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AGENDA
#44
Sobre
la sociedad civil
Jorge Valls
La
sociedad civil es aquélla cuyos miembros ni son militares ni tienen votos
religiosos (sacerdotes, hermanos, monjes consagrados a una vida
especialmente cultual). La sociedad civil, pues, es aquélla compuesta por
gentes que no renuncian a la vida familiar y que van a ganarse la vida
entre la producción o la prestación de servicios y el comercio.
Los militares son un cuerpo disciplinado y
armado para la defensa de la comunidad; por ende están autorizados para
ejercer la coacción y la violencia según las necesidades y direcciones
de la sociedad constituida. Requieren, por lo tanto, estar sujetos,
además de al orden civil que norma toda la sociedad, a un fuero especial,
por el cual se les exige una disciplina más rigurosa y se contemplan
aspectos de su condición y conducta que no corresponden al orden civil de
todos los ciudadanos.
De igual manera, los religiosos, para la
organización de sus comunidades y realización de su especial vocación,
requieren un orden especial, con disciplinas y autoridades especiales,
distintas de las del común civil. Por eso existen, como formas especiales
del derecho, tanto el fuero militar como el canónico.
El orden civil está compuesto por
aquéllos que no se dan un orden institucional propio distinto de aquel
que incluye, define y norma la vida de todos los ciudadanos de un país.
Ni podrán usar de la violencia para realizar sus fines, ni éstos se
apartarán específicamente de los del común, que son, primordialmente,
el mantenimiento y la progresión de la vida biológica y económica.
La sociedad civil por excelencia, la
fundamental y la que permite la formación de las distintas comunidades ya
inclusas ya incluyentes, es el estado -la ciudad, la polís, el reino, la
república o como quiera llamársele.
Una comunidad mundial estará, de una
manera o de otra, formada por estados, que entran en el compromiso de una
solidaridad mutua. Las comunidades inclusas, como la familia, el sindicato
o cualquier asociación particular, existen por la potestad del estado que
las comprende y dentro de éste, aunque por la autonomía especial de
algunas de éstas --como la familia-- han existido y persisten más allá
del estado donde inevitablemente han de ubicarse.
La comunidad religiosa, en principio, es
universal, pues la identificación de la misma no corresponde a una
circunscripción territorial sino a una dogmática postulada para todos
los hombres desde una perspectiva trascendental, y su ejercicio se realiza
más allá de los vínculos nacionales o familiares sin contradecir a
éstos.
Es la sociedad civil aquélla en que los
hombres no tienen sino el derecho, que norma las relaciones entre el todo
y cada cual y entre unos y otros, para llevar a cabo sus intenciones y
dirimir sus diferencias. Por eso, las grandes instituciones de la sociedad
civil, por las que se configura y sustancia el estado, son: la judicatura,
la escuela, los parlamentos y las comunidades básicas -entiéndase: el
municipio, el sindicato y las asociaciones de productores o prestadores de
servicios, ya rurