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AGENDA
#43
México
El
Ejército de Liberación Zapatista presenta siete pensamientos
El
Subcomandante Marcos, personalidad que resulta permanente pregunta para
los que nos planteamos una nueva sociedad, invita a construir una agenda
mundial de discusión. El Partido Social-Revolucionario Democrático de
Cuba acepta la invitación.
Por Subcomandante Insurgente Marcos
Introducción
Conforme se van deteriorando los calendarios del Poder y las grandes
corporaciones de los medios de comunicación titubean entre los ridículos
y las tragedias que protagoniza y promueve la clase política mundial,
abajo, en el gran y extendido basamento de la tambaleante Torre de Babel
moderna, los movimientos no cesan y, aunque aún balbuceantes, empiezan a
recuperar la palabra y su capacidad de espejo y cristal. Mientras arriba
se decreta la política del desencuentro, en el sótano del mundo los
otros se encuentran a sí mismos y al otro que, siendo diferente, es otro
abajo.
Como parte de esta reconstrucción de la palabra espejo y cristal, el
Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) retomó diálogos con
movimientos y organizaciones sociales y políticas en el mundo.
Inicialmente, con hermanos y hermanas de México, Italia, Francia,
Alemania, Suiza, el Estado español, Argentina y la Unión Americana, se
trata de ir construyendo una agenda común de discusión.
No se pretende establecer acuerdos
políticos y programáticos, ni de intentar una nueva versión de la
Internacional. Tampoco se trata de unificar conceptos teóricos o
uniformar concepciones, sino de encontrar y/o construir puntos comunes de
discusión. Algo así como construir imágenes teóricas y prácticas que
son vistas y vividas desde lugares distintos.
Como parte de este esfuerzo de encuentro,
el EZLN presenta ahora estos siete pensamientos. Anclarlos en un horizonte
espacial y temporal significa, por parte nuestra, un reconocimiento de
nuestras limitaciones teóricas, prácticas y, sobre todo, de visión
universal. Este es nuestro primer aporte a la construcción de una agenda
mundial de discusión.
Agradecemos a la revista mexicana
Rebeldía que nos haya abierto sus páginas para estos pensamientos.
Igualmente agradecemos a las publicaciones que en Italia, Francia, el
Estado Español, la Unión Americana y América Latina hacen lo mismo.
I. Teoría
El lugar de la teoría (y del análisis teórico) en los movimientos
políticos y sociales suele obviarse. Sin embargo, todo lo evidente suele
esconder un problema, en este caso: el de los efectos de una teoría en
una práctica y el "rebote" teórico de esta última. Y no
sólo; el problema de la teoría es también el problema de quién produce
esa teoría.
No empato la noción de "teórico" o "analista
teórico" con la de "intelectual". Esta última es más
amplia. El teórico es un intelectual, pero el intelectual no siempre es
un teórico.
El intelectual (y, por ende, el teórico) siente que tiene el derecho de
opinar sobre los movimientos. No es su derecho, es su deber. Algunos
intelectuales van más allá y se convierten en los nuevos
"comisarios políticos" del pensamiento y de la acción,
reparten títulos de "bueno" y "malo". Su
"juicio" tiene que ver con el lugar en que están y con el lugar
en que aspiran a estar.
Nosotros pensamos que un movimiento no
debe "devolver" los juicios que recibe, y catalogar a los
intelectuales como "buenos" o "malos", según cómo
califican al movimiento. El anti-intelectualismo no es más que una
apología propia incomprendida, y, como tal, define a un movimiento como
"púber".
Nosotros creemos que la palabra deja
huella, las huellas marcan rumbos, los rumbos implican definiciones y
compromisos. Quienes comprometen su palabra a favor o en contra de un
movimiento, no sólo tienen el deber de hablarla, también el de
"agudizarla" pensando en sus objetivos. "¿Para qué?"
y "¿contra qué?" son preguntas que deben acompañar a la
palabra. No para acallarla o bajar su volumen, sino para completarla y
hacerla efectiva, es decir, para que se escuche lo que habla por quien
debe escucharla.
Producir teoría desde un movimiento
social o político no es lo mismo que hacerlo desde la academia. Y no digo
"academia" en sentido de asepsia u "objetividad"
científica (inexistentes), sino sólo para señalar el lugar de un
espacio de reflexión y producción intelectual "fuera" de un
movimiento. Y "fuera" no quiere decir que no haya
"simpatías" o "antipatías", sino que esa producción
intelectual no se da desde el movimiento, sino sobre él. Así, el
analista académico valora y juzga bondades y maldades, aciertos y errores
de movimientos pasados y presentes, y, además, arriesga profecías sobre
rutas y destinos.
