PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

AGENDA #38


Sobre el Manifiesto del Directorio 1955

Jorge Valls

Fue a finales de 1955 y principios del 1956 cuando se redactó y publicó el manifiesto original del "Directorio Revolucionario". Luego de redactado y antes de publicarse, fue mostrado al Profesor Rafael García Bárcena, mucho de cuyo pensamiento, profundamente representativo de los avatares revolucionarios de 1927 y 30, está en el mismo reflejado.
Comprendía, por supuesto, un llamado a la acción revolucionaria; se entraba en el análisis de las cinco causas que justificaban y reclamaban esa acción; se definían las categorías clave de la Revolución Cubana desde sus avatares independentistas y especialmente desde la decisiva determinación de la misma en el pensamiento de José Martí expresado en los textos constitutivos del Partido Revolucionario Cubano, discursos y, sobre todo, el Manifiesto de Montecristi, y la identificación de esas categorías en las corrientes de pensamiento determinantes de nuestro proceso nacional en el siglo XX; se planteaba la necesidad de un método revolucionario que incluyera la participación y equilibrada defensa de los distintos intereses particulares dentro del objetivo común del interés nacional y de su justa ubicación en la correlación hemisférica y mundial; se planteaba el fin inmediato de Directorio como el esfuerzo responsable de coordinar todos los esfuerzos revolucionarios de los distintos grupos, medios y personas en una estrategia común que, en última instancia, produjera el movimiento insurreccional desde sus bases en la población hasta los estratos jerárquicos de la cúspide regente, y se declaraba cómo el fin último no era convertirse en organización aspirante al poder sino permanecer como vigilante para asegurar el cumplimiento de lo postulado y el mantenimiento de los principios durante el proceso de encauzamiento nacional.

El llamado a la acción revolucionaria enfatizaba, de manera determinante, que la revolución no podía ser la acción de un caudillo, clase social, partido o grupo particular de cualquier índole, sino la obra del pueblo, entendiendo por éste el conjunto de la población nacional, reconocido e identificado en función de los principios constitutivos de la nación y del orden legal de la República.


Las cinco causas que se analizaban eran:

1) Política: La interrupción del proceso legítimo, legal y civil de renovar la autoridad por expresa y computada consulta pública en respeto al principio formativo y fundamental de la soberanía del pueblo. El golpe de estado, la irrupción violenta y el apoyo particular en el equipo armado eran inadmisibles.

2) El peso más que desproporcionado de la propiedad de matrícula extranjera en los mayores y más determinantes sectores de la economía nacional, no sólo impedía el justo desarrollo de nuestro esfuerzo productor, deformándolo al servicio, de intereses foráneos y en perjuicio de las generaciones sucedáneas en el país, sino que de tal manera gravitaba en el ejercicio nacional que había propiciado más de una vez la violación del orden republicano y estorbado el ejercicio de nuestra libertad e independencia. Por otra parte, la condición aún colonial de nuestra estructura económica reclamaba con urgencia, por su insuficiencia para con las necesidades nacionales, un replanteo estructural que produjera la diversificación y dinamización requeridas para resolver, entre otras, el problema endémico del desempleo interno y la dependencia, exterior e interior, de un sector prácticamente único y de máximo riesgo.

3) Social: El distanciamiento de los grupos y estratos poblacionales por razón del prejuicio racial, la diferencia de clases y los grados de participación en los usos y modos de la civilización, obraba en contra de la integración nacional en un justo y común disfrute de derechos y oportunidades, de comunicación y colaboración, que sustentara un consciente y cabal cumplimiento de los deberes y responsabilidades colectivos.

4) Sicológica: El grado de enajenación nacional producido por las insuficiencia estructural republicana precipitaba a la población, en contra de sus intereses, en una conducta irracional -el oportunismo casual de los intereses particulares, la recurrencia al azar o a la magia, etc., con idea de resolver así problemas que correspondían al orden estructural colectivo-, la frivolidad y el escapismo que, partiendo de un sentimiento de inferioridad propia e intrínseca, como de un no creer que fuéramos capaces de llevar a cabo el esfuerzo dirigido necesario para alcanzar como hombres el nivel de civilización al que aspirábamos, conducía a la incubación de los peores vicios y a la corrupción de las costumbres. Era más práctico dedicarse a la picardía o eludir de cualquier forma el planteamiento del problema, que afrontarlo.

