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AGENDA
#35
CUBAN
SOCIAL-REVOLUTIONARY
DEMOCRATIC PARTY
INVITATION
TO INTERCHANGE OPINIONS AND EXPERIENCES
Globalization and the labor movement.
1.-. What is it ?
It's the process through a decreasing extremely small minority takes over
the financial, economical, military and technological instruments and
concentrates them in order to establish the absolute control upon the
population and resources of the planet.
2.- How does it happen?
It is produced by the inrestricted and anarchical developement of the
capitalist enterprisel cell, in a process of competition and fagocitation
that will end up by absorbing all the possibilities of the human life
within the comercial function, and this one oriented toward the purpose of
maximum earning for the enterprise, sacrificing all that other one which
serve that purpose.
3.- What consequences will this bring?
The extravasating of the less competetivelly and agresive population out
of the producction-consuming apparatus serving the power of that minority,
into which all civilization will end up.
This means: the unnecessariness of a large percentage of workers - and the
human population, consecuently - for the maintainig the unique
producing-trading consuming apparatus that will determine the planet
civilization level.
4.- Who will be left out?
A,- The unnecessary workers who will
remain jobless after production is robotized.
B.- The population that do not reach the
consumerist civilizacion apparatus offert market with enough purchasing
capacity.
C.- Medium and small states unable to
fight the competition of the more powerful units or the last remaining
unit.
D.- Culture as an objetive of man in his search for truth and beauty,
because any production in this sence will immediately be subordinated to
the maximal enteprisal earning final interest.
5.- What do we propose?
A) Universal incorporation of worker
within the organizaed forms of the labor community; internacional
coordination for a common action.
B) Maintainance, defense and real autonomy
of the workers' community, with its basic rights to strike and to
collective bargaining.
C) Demanding not only a minimum of
material or inmaterial conditions, but to take part in determining the
economical program and the income distribution.
D) Defending the national state,
representative and responsible for all the population in the territory
defined and organized under a governing authorithy.
E) Creating development areas that may
fulfill the population, resources, substructure and geographical space
conditions enough for un adecuate development and for and effective
defense in the world competition.
6.- Final objetives we must look for:
A.- Property redistribution ( the broader
the better)
B.- World wide reorganization of
socio-economical process ( really as to needs and possibilities)
.
*************************
PARTIDO
SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRATICO DE CUBA
Invitación
para intercambiar opiniones y experiencias
Globalización y el movimiento obrero
1.- ¿ Que es globalización?
El proceso de apropiación y de
concentración, por parte de una minoría cada vez más exigua, del
instrumental económico financiero tecnológico militar, a fin de
establecer el control absoluto sobre recursos y población de todo el
planeta.
2.- ¿Como ocurre?
Se produce por el desarrollo irrestricto y
anárquico de la célula empresarial capitalista, en un proceso de
competencia y fagocitación que acabará por absorber todas las
posibilidades de la vida humana en la función comercial orientada hacia
el fin de la máxima ganancia empresarial y sacrificando las que no puedan
aprovechar.
3.- ¿ Que consecuencia traerá?
La marginalización de la población
competitivamente menos agresiva, del aparato de producción y consumo, al
servicio del poder de esa minoría, en que acabará por convertirse toda
la civilización.
Esto quiere decir: La innecesariedad de un
amplio por ciento de los trabajadores - y de la población humana por ende
- para el mantenimiento eficiente del aparato productor-mercado-consumidor
único y determinante del nivel de civilización del planeta.
4.- ¿ Quienes van a quedar fuera ?
a.- Los trabajadores innecesarios después
de la robotización de la producción;
b.- La población que no alcance acceder
con capacidad de compra suficiente al mercado ofertor del aparato de la
civilización consumerista;
c.- Los estados medios y pequeños,
incapaces de resistir la competencia de las unidades más poderosas o de
la unidad última de poder definitivo;
d.- La cultura como fin realizable del
hombre en su búsqueda del bien, la verdad o la belleza, pues cualquier
producción en este sentido queda inmediatamente subordinada al interés
último de la máxima ganancia empresarial.
5.- ¿ Que proponemos ?
a.- Incorporación universal de los
trabajadores a las formas organizadas de la comunidad del trabajo.
Coordinación internacional para acción común.
b.- Mantenimiento, defensa y autonomía
cierta de la comunidad de los trabajadores, con su derechos básico de
huelga y contratación colectiva.
C.- Exigencia no sólo de un mínimum de
condiciones materiales o inmateriales sino de la participación en la
determinación del programa económico y en la distribución de los
ingresos
d.- Defensa del estado nacional
representativo y responsable de toda la población en un territorio
definido y organizado bajo autoridad gubernativa.
E.- Creación de ámbitos de desarrollo
que reúnan las condiciones de población, recursos, subestructura y
espacio geográfico suficientes para un desarrollo adecuado y para
defenderse eficazmente en la intercompetencia mundial.
