PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

AGENDA #35


CUBAN SOCIAL-REVOLUTIONARY
DEMOCRATIC PARTY

INVITATION TO INTERCHANGE OPINIONS AND EXPERIENCES

Globalization and the labor movement.

1.-. What is it ?
It's the process through a decreasing extremely small minority takes over the financial, economical, military and technological instruments and concentrates them in order to establish the absolute control upon the population and resources of the planet.

2.- How does it happen?
It is produced by the inrestricted and anarchical developement of the capitalist enterprisel cell, in a process of competition and fagocitation that will end up by absorbing all the possibilities of the human life within the comercial function, and this one oriented toward the purpose of maximum earning for the enterprise, sacrificing all that other one which serve that purpose.

3.- What consequences will this bring?
The extravasating of the less competetivelly and agresive population out of the producction-consuming apparatus serving the power of that minority, into which all civilization will end up.
This means: the unnecessariness of a large percentage of workers - and the human population, consecuently - for the maintainig the unique producing-trading consuming apparatus that will determine the planet civilization level.

4.- Who will be left out?

A,- The unnecessary workers who will remain jobless after production is robotized.

B.- The population that do not reach the consumerist civilizacion apparatus offert market with enough purchasing capacity.

C.- Medium and small states unable to fight the competition of the more powerful units or the last remaining unit.
D.- Culture as an objetive of man in his search for truth and beauty, because any production in this sence will immediately be subordinated to the maximal enteprisal earning final interest.

5.- What do we propose?

A) Universal incorporation of worker within the organizaed forms of the labor community; internacional coordination for a common action.

B) Maintainance, defense and real autonomy of the workers' community, with its basic rights to strike and to collective bargaining.

C) Demanding not only a minimum of material or inmaterial conditions, but to take part in determining the economical program and the income distribution.

D) Defending the national state, representative and responsible for all the population in the territory defined and organized under a governing authorithy.

E) Creating development areas that may fulfill the population, resources, substructure and geographical space conditions enough for un adecuate development and for and effective defense in the world competition.

6.- Final objetives we must look for:

A.- Property redistribution ( the broader the better)

B.- World wide reorganization of socio-economical process ( really as to needs and possibilities)

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PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRATICO DE CUBA

Invitación para intercambiar opiniones y experiencias

Globalización y el movimiento obrero

1.- ¿ Que es globalización?

El proceso de apropiación y de concentración, por parte de una minoría cada vez más exigua, del instrumental económico financiero tecnológico militar, a fin de establecer el control absoluto sobre recursos y población de todo el planeta.

2.- ¿Como ocurre?

Se produce por el desarrollo irrestricto y anárquico de la célula empresarial capitalista, en un proceso de competencia y fagocitación que acabará por absorber todas las posibilidades de la vida humana en la función comercial orientada hacia el fin de la máxima ganancia empresarial y sacrificando las que no puedan aprovechar.

3.- ¿ Que consecuencia traerá?

La marginalización de la población competitivamente menos agresiva, del aparato de producción y consumo, al servicio del poder de esa minoría, en que acabará por convertirse toda la civilización.

Esto quiere decir: La innecesariedad de un amplio por ciento de los trabajadores - y de la población humana por ende - para el mantenimiento eficiente del aparato productor-mercado-consumidor único y determinante del nivel de civilización del planeta.

4.- ¿ Quienes van a quedar fuera ?

a.- Los trabajadores innecesarios después de la robotización de la producción;

b.- La población que no alcance acceder con capacidad de compra suficiente al mercado ofertor del aparato de la civilización consumerista;

c.- Los estados medios y pequeños, incapaces de resistir la competencia de las unidades más poderosas o de la unidad última de poder definitivo;

d.- La cultura como fin realizable del hombre en su búsqueda del bien, la verdad o la belleza, pues cualquier producción en este sentido queda inmediatamente subordinada al interés último de la máxima ganancia empresarial.

5.- ¿ Que proponemos ?

a.- Incorporación universal de los trabajadores a las formas organizadas de la comunidad del trabajo. Coordinación internacional para acción común.

b.- Mantenimiento, defensa y autonomía cierta de la comunidad de los trabajadores, con su derechos básico de huelga y contratación colectiva.

C.- Exigencia no sólo de un mínimum de condiciones materiales o inmateriales sino de la participación en la determinación del programa económico y en la distribución de los ingresos

d.- Defensa del estado nacional representativo y responsable de toda la población en un territorio definido y organizado bajo autoridad gubernativa.

E.- Creación de ámbitos de desarrollo que reúnan las condiciones de población, recursos, subestructura y espacio geográfico suficientes para un desarrollo adecuado y para defenderse eficazmente en la intercompetencia mundial.