5) Moral: La lealtad al orden republicano implica una conciencia ética -determinación y discernimiento del bien y del mal-, que es fundamento, a su vez, del orden jurídico; así pues, la violación de aquél implica una connotación moral negativa, así como el cumplimiento de la convención previamente establecida conlleva un mérito. Ambas valoraciones tienen que ser socialmente reconocidos y retribuidos. No es -ni puede ser- igualmente válido tomar el poder por una consulta pública, dentro de un orden legal explícito, que apropiarse del mismo por el ardid de un golpe de estado; ni ejercerlo en cumplimiento de un servicio colectivo, que abusar del mismo para obtener ventajas particulares. Por lo tanto, la interrupción violenta del orden civil y el ejercicio de la violencia para imponer un mando, que por supuesto no tiene autoridad legítima reconocida, es un delito de lesa patria y tiene, por consecuencia, que ser sancionado. Nada puede ser peor para una población que la indiferencia moral -cuando sólo el éxito de la gestión es apreciable-, y precipita en la anarquía, el delito y la mayor violencia intercompetitiva.

Estas cinco concausas anteriores, que reclaman e impulsan al esfuerzo heroico, acaso redactadas en el lenguaje más simple, que las exigencias del momento y la juventud de los autores permitían, representan, básicamente, los temas de preocupación de la generación que tuvo que asistir al quebrantamiento del orden republicano y aceptar la precipitación en la violencia civil como el único medio que se le había dejado para recuperar la conciencia nacional y su dignidad sustancial ante la ofensa inferida. De ahí, en consecuencia, la necesidad de fijar las categorías conceptuales, en medio del caos que iba a ser la tragedia que se desataba, y de formular un programa ideal de causas finales que justificara el riesgo integral del esfuerzo por la recuperación mejor y más apta de la estructura de convivencia nacional. La aplicación de este esquema en el análisis de la situación nacional creemos que es permanentemente válida, así como el trabajo de programación final. Cualquiera de estos aspectos que fuere ignorado o descuidado, conducirá a más enajenantes violentamientos de nuestro curso nacional. 

La fijación de las categorías conceptuales básicas y formales del la Revolución Cubana, concebida ésta como el proceso transgeneracional de proyectar e instrumentar con plena y libérrima responsabilidad nuestro destino nacional, está directamente tomada del definitorio pensamiento martiano en el paso determinante de la gestión independentista y de su formulación universal de la República. Son estas categorías conceptuales los parámetros-integrales e inseparables de la formación republicana y del proceso de su edificación estructural, válidos igualmente para la persona individual -la de cada quien- y para la nacional colectiva: el estado. Se definen como LIBERTAD POLÍTICA (DEMOCRACIA), INDEPENDENCIA ECONÓMICA (NACIONALISMO) y JUSTICIA SOCIAL (SOCIALISMO).

La LIBERTAD POLÍTICA es, tanto para la totalidad del país como para cada una de las personas individuales de su sociedad, el derecho a debatir, decidir y determinar, sin coacciones ni prejuicios, por el ejercicio de la recta razón y de la voluntad plenamente responsabilizada, la orientación, fines concretos, objetivos y procedimientos de nuestra conducta individual y colectiva. Esta categoría se reconoce, en el desarrollo del pensamiento y la acción políticos de nuestro tiempo, como DEMOCRACIA: -la participación de la persona individual, libre, protegida, considerada y eficiente, en la decisión del orden y conducta colectivos. Justifica la transformación del derecho político de modo que la elección del gobernante representativo pueda realizarse lo más directa y sencillamente por la comunidad que lo ha de escoger.