A veces ocurre que algunos de los
analistas de academia aspiran a dirigir un movimiento, es decir, a que el
movimiento siga sus directrices. Ahí, el reproche fundamental del
académico es que el movimiento no lo "obedezca", así que todos
los "errores" del movimiento se deben, básicamente, a que no
ven con claridad lo que para el académico es evidente. Desmemoria y
deshonestidad suelen campear (no siempre, es cierto) en estos analistas de
escritorio. Un día dicen una cosa y predicen algo, al otro día ocurre lo
contrario, pero el analista ha perdido la memoria y vuelve a teorizar
haciendo caso omiso de lo que dijo antes. No sólo; además es deshonesto
porque no se toma la molestia de respetar a sus lectores o escuchas. Nunca
dirá: "ayer dije esto y no ocurrió u ocurrió lo contrario, me
equivoqué". Enganchado en el "hoy" de los medios, el
teórico de escritorio aprovecha para "olvidar". En la teoría,
este académico produce el equivalente a la comida chatarra del intelecto,
es decir, no alimenta, sólo entretiene.
Otras veces, algún movimiento suple su
espontaneísmo con el padrinazgo teórico de la academia. La solución
suele ser más perjudicial que la carencia. Si la academia se equivoca,
"olvida"; si el movimiento se equivoca, fracasa. En ocasiones,
la dirección de un movimiento busca una "coartada teórica", es
decir, algo que avale y dé coherencia a su práctica, y acude a la
academia para surtirse de ella. En estos casos la teoría no es más que
una apología acrítica y con algo de retórica.
Nosotros creemos que un movimiento debe
producir su propia reflexión teórica (ojo: no su apología). En ella
puede incorporar lo que es imposible en un teórico de escritorio, a
saber, la práctica transformadora de ese movimiento.
Nosotros preferimos escuchar y discutir
con quienes analizan y reflexionan teóricamente en y con movimientos u
organizaciones, y no fuera de ellos o, lo que es peor, a costa de esos
movimientos. Sin embargo, nos esforzamos por escuchar todas las voces,
prestando atención no en quién las habla, sino desde dónde se habla.
En nuestras reflexiones teóricas hablamos
de lo que nosotros vemos como tendencias, no hechos consumados ni
inevitables. Tendencias que no sólo no se han convertido en homogéneas y
hegemónicas (aún), sino que pueden (y deben) ser revertidas.
Nuestra reflexión teórica como
zapatistas no suele ser sobre nosotros mismos, sino sobre la realidad en
la que nos movemos. Y es, además, de carácter aproximado y limitado en
el tiempo, en el espacio, en los conceptos y en la estructura de esos
conceptos. Por eso rechazamos las pretensiones de universalidad y
eternidad en lo que decimos y hacemos.
Las respuestas a las preguntas sobre el
zapatismo no están en nuestras reflexiones y análisis teóricos, sino en
nuestra práctica. Y, en nuestro caso, la práctica tiene una fuerte carga
moral, ética. Es decir, intentamos (no siempre con fortuna, es cierto)
una acción no sólo de acuerdo con un análisis teórico, sino también,
y sobre todo, de acuerdo con lo que consideramos es nuestro deber.
Tratamos de ser consecuentes, siempre. Tal vez por eso no somos
pragmáticos (otra forma de decir "una práctica sin teoría y sin
principios").
Las vanguardias sienten el deber de
dirigir algo o a alguien (y en este sentido guardan muchas similitudes con
los teóricos de academia). Las vanguardias se proponen conducir y
trabajan para ello. Algunas hasta están dispuestas a pagar los costos de
los errores y desviaciones de su quehacer político. La academia no.
Nosotros sentimos que nuestro deber es
iniciar, seguir, acompañar, encontrar y abrir espacios para algo y para
alguien, nosotros incluidos.
Un recorrido, así sea meramente
enunciativo, de las distintas resistencias en una nación o en el planeta
no es sólo un inventario, ahí se adivinan, más que presentes, futuros.
Quienes son parte de ese recorrido y de
quien hace el inventario, pueden descubrir cosas que quienes suman y
restan en los escritorios de las ciencias sociales no alcanzan a ver, a
saber; que importan, sí, el caminante y su paso, pero sobre todo importa
el camino, el rumbo, la tendencia. Al señalar y analizar, al discutir y
polemizar, no sólo lo hacemos para saber qué ocurre y entenderlo, sino
también, y sobre todo, para tratar de transformarlo.
La reflexión teórica sobre la teoría se
llama metateoría. La metateoría de los zapatistas es nuestra práctica.
II. El Estado nacional y la polis
En el agónico calendario de los estados nacionales, la clase
política era quien tenía el poder de decisión. Un poder que sí tomaba
en cuenta al poder económico, al ideológico, al social, pero mantenía
una autonomía relativa respecto a ellos. Esa autonomía relativa le daba
la capacidad de "ver más allá" y conducir a las sociedades
nacionales hacia ese futuro. En ese futuro, el poder económico no sólo
seguía siendo poder, sino que era más poderoso.
En el arte de la política, el artista de
la polis, el gobernante, era entonces un especializado conductor,
conocedor de las ciencias y las artes humanas, incluida la militar. La
sabiduría de gobernar consistía en el manejo adecuado de los distintos
recursos de conducción del Estado. La mayor o menor recurrencia a uno o
varios de esos recursos, definía el estilo de gobierno. Balance de
administración, política y represión, una democracia avanzada. Mucha
política, poca administración y represión encubierta, un régimen
populista. Mucha represión y nada de política y administración, una
dictadura militar.