6.- Objetivos últimos que hay que buscar:
1.- Redistribución de la propiedad. (Lo
más ampliamente posible)
2.- Reordenamiento mundial
del proceso socioeconómico. ( en función real de necesidad y
posibilidad. )
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UN AÑO
DESPUÉS...
Jorge Vals
Si a algo asistimos en la
historia, es, por una parte, al ascenso y descenso de los centros de poder
que durante un período se convierten en determinantes del modo de vivir,
pensar y aspirar de la conciencia humana y que constituyen el principio de
atracción y emulación de lo que llamamos civilización, y, por otra, a
un crecimiento, desplazamiento y mestizaje de la población, que va
ampliando la comunidad humana e incorporando a un sistema de correlaciones
único aún a los más dispersos de la asociación de la especie.
Como el hombre no es simplemente
un animal que crece y se multiplica para sobrevivir sobre la tierra, sino
un ser constituidor de signos y valores, que vive entre la continuidad del
pensamiento y la espasmódica contiugüidad de su acción, en la que cada
instante está absolutamente separado del otro_por_el inexplicable hiato
de la nada, este proceso descrito anteriormente no puede ni reducirse a
ciclos ni concebirse meramente como una espiral en expansión. No queda
más remedio que pensar que se va hacia algún punto en el infinito y que
en ese rumbo se presentan las posibilidades, opuestas y excluyentes, de
una dirección y sentido o lo opusto; es decir: de alguna manera, en la
contraria. La derivación definitiva, puesto que no hay ninguna
posibilidad de síntesis o compromiso sino en los casuales y pasajeros
instantes del trayecto, no es la de llegar a un punto último o a otro,
cualquiera que fuere su denominación, sino no llegar, así tan
llanamente.
De ahí que el esfuerzo motor del
hombre esté marcado por connotaciones cualitativas tan dramáticas, en
última instancia, trágicas. Ir en un rumbo —y no se puede dejar de ir-
es tan importante para un ser humano que cualquier otra proposición la
tiene que ver como un riesgo de aniquilación de su propia razón de ser.
Lo que lo define es el rumbo que emprende, y la muerte es un
acontecimiento accidental que sólo por la definición previa puede ser
superado.
Ninguna guerra ha dejado de ser
nunca preferible a la paz, cualesquiera que sean las denominaciones por
las cuales han de responsabilizarse las partes contendientes. Cada cual
está seguro de que, en cuanto al rumbo, eso es lo que tiene que ser. Por
la guerra el hombre deja de aceptar la realidad inmediata y casual que le
ha sido dada. Esto, en fin de cuentas, es un instante más en la
sucesión, que de todas maneras va a precipitarse. El puede destruir todo
lo encontrado, inclusive a su prójimo, el de su misma especie, y gracias
a ese poder, fijar la orientación de lo que seguirá después. Desde la
unicidad de su individualidad, él podrá determinar al hombre y al
paisaje en la orientación por la cual él crea concebir la dirección en
el rumbo definitivo. Eso es el poder, por el cual se mata o se deja matar
el hombre, y desde el cual mata o se deja matar. Pero el poder decidir
sobre el hombre y el paisaje es, quizás, su razón de ser sobre la
tierra.
El poder tiene tres vertientes
insaparables, aunque no igualmente proporcionadas:
física, económica y
sicológica. Más sencillamente, serían: 1) la capacidad de agredir, 2)
el dominio sobre los recursos y 3) la capacidad de apropiarse de la mente
del otro. Por la primera, por el miedo a la muerte o al dolor, el vencido
tiene que aceptar lo que le mande el vencedor. Por la segunda, por
satisfacer su necesidad o su deseo, para durar un poco más o para aliviar
su ansiedad, el menesteroso hará lo que le ordene el que dispone del pan
y de todo lo que se le antoje. Y por el poema-discurso que declame y
gesticule el suscitador, quien lo atienda o lo crea, como se identificará
con él y se fascinará por lo propuesto, irá adonde el primero lo lleve,
y aún más lejos, y hará lo que aquél le pida, y aún más.
El Maestro Manuel de Falla quiso
que pusieran sobre su tumba una vieja frase:
"Porque el poder y la gloria
sólo son de Dios".
* * *
Para poder pensar en toda esta
vorágine actual —Afganistán, Irak, las Guerras del Golfo Pérsico, el
desbarajuste palestino-israelí, etc...-, vale remontarse al final del
período de las grandes guerras europeas de siglo XX, la primera y la
segunda, a la realidad del mundo en aquella época y a su recomposición.