La INDEPENDENCIA ECONÓMICA es la disponibilidad de medios materiales y funcionales propios y suficientes para proveer a la satisfacción de nuestras necesidades biológicas y de civilización y a la realización de nuestras posibilidades y proyectos. Sólo mediante el aseguramiento de una base material, organizada justa-y eficazmente, en función del crecimiento y multiplicación naturales de nuestra población, libre de toda dependencia a poder económico superior y ajeno -cosa ésta que necesariamente gravitaba deformativamente sobre nuestro desarrollo, presionaba hasta la emasculación nuestro ejercicio político colectivo e individual y desconcertaba nuestra integración comunitaria- puede lograrse una nación soberana e independiente, autóctona y autónoma, que verdaderamente pueda participar en el ordenamiento mundial y aportar eficazmente al desarrollo integral de la civilización. Es sólo en el desarrollo protegido e independiente de la comunidad nacional y de la persona de cada quien, que puede ejercerse responsablemente la libertad en la determinación de la conducta y en la producción trascendental de una cultura. Esto no es -ni puede ser- el resultado casual de un proceso particular y aleatorio de forcejeo y competencia de todos contra todos, que conduciría al caos; ni tampoco el esquema de aplicación vertical, unifactorialmente impuesto desde un centro de autoridad omnideterminante, que conduciría, por la insistencia reiterativa en el patrón delimitado, a la aniquilación de las fuerzas sociales cuya dialéctica produce la renovación constante en la que se fundamenta la continuidad y el progreso comunitario en función de las variaciones temporales. Sobre este concepto ideal de la independencia económica de la nación y de la persona individual, como clave de un desarrollo que pueda coordinarse en una sistemática universal, se sitúa todo el esfuerzo de la gestión económica, tan desajustada en nuestro tiempo. Esto, por supuesto, es una responsabilidad colectiva, que tiene que ser enfrentada por la comunidad legalmente constituida sobre la base de la más amplia libertad y democracia, calculable de modo que el deber de todos pueda verse, directa y diáfana mente, en función de la necesidad y posibilidad de todos y cada cual. Frente a la agresión deformante de los centros económicos más victoriosos en la competencia mundial, esta posición pudo reconocerse en el siglo XX, ^especialmente en Nuestra América, como NACIONALISMO; lo que no implica el predominio del particular más agresivo sobre los más débiles, sino, por el contrario, la recuperación de los recursos propios y la capacidad de organizar los trabajos según las propias necesidades y proyecciones de los pueblos menos victoriosos en una competencia cada vez más desigual. Aspira a superar el desdichado horizonte de metrópoli/colonia, superdesarrollado/subdesarrollado, centro/periferia, decididor/subordinado, por la construcción sistemática de un ámbito común de desarrollo, internamente equilibrado y ordenado para la mayor justicia universal.

La JUSTICIA SOCIAL: significa el necesario equilibrio, regido desde un eje único del orden social, entre las distintas partes constitutivas y participantes en el esfuerzo nacional de modo que las diferencias proporcionales puedan ser, si no suprimidas, al menos equilibradas al máximo. Así, la persona individual y aún los grupos particulares, constituidos en la noción de ciudadanía, puedan equipararse, en la función nacional y ante ella, en igualdad de respetabilidad, de posibilidades y de responsabilidades. Nadie, por lo que es accidentalmente, puede ser ni más ni menos que persona humana, reconocida legalmente como ciudadano o aún como mero participante en la sociedad nacional. No sólo es absolutamente proscribible cualquier prejuicio o discriminación, sino que son necesarios el reconocimiento y la constitución legal de los se identifican en problemática y responsabilidad particulares, tanto para la defensa de sus intereses como para la viabilización de sus proyectos. Como esto implica el reconocimiento de diversas aptitudes, intereses, puntos de vista y aspiraciones dentro del conglomerado nacional, hay una responsabilidad, por parte del orden colectivo y de la autoridad por él constituida, de dirimir las diferencias y establecer el equilibrio equitativo entre las partes para el mejor funcionamiento del todo integral nacional. Esto, en las corrientes ideológicas del siglo XX, se reconoció como SOCIALISMO: la medida en que la persona individual podía obtener protección y beneficios por la organización del orden colectivo. El valor fundamental que por esta aplicación específica de la justicia se pretende alcanzar es la mutua identificación de todos y cada uno de los miembros del cuerpo social y la solidaridad en la defensa y promoción comunitarias.