En ese entonces, en la división
internacional del trabajo, a los países con capitalismo desarrollado les
correspondían hombres (o mujeres) de Estado como gobernantes; a los
países con capitalismo deforme les tocaban gobiernos de gorilas. Las
dictaduras militares representaban el verdadero rostro de la modernidad:
un rostro animal, sediento de sangre. Las democracias no sólo eran una
máscara que escondía esa esencia brutal, también preparaban a las
naciones para una nueva etapa donde el dinero encontrara mejores
condiciones de crecimiento.
La globalización, es decir, la
mundialización del mundo, no sólo está marcada por la revolución
tecnológica digital. La siempre presente voluntad internacionalista del
Dinero encontró medios y condiciones para destruir las trabas que le
impedían cumplir con su vocación: conquistar con su lógica todo el
planeta. Unas de esas trabas, las fronteras y los estados nacionales,
sufrieron y sufren una guerra mundial (la IV). Los estados nacionales se
enfrentan a esta guerra careciendo de recursos económicos, políticos,
militares, ideológicos y, como lo demuestran las guerras recientes y los
tratados de libre comercio, de defensas jurídicas.
La historia no terminó con la caída del
Muro de Berlín y el derrumbe del campo socialista. El nuevo orden mundial
sigue siendo un objetivo en el orden de batalla del dinero, pero en el
campo yace ya, agonizando y esperando la llegada de auxilio, el Estado
nacional.
Llamamos "sociedad del poder" al
colectivo de dirección que ha desplazado a la clase política de la toma
de decisiones fundamentales. Se trata de un grupo que no sólo detenta el
poder económico y no sólo en una nación. Más que aglutinada
orgánicamente (según el modelo de "sociedad anónima"), la
"sociedad del poder" se conforma por compartir objetivos y
métodos comunes. Aún en proceso de formación y consolidación, la
"sociedad del poder" trata de llenar el vacío dejado por los
estados nacionales y sus clases políticas. La "sociedad del
poder" controla organismos financieros (y, por ende, países
enteros), medios de comunicación, corporaciones industriales y
comerciales, centros educativos, ejércitos y policías públicos y
privados. La "sociedad del poder" desea un Estado mundial con un
gobierno supranacional, pero no trabaja en su construcción.
La globalización ha significado una
experiencia traumática para la humanidad, sí, pero sobre todo para la
sociedad del poder. Agobiada por el esfuerzo de pasar, sin mediación
alguna, de los barrios o comunidades a la Hiperpolis, de lo local a lo
global, y mientras se construye el gobierno supranacional, la sociedad del
poder se refugia de nuevo en un Estado nacional que desfallece. El Estado
nacional de la sociedad del poder sólo aparenta un vigor que mucho tiene
de esquizofrenia. Un holograma, eso es el Estado-nación en las
metrópolis.
Mantenido por décadas como el referente
de estabilidad, el Estado nacional tiende a dejar de existir, pero su
holograma permanece alimentado por los dogmas que luchan por llenar el
vacío no sólo producido por la globalización, también remarcado por
ella. La mundialización del mundo en tiempo y espacio es, para el poder,
algo que no acaba de ser digerido. Los "otros" ya no están en
"otra" parte, sino en todas partes y a todas horas. Y para el
poder el "otro" es una amenaza. ¿Cómo enfrentar esa amenaza?
Levantando el holograma de la nación y denunciando al "otro"
como agresor. ¿No fue uno de los argumentos del señor Bush para las
guerras en Afganistán e Irak que ambos amenazaban a la
"nación" norteamericana? Pero, fuera de la "realidad"
creada por CNN, las banderas que ordenan en Kabul y Bagdad no son las de
las barras y las estrellas, sino las de las grandes corporaciones
multinacionales.
En el holograma del Estado-nación, la
falacia por excelencia de la modernidad, c'est a dire, "la libertad
individual" se halla prisionera en una cárcel que no por global es
menos opresiva. El individuo se desdibuja de tal forma que ni la imagen de
los "héroes" de antaño puede ofrecerle la mínima esperanza de
sobresalir. El self-made man no existe más, y puesto que es impensable
hablar de self-made corporation, la expectativa social se halla a la
deriva. ¿Cuál es la esperanza? ¿Volver a la disputa por la calle, el
barrio? Tampoco, la fragmentación ha sido tan despiadada y descontrolada
que ni siquiera esas unidades mínimas de identidad se mantienen estables.
¿La familia-casa? ¿Dónde y cómo? Si la televisión entró como reina
por la puerta principal, Internet entró como golpista por la hendidura
del espacio cibernético. En días pasados, casi cada casa del planeta fue
invadida por las tropas británicas y norteamericanas que ocuparon Irak.
