, la respuesta conduce al que ha quedado fuera del reino
castrista a apropiarse, de alguna manera, de un espacio existencial donde
asentarse y desarrollarse, y esto ha de lograrse de cualquier manera, bien
por la reconquista del lugar original, bien por la apropiación mediada de
otro cualquiera.
Desde el punto de vista segundo, el
espiritual, el problema de la consistencia ontológica se hace capital.
¿El qué se consiste? ¿Qué somos? ¿qué hay en nosotros de esencial,
sin lo cual no podemos existir? Esto cambia por completo la proyección
personal en cuanto a su trascendencia, en cuanto al qué podemos hacer.
Entonces el problema está en identificar una realidad óptima, y en mover
la conciencia y conducta del prójimo, el más cercano, a creer en ella,
mirar hacia ella y obrar en pro de la misma.
¿Qué es lo que sustancialmente ha sido
quitado del hombre? ¿Y cómo convertir a este hombre, que se nos propone
como el enemigo, el adversario, el distinto, en uno de nosotros, para que
obre en función de lo que nosotros creemos?
Ese vuelco sobre uno mismo que exige el
hallarse en la posición del vencido, del conquistado, aniquilado y
absorbido, tiene que remontarse a la absoluta desnudez, indefensión y
despojamiento del hombre, hasta situarse en la noción clave de su
ocurrencia en este plano: su condición de vida-muerte. ¿Por qué y para
qué vive? y ¿por qué y para qué muere? Esto va a la noción de su
sustancialidad universal: lo que hace que él sea quien es, y exista como
tal para los demás. La vida se le convierte entonces en su proposición
de la verdad, y la muerte es la acción-pasión única posible para
establecer la validez causal de ésta en el tiempoespacio.
Nos preguntamos ahora: ¿existe una
estrategia para la conversión? ¿Para convertirse a sí mismo y para
convertir al adversario en uno como él? - Sí, exactamente la contraria a
la que conduce a la conquista del reino temporal. Consiste en atraer sobre
sí al convirtiendo, y en encamar, con la propia existencia (vida-muerte),
el objeto-verdad que quiere que sea infündido. Esto reclama cultivar en
el convertidor la verdad en la que cree, y en proponerse a si mismo ante
el convirtiendo como el principio universal que éste último necesita
para reconocerse.
Estamos en el 2002, cuadragésimo tercero del gobierno de Fidel Castro en
Cuba. Desde ésta nuestra defensa, derrota y finalmente expulsión de
Cuba, consecuencia de la conquista, apropiación y absorción de la misma
por un grupo originalmente salido de nuestra propia etnia y cultura, a
quien naturalmente denominamos "ellos", muchos tumbos hemos
dado.
En principio fuimos sorprendidos. Lo que
parecía un conflicto civil sobre la ilegitimidad de un mandante
ocasional, derivó hasta nuestra extracción radical en cuanto a la
responsabilización temporal con el destino de nuestra comunidad. Mil
veces hemos usado la palabra "sistema" para de alguna manera
identificar eso que constituye, al menos nominalmente, nuestra adversidad.
En un principio, esto implicaba, por contraste directamente opuesto, el
modo de realizar la existencia y la imbricación particular que los
expulsados habían tenido, con sus intereses y correlaciones. Como nunca
nos había ocurrido algo semejante, tampoco encontrábamos la comparación
histórica. Para los que compartiendo nuestro punto de vista se habían
quedado en la Isla, la situación era la misma que la de cualquier
población conquistada ante la conquistadora: los señores pasaron a
siervos, la disposición de los medios pasó de los vencidos a los
vencedores, la nueva religión oficial se impuso en el sistema
ideológico, se enseñó masivamente, se exigió la conversión a la misma
y sirvió de teorización racional para justificar la conducta de los
poderosos, y hasta para intentara la defensa de los no favorecidos.
Parta los desterrados, significó la
dispersión, el nuevo reagrupamiento y, a veces, la disolución en los
otros medios a donde fueron arrojados. Como nada en la tierra alcanza el
grado de absolutez pura, en ningún sentido, ni material ni espiritual, no
ocurrió una aniquilación total. Ni los vencedores se pudieron
diferenciar absolutamente de los vencidos, ni éstos fueron perfectamente
aniquilados o absorbidos. Por ahí empezó la recuperación de un cuerpo
ideal todavía muy lejos de concretarse material y espiritualmente: el de
la nación cubana más allá de la catástrofe de la actual conquista- Lo
único de lo que se disponía era de un elemento casi inefable y poco
definido (o indefinible), que se hacía patente nada más que bajo su
encubrimiento en una palabra sagrada, una especie de "logos
hierático" o "hierologos": Cuba.