De tal manera están imbricados estos tres parámetros o dimensiones constitutivas que la falta de uno de ellos bastaría para impedir el desarrollo de los demás. Así pues, ninguno puede ser sacrificado sin desconcertar catastróficamente la República.

Si aplicamos este parametraje a la sociedad cubana en el momento de la constitución de Directorio 1955, nos encontramos con que la liquidación definitiva y universal del prejuicio y la discriminación racial, y la incorporación del campesinado -entonces atrozmente marginado y preterido-, y de otros sectores de los grupos más humildes y desprotegidos, a la vida plena del derecho y al disfrute del los instrumentos clave de la civilización, eran de vital e impostergable urgencia.

No se perciben desde este manifiesto ni la derogación de los principios básicos sobre los que se había ido conformando la República desde su proyección ideal en el siglo XIX hasta en sus dramáticas convulsiones revolucionarias en el XX, ni la impugnación del orden esencial y proyecto defendido en 1933, instituido legalmente en 1940 y cuyo ejercicio intentárase especialmente de 1944 a 1952, -y que desdichadamente fuera violentado a partir del golpe de estado de 1952-. Sí se infiere inmediatamente la necesidad de profundizar, perfeccionar y ampliar tanto en el proyecto estructural como en la concreta realización programática. Se destacan vigorosamente el rechazo del gobierno militar de facto, de origen reconocidamente espurio, y mantenido por la violencia represiva; la exaltación de un régimen civil respetable y respetuoso en función del ejercicio libre de la persona humana; la confianza en la responsabilidad moral individual y colectiva, y la búsqueda de una mayor justicia social que nos acercara y nos comunicara más a los ciudadanos los unos con los otros, sin diferencias lesivas a la dignidad de cada quien.

No se concibe, ni remotamente, la noción, siquiera sugerida, de una "dictadura revolucionaria"; por el contrario, se está consciente de que una dictadura no puede ser sino la negación de la revolución y el hundimiento del país en la violencia o la abyección colectivas; ni tampoco el enfrentamiento masivo de clases o cuerpos sociales, sino la necesidad de la unidad nacional frente al equipo particular y exiguamente minoritario que por un golpe de mano se ha adueñado del poder, del cual hay que expulsarlo para recuperar el equilibrio propio y el ritmo justo del desarrollo nacional.

Esto se expresa de manera certera cuando declara que no aspira a ser un grupo más que compita con los otros que hacen revolución, ni a convertirse en factor de poder gubernativo en el futuro, sino que ha de permanecer como vigilante para asegurar -desde la perspectiva exenta- la fidelidad a los principios de la República, sobre los que se han justificado el movimiento y la búsqueda y coordinación de un programa que mejor encauce hacia los objetivos nacionales. En esto el Directorio 1955 es directamente fiel a la tradición establecida por el Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí para el desatamiento y orientación de la última guerra independentista, que había de dejar de existir y ceder paso a la majestad de la República cuando ésta se constituyera con plenitud de soberanía y participación popular, y por los directorios de 1927 y 1930, que consideraron la dictadura como una provísionalidad indeseable, de la cual había que salir, y el poder revolucionario inmediatamente establecido -gobierno revolucionario de 1933-34- como brevísima transitoriedad para producir los cambios elementales imprescindibles para encauzar el orden legal de la República en una continuidad suficiente. Tanto en la manigua independentista como en la promoción de los años 30, lo revolucionario se concibe como la incurrencia necesaria para poder reencauzar y consolidar cuanto antes el orden democrático y civil de la República.