El Estado-nación que se arroga ahora el
título de la mano divina de Dios (Estados Unidos de América), existe
sólo en la televisión, en la radio, en algunos periódicos y
revistas..., y en los cines. En la fábrica de sueños de los grandes
consorcios mediáticos, los presidentes son inteligentes y simpáticos, la
justicia siempre triunfa; la comunidad derrota al tirano, la rebeldía es
respuesta pronta y efectiva frente a la arbitrariedad, y el "y
vivieron muy felices" sigue siendo el final prometido a la sociedad
nacional. Pero en la realidad, las cosas son todo lo contrario.
¿Dónde están los héroes de la
invasión a Afganistán? ¿Dónde los de la ocupación de Irak? Quiero
decir, el 11 de septiembre de 2001 tuvo sus héroes, los bomberos y
habitantes de la ciudad de Nueva York trabajando por rescatar a las
víctimas del delirio mesiánico. Pero estos héroes reales no le sirven
al poder, por eso fueron rápidamente olvidados. Para el poder el
"héroe" es el que conquista (es decir, destruye), no el que
salva (es decir, construye). La imagen del bombero cubierto de ceniza,
trabajando entre los escombros de las torres gemelas en Nueva York, fue
sustituida por la del tanque de guerra jalando la estatua de Hussein en
Bagdad.
La polis moderna (uso el término
"polis" en lugar del de "ciudad" para remarcar que me
refiero a un espacio urbano de relaciones económicas, ideológicas,
culturales, religiosas y políticas) sólo tiene de la clásica (Platón)
la imagen superficial y frívola de las ovejas (el pueblo) y el pastor (el
gobernante).
Pero la modernidad trastocó por completo
la imagen platónica. Ahora se trata de un complejo industrial: algunas
ovejas se trasquilan y otras se sacrifican para obtener alimento, las
"enfermas" son aisladas, eliminadas y "quemadas" para
que no contaminen al resto.
El neoliberalismo se presentó como la
administración eficaz de esa mezcla de matadero-corral que es la polis,
pero señalando que la eficacia sólo era posible rompiendo las fronteras
de la polis y extendiéndolas (es decir, invadiendo) a todo el planeta: la
Hiperpolis.
Pero resulta que el
"administrador" (el gobernante-pastor) ha enloquecido y ha
decidido sacrificar a todas las ovejas, aunque el dueño no pueda comer
todas... y aunque no queden ovejas para trasquilar ni para sacrificar
mañana. El viejo político, el de antaño (y no me refiero al de
"antes de Cristo", sino al de finales del siglo XX), se
especializaba en mantener las condiciones para el crecimiento del rebaño
y que hubiera ovejas para una y otra cosa, y, además, que las ovejas no
se rebelaran.
El neopolítico no es ya más un pastor
"culto", es un lobo bobalicón e ignorante (que ni siquiera se
esconde tras una piel de oveja) que se conforma con comerse la parte del
rebaño que le cedan, pero ha abandonado sus tareas fundamentales. El
rebaño no tardará en desaparecer... o en rebelarse.
¿Se podría pensar que de lo que se trata
no es de "humanizar" el corral-fábrica-matadero de la polis
moderna, sino de destruir esa lógica, arrancarse la piel de oveja y, sin
ovejas, descubrir que el "pastor-carnicero-trasquilador" no
sólo es inútil, sino que estorba?
La lógica de los estados nacionales era
(a grandes rasgos): Una polis-ciudad aglutina un territorio (y no al
revés), una provincia aglutina una serie de polis, una nación aglutina
una serie de provincias. Ergo, la polis-ciudad era la célula básica de
la nación-Estado y la polis-capital imponía su lógica al resto de las
polis.
Había entonces una especie de causa
común, uno o varios elementos que aglutinaban a esa polis dentro de sí
misma, así como había elementos que aglutinaban al Estado-nación
(territorio, lengua, moneda, sistema jurídico-político, cultura,
historia, etcétera). Estos elementos han sido erosionados y dinamitados
(muchas veces no en sentido figurado) por la globalización.
Pero, ¿qué con la polis en el desgaste
actual (casi hasta la desaparición) del Estado nacional? Y, ¿qué fue
primero?, ¿la polis o el Estado nacional?, ¿el desgaste de la una o del
otro? No importa, cuando menos no para lo que ahora digo. Si la
fragmentación (y, por ende, la tendencial desaparición) del Estado
nacional se debe a la fragmentación de la polis o viceversa, no es el
tema del que hablo.
Como en el Estado nacional, en la polis se
ha extraviado lo que la aglutinaba. Cada polis no es más que una
fragmentación desordenada y caótica, una superposición de polis que no
sólo son diferentes entre sí, sino, no pocas veces, contrarias.
El poder del dinero exige un espacio
especial que no sólo le sea espejo de su grandeza y bienestar, sino que,
además, lo proteja de las "otras" polis (las de los
"otros") que están a su alrededor y la "amenazan".
Estas "otras" polis no son semejantes a las comunidades
bárbaras de antaño. La polis del dinero trata de incorporarlas a su
lógica y necesita de ellas, pero, al mismo tiempo, les teme.
Donde antes había un Estado nacional (o
disputando aún el espacio con él) hay ahora una desordenada acumulación
de polis. Las polis del dinero que hay en el mundo son las
"casas" de la "sociedad del poder". Sin embargo, donde
antes había un sistema jurídico e institucional que regulaba la vida
interna de los estados nacionales y la relación entre ellos (estructura
jurídica internacional), ahora no hay nada.