Si Cuba existía realmente, siquiera como
una idea seminal o un espíritu común por cuya ignición nos
constituíamos, de él y por él iríamos produciendo y elaborando, hasta
que, pasado el tiempo de lo accidental y disuelto "esto" nos
reintegraríamos como nación única en un solo principio.
El principio de la vida aparece con la
primera pareja humana, para nuestra especie. No tiene que ser original. El
rastreo del mismo conduce, remontando el curso de nuestra estirpe
histórica, al momento en que algo nos fue trasmitido -mejor: infundido-,
y ese algo, como quid esencial imprescindible, germinó, sustanció
nuestras uniones y promovió nuestro crecimiento y multiplicación propio,
único y polimorfo a la vez.
¿Qué hay por lo que haya que vivir y
valga la pena morir? Dramáticamente, nuestro Himno Nacional insiste no
sólo en la idea del combate, en que la vida es un agón, un forcejeo
mortal contra una adversidad ineludible, sino en la de que "morir por
la patria es vivir". Sólo que la palabra "patria" se nos
hace hermitica, misteriosa. En principio, es aquello por lo cual se puede
sobre otro, aquello que es una calidad de poder, recibido y reconocido,
por el cual el acto es legitimado, síntesis a un tiempo de sustancialidad
compartida y de instrucción ética. El himno empieza dirigido
imperativamente a un vocativo que significa una pluralidad de hombres, de
personas individuales que comparten e integran una sustancialidad única y
común. Ser hombre implica ser indisolublemente persona, individual y
colectiva.
La persona es una correlación continua,
sígnica e inseparable de una individualidad a otra, y de una
individualidad a una colectividad y viceversa. El hombre que va a tener
patria es persona, y la nación en la que se constituye la patriedad es
persona también, y una y otra no son sino dimensiones del mismo ser: el
hombre. Esta era la única noción con la que podíamos identificamos
todos los cubanos -los nacidos y los por nacer-en el instante
catastrófico de la última conquista. No quedaba más remedio que
intentar la conversión de todos hacia esa noción. Si lográbamos
identificarla y creer en ella, ahí estaba el punto inextenso, el fuego
sustancial, para reunimos y recuperamos.
De la noción clave de la persona
provendría una concepción del derecho, de los fundamentos esenciales de
la normatividad, y de ésta, un modo de recomponemos en comunidad
solidaria y colaboradora. Lo demás era simple decantación de causas
anteriores y proyecciones finales, pasos del deshacer y el hacer partiendo
de lo que se tiene y dirigiéndose hacia lo que se quiere tener. Pero
recordemos que tener no es ser, ni lo que se tiene es lo que se es. Por lo
tanto, los modos de componer y reformar lo temporal son múltiples y
variados, y son mera expresión de una sustancialidad única e idéntica.
En esta regresión conceptual -más bien:
reflexión forzada- hacia el reencuentro con nosotros mismos, tuvimos que
partir desde lo más concreto y material, inmediato y práctico, porque
ningún vencido se da cuenta inmediata de hasta qué punto ha sido
aniquilado y despojado; siempre cree que la reconquista es integral y
rápida. Así, lo primero que tratamos de recuperar fueron las formas
imediatas del derecho político y de la propiedad, que son las más
directamente afectadas por cualquier conquista. A lo primero lo llamamos
"democracia", y a lo segundo, "capitalismo". Ni
siquiera se hurgó mucho en la noción de "soberanía del
pueblo" ni de "función productivo/distributiva entre el trabajo
y los medios". Pero en esto hemos estado enredados retóricamente
cuarenta y tres años.
Hemos caído en la trampa de reducir todo
a una consecuencia de esas dos pretendidas causas. Sin embargo, éstas son
las formas más vulnerables y variables de la estructura humana.
Ultimamente, siguiendo las variaciones de la oda, todo ha sido reducido a
la propiedad: ¿quién dispone de los medios: tú o yo, A ó B? Lo demás
no importa, viene solo, -así nos dicen. ¿Quiere esto decir que lo que
connota la existencia del hombre es su tenencia de la cosa no hombre?