Finalmente, para ser más consecuentes aún con los fundamentos proclamados, el manifiesto se firma con un nombre colectivo: "El Directorio Revolucionario", pues habiendo sido la exaltación de caudillos casuales y de camarillas oportunistas el modo de identificar ocasionalmente los males republicanos y la causa de la desorientación nacional, se busca que la adhesión no sea a persona o grupo alguno, sino a los principios proclamados. Se está planteando la aceptación de una dogmática conceptual, fundamento justificador y orientador de la conducta, y premisa primera, de la que ha-de . derivar la construcción legal del futuro. Así, adherirse al directorio no es un compromiso casual entre un individuo y otro que se proclama como jefe, sino el reconocimiento de unos principios básicos en los que han de identificarse y colaborar para la realización de una obra colectiva. No es un grupo de mandantes, ni un partido a discutirse el poder, ni siquiera un nombre personal que pueda implicar la búsqueda de la gloria o de la simpatía particular; es una pléyade o constelación doctrinal para encauzar y definir un proceso inevitablemente perturbador por el que ha de atravesar el país para reencontrarse finalmente en la dueñez plena de sí, como colectividad y como la persona ciudadana de cada cual.

Como en los documentos protojurídicos expresivos de los radicales partos históricos, el manifiesto del Directorio 1955 identifica, orienta y nutre al hombre que se impulsa en un proyecto trascendental. Así, escrito para un momento, este texto tiene validez en tanto en cuanto pueda ser reformulable y aplicable a la condición tempoespacial específica de un país. Si intentó justificar la acción generacional de un instante, acaso osó expresar la vocación trascendental de un pueblo a través del drama de su momento. Servirá para reencontramos en las causas de nuestros malestares y en la proposición inmarcesible de nuestra esperanza.

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Del Partido del Trabajo de Mexico
Hacia un Nuevo Socialismo

1. Introducción

La reanudación de la discusión política en la izquierda latinoamericana sobre el socialismo, no puede ser más oportuna. Tras diez años de escepticismo y pragmatismo que siguieron al derrumbe de la Unión Soviética y el socialismo estatista, resulta estimulante que los partidos de izquierda de América Latina vuelvan a colocar la cuestión del socialismo en su agenda de discusión.

No todo lo que surgió de esta crisis ideológica fue, sin embargo, negativo. Un aspecto positivo de esta época, fue la participación electoral de la izquierda en los procesos de democratización de los sistemas políticos de la región, a partir de experiencias amplias de centro-izquierda de lucha contra el capitalismo salvaje impuesto por el neoliberalismo.

Como resultado de ello, se pudo superar el aislacionismo vanguardista, vincularse mucho mas ampliamente a las masas populares, obtener posiciones institucionales en gobiernos, cuerpos parlamentarios y municipios y contener el impulso triunfal inicial del neoliberalismo. Esto ha llevado a la izquierda latinoamericana, a la posibilidad de participar directamente en la reorientación del rumbo político y económico-social de nuestros países, como consecuencia natural del agotamiento del neoliberalismo y el descontento popular generalizado contra sus políticas excluyentes.

Pero los logros prácticos del presente, no pueden sustituir la crisis de la idea socialista, ni la falta de orientaciones estratégicas que ello implica para la acción de nuestros partidos. ¿Debemos conformarnos con esa situación? ¿Debemos aceptar la idea de que el capitalismo es el único camino posible para la humanidad como tantos nos dicen, y de que no existe otra posibilidad que reformas democráticas y sociales limitadas dentro del mismo? ¿Debemos por el contrario, como algunos menos quieren, volver a fijar nuestra mirada en el socialismo estatista y autoritario del pasado? ¿O debemos definir una nueva senda que conjugue lo mejor de las tradiciones, el rechazo a los caminos equivocados que condujeron a la catástrofe y la modernización de los viejos ideales para adaptarlos a las nuevas condiciones del mundo y las sociedades?