6.- Objetivos últimos que hay que buscar:

1.- Redistribución de la propiedad. (Lo más ampliamente posible)

2.- Reordenamiento mundial del proceso socioeconómico. ( en función real de necesidad y posibilidad. )

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UN AÑO DESPUÉS...

Jorge Vals

Si a algo asistimos en la historia, es, por una parte, al ascenso y descenso de los centros de poder que durante un período se convierten en determinantes del modo de vivir, pensar y aspirar de la conciencia humana y que constituyen el principio de atracción y emulación de lo que llamamos civilización, y, por otra, a un crecimiento, desplazamiento y mestizaje de la población, que va ampliando la comunidad humana e incorporando a un sistema de correlaciones único aún a los más dispersos de la asociación de la especie.

Como el hombre no es simplemente un animal que crece y se multiplica para sobrevivir sobre la tierra, sino un ser constituidor de signos y valores, que vive entre la continuidad del pensamiento y la espasmódica contiugüidad de su acción, en la que cada instante está absolutamente separado del otro_por_el inexplicable hiato de la nada, este proceso descrito anteriormente no puede ni reducirse a ciclos ni concebirse meramente como una espiral en expansión. No queda más remedio que pensar que se va hacia algún punto en el infinito y que en ese rumbo se presentan las posibilidades, opuestas y excluyentes, de una dirección y sentido o lo opusto; es decir: de alguna manera, en la contraria. La derivación definitiva, puesto que no hay ninguna posibilidad de síntesis o compromiso sino en los casuales y pasajeros instantes del trayecto, no es la de llegar a un punto último o a otro, cualquiera que fuere su denominación, sino no llegar, así tan llanamente.

De ahí que el esfuerzo motor del hombre esté marcado por connotaciones cualitativas tan dramáticas, en última instancia, trágicas. Ir en un rumbo —y no se puede dejar de ir- es tan importante para un ser humano que cualquier otra proposición la tiene que ver como un riesgo de aniquilación de su propia razón de ser. Lo que lo define es el rumbo que emprende, y la muerte es un acontecimiento accidental que sólo por la definición previa puede ser superado.

Ninguna guerra ha dejado de ser nunca preferible a la paz, cualesquiera que sean las denominaciones por las cuales han de responsabilizarse las partes contendientes. Cada cual está seguro de que, en cuanto al rumbo, eso es lo que tiene que ser. Por la guerra el hombre deja de aceptar la realidad inmediata y casual que le ha sido dada. Esto, en fin de cuentas, es un instante más en la sucesión, que de todas maneras va a precipitarse. El puede destruir todo lo encontrado, inclusive a su prójimo, el de su misma especie, y gracias a ese poder, fijar la orientación de lo que seguirá después. Desde la unicidad de su individualidad, él podrá determinar al hombre y al paisaje en la orientación por la cual él crea concebir la dirección en el rumbo definitivo. Eso es el poder, por el cual se mata o se deja matar el hombre, y desde el cual mata o se deja matar. Pero el poder decidir sobre el hombre y el paisaje es, quizás, su razón de ser sobre la tierra.

El poder tiene tres vertientes insaparables, aunque no igualmente proporcionadas:

física, económica y sicológica. Más sencillamente, serían: 1) la capacidad de agredir, 2) el dominio sobre los recursos y 3) la capacidad de apropiarse de la mente del otro. Por la primera, por el miedo a la muerte o al dolor, el vencido tiene que aceptar lo que le mande el vencedor. Por la segunda, por satisfacer su necesidad o su deseo, para durar un poco más o para aliviar su ansiedad, el menesteroso hará lo que le ordene el que dispone del pan y de todo lo que se le antoje. Y por el poema-discurso que declame y gesticule el suscitador, quien lo atienda o lo crea, como se identificará con él y se fascinará por lo propuesto, irá adonde el primero lo lleve, y aún más lejos, y hará lo que aquél le pida, y aún más.

El Maestro Manuel de Falla quiso que pusieran sobre su tumba una vieja frase:

"Porque el poder y la gloria sólo son de Dios".

* * *

Para poder pensar en toda esta vorágine actual —Afganistán, Irak, las Guerras del Golfo Pérsico, el desbarajuste palestino-israelí, etc...-, vale remontarse al final del período de las grandes guerras europeas de siglo XX, la primera y la segunda, a la realidad del mundo en aquella época y a su recomposición.