El sistema jurídico internacional es
obsoleto, y su lugar está siendo ocupado por el sistema
"jurídico" espontáneo del capital: la competencia brutal y
despiadada con cualquier medio, entre ellos, la guerra.
¿Qué son los programas de seguridad
pública de las ciudades sino la protección de los que tienen todo frente
a los que nada tienen? Mutatis mutandi, los programas de seguridad
nacional ya no son nacionales frente a otras naciones, sino contra todo y
en todas partes. La imagen de la ciudad rodeada (y amenazada) por
cinturones de miseria y la imagen de la nación hostigada por otros
países, se han empezado a transformar. La pobreza y la inconformidad
(esas "otras" que no tienen el buen gusto de desaparecer) ya no
están en la periferia, sino que se puede ver casi en cualquier parte de
las urbes... y de los países.
Lo que señalo es que el
"reordenamiento", que se practica en los gobiernos de las polis,
de esos fragmentos, como ensayo o "entrenamiento" para el
reordenamiento nacional, es inútil. Porque de lo que se trata, más que
de reordenar, es de aislar los fragmentos "nocivos" y atenuar el
impacto que puedan tener sus reclamos, luchas y resistencias en la polis
del dinero.
Quien gobierna la ciudad, sólo administra
el proceso de fragmentación de la polis, en espera de pasar a administrar
el proceso de fragmentación nacional.
La privatización del espacio en las
ciudades no es más que el temor violando sus propias disposiciones. La
polis se ha convertido en un espacio anárquico de islas. La
"convivencia" entre los pocos es posible por el temor común que
tienen al "otro". ¡Vivan las calles privadas! Seguirán las
colonias privadas, las ciudades, las provincias, las naciones, el mundo...
todo privatizado, es decir, aislado y protegido del "otro". Pero
el vecino pudiente no tardará también en ser un "otro".
Lo que no hizo la guerra nuclear, pueden
hacerlo las corporaciones. Destruir todo, incluso lo que les da riqueza.
Un mundo donde no quepa ningún mundo, ni
siquiera el propio. Este es el proyecto de la Hiperpolis que ya se levanta
sobre los escombros del Estado-nación.
III. La política
¿Ya no hay causas nacionales que aglutinen a las polis, a las
naciones, a las sociedades? ¿O ya no hay políticos capaces de enarbolar
esas causas? El descrédito de la política es algo más que eso: tiene
algo de odio y rencor. El ciudadano común está pasando, tendencialmente,
de la indiferencia frente a las tropelías de la clase política, a un
repudio que adquiere formas cada vez más "expresivas". El
"rebaño" se resiste a la nueva lógica.
El político de antaño definía la tarea
común. El moderno lo intenta y fracasa. ¿Por qué? Tal vez porque él
mismo ha labrado su desprestigio o, más bien, más que prostituir una
causa, ha prostituido un quehacer.
Carente de una realidad como referente, la
clase política moderna se fabrica de un holograma no del tamaño de sus
aspiraciones, sino del tamaño de su calendario actual: quien gobierna un
poblado no ha renunciado a gobernar una ciudad, una provincia, una
nación, el mundo entero, es sólo que su hoy le determina un poblado... y
hay que esperar a las próximas elecciones para el siguiente paso.
Si el Estado nacional antes tenía la
capacidad de "ver más allá" y proyectar las condiciones
necesarias para que el capital se reprodujera in crescendo y para ayudarlo
a sortear sus crisis periódicas, la destrucción de sus bases
fundamentales le impide cumplir con esa tarea.
El "barco" social se halla a la
deriva y el problema no es sólo la falta de un capitán capaz, resulta
que se han robado el timón y no aparece por ningún lado.
Si el dinero fue la dinamita, los
"operarios" de la demolición fueron los políticos. Al destruir
las bases del Estado nacional, la clase política tradicional también
destruyó su coartada: los todopoderosos atletas de la política ahora se
miran sorprendidos e incrédulos... un comerciante ñoño, sin noción
alguna de las artes del Estado, ni siquiera los ha derrotado, simplemente
los suplantó.
Esa clase política tradicional es incapaz
de reconstruir las bases del Estado nacional. Como ave de rapiña se
conforma con alimentarse de los despojos de los países, y se ceba en el
lodo y la sangre sobre las que se construye el imperio del dinero.
Mientras engorda, el Señor del Dinero espera en la mesa...
La libertad de mercado ha sufrido una
metamorfosis terrible: ahora eres libre de elegir a qué centro comercial
ir, pero la tienda es la misma y la marca del producto también. La falaz
libertad originaria en la tiranía de la mercancía, "libre oferta y
libre demanda", se ha hecho añicos.
Las bases de la "democracia
occidental" han sido dinamitadas. Sobre sus escombros se realizan
campañas y elecciones. La pirotecnia electoral brilla muy alto, tanto que
no alcanza siquiera a iluminar un poco las ruinas que cubren el quehacer
político.