Esta discusión es crucial para nuestros partidos, porque implica cuestiones históricas, ideológicas y éticas que hacen a la naturaleza misma de la izquierda como fuerza transformadora de la realidad social. ¿Qué queremos? ¿Hacia donde vamos? ¿Basta con la derrota política del neoliberalismo, menores niveles de exclusión de las grandes mayorías populares o una mayor sustentabilidad ambiental y social del desarrollo económico?

Tales preguntas resultan cruciales sobre todo en la hora presente, cuando la historia, la acción de los pueblos y nuestras propias luchas han colocado a los partidos populares ante los umbrales del poder en nuestros propios países, con la consecuente necesidad de proponer e implementar reformas inmediatas de legislación y gobierno (Cuestión que nos plantea, por cierto, problemas muy difíciles que en gran parte no hemos podido todavía resolver). ¿Cómo pasar de la resistencia y la denuncia a la construcción de algo nuevo, sin saber exactamente que es lo que estamos construyendo?


2. El Partido del Trabajo de México y su visión de la redefinición del socialismo.

A pesar de no contar todavía con una redefinición consensada de sus objetivos histórico, el Partido del Trabajo de México es una organización socialista por origen y preocupaciones ideológicas de dirigentes, cuadros y militantes. Aunque probablemente menos afectadas que las organizaciones de origen leninista y estalinista por el derrumbe de la Unión Soviética y la crisis mundial del socialismo estatista, el PTM no ha dejado de sufrir los impactos de la revolución informática, el triunfo del capitalismo en la Guerra Fría, el advenimiento del neoliberalismo, la globalización y la entrada de México en el Tratado de Libre Comercio, la reorientación económica de China o Vietnam, la difusión mundial de la democracia representativa, la crisis ambiental o las modificaciones sociales y culturales en la composición del movimiento popular.

Como a los demás partidos participantes en este evento, tales impactos no han destruido el ideal socialista del partido, ni lo han hecho renegar de sus mejores tradiciones de autonomía popular y lucha social. Pero sí le han dejado enormes enseñanzas y planteado nuevos problemas y retos de naturaleza similar (aunque no necesariamente igual) a los presentados al resto de la izquierda latinoamericana.

Haciendo un esfuerzo por comenzar a sistematizar tales enseñanzas y retos, la delegación del Partido del Trabajo de México considera que la redefinición que estamos buscando debe partir de tres pilares fundamentales: a) La reafirmación del ideal socialista, como búsqueda de una sociedad libre de toda explotación y opresión social, étnica o de género, a partir de la solidaridad de los seres humanos y los pueblos; b) El rechazo a las bases autoritarias, burocráticas y estatistas del denominado "Socialismo Real" que predominó en la Unión Soviética y otros países del Campo Socialista; y c) La necesidad de actualizar los principios y lineamientos políticos de nuestros partidos y movimientos, para adecuarlos a las nuevas condiciones históricas impuestas por la revolución informática, la globalización del mundo, la crisis ambiental mundial, la complejización y pluralización de las sociedades y la extensión mundial de las aspiraciones democráticas y de respecto a los derechos humanos de todos los pueblos, sexos y grupos humanos.

A partir de estas bases, la delegación del Partido del Trabajo de México esboza un conjunto de propuestas para la discusión colectiva, que implican tanto aspectos referidos a la redefinición de principios y puntos programáticos como a estrategias políticas de lucha por el socialismo.


3. Por un nuevo socialismo democrático y pluralista, basado en la autorganización y participación popular.

A) Relación entre socialismo y democracia.
La democracia debe dejar de ser considerada como un mero objetivo instrumental para acceder al poder político, como creyera el socialismo autoritario, para pasar a ser vista como un principio fundamental de la organización política, el desarrollo social y la convivencia humana de las sociedades contemporáneas. El abandono de esta idea, como lo demostró la experiencia histórica, condujo a la desnaturalización del socialismo y abrió las puertas a la aparición de nuevas formas de explotación y opresión burocráticas sobre los trabajadores y el pueblo.