Desde el siglo XVI por lo menos,
el centro hegemónico determinante de la configuración del mundo había
estado en Europa, y no en toda ella, sino en el sistema combinado de
núcleos de poder situados en la porción occidental de la península, la
más entrada en el Atlántico. La disputa intrínseca acerca del rumbo del
destino el hombre, desde allí se llevó a todas partes. Poco antes del
estallido de 1914 la humanidad estaba para tributar, servir y ver hacia
dónde tomaban las gentes de esa parte, para inclinar su deriva.
Pero ya el final de la primera,
en 1919, apuntaba hacia una fermentación de poder que se desarrollaba
más allá de aquellos confines: una, hacia el este, penetrando por Rusia,
y otra, hacia el oeste, en la protegida e invulnerada arcadia de los E.U..
Ambas partían de una concepción distinta de lo que había sido la
noción regente del proyecto europeo. Vamos a decir que eran
"disidentes de la europeidad". Enamorados de la misma, pero
decididos a sustituirla, y, según la jerga competitiva de la época, a
superarla.
La cada vez más violenta
ebullición y revolución de las contradicciones, en un ámbito que
parecía tenerlo y poderlo todo, acabó precipitándose en la espantosa
matazón de 1939-45. Pero al final de ésta, Europa era una ruina,
quebrada en pedazos, incapaz hasta de sobrevivir por sus propios medios, y
emergieron dos vencedores, que de pronto se encontraron dueños tactuales
o potenciales de la expansión imperial europea y de la natural
subordinación de los menos fuertes o subdotados del planeta.
Si bien es verdad que
inmediatamente, antes que nadie pudiera intervenir —y nadie, por
supuesto, podía hacerlo—, se escenificó una disputa un tanto
histeroide entre los dos vencedores, al parecer por el tamaño de la
tajada, en un mundo partido en dos, que se reservaría cada cual. A esto
se le llamó la "guerra fría", donde los aparentes
contendientes, aunque se amagaran con mucho escándalo, jamás se dieron
ni una bofetada, pero que les permitió a ambos repartirse el campo
europeo como tutores, jefes de policía y agentes financieros. Como lo
primero, cada uno se encargó de imponer su totalizante modelo del bien y
del mal en sus respectivos campos; después, de mantener sus ejércitos
como clave del orden público aún en el territorio dominado, y de hacer
servir el desarrollo económico, en principio, a sus particulares
intereses. La Europa-poder, la Europa-imperial, había desaparecido;
quedaba la Europa-nación, forcejeando por sobrevivir, siempre a la
defensiva, pero al máximo susceptible de vulneración. Sin equipo armado
considerable, sin recursos y casi sin población, Europa no tenía sino su
capacidad artística para sobrevivir. Prácticamente menos, tal vez, de lo
que había tenido antes de sus aventuras en el exterior.
El resto del mundo —gente,
territorio, recursos, algún instrumental disperso, etc.- era
inconsiderable. Eran carne de segunda, siempre a disposición de los
mandantes. El torneo constante entre los dos vencedores divertía a unos y
otros, los cuales corrían de un extremo al otro para conseguir algún
mendrugo o para ampararse en la casa del contrario cuando en la propia
alguno de los grandes lo zurraba.
Sólo que tanto Europa como ése,
el mundo periférico de los-inconsiderables, existían. Estaban vivos. Y
la vida es el germen insospechable del cambio.
Para 1959, 60 y ss., Europa no
sólo había sobrevivido, sino que, por pura elaboración artística, sin
armas y sin recursos casi, se había ido reconstruyendo —
reconstituyendo—, y era como un país emergente que presagiaba grandes
esperanzas. La finura del sistematismo había suplido las grandes
carencias materiales, y bajo uno u otro signo, la europeidad se había
afirmado como una capacidad de ser y obrar eficazmente.
Por otra parte, los
inconsiderables del sur, a quienes podíamos llamar como a las gentes más
sin esperanza, se habían reproducido enormemente; se desasosegaban, y
hasta pretendían ser gente, como sus modelos admirados.
La revolución egipcia, la
Conferencia de Bandung, la toma del Canal de Suez, el crecimiento de la
India, la confirmación de la China continental, la inquietud
latinoamericana, etc. señalaban que había una inmesa y creciente cauda
humana, que habitaba territorios con inmensos recursos de los que nunca
había dispuesto, que se desperezaba. Habría que poner la década de los
cincuenta, con señales tan alarmantes como el levantamiento de Hungría
en 1956 o la irrupción del mundo árabe, como el período de advertencia,
para el binomio de los vencedores, de que una realidad natural — el
crecimiento de la población y el inevitable desarrollo humano—
constituían un desafío para el orden de las reparticiones tan sagazmente
compuesto en 1945 y luego mantenido. (No hay como tener dos títeres,
jugando a que se pelean, en las manos del mismo tititritero para que la
multitud se mantenga entretenida y acepte las decisiones cualesquiera que
éstas fueren. Sólo que en esta comedia de dos personajes, estaba
apareciendo alguien más, fuera de libreto.)