De igual forma, la columna vertebral del
quehacer gubernamental, la razón de Estado, no sirve más, ahora es la
razón de mercado la que dirige la política. ¿Para qué emplear
políticos si los mercadólogos entienden mejor la nueva lógica del
poder?
El político, es decir, el profesional del
Estado, ha sido suplantado por el gerente. Así la visión de Estado se
trastoca en visión de mercadotecnia (el gerente no es más que un capataz
de antaño, que "cree" firmemente que el éxito de la empresa es
su propio éxito) y el horizonte se achica, no sólo en distancia,
también en su dimensión.
Los diputados y senadores ya no hacen
leyes, esa labor la cumplen los lobbys de asesores y consultores.
Huérfanos y viudos, los políticos
tradicionales y sus intelectuales se mesan los cabellos (los que tengan
aún) y ensayan una y otra vez nuevas coartadas para ofrecerlas en el
mercado de ideas: es inútil, ahí sobran vendedores y no hay ningún
comprador.
Acudir a la clase política tradicional
como "aliada" en la lucha de resistencia es un buen ejercicio...
de nostalgia. Acudir a los neopolíticos es un síntoma de esquizofrenia.
Allá arriba no hay nada que hacer, como no sea jugar a que tal vez se
puede hacer algo.
Hay quien se dedica a imaginar que el
timón existe y disputar su posesión. Hay quien busca el timón, seguro
de que quedó en alguna parte. Y hay quien hace de una isla no un refugio
para la autosatisfacción, sino una barca para encontrarse con otra isla y
con otra y con otra...
IV. La guerra
En el estrés posmoderno de la sociedad del poder, la guerra es el
diván. La catarsis de muerte y destrucción alivia, pero no cura. Las
crisis actuales son peores que las del pasado, y, por ende, la solución
radical que el poder da para ellas, la guerra, es peor que las de antaño.
Ahora, el fraude más grande de la
historia de la humanidad, la globalización, ni siquiera tiene la
delicadeza de tratar de justificarse. Miles de años después del
surgimiento de la palabra, y con ella, de la razón argumentada, la fuerza
vuelve a ocupar el lugar decisivo y decisorio.
En la historia de la consolidación del
poder, la convivencia humana se convirtió en coexistencia. Y ésta en
guerra. El par dominante-dominado define ahora a la comunidad mundial y
pretende ser el nuevo criterio de "humanidad", incluso para los
fragmentos más dispersos de la sociedad global.
El vacío dejado por los hombres de Estado
es llenado, en el holograma del Estado nacional, por los gerentes y
arribistas; pero en el orden aparente del capital, los militares de
empresas (una nueva generación que no sólo lee y aplica a Tzun Tzu, sino
que tiene los medios materiales para realizar sus movimientos y maniobras)
incorporan la guerra militar (para diferenciarla de las guerras
económicas, ideológicas, sicológicas, diplomáticas, etcétera) como un
elemento más de su estrategia de mercado.
La lógica del mercado (más ganancias
siempre y a toda costa) se impone a la vieja lógica de guerra (destruir
la capacidad de combate del oponente). La legislación internacional
estorba entonces y, o debe ser ignorada, o debe ser destruida. Se acabó
el tiempo de las justificaciones plausibles, ahora ni siquiera se hace
mucho énfasis en las justificaciones "morales" e incluso
"políticas" de la guerra. Los organismos internacionales son
monumentos inútiles y onerosos.
Para la sociedad del poder, el ser humano
puede ser cliente o delincuente. Para adocenar al primero y eliminar al
segundo, el político da rostro legal a la violencia ilegítima del poder.
La guerra ya no necesita de leyes que la "justifiquen" o
"avalen", basta con políticos que la declaren y firmen las
órdenes.
Si el gobierno de Estados Unidos se ha
abrogado el papel de "Policía" de la Hiperpolis, habría que
preguntarse qué orden quiere mantener, qué propiedad debe defender, qué
delincuentes debe encarcelar y qué ley le da coherencia y orden a su
actuar. Es decir, quiénes son los "otros" frente a los que debe
proteger a la sociedad del poder.
No hay peor general para conducir una
guerra que un militar, por eso, antaño, los grandes generales, los
ganadores de las guerras (no los que peleaban las batallas), eran
políticos, hombres de Estado. Pero si ya no hay más de éstos, entonces,
¿quién está dirigiendo la actual batalla de conquista mundial? Dudo que
alguien, en su sano juicio, pueda sostener que Bush o Rumsfeld dirigieron
la guerra en Irak.
Así que o son militares los que dirigen o
no son militares. Si lo son, el resultado empezará a verse dentro de
poco. El militar no se da por satisfecho hasta que destruye totalmente a
su oponente. Totalmente, es decir, no derrotarlo, sino desaparecerlo,
acabarlo, aniquilarlo. Así la solución a la crisis sólo es el preludio
de una crisis mayor, de un horror que es imposible describir con palabras.