La diferencia fundamental entre la democracia socialista y la democracia representativa "formal", no se encuentra en la incompatilidad entre ambas como se creyó erróneamente, sino la limitación de las formas tradicionales de la segunda para contener las expresiones más amplias de la democracia popular y social. De lo que se trata, por lo tanto, no es de suprimir la democracia representativa, sino de ampliarla suficientemente para incorporar a formas avanzadas de descentralización y delegación de poder, a partir del desarrollo de instancias locales de poder popular directo a distintos niveles de la organización social y política.

B) Relación entre el socialismo y la propiedad y gestión de los medios de producción.
Otra de las enseñanzas fundamentales de la desnaturalización y el fracaso del socialismo estatista, es que la estatización de los medios de producción y cambio no implica en absoluto su socialización, sino su apropiación clasista por funcionarios privilegiados colocados por encima de los trabajadores y el pueblo. Para que estos puedan acceder eficientemente al control de los medios de producción y planeación democrática, no basta con la democratización política aún en sus formas avanzadas, ya que nada puede substituir al aprendizaje popular directo de los mecanismos de funcionamiento y control de la empresa y el aparato productivo.

Para que los trabajadores y distintos sectores del pueblos puedan acceder al control de los medios de producción, se requiere de la gestación en la base de la sociedad de procesos como la conformación de un nuevo sindicalismo orientado a la producción, de un amplio movimiento cooperativo y de creación de empresas sociales, de redes de pequeñas y micro empresas, de la proliferación de organizaciones de consumidores o de la vinculación de la universidad, los centros de investigación u organizaciones de técnicos y profesionales a la empresa productiva. Asimismo, a nivel de instancias gubernamentales, del desarrollo de una nueva cultura honesta y no burocrática de ejercicio del poder público, asociada a la participación y el control popular.

C) Toma del poder, dictadura revolucionaria y construcción de hegemonía socialista.
Una tercera idea a desterrar asociada a las criticadas anteriormente, es la de la toma violenta del poder para establecer una dictadura revolucionaria que haga posible la construcción del socialismo. Se trata de una idea incompatible con la de la lucha por la democracia y su ampliación a todos los ámbitos de la vida política y social, que supone que el socialismo es algo que se construye desde arriba (por el Estado) y en relativamente poco tiempo.

En contraposición a esa idea errónea y vanguardista, el nuevo socialismo debe partir de la idea diferente de construcción en el largo plazo de un nuevo tipo de hegemonía socialista, en el sentido de liderazgo social, político y cultural de la izquierda socialista sobre la mayoría del pueblo. Tal hegemonía es algo por ganar dentro de la democracia, a partir del desarrollo de la lucha por la ampliación de la misma y por la obtención de reformas y logros sociales y culturales que hagan crecer la capacidad de organización y gestión de los diferentes sectores explotados y oprimidos del pueblo.

D) Globalización, cooperación internacional y reforma democrática del orden mundial
El advenimiento de la globalización ha planteado nuevos problemas que deben ser contemplados necesariamente por el socialismo del siglo XXI. La extensión mundial de las redes de comunicaciones, de la empresa trasnacional, de las migraciones de trabajadores y de los mercados financieros, han modificado la relación entre los estados nacionales y el conjunto del mundo y redimensionado la importancia de la cooperación internacional para resolver los nuevos problemas.

En las condiciones de triunfo del neoliberalismo, ello ha tenido las gravísimas consecuencias sociales que todos conocemos. Pero la globalización es un fenómeno mas profundo que el actual predominio del neoliberalismo, en la medida en que se nutre en los alcances de la revolución informática y la interdependencia económica y cultural mundial. Ello hace que la lucha contra el neoliberalismo y por el socialismo, debe asignar una importancia muy grande a la cooperación de los pueblos, los partidos políticos y los movimientos sociales. Junto al desarrollo y la profundización de las luchas nacionales para ampliar la democracia e impulsar reformas sociales incluyentes, la globalización nos impone la necesidad de democratizar el orden mundial y regular internacionalmente los flujos especulativos de capitales y el poder de las empresas trasnacionales. O sea, de dar pasos hacia una nueva concepción mundial no hegemónica del socialismo.

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