Desde el siglo XVI por lo menos, el centro hegemónico determinante de la configuración del mundo había estado en Europa, y no en toda ella, sino en el sistema combinado de núcleos de poder situados en la porción occidental de la península, la más entrada en el Atlántico. La disputa intrínseca acerca del rumbo del destino el hombre, desde allí se llevó a todas partes. Poco antes del estallido de 1914 la humanidad estaba para tributar, servir y ver hacia dónde tomaban las gentes de esa parte, para inclinar su deriva.

Pero ya el final de la primera, en 1919, apuntaba hacia una fermentación de poder que se desarrollaba más allá de aquellos confines: una, hacia el este, penetrando por Rusia, y otra, hacia el oeste, en la protegida e invulnerada arcadia de los E.U.. Ambas partían de una concepción distinta de lo que había sido la noción regente del proyecto europeo. Vamos a decir que eran "disidentes de la europeidad". Enamorados de la misma, pero decididos a sustituirla, y, según la jerga competitiva de la época, a superarla.

La cada vez más violenta ebullición y revolución de las contradicciones, en un ámbito que parecía tenerlo y poderlo todo, acabó precipitándose en la espantosa matazón de 1939-45. Pero al final de ésta, Europa era una ruina, quebrada en pedazos, incapaz hasta de sobrevivir por sus propios medios, y emergieron dos vencedores, que de pronto se encontraron dueños tactuales o potenciales de la expansión imperial europea y de la natural subordinación de los menos fuertes o subdotados del planeta.

Si bien es verdad que inmediatamente, antes que nadie pudiera intervenir —y nadie, por supuesto, podía hacerlo—, se escenificó una disputa un tanto histeroide entre los dos vencedores, al parecer por el tamaño de la tajada, en un mundo partido en dos, que se reservaría cada cual. A esto se le llamó la "guerra fría", donde los aparentes contendientes, aunque se amagaran con mucho escándalo, jamás se dieron ni una bofetada, pero que les permitió a ambos repartirse el campo europeo como tutores, jefes de policía y agentes financieros. Como lo primero, cada uno se encargó de imponer su totalizante modelo del bien y del mal en sus respectivos campos; después, de mantener sus ejércitos como clave del orden público aún en el territorio dominado, y de hacer servir el desarrollo económico, en principio, a sus particulares intereses. La Europa-poder, la Europa-imperial, había desaparecido; quedaba la Europa-nación, forcejeando por sobrevivir, siempre a la defensiva, pero al máximo susceptible de vulneración. Sin equipo armado considerable, sin recursos y casi sin población, Europa no tenía sino su capacidad artística para sobrevivir. Prácticamente menos, tal vez, de lo que había tenido antes de sus aventuras en el exterior.

El resto del mundo —gente, territorio, recursos, algún instrumental disperso, etc.- era inconsiderable. Eran carne de segunda, siempre a disposición de los mandantes. El torneo constante entre los dos vencedores divertía a unos y otros, los cuales corrían de un extremo al otro para conseguir algún mendrugo o para ampararse en la casa del contrario cuando en la propia alguno de los grandes lo zurraba.

Sólo que tanto Europa como ése, el mundo periférico de los-inconsiderables, existían. Estaban vivos. Y la vida es el germen insospechable del cambio.

Para 1959, 60 y ss., Europa no sólo había sobrevivido, sino que, por pura elaboración artística, sin armas y sin recursos casi, se había ido reconstruyendo — reconstituyendo—, y era como un país emergente que presagiaba grandes esperanzas. La finura del sistematismo había suplido las grandes carencias materiales, y bajo uno u otro signo, la europeidad se había afirmado como una capacidad de ser y obrar eficazmente.

Por otra parte, los inconsiderables del sur, a quienes podíamos llamar como a las gentes más sin esperanza, se habían reproducido enormemente; se desasosegaban, y hasta pretendían ser gente, como sus modelos admirados.

La revolución egipcia, la Conferencia de Bandung, la toma del Canal de Suez, el crecimiento de la India, la confirmación de la China continental, la inquietud latinoamericana, etc. señalaban que había una inmesa y creciente cauda humana, que habitaba territorios con inmensos recursos de los que nunca había dispuesto, que se desperezaba. Habría que poner la década de los cincuenta, con señales tan alarmantes como el levantamiento de Hungría en 1956 o la irrupción del mundo árabe, como el período de advertencia, para el binomio de los vencedores, de que una realidad natural — el crecimiento de la población y el inevitable desarrollo humano— constituían un desafío para el orden de las reparticiones tan sagazmente compuesto en 1945 y luego mantenido. (No hay como tener dos títeres, jugando a que se pelean, en las manos del mismo tititritero para que la multitud se mantenga entretenida y acepte las decisiones cualesquiera que éstas fueren. Sólo que en esta comedia de dos personajes, estaba apareciendo alguien más, fuera de libreto.)