Es por los años ésos (alrededor
de los 60) que se hacen visibles los acercamientos para hacer patente una
alianza entre los E.U. y Rusia (entonces U.R.S.S.), y que, menos
visiblemente, desde distintos puntos se propicia y aún se estimula el
desarrollo hasta el extremo de las contradicciones en un punto
estratégica y geopolíticamente clave: el Líbano. Pero lo que sí es
indudable es que han aparecido dos campos, que van a reclamar un papel y
un espacio en la determinación mundial: Europa y el Tercer Mundo. Lo
primero significa una capacidad de sistema; lo segundo, la mayor reserva
de territorio y población del planeta.
Veintipico de años más tarde,
para después de la mitad de los 80, las contradicciones internas en las
dos macroestructuras dominantes se he hacen dramáticamente visibles: la
crisis del dólar en 1986 y el posterior desmantelamiento del mundo
comunista. Pero lo que ya no puede negarse es que Europa es, con el
Japón, cuyo proceso ha sido semejante, una seria capacidad de
mantenimiento y determinación, así como de competencia en los niveles
más altos, y que el Tercer Mundo, donde se incluyen de manera
determinante el Asia continental y el Pacífico sudoccidental desde el
Viet Nam hasta Australia y Nueva Zelandia, y donde África, que ha dejado
de ser la incolora denominación de la colonia tranquila y tributaria, por
su acumulado de recursos, naturales y aún de civilización, y por el
intenso crecimiento de su población, es la perspectiva de desarrollo
integral más importante para el futuro.
No vamos a entrar en las causas,
fines y procedimientos que produjeron las transformaciones del viejo mundo
comunista hasta el presente. Lo cierto es que una nueva correlación de
fuerzas y un nuevo eje hegemónico se estaba unificando. A la siempre
ficticia e inconfiable "guerra fría" había de suceder la
protoalianza de los Estados Unidos, Rusia y China, y, como todas las
demás alianzas de poder, por precarias que luego resulten, ésta tenía
que efectuarse contra alguien, a quien se tenía que ver como rival
emergente. En este caso eran —y tenían que ser— Europa y el Tercer
Mundo.
Ya éstos habían crecido
demasiado, y había que ponerles freno; por eso los devenimientos a los
que asistimos son: la fragmentación de Checoslovaquia y Yugoslavia, que
empieza a poner en grave crisis todo el equilibrio europeo precedente, y
las guerras del Golfo Pérsico, por las que se intenta romper la
nucleación sociológica más directa y contradictoriamente vinculada con
los intereses del nuevo eje.
Toda alianza implica una
intención última de hegemonía, y esto se decide por la interna
correlación de fuerzas. Por lo tanto, desde las primeras señales de su
evidencia, un centro insiste obsesivamente en un discurso-poema según el
cual, por tales y cuales razones y para tales y cuales objetivos,
"éste es el diseño integral con su intérprete", cuya
autoridad debe ser aceptada ora como inexorable producto de un
determinismo universal ora porque al subordinando le conviene más
rendirse que sufrir las consecuencias que se le anuncian.
Por supuesto, esta nueva cabeza
imperial que se propone, reclama el poder en todas sus vertientes: 1) el
miedo a su poder armado, 2) la entrega de los recursos y del trabajo, y 3)
el seguimiento a ciegas de su discurso, cualquiera que sea el rumbo
propuesto. De ahí los grandes poemas-discursos publicitarios propuestos:
la "globalización", el "libre comercio", la
"desregulación del trabajo", y la "seguridad". Flotan
en el nuevo topos uranos, como arcángeles arquetípicos, los nuevos
númenes proveedores: los "inversionistas", las
"transnacionales" y las "organizaciones secretas de la
seguridad".
* * *
El proyecto de poder mundial, que
por supuesto no es nuevo, toma ahora una dimensión más amplia y una
aceleración hasta ahora no ensayada. Lo que se pergeña implica: 1) el
control armado —ahora policiaco y militar—, para producirse o
responder, agresiva y eficazmente, en cualquier momento y lugar; 2) el
control biolólogico y genético, para asegurar la proporción suficiente
entre los grupos dominantes y la porción dominada o dominanda de la
especie, y 3) el control de transferencias y referencias de la estructura
mental, tanto consciente como inconsciente, para lograr la aceptación e
intemalización de patrones documentales y conductuales de la conducción
colectiva, todo esto a un pretendido nivel ecuménico.