¿En el siglo XXI, esto que llamamos
"democracia" tiene bien definidas la imprescindible noción de
soberanía, y ésta, la de su ubicación en el orden universal? ¿Son
universalmente reales, o al menos posibles, las formas prácticas de la
"democracia", tal como se nos presenta? ¿Cuál es su verdadera
apreciación, confrontada con las nociones, hoy también en duda de
"libertad" y "justicia", o con la sustancial de la
persona humana? ¿Es suficiente un simple modo de producir la autoridad
gobernante de una comunidad tempoespacialmente limitada para fundamentar
conceptualmente la sustancialidad continua y permanente del destino
individual y colectivo?
Guiados por la orientación de la porción
humana hegemónica en el curso de nuestra civilización por varios siglos
-definida entre la revolución Cromweiliana en Inglaterra y el pretendido
dominio global de los Estados unidos anunciado por su jerarquía
representativa- nosotros, derivando desde la insurrección de las colonias
inglesas de la América del Norte y la Revolución Francesa de 1789,
fuimos instruidos ideológicamente en los pilares del
"democratismo" y el "capitalismo". Entrando en el
siglo XXI, la noción de una propiedad particular causa y fin de todo, se
propone como una clave de la integración religiosa -entiéndase por esto:
una interpretación omnicomprensiva del misterio universal-, por encima
del cristianismo y de toda la posibilidad del ejercicio pensante del
hombre. ¿No está llegando el momento de confrontar las dos
sistematizaciones con la necesaria noción de la realidad y el bien y de
su consecuencia en el destino humano?
Si el orden político y el de la propiedad
son lo más fácilmente mutable en los desplazamientos de la correlación
de fuerzas del agregado humano, y se sitúan concretamente en el horizonte
de los que se apropian del poder (conquistadores) y de los que lo pierden
(vencidos), ¿no sería necesario buscar raíces más profundas del
ordenamiento convivencial, para a través de ellas llegar a la
concienciación de los primeros principios?
Hace mucho rato que nos preocupa en
demasía lo que en un principio nos golpeó de manera más directa y
desconcertante: las distorsiones del orden penal y del orden social. Por
eso, la recuperación de una conciencia fundamental sobre el derecho penal
y el social nos parecen más duraderamente importantes que las del orden
político y económico, y nos importan especialmente, porque son estos
fundamentos estructurales los que parecen entrar en crisis en el ámbito
de la civilización donde estamos inclusos. Y es precisamente en este
momento cuando, de manera muy vaga aún, se sienten en Cuba signos que
pueden apuntar en dirección a este orden.
Jorge Valls
Florida, 2002
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Sobre
Socioeconomía
Por Jorge Valls
¿Por qué decimos
"socioeconomía" y no "economía" solamente?
Porque no existe el fenómeno económico
puro, sino que éste se realiza en una comunidad integrada, donde todos
dependen unos de otros, tienen unos hábitos y valores que se continúan y
que constituyen el modo de ver, juzgar, apreciar y realizar el oficio de
la supervivencia, y tienen por encargo la construcción de una cultura
común por la que han de expresarse universalmente.
Así decimos:
Socioeconomía es el arte y la ciencia de
combinar los recursos naturales y de civilización con el trabajo
socialmente integrado, para proveer al crecimiento y multiplicación de
una población, en un lugar determinado, organizado políticamente y bajo
autoridad civil reconocida.
Es, al mismo tiempo, la indagación y
realización de cómo se producen, circulan y se distribuyen los bienes, y
la consideración eficiente de cómo vive, trabaja y se desarrolla una
población, a qué aspira ésta y qué capacidad necesita para lograrlo.
No se trata de cuánto le proponen y quiere adquirir, sino de qué se
propone y cómo lo puede alcanzar.
Como el hombre es libre -y en esto creemos
sustancialmente--, este análisis tiene que separarse completamente de
toda noción de determinismo así como de imaginismo desiderativo.
Tratamos de necesidad y posibilidad, de disponibilidad y acceso. Esto se
parece al cultivo y a la construcción; no hay ni máquina universal ni
evolución espontánea. Se trabaja con la vida y la obra del hombre.
Estamos a finales de junio del 2002, en el
momento en que se hacen dramáticamente manifiestas las señales de una
crisis económica en la potencia máxima (E.U.). Ya es más que evidente
en otros países de seria construcción estructural (como la Argentina). Y
si bien afectará especialmente a toda el área de predominio del dólar,
no será menos incidente en la del euro o en las economías orientales y
de la Oceanía.