Es por los años ésos (alrededor de los 60) que se hacen visibles los acercamientos para hacer patente una alianza entre los E.U. y Rusia (entonces U.R.S.S.), y que, menos visiblemente, desde distintos puntos se propicia y aún se estimula el desarrollo hasta el extremo de las contradicciones en un punto estratégica y geopolíticamente clave: el Líbano. Pero lo que sí es indudable es que han aparecido dos campos, que van a reclamar un papel y un espacio en la determinación mundial: Europa y el Tercer Mundo. Lo primero significa una capacidad de sistema; lo segundo, la mayor reserva de territorio y población del planeta.

Veintipico de años más tarde, para después de la mitad de los 80, las contradicciones internas en las dos macroestructuras dominantes se he hacen dramáticamente visibles: la crisis del dólar en 1986 y el posterior desmantelamiento del mundo comunista. Pero lo que ya no puede negarse es que Europa es, con el Japón, cuyo proceso ha sido semejante, una seria capacidad de mantenimiento y determinación, así como de competencia en los niveles más altos, y que el Tercer Mundo, donde se incluyen de manera determinante el Asia continental y el Pacífico sudoccidental desde el Viet Nam hasta Australia y Nueva Zelandia, y donde África, que ha dejado de ser la incolora denominación de la colonia tranquila y tributaria, por su acumulado de recursos, naturales y aún de civilización, y por el intenso crecimiento de su población, es la perspectiva de desarrollo integral más importante para el futuro.

No vamos a entrar en las causas, fines y procedimientos que produjeron las transformaciones del viejo mundo comunista hasta el presente. Lo cierto es que una nueva correlación de fuerzas y un nuevo eje hegemónico se estaba unificando. A la siempre ficticia e inconfiable "guerra fría" había de suceder la protoalianza de los Estados Unidos, Rusia y China, y, como todas las demás alianzas de poder, por precarias que luego resulten, ésta tenía que efectuarse contra alguien, a quien se tenía que ver como rival emergente. En este caso eran —y tenían que ser— Europa y el Tercer Mundo.

Ya éstos habían crecido demasiado, y había que ponerles freno; por eso los devenimientos a los que asistimos son: la fragmentación de Checoslovaquia y Yugoslavia, que empieza a poner en grave crisis todo el equilibrio europeo precedente, y las guerras del Golfo Pérsico, por las que se intenta romper la nucleación sociológica más directa y contradictoriamente vinculada con los intereses del nuevo eje.

Toda alianza implica una intención última de hegemonía, y esto se decide por la interna correlación de fuerzas. Por lo tanto, desde las primeras señales de su evidencia, un centro insiste obsesivamente en un discurso-poema según el cual, por tales y cuales razones y para tales y cuales objetivos, "éste es el diseño integral con su intérprete", cuya autoridad debe ser aceptada ora como inexorable producto de un determinismo universal ora porque al subordinando le conviene más rendirse que sufrir las consecuencias que se le anuncian.

Por supuesto, esta nueva cabeza imperial que se propone, reclama el poder en todas sus vertientes: 1) el miedo a su poder armado, 2) la entrega de los recursos y del trabajo, y 3) el seguimiento a ciegas de su discurso, cualquiera que sea el rumbo propuesto. De ahí los grandes poemas-discursos publicitarios propuestos: la "globalización", el "libre comercio", la "desregulación del trabajo", y la "seguridad". Flotan en el nuevo topos uranos, como arcángeles arquetípicos, los nuevos númenes proveedores: los "inversionistas", las "transnacionales" y las "organizaciones secretas de la seguridad".

* * *

El proyecto de poder mundial, que por supuesto no es nuevo, toma ahora una dimensión más amplia y una aceleración hasta ahora no ensayada. Lo que se pergeña implica: 1) el control armado —ahora policiaco y militar—, para producirse o responder, agresiva y eficazmente, en cualquier momento y lugar; 2) el control biolólogico y genético, para asegurar la proporción suficiente entre los grupos dominantes y la porción dominada o dominanda de la especie, y 3) el control de transferencias y referencias de la estructura mental, tanto consciente como inconsciente, para lograr la aceptación e intemalización de patrones documentales y conductuales de la conducción colectiva, todo esto a un pretendido nivel ecuménico.