El planteamiento tiene un
intrínseca lógica práctica. El grupo humano dominante puede —y
naturalmente debe— entrar en merma poblacional con respecto a la
porción dominada o dominable, cuyo índice de multiplicación y
complejización tiende a crecer hasta, como ha ocurrido siempre en la
historia, producir la desproporción y precipitación suficientes como
para subvertir el centro hegemónico y dar paso a una nueva recomposición
social. Sintéticamente, la situación de la ecumene, llegada ésta a un
nivel de intercomunicación e interdependencia casi global, se plantea
como la contradicción directa entre la tecnología y la naturaleza, entre
la máquina-de-poder y la demografía. No extraña que se enfoque la
atención con mayor énfasis sobre las sofisticadísimas técnicas de la
acción teledirigida y de la "inteligencia artificial" (todavía
no han salido a relucir las "armas de desorientación"), sobre
el sexo estéril y la reproducción artificial, y sobre la
superestructuralidad virtual de la referencia existencial inmediata. Hay
que hacer saber y aceptar, a toda la humanidad y por todos los medios
posibles, que hay una superestructura técnico-eficiente que se impone —y
ha de imponerse— determinativamente sobre la naturaleza original —racional,
sensible y volitiva— del hombre. Un poquito a remedo de Hegel: Tú,
hombre, no eres nada; el poder y la máquina-de-poder lo son todo.
Identificamos "el
poder" —que también podríamos decir: el "poderoso"— y
la máquina-de-poder, como una sola entidad inseparable. No creemos en la
autonomía de un sistema que llega imponerse absoluta y determinativamente
sobre el hombre de carne y espíritu. Toda máquina reclama un motor
impulsor, y en éste tienen que producirse una determinación direccional
y un compromiso integral de intención y acto, para que se origine un
impulso causal: un movimiento hacia un fin.
En nuestros días, el poderoso
(singular o plural), la máquina-de-poder o ambos, pueden hacérsenos
imperceptibles. Pero no podemos aceptar la idea de que es una evolución
natural ni el producto de una concurrencia casual de factores actuantes.
Son demasiado evidentes la concentración e integración de la porción
humana determinante, la competencia entre los factores internos por el
poder definitivo, la agudización de las contradicciones, la programación
y temporización de las acciones dirigidas, para no inferir, en el sentido
más exacto de la palabra, una especie de "partido", decantado
entre los factores más poderosos y determinantes del poder económico
empresarial, del instrumental policiaco-militar armado, y de la
disponibilidad y determinación tecnológicas. Pero esto, por sí solo, no
existe, ni puede actuar programáticamente sin una vocación intencional
consciente previa y sin una configuración ideológica o cultura
doctrinal, sin las cuales no es posible ni coordinar duradera y
eficazmente las correlaciones ni producir concatenadamente las acciones
consecuentes hacia la búsqueda de un fin. Sólo que, así como un bien
último se propone como un foco para sumar adhesiones y ser seguido, el
mal, y especialmente el mal último, el anti-ser o anti-hombre, por el
carácter intrínsecamente mendaz de su proceder, obra como una
seducción, que sólo en última instancia revela su fin verdadero y el
ser causal determinante del mismo.
* * *
Al llegar a este punto de nuestro
desarrollo dialéctico, los acontecimientos del 9 de setiembre del 2001 en
las Torres Gemelas de Nueva York o en el edificio del Pentágono en
Washington D.C., y los ocurridos alrededor de esa fecha y subsiguientes,
si bien en principio nos golpean como una brutal bofetada de piedra en
pleno rostro, no nos sorprenden. Era de esperar cualquier-coyuntura para
poder avanzar decisivamente en la aceleración hacia la precipitación,
deseada desde todos los puntos por los macrofactores del poder global.
Habíamos asistido a las grandes
hecatombes demográficas de Africa, a la explosión de Chechenia y la
desintegración de Yugoslavia, y a la libanización cada vez más atroz de
Colombia. El equilibrio interno, necesarísimo para Europa, ya podía
venirse en pedazos. El Japón y la Unión Europea, económicamente,
habían tenido que pasar a la defensiva, y las explosiones internas del
Tercer Mundo, por el entrampamiento de éste en la red planetaria de
poder, ni siquiera podían apuntar hacia un horizonte revolucionario.
Por otra parte, en la
correlación geopolítica de fuerzas del planeta, por el crecimiento
poblacional de las regiones y su complejización, que ya no podían ser
ignorados, y superado el estorbo de los banderines futboleros de la
"guerra fría", una realidad de territorio y población,
recursos y estructura, planteaba inaplazablemente una recomposición de la
comunidad de naciones, inclusive en función de sus perspectivas de
acción y desarrollo. Concretamente, los Estados Unidos tenía que pasar a
ser una nación entre naciones dentro de una constelación multicéntrica;
había que intentar una planificación mundial más equilibrada, y había
que buscar un orden que moderara la competencia y facilitara la
colaboración. Pero esto significaba la aceptación, en un horizonte más
próximo que distante, del descenso de unos centros hegemónicos y el
ascenso de otros, la incorporación a la civilización universal de
amplias masas de población desposeída y marginada, y la limitación y
hasta regulación de las aspiraciones de los factores particulares más
agresivos.