Si no son militares, entonces, ¿quién
dirige? Las corporaciones, pudiera responderse. Pero éstas tienen
lógicas que se sobreponen a las de los individuos y los conducen. Como un
ente con vida e inteligencia propia, la corporación alecciona a sus
miembros para ir en tal dirección. ¿Cuál? La de la ganancia. En esta
lógica, el dinero se dirige adonde obtiene más condiciones de ganancia
rápida, creciente y continua. ¿Se dirigirá entonces adonde menos hay o
adonde más hay? Sí, la corporación irá, tendencialmente, en contra de
otra corporación.
¿Resolverá el resultado de la guerra en
Irak la crisis que enfrentan las grandes corporaciones? No, o cuando menos
no en lo inmediato. El efecto distractor de un conflicto para las
expectativas del Estado-nacional-con-aspiraciones-a-ser-supranacional,
tiene la duración de un espot televisivo.
"Ya ganamos en Irak", dirán los
ciudadanos de Estados Unidos, "¿y ahora? ¿Otra guerra? ¿Dónde?
¿Es esto el nuevo orden mundial? ¿Una guerra en todas partes y a todas
horas, sólo interrumpida por los anuncios comerciales?"
V. La cultura
Postrada en el diván de la guerra, la sociedad del poder baraja sus
complejos y fantasmas. Unos y otros tienen muchos nombres y muchos
rostros, pero un común denominador: "el otro". Ese
"otro", que, hasta antes de la globalización, estaba lejos en
tiempo y espacio, pero que la construcción desordenada de la Hiperpolis
lo ha traído al backyard, al patio trasero de la sociedad del poder.
La cultura del "otro" se vuelve
el espejo odiado. Pero no porque refleje al poder en su crueldad inhumana,
sino porque cuenta la historia del "otro". El diferente que no
sólo no depende del "yo" del poder, sino que también tiene su
propia historia y esplendor sin siquiera haberse dado cuenta de la
existencia del "yo" o haber supuesto su futura aparición.
En la sociedad del poder, el fracaso del
hombre en la convivencia, su ser en el ser colectivo, se oculta detrás
del éxito individual. Pero este último, oculta a su vez que ese éxito
es posible por la destrucción del otro, del ser colectivo. Durante
décadas, en el imaginario del poder, el colectivo ocupó el lugar del
mal, arbitrario, iracundo, cruel, implacable. El "otro" es el
rostro del rebelde Luzbel en la nueva Biblia del poder (que no predica la
redención, sino la sumisión) y es necesario expulsarlo de nuevo del
paraíso. En el papel de la espada flamígera, las smart bombs.
El rostro del "otro" es su
cultura, ahí está su diferencia. Lengua, creencias, valores,
tradiciones, historias, se hacen cuerpo colectivo en una nación y le
permiten diferenciarse de otras y, con base en esa diferencia,
relacionarse con otras. Una nación sin cultura es una entidad sin rostro,
es decir, sin ojos, sin oídos, sin nariz, sin boca... y sin cerebro.
Destruir la cultura del "otro"
es la forma más contundente de eliminarlo. El saqueo de las riquezas
culturales en Irak no fue producto de la desatención o desinterés de las
tropas de ocupación. Fue una acción militar más en el plan de guerra.
En las grandes guerras, los grandes
tiranos y genocidas dedican esfuerzos especiales a la destrucción
cultural. La semejanza entre la fobia a la cultura de Hitler y la de Bush
no se debe a que manifiesten síntomas comunes de locura. La semejanza
está en los proyectos de mundialización que animaron a uno y dirigen al
otro.
La cultura es de las pocas cosas que
mantienen aún respirando al Estado nacional. La eliminación de la
cultura será el tiro de gracia. Al funeral nadie asistirá y no por falta
de conocimiento, sino de rating.
VI. Manifiestos y manifestaciones
El acto guerrero fundacional del nuevo siglo no es el desmoronamiento
de las Torres Gemelas, pero tampoco la caída sin gracia ni espectáculo
de la estatua de Hussein. El siglo XXI arranca con el "NO A LA
GUERRA" globalizado que devolvió a la humanidad su esencia y la
aglutinó en una causa. Como nunca antes en la historia de la humanidad,
el planeta fue sacudido por este "NO".
Desde intelectuales de todas las tallas,
hasta habitantes iletrados de rincones ignorados de la tierra, el
"NO" se convirtió en puente que unió comunidades, pueblos,
villas, ciudades, provincias, países, continentes. En manifiestos y
manifestaciones, el "NO" buscó la reivindicación de la razón
frente a la fuerza.
Aunque ese "NO" se apagó en
parte con la ocupación de Bagdad, hay más de esperanza que de impotencia
en su eco. Sin embargo, algunos se han desplazado en el terreno teórico y
han cambiado la pregunta "¿Qué hacer para detener la guerra?",
por esta otra: "¿Dónde será la próxima invasión?"