El planteamiento tiene un intrínseca lógica práctica. El grupo humano dominante puede —y naturalmente debe— entrar en merma poblacional con respecto a la porción dominada o dominable, cuyo índice de multiplicación y complejización tiende a crecer hasta, como ha ocurrido siempre en la historia, producir la desproporción y precipitación suficientes como para subvertir el centro hegemónico y dar paso a una nueva recomposición social. Sintéticamente, la situación de la ecumene, llegada ésta a un nivel de intercomunicación e interdependencia casi global, se plantea como la contradicción directa entre la tecnología y la naturaleza, entre la máquina-de-poder y la demografía. No extraña que se enfoque la atención con mayor énfasis sobre las sofisticadísimas técnicas de la acción teledirigida y de la "inteligencia artificial" (todavía no han salido a relucir las "armas de desorientación"), sobre el sexo estéril y la reproducción artificial, y sobre la superestructuralidad virtual de la referencia existencial inmediata. Hay que hacer saber y aceptar, a toda la humanidad y por todos los medios posibles, que hay una superestructura técnico-eficiente que se impone —y ha de imponerse— determinativamente sobre la naturaleza original —racional, sensible y volitiva— del hombre. Un poquito a remedo de Hegel: Tú, hombre, no eres nada; el poder y la máquina-de-poder lo son todo.

Identificamos "el poder" —que también podríamos decir: el "poderoso"— y la máquina-de-poder, como una sola entidad inseparable. No creemos en la autonomía de un sistema que llega imponerse absoluta y determinativamente sobre el hombre de carne y espíritu. Toda máquina reclama un motor impulsor, y en éste tienen que producirse una determinación direccional y un compromiso integral de intención y acto, para que se origine un impulso causal: un movimiento hacia un fin.

En nuestros días, el poderoso (singular o plural), la máquina-de-poder o ambos, pueden hacérsenos imperceptibles. Pero no podemos aceptar la idea de que es una evolución natural ni el producto de una concurrencia casual de factores actuantes. Son demasiado evidentes la concentración e integración de la porción humana determinante, la competencia entre los factores internos por el poder definitivo, la agudización de las contradicciones, la programación y temporización de las acciones dirigidas, para no inferir, en el sentido más exacto de la palabra, una especie de "partido", decantado entre los factores más poderosos y determinantes del poder económico empresarial, del instrumental policiaco-militar armado, y de la disponibilidad y determinación tecnológicas. Pero esto, por sí solo, no existe, ni puede actuar programáticamente sin una vocación intencional consciente previa y sin una configuración ideológica o cultura doctrinal, sin las cuales no es posible ni coordinar duradera y eficazmente las correlaciones ni producir concatenadamente las acciones consecuentes hacia la búsqueda de un fin. Sólo que, así como un bien último se propone como un foco para sumar adhesiones y ser seguido, el mal, y especialmente el mal último, el anti-ser o anti-hombre, por el carácter intrínsecamente mendaz de su proceder, obra como una seducción, que sólo en última instancia revela su fin verdadero y el ser causal determinante del mismo.

* * *

Al llegar a este punto de nuestro desarrollo dialéctico, los acontecimientos del 9 de setiembre del 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York o en el edificio del Pentágono en Washington D.C., y los ocurridos alrededor de esa fecha y subsiguientes, si bien en principio nos golpean como una brutal bofetada de piedra en pleno rostro, no nos sorprenden. Era de esperar cualquier-coyuntura para poder avanzar decisivamente en la aceleración hacia la precipitación, deseada desde todos los puntos por los macrofactores del poder global.

Habíamos asistido a las grandes hecatombes demográficas de Africa, a la explosión de Chechenia y la desintegración de Yugoslavia, y a la libanización cada vez más atroz de Colombia. El equilibrio interno, necesarísimo para Europa, ya podía venirse en pedazos. El Japón y la Unión Europea, económicamente, habían tenido que pasar a la defensiva, y las explosiones internas del Tercer Mundo, por el entrampamiento de éste en la red planetaria de poder, ni siquiera podían apuntar hacia un horizonte revolucionario.

Por otra parte, en la correlación geopolítica de fuerzas del planeta, por el crecimiento poblacional de las regiones y su complejización, que ya no podían ser ignorados, y superado el estorbo de los banderines futboleros de la "guerra fría", una realidad de territorio y población, recursos y estructura, planteaba inaplazablemente una recomposición de la comunidad de naciones, inclusive en función de sus perspectivas de acción y desarrollo. Concretamente, los Estados Unidos tenía que pasar a ser una nación entre naciones dentro de una constelación multicéntrica; había que intentar una planificación mundial más equilibrada, y había que buscar un orden que moderara la competencia y facilitara la colaboración. Pero esto significaba la aceptación, en un horizonte más próximo que distante, del descenso de unos centros hegemónicos y el ascenso de otros, la incorporación a la civilización universal de amplias masas de población desposeída y marginada, y la limitación y hasta regulación de las aspiraciones de los factores particulares más agresivos.