Los que pretendían el poder
último para su facción particular con el fin de la dominación total del
planeta, y que no necesariamente podrían imponer su ventaja absoluta
sobre todos los demás, no tenían más que una salida: si ellos no
lograban crecer desproporcionadamente más que los otros, a éstos había
que destruirlos, había que impedir que vivieran, por lo menos al ritmo
vital que mostraban. Si el orden mundial establecido podía naturalmente
derivar hacia la limitación del poder de los más fuertes y al
reconocimiento, cada vez más apremiante, de la porción más amplia y
más marginada de la especie, había, pues, que violentar ese orden en
función de un imperativo casual que justificara -o que pretendiera
hacerlo- el poder determinante de la parte más agresiva sobre el todo.
Desde este punto de vista la guerra era un imperativo no sólo necesario
sino- inaplazable.
Pero una situación en la que se
jugaba el poder mundial absoluto y el reordenamiento sistemático de la
ecumene, no podía contar con una guerra localizada geográficamente,
definida en bandos, banderas, uniformes, centros de poder y campos de
operaciones higiénicamente aislables de la porción más interesada en el
conflicto. No había -ni podría haber— campo protegido. Ni tampoco eso
era deseable. Sólo por la presencia de una contradicción violenta que
pudiera exponerse como exógena, podía obligarse a los factores
demandantes de la contradicción interna, a someterse a una disciplina no
discutible de alineacióin en partes beligerantes.
En el destino humano, siempre
más interesante que ¿por qué ha sucedido un hecho? es ¿para qué ha
servido? A principios de setiembre del 2001 la desenfrenada centrífuga de
una economía virtual que se explicaba por la vertiginosidad de un
mercado, y la calculación cada vez más distante de una realidad
producción/consumo y de su fundamento social de necesidad/ posibilidad,
los ardides implíicitos en un sistema monetario hace mucho rato
divorciado de valoraciones reales y prospecciones confiables, y el
acumulado de fraude para fingir una exuberancia renditiva en una
composición interna desde hace mucho rato urgida de racionalización,
condicionaban óptimamente el que se presentara la oportunidad de tomar
medidas muy drásticas que justificaran grandes gastos y grandes
expansiones dentro de la aceleración del mismo sistema ficticio. Se
había hablado de una "crisis energética", pero esto no podía
llegar a razón suficiente. Lo único a lo que se podía echar mano
rápida y confiadamente era a la violencia. En este caso, podía hablarse
de violencia pura: la capacidad de destruir y reponer vertiginosamente lo
innecesario.
Y se produjo. No importa si fue
sorpresiva, tolerada o contratada. Ni siquiera quién fue el cerebro
inductor o cuál el brazo ejecutor. Ni si se fue de cálculo en su
magnitud inicial. Lo cierto es que al final de la tarde del primer día
alguien tuvo que dar las gracias más efusivas porque lo que no se podía
hacer y lo que hubiera tomado un largo y escabroso período para al final
no salir nunca bien, ahora se podía hacer en minutos, tomar a todo el
mundo por sorpresa y tener una óptima justificación ante la mirada
atónita y espantada de los más, todos ahora con su mejor cara de
inocencia.
Esto no sólo implicaba una
drástica moción de la política económica sino medidas más profundas y
radicales en cuanto a seguridad interna y acción en el campo exterior.
La conquista del Afganistán y la
apresurada alianza casi informal con Inglaterra completaba el sistema de
bases estadounidenses, sistemáticamente constelado sobre un campo
geopolítico clave que se estructura desde el Mediterráneo oriental, el
Mar Rojo, el Golfo Pérsico, hasta el zócalo de tránsito que constituye
la Bactria, entre el Lejano Oriente y el Cercano, y las costas —inclusive
las del norte— del Mar Negro. Esto es actualmente el mayor acumulado de
personal y recursos bélicos de los Estados Unidos fuera de su territorio.
El gran país geopolítica y estratégicamente concebido —y finalmente
realizado gracias a la desintegración de la antigua U.R.S.S. y el
desprendimiento de las repúblicas, algunas de amplia población islámica—
constituía un enclave formidable en el zócalo del Viejo Mundo; es decir:
no del hemisferio americano. Frente a la Gran Rusia, China y la India,
frente al África, en la misma carne del mundo musulmán y, sobre todo, en
línea directa sobre Europa. Cualquier cosa que se provocara desde esa
región, afectaría, en todos los sentidos y siempre negativamente, a
Europa, que se convertía en la región más vulnerable y más indefensa
ante cualquier trastorno.