Hay quien sostiene, ingenuo, que la
declaración del gobierno de Estados Unidos de que no hará nada contra
Cuba, demuestra que no hay que temer una acción militar norteamericana en
contra de la isla caribeña. Los deseos del gobierno norteamericano de
invadir y ocupar Cuba son reales, pero son algo más que deseos. Son ya
planes con rutas, tiempos, contingentes, etapas, objetivos parciales y
sucesivos. Cuba no es sólo un territorio a conquistar, es, sobre todo,
una afrenta. Una abolladura intolerable en el lujoso automóvil de la
modernidad neoliberal. Y los marines son los hojalateros. Si esos planes
se concretan, ya se verá, como ahora en Irak, que el objetivo no era
derrocar al señor Castro Ruz, ni siquiera imponer un cambio de régimen
político. La invasión y ocupación de Cuba (o de cualquier otro punto de
la geografía mundial) no requiere de los intelectuales
"sorprendidos" de las acciones de un Estado nacional (acaso el
último que se mantiene como tal en América Latina) para control interno.
Si el gobierno norteamericano no se
conmovió siquiera por el tibio rechazo de la ONU y de los gobiernos del
primer mundo, ni se inmutó con la condena explícita de millones de seres
en todo el planeta, no lo animarán ni detendrán las palabras de rechazo
o aliento de los intelectuales (hablando de Cuba, en fechas recientes se
conoció la "heroica" acción de soldados israelíes: ejecutaron
a un palestino con un tiro en la nuca. El palestino tenía 17 meses de
edad. ¿Hubo alguna declaración, algún manifiesto con firmas indignadas?
¿Horror selectivo? ¿Cansancio del corazón? ¿O el "condenamos en
cualquier parte y de quien sea" incluye ya y para siempre todas y
cada una de las dosis de terror que desde arriba indigestan a los de
abajo? ¿Basta decir una vez "no"?).
Tampoco lo detendrán las movilizaciones
de protesta, por muy masivas y continuas que sean, aun dentro de la Unión
Americana.
Quiero decir: NO SOLO.
Un elemento fundamental es la capacidad de
resistencia del agredido, la inteligencia para combinar formas de
resistir, y, algo que puede sonar "subjetivo", la decisión de
los seres humanos agredidos. El territorio a conquistar (llámese Siria,
Cuba, Irán, montañas del sureste mexicano) tendría así que convertirse
en un territorio en resistencia. Y no me refiero a la cantidad de
trincheras, armas, trampas cazabobos y sistemas de seguridad (que son, sin
embargo, también necesarias), sino a la disposición (la
"moral", dirán algunos) de esos seres humanos para resistir.
VII. La resistencia
Las crisis preceden a la toma de conciencia de su existencia, pero la
reflexión sobre los resultados o salidas de esas crisis se convierten en
acciones políticas. El rechazo a la clase política no es un rechazo al
hacer política, sino a una forma de hacerla.
El hecho de que, en el muy limitado
horizonte del calendario del poder, no aparezca definida una nueva forma
de hacer política no significa que ésta no esté ya andando en pocos o
en muchos de los fragmentos de las sociedades en todo el mundo.
Todas las resistencias, en la historia de
la humanidad, han parecido inútiles no sólo la víspera, sino también
ya avanzada la noche de la agresión, pero el tiempo corre,
paradójicamente, a su favor si es concebida para ello.
Podrán caer muchas estatuas, pero si la
decisión de generaciones se mantiene y alimenta, el triunfo de la
resistencia es posible. No tendrá fecha precisa ni habrá desfiles
fastuosos, pero el desgaste previsible de un aparato que convierte su
propia maquinaria en su proyecto de nuevo orden, terminará por ser total.
No estoy predicando la esperanza hueca,
sino recordando un poco de historia mundial y, en cada país, un poco de
historia nacional.
Vamos a vencer, no porque sea nuestro
destino o porque así esté escrito en nuestras respectivas biblias
rebeldes o revolucionarias, sino porque estamos trabajando y luchando para
eso.
Para ello es necesario un poco de respeto
al otro que en otro lado resiste en su ser otro, un mucho de humildad para
recordar que se puede aprender todavía mucho de ese ser otro, y
sabiduría para no copiar sino producir una teoría y una práctica que no
incluyan la soberbia en sus principios, sino que reconozca sus horizontes
y las herramientas que sirven para esos horizontes.
No se trata de solidificar las estatuas
existentes, sino de trabajar por un mundo donde las estatuas sirvan sólo
para que los pájaros se caguen en ellas.
Un mundo donde quepan muchas resistencias.
No una internacional de la resistencia, sino una bandera policroma, una
melodía con muchas tonadas. Si aparece disonante es sólo porque el
calendario de abajo está todavía por armar la partitura donde cada nota
encontrará su lugar, su volumen y, sobre todo, su liga con las otras
notas.
La historia está lejos de terminar. En el
futuro, las convivencias serán posibles, no por las guerras que
pretendieron dominar al otro, sino por los "no" que dieron a los
seres humanos, como antes en la prehistoria, una causa común y, con ella,
una esperanza: la de la supervivencia... por la humanidad, contra el
neoliberalismo.
Desde las montañas del Sureste Mexicano,
Subcomandante Insurgente Marcos
Este texto se reproduce con
autorización de la revista política mexicana Rebeldía, que lo publicó
en su número correspondiente a mayo de 2003
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