Los que pretendían el poder último para su facción particular con el fin de la dominación total del planeta, y que no necesariamente podrían imponer su ventaja absoluta sobre todos los demás, no tenían más que una salida: si ellos no lograban crecer desproporcionadamente más que los otros, a éstos había que destruirlos, había que impedir que vivieran, por lo menos al ritmo vital que mostraban. Si el orden mundial establecido podía naturalmente derivar hacia la limitación del poder de los más fuertes y al reconocimiento, cada vez más apremiante, de la porción más amplia y más marginada de la especie, había, pues, que violentar ese orden en función de un imperativo casual que justificara -o que pretendiera hacerlo- el poder determinante de la parte más agresiva sobre el todo. Desde este punto de vista la guerra era un imperativo no sólo necesario sino- inaplazable.

Pero una situación en la que se jugaba el poder mundial absoluto y el reordenamiento sistemático de la ecumene, no podía contar con una guerra localizada geográficamente, definida en bandos, banderas, uniformes, centros de poder y campos de operaciones higiénicamente aislables de la porción más interesada en el conflicto. No había -ni podría haber— campo protegido. Ni tampoco eso era deseable. Sólo por la presencia de una contradicción violenta que pudiera exponerse como exógena, podía obligarse a los factores demandantes de la contradicción interna, a someterse a una disciplina no discutible de alineacióin en partes beligerantes.

En el destino humano, siempre más interesante que ¿por qué ha sucedido un hecho? es ¿para qué ha servido? A principios de setiembre del 2001 la desenfrenada centrífuga de una economía virtual que se explicaba por la vertiginosidad de un mercado, y la calculación cada vez más distante de una realidad producción/consumo y de su fundamento social de necesidad/ posibilidad, los ardides implíicitos en un sistema monetario hace mucho rato divorciado de valoraciones reales y prospecciones confiables, y el acumulado de fraude para fingir una exuberancia renditiva en una composición interna desde hace mucho rato urgida de racionalización, condicionaban óptimamente el que se presentara la oportunidad de tomar medidas muy drásticas que justificaran grandes gastos y grandes expansiones dentro de la aceleración del mismo sistema ficticio. Se había hablado de una "crisis energética", pero esto no podía llegar a razón suficiente. Lo único a lo que se podía echar mano rápida y confiadamente era a la violencia. En este caso, podía hablarse de violencia pura: la capacidad de destruir y reponer vertiginosamente lo innecesario.

Y se produjo. No importa si fue sorpresiva, tolerada o contratada. Ni siquiera quién fue el cerebro inductor o cuál el brazo ejecutor. Ni si se fue de cálculo en su magnitud inicial. Lo cierto es que al final de la tarde del primer día alguien tuvo que dar las gracias más efusivas porque lo que no se podía hacer y lo que hubiera tomado un largo y escabroso período para al final no salir nunca bien, ahora se podía hacer en minutos, tomar a todo el mundo por sorpresa y tener una óptima justificación ante la mirada atónita y espantada de los más, todos ahora con su mejor cara de inocencia.

Esto no sólo implicaba una drástica moción de la política económica sino medidas más profundas y radicales en cuanto a seguridad interna y acción en el campo exterior.

La conquista del Afganistán y la apresurada alianza casi informal con Inglaterra completaba el sistema de bases estadounidenses, sistemáticamente constelado sobre un campo geopolítico clave que se estructura desde el Mediterráneo oriental, el Mar Rojo, el Golfo Pérsico, hasta el zócalo de tránsito que constituye la Bactria, entre el Lejano Oriente y el Cercano, y las costas —inclusive las del norte— del Mar Negro. Esto es actualmente el mayor acumulado de personal y recursos bélicos de los Estados Unidos fuera de su territorio. El gran país geopolítica y estratégicamente concebido —y finalmente realizado gracias a la desintegración de la antigua U.R.S.S. y el desprendimiento de las repúblicas, algunas de amplia población islámica— constituía un enclave formidable en el zócalo del Viejo Mundo; es decir: no del hemisferio americano. Frente a la Gran Rusia, China y la India, frente al África, en la misma carne del mundo musulmán y, sobre todo, en línea directa sobre Europa. Cualquier cosa que se provocara desde esa región, afectaría, en todos los sentidos y siempre negativamente, a Europa, que se convertía en la región más vulnerable y más indefensa ante cualquier trastorno.