¿Por qué?... Pues porque
África, no importaba lo que pasara, no podría estar peor. Rusia y China,
por los nuevos pactos y alianzas, podían estar perfectamente cubiertas y
servir más o menos discretamente como colaboradores. La India y, en
general, el Asia, el lejano Oriente, hasta la Indonesia inclusive, por su
inmensidad de recursos y población, podían asimilar cualquier cosa. Pero
Europa, casi sin recursos y sin población, sobreviviente a base de la
sofisticación y finura de la construcción sistemática de composiciones
del equilibrio interno o extemo, no podría verse forzada a grandes
esfuerzos militares o económicos, ni a grandes desajustes sociales, sin
resultar muy peligrosamente afectada en todo sentido.
La sola entrada masiva de un
éxodo migratorio detonado por el desastre social en el resto del mundo,
era insoportable. El desatamiento de la violencia agresiva entre
denominaciones era llevar el caos a un territorio que era el campo de
refugio natural tanto de la Europa oriental, con sus presentes trastornos,
como del resto del mundo, y los peligrosísimos factores de subversión y
agresividad subyacentes o precariamente controlados como remanentes de las
grandes guerras, se podrían desatar, caótica o dirigidamente, por los
súbitos a incontenibles desajustes internos.
Así, el porrazo de las Torres
Gemelas, si les daba rienda suelta los factores más agresivos del mundo
estadounidense, de pronto arrastraba a Europa en un vértigo interno y
extemo para el que ni podía haberse preparado ni del cual ahora podía
hurtarse. Porque tenía algo que perder, resultaría la más afectada a
fin de cuentas.
De paso, por otra parte,
Inglaterra, que estuvo, sobre todo al principio del sigloXX, muy activa en
la región donde aún subsistían múltiples intereses suyos, y los
Estados Unidos, necesariamente su mejor aliado y gran socio capitalista,
se encontraban sobre el suculento bolsón petrolero, que se extiende por
toda la región, pero que al concentrarse en el Afganistán, facilita
hasta la construcción de un nuevo sistema de oleoducto. El control
territorial, tanto político como militar, del país, sin más estorbo que
una harapienta, mainutrida y atrozmente vapuleada población, aunque
fácilmente indócil y levantisca, aseguraba una pingüe apropiación de
recursos que, a su vez, eran claves en la guerra económica a sumo nivel.
* * *
Ahora, como en una novela de
aventuras caprichosas, se nos presenta la incógnita de cómo y por
dónde. La sola operación Afganistán es demasiado insuficiente para
servir a los últimos fines propuestos. Se reclama un período
relativamente largo de beligerancia que permita una sucesión de
operaciones económicas y políticas, con una victoria final previsible
que obre como un crédito a favor de las mutaciones y que ofreza una
perspectiva de gran ganancia futura, esto, por supuesto, en todos los
sentidos. De cierta manera —un poco grotescamente—, se quiere reponer
el espíritu de expectación ideal e higiénico optimismo que aún hoy se
recuerda de la II Guerra Mundial, que borre la mala memoria de otras
aventuras y augure un cómoda y duradera bonanza.
Sólo que no hay un enemigo, con
cuerpo real y visible, que mente el desplazamiento emocional adverso, y ni
remotamente se puede aliar un campo que, a manera de "cruzada",
pueda llamarse "de los aliados". El problema del
"terrorismo" no puede verse sino como revolucionario, es decir,
ennoblecido por la proeza y la exaltación ideal, por parte del más
débil que desaña al más fuerte, o como policiaco, por parte del más
fuerte en ejercicio del poder, a quien la nimiedad del más débil y su
osadía extrema logran burlar y jugarle cabeza.
Por otra parte, tratar de
zambullir en el mismo saco con el membrete de "terrorismo" —siendo
éste no un partido o fuerza constituidos sino un método de lucha, una
mera táctica usada por muchos en distintos momentos y para diversos
fines- una pluralidad de situaciones casuales que no son sino síntoma de
la insoportabilidad de la estructura social dominante en el presente, es
sencillamente imposible. A todas luces, lo que se muestra es la
aspiración a un orden policiaco represivo de cobertura mundial.
Pero esto, que está a años luz
de poderse realizar en la espantosa descomposición del mundo
"subdesarrollado", incide precisamente en la región más
opulenta, tecnificada y complej izada instrumentalmente del planeta, como
una camisa-de-fúerza anulatoria del ciudadano medio o común, el cual,
por su capacidad de solvencia, es quien menos necesita de ella. Esto
sería como si, para capturar un ratón que se filtra por las hendijas de
un edificio viejo y destartalado, hubiera que encadenar a los horteras y
clientes de una gran tienda por departamentos y estorbarles el movimiento.
Sin embargo, como el verdadero poder está en el gran centro de negocios,
es ahí donde interesa aplicar el control, y no en el gran caserón
deshecho donde dicen que se refugian los ratones.