Lo primero a lo que estamos asistiendo ya,
es al súbito empobrecimiento de grandes masas laborales, no solo de nivel
no calificado sino aún profesional y tecnocrático. Esto está impulsando
la emigración masiva hacia los centros más desarrollados (E.U. y Europa
Occidental), lo que desequilibra la capacidad de mantenimiento en
regiones, si bien muy perfectamente organizadas, sin recursos ni
posibilidad inmediata de crecimiento suficiente para asimilar los cambios
demográficos y los desajustes y contrastes socioculturales. Quiero decir:
que las condiciones están dadas para el desarrollo de la violencia
interna (delincuencia, perturbación social, descontentos y contradicción
insalvable de intereses).
Si a esto añadimos la situación a que
nos asomamos desde el 11 de septiembre del 2001, y la preocupación --por
experiencia histórica-- de que la única manera que tiene una
macroestructura político-económico-militar para intentar salir de la
crisis es la precipitación de una guerra, que justifique grandes gastos,
autorice determinaciones por encima del proceder común y augure victorias
probables que traerán deseables beneficios consecuentes, comprenderemos
mejor el momento que estamos viviendo.
La población más afectable por esta
situación son las multitudes menesterosas, técnicamente indoctas y
socialmente abandonadas, de América Latina, África, Asia y Europa
Oriental, de pronto en la miseria y forzadas al éxodo hacia un mundo que
necesariamente acabará rechazándolas. Esto quiere decir que en la
actualidad sólo una pequeña porción de la población del planeta está
en medios adecuadamente instrumentados para el rendimiento óptimo. Pero,
a la vez, son las tierras habitadas originalmente por esas masas hoy en
desastre las más abundantes en recursos naturales y las que ofrecen la
mejor perspectiva para un desarrollo integral posible a través de un
programa justa e inteligentemente concebido.
En tiempos de crisis no son confiables: 1)
ni la empresa constituida, porque es demasiado vulnerable a los
desequilibrios del mercado, 2) ni el capital financiero, porque la moneda
puede convertirse en cualquier momento en papel mojado, 3) ni los
"inversionistas" porque el terreno en que se mueven es altamente
inestable e inconfiable.
Hay, pues, que contar sólo con lo que
existe realmente: 1) los "recursos" naturales o de civilización
de los que se puede disponer, 2) el "gobierno" de la unidad de
territorio y población políticamente constituida, que tiene que
identificarse con toda la población y responsabilizarse con la
conducción y suerte de toda ella, y 3) la "comunidad del
trabajo": el conjunto de población que produce y consume y tiene que
convivir en el mismo medio (obreros, empleados, campesinos, artesanos,
comerciantes, empresarios, etc., etc.)
¿Qué se requiere?
1- La plena autonomía -soberanía- de la
unidad nacional (la nación-estado), que es a la vez la unidad económica
básica, con la que hay que trabajar.
2- La perfecta confiabilidad interna y
externa del gobierno, para que su autoridad pueda resultar eficiente,
duradera y constructiva en todo sentido. (Esto reclama, por supuesto, la
perfecta legalidad y legitimidad del mismo. En la II Guerra Mundial las
dictaduras totalitarias y gobiernos de fuerza resultaron al final los más
vulnerables e ineficientes económicamente.)
3- La organización plenamente libre y
democrática, autónoma y no partidista de las bases laborales, para poder
establecer con ellas el intercambio dialéctico necesario para la
instrumentación y puesta en práctica del programa nacional.
4- El grado de libertad y diafanidad legal
plenas, para que no se estorbe la iniciativa ni la capacidad original de
realizar y combinar el esfuerzo.
Necesitamos viabilizar al máximo la
capacidad de trabajo, cuantitativa y cualitativamente hablando, y de
propiciar la más alta productividad del hombre y la óptima distribución
de lo producido. Cuanto coarte la capacidad de producir o mercar justa y
honradamente, es estúpido; y cuanto estorbe la más amplia distribución
de los bienes y el acceso común a la media superior de vida y
civilización, es canallesco.
Hablamos para gobierno: para los que
mandan o pueden influir decisivamente en los destinos de la comunidad,
sean autoridad oficial o no.
Habrá más después. Por ahora baste.
Jorge Valls, 26 de junio
del 2002
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