¿Por qué?... Pues porque África, no importaba lo que pasara, no podría estar peor. Rusia y China, por los nuevos pactos y alianzas, podían estar perfectamente cubiertas y servir más o menos discretamente como colaboradores. La India y, en general, el Asia, el lejano Oriente, hasta la Indonesia inclusive, por su inmensidad de recursos y población, podían asimilar cualquier cosa. Pero Europa, casi sin recursos y sin población, sobreviviente a base de la sofisticación y finura de la construcción sistemática de composiciones del equilibrio interno o extemo, no podría verse forzada a grandes esfuerzos militares o económicos, ni a grandes desajustes sociales, sin resultar muy peligrosamente afectada en todo sentido.

La sola entrada masiva de un éxodo migratorio detonado por el desastre social en el resto del mundo, era insoportable. El desatamiento de la violencia agresiva entre denominaciones era llevar el caos a un territorio que era el campo de refugio natural tanto de la Europa oriental, con sus presentes trastornos, como del resto del mundo, y los peligrosísimos factores de subversión y agresividad subyacentes o precariamente controlados como remanentes de las grandes guerras, se podrían desatar, caótica o dirigidamente, por los súbitos a incontenibles desajustes internos.

Así, el porrazo de las Torres Gemelas, si les daba rienda suelta los factores más agresivos del mundo estadounidense, de pronto arrastraba a Europa en un vértigo interno y extemo para el que ni podía haberse preparado ni del cual ahora podía hurtarse. Porque tenía algo que perder, resultaría la más afectada a fin de cuentas.

De paso, por otra parte, Inglaterra, que estuvo, sobre todo al principio del sigloXX, muy activa en la región donde aún subsistían múltiples intereses suyos, y los Estados Unidos, necesariamente su mejor aliado y gran socio capitalista, se encontraban sobre el suculento bolsón petrolero, que se extiende por toda la región, pero que al concentrarse en el Afganistán, facilita hasta la construcción de un nuevo sistema de oleoducto. El control territorial, tanto político como militar, del país, sin más estorbo que una harapienta, mainutrida y atrozmente vapuleada población, aunque fácilmente indócil y levantisca, aseguraba una pingüe apropiación de recursos que, a su vez, eran claves en la guerra económica a sumo nivel.

* * *

Ahora, como en una novela de aventuras caprichosas, se nos presenta la incógnita de cómo y por dónde. La sola operación Afganistán es demasiado insuficiente para servir a los últimos fines propuestos. Se reclama un período relativamente largo de beligerancia que permita una sucesión de operaciones económicas y políticas, con una victoria final previsible que obre como un crédito a favor de las mutaciones y que ofreza una perspectiva de gran ganancia futura, esto, por supuesto, en todos los sentidos. De cierta manera —un poco grotescamente—, se quiere reponer el espíritu de expectación ideal e higiénico optimismo que aún hoy se recuerda de la II Guerra Mundial, que borre la mala memoria de otras aventuras y augure un cómoda y duradera bonanza.

Sólo que no hay un enemigo, con cuerpo real y visible, que mente el desplazamiento emocional adverso, y ni remotamente se puede aliar un campo que, a manera de "cruzada", pueda llamarse "de los aliados". El problema del "terrorismo" no puede verse sino como revolucionario, es decir, ennoblecido por la proeza y la exaltación ideal, por parte del más débil que desaña al más fuerte, o como policiaco, por parte del más fuerte en ejercicio del poder, a quien la nimiedad del más débil y su osadía extrema logran burlar y jugarle cabeza.

Por otra parte, tratar de zambullir en el mismo saco con el membrete de "terrorismo" —siendo éste no un partido o fuerza constituidos sino un método de lucha, una mera táctica usada por muchos en distintos momentos y para diversos fines- una pluralidad de situaciones casuales que no son sino síntoma de la insoportabilidad de la estructura social dominante en el presente, es sencillamente imposible. A todas luces, lo que se muestra es la aspiración a un orden policiaco represivo de cobertura mundial.

Pero esto, que está a años luz de poderse realizar en la espantosa descomposición del mundo "subdesarrollado", incide precisamente en la región más opulenta, tecnificada y complej izada instrumentalmente del planeta, como una camisa-de-fúerza anulatoria del ciudadano medio o común, el cual, por su capacidad de solvencia, es quien menos necesita de ella. Esto sería como si, para capturar un ratón que se filtra por las hendijas de un edificio viejo y destartalado, hubiera que encadenar a los horteras y clientes de una gran tienda por departamentos y estorbarles el movimiento. Sin embargo, como el verdadero poder está en el gran centro de negocios, es ahí donde interesa aplicar el control, y no en el gran caserón deshecho donde dicen que se refugian los ratones.