En realidad no estamos asistiendo
a un ataque y contrataque de fuerzas identificables o equiparables, sino a
un golpe de estado dentro de una sociedad todavía organizada como un
equilibrio de cuerpos, para imponerle la estructura vertical absoluta que
permita someter a un centro monocéfalo toda la expansión global de la
ecumene. Es el mismo viejo esquema donde, para apropiarse de todo y
someter a los demás, hay que primero someter a los propios y ceñirlos a
la cohesión y obediencia más severas.
Pero hay que bajar al esquema
práctico más inmediato. Es necesario un clima duradero de beligerancia y
atrocidad que facilite la continuación de las maniobras. Es aquí donde
el conflicto palestino-israelí y la orientación de la vocación belicosa
contra el Irak y su actual gobierno, crecen desmesuradamente hasta
convertirse en una sola situación corrediza. Si la situación de
beligerancia, real o posible, se extiende desde la costa mediterráneo
hasta la Mesopotamia, con una peligrosidad cada vez más creciente, es
porque, desde tiempo inmemorial, geopolítica y estratégicamente, aquello
es un núcleo determinante que afecta inmediata y directamente todos los
campos aledaños, muy especialmete los centros de civilización y
determinación europeos, africanos y del Cercano Oriente. Un día una
chispa saltada de esa región puede producir una catástrofe irreversible
en toda la civilización.
Al mismo tiempo se produce un
desplazamiento y confusión políticos, no por habitual y orgánicamente
normal menos inquietante, entre Israel y los Estados Unidos. Si esta
correlación siempre ha sido vista como intríinsecamente natural,
necesaria y aceptable, en el momento en que, tras la máscara de
acontecimientos realmente perturbadores, se está decidiendo la
implantación de un poder mundial unicéntrico y omnicomprensivo a
contrapelo de la realidad no sólo del mundo desarrollado sino de la
inmensa extensión de los marginados de la tierra, es más que
inquietante.
De ahí que la propuesta en un
momento expresada de "conmigo o contra mí" se traduce, con este
incremento del furor bélico, como la sugerencia siniestra de "mejor
te unes a mí, que voy a ganar, y quién sabe cobres algo del botín, que
te pones entre los que van a perder y a quienes voy a poder patear y
saquear sin que nada se interponga". La desmesura de la bravuconada
no quita el riesgo de la ocasión.
* * *
¿Se le podrá partir el espinazo
al mundo musulmán, que cuenta con más de mil millones de habitantes
dispersos por una región amplísima, con un subsuelo de incalculable
valor económico y estratégico, siendo éste un mundo que está en
ascenso visible desde la década de los cincuenta del pasado siglo XX y
que obra como avanzada del Tercer Mundo? Y, si se le parte el espinazo,
¿cuáles podrán ser las consecuencias, con una población cada vez más
considerable en los países céntricos de Europa y demás medios de
avanzada civilización, con vínculos comunitarios propios, de familia, fe
y destino común, más fuertes que en la llamada "civilización
occidental" donde las únicas formas de cohesión parecen ser los
contratos económicos y las convenciones políticas?
Otra: ¿Se insertará el viejo
proyecto del Gran Israel —entre el Mediterráneo, el Mar Rojo y el Golfo
Pérsico— en el proyecto del gran dominio mundial que propone bajo
distintos nombres los Estados Unidos?
¿Es confiable la capacidad
técnica de una porción hegemónica no necesariamente mayoritaria, para
asegurar el control sobre la realidad natural del crecimiento y la
multiplicación biológicos del resto de la población humana?
¿Podrá un intento de
civilización universal, fundada sobre la conciencia de la verdad y la
instrumentación ético-jurídica consecuente, resistir la subversión de
sí misma por el aventurerismo escéptico y pragmático de una casual
alianza oportunista entre los que disponen del dinero y los que disponen
de las armas?
¿Podrá el monolitismo del
complejo económico-militar-tecnológico subsistir al desarrollo de sus
propias contradicciones internas?
Geopolíticamente, Rusia y China,
que tienen todas las de ganar en el presente, ¿se embarcarán con su
nuevo socio visible, cada vez menos confiable?
Tal como se ha planteado esta
"guerra", donde se ha cuidado de no dejar ninguna porción
neutral para poder recomponerse luego que termine, —¿o es que alguien
supone que no deberá terminar?—, ¿hay alguna posibilidad aún de
evitarla o de regresar de ella sin que se desencadenen universalmente
consecuencias incontrolables?
¿Se precipitará por fin? ...¿O
continuaremos en este forcejeo, donde tanto se puede maniobrar y de donde
se puede sacar tanta lasca?
A los que no tenemos nada que
perder, porque de todo hemos sido despojados, no debía importamos nada de
esto. Ni verdaderamente tenemos derecho a hablar sobre el caso. Pero, no
sé, me parece que, si hay tiempo, somos los únicos que podemos heredar
algo.
Jorge Valls
West Nueva York, N.J.
11 de septiembre del 2002
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