En realidad no estamos asistiendo a un ataque y contrataque de fuerzas identificables o equiparables, sino a un golpe de estado dentro de una sociedad todavía organizada como un equilibrio de cuerpos, para imponerle la estructura vertical absoluta que permita someter a un centro monocéfalo toda la expansión global de la ecumene. Es el mismo viejo esquema donde, para apropiarse de todo y someter a los demás, hay que primero someter a los propios y ceñirlos a la cohesión y obediencia más severas.

Pero hay que bajar al esquema práctico más inmediato. Es necesario un clima duradero de beligerancia y atrocidad que facilite la continuación de las maniobras. Es aquí donde el conflicto palestino-israelí y la orientación de la vocación belicosa contra el Irak y su actual gobierno, crecen desmesuradamente hasta convertirse en una sola situación corrediza. Si la situación de beligerancia, real o posible, se extiende desde la costa mediterráneo hasta la Mesopotamia, con una peligrosidad cada vez más creciente, es porque, desde tiempo inmemorial, geopolítica y estratégicamente, aquello es un núcleo determinante que afecta inmediata y directamente todos los campos aledaños, muy especialmete los centros de civilización y determinación europeos, africanos y del Cercano Oriente. Un día una chispa saltada de esa región puede producir una catástrofe irreversible en toda la civilización.

Al mismo tiempo se produce un desplazamiento y confusión políticos, no por habitual y orgánicamente normal menos inquietante, entre Israel y los Estados Unidos. Si esta correlación siempre ha sido vista como intríinsecamente natural, necesaria y aceptable, en el momento en que, tras la máscara de acontecimientos realmente perturbadores, se está decidiendo la implantación de un poder mundial unicéntrico y omnicomprensivo a contrapelo de la realidad no sólo del mundo desarrollado sino de la inmensa extensión de los marginados de la tierra, es más que inquietante.

De ahí que la propuesta en un momento expresada de "conmigo o contra mí" se traduce, con este incremento del furor bélico, como la sugerencia siniestra de "mejor te unes a mí, que voy a ganar, y quién sabe cobres algo del botín, que te pones entre los que van a perder y a quienes voy a poder patear y saquear sin que nada se interponga". La desmesura de la bravuconada no quita el riesgo de la ocasión.

* * *

¿Se le podrá partir el espinazo al mundo musulmán, que cuenta con más de mil millones de habitantes dispersos por una región amplísima, con un subsuelo de incalculable valor económico y estratégico, siendo éste un mundo que está en ascenso visible desde la década de los cincuenta del pasado siglo XX y que obra como avanzada del Tercer Mundo? Y, si se le parte el espinazo, ¿cuáles podrán ser las consecuencias, con una población cada vez más considerable en los países céntricos de Europa y demás medios de avanzada civilización, con vínculos comunitarios propios, de familia, fe y destino común, más fuertes que en la llamada "civilización occidental" donde las únicas formas de cohesión parecen ser los contratos económicos y las convenciones políticas?

Otra: ¿Se insertará el viejo proyecto del Gran Israel —entre el Mediterráneo, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico— en el proyecto del gran dominio mundial que propone bajo distintos nombres los Estados Unidos?

¿Es confiable la capacidad técnica de una porción hegemónica no necesariamente mayoritaria, para asegurar el control sobre la realidad natural del crecimiento y la multiplicación biológicos del resto de la población humana?

¿Podrá un intento de civilización universal, fundada sobre la conciencia de la verdad y la instrumentación ético-jurídica consecuente, resistir la subversión de sí misma por el aventurerismo escéptico y pragmático de una casual alianza oportunista entre los que disponen del dinero y los que disponen de las armas?

¿Podrá el monolitismo del complejo económico-militar-tecnológico subsistir al desarrollo de sus propias contradicciones internas?

Geopolíticamente, Rusia y China, que tienen todas las de ganar en el presente, ¿se embarcarán con su nuevo socio visible, cada vez menos confiable?

Tal como se ha planteado esta "guerra", donde se ha cuidado de no dejar ninguna porción neutral para poder recomponerse luego que termine, —¿o es que alguien supone que no deberá terminar?—, ¿hay alguna posibilidad aún de evitarla o de regresar de ella sin que se desencadenen universalmente consecuencias incontrolables?

¿Se precipitará por fin? ...¿O continuaremos en este forcejeo, donde tanto se puede maniobrar y de donde se puede sacar tanta lasca?

A los que no tenemos nada que perder, porque de todo hemos sido despojados, no debía importamos nada de esto. Ni verdaderamente tenemos derecho a hablar sobre el caso. Pero, no sé, me parece que, si hay tiempo, somos los únicos que podemos heredar algo.


Jorge Valls
West Nueva York, N.J.
11 de septiembre del 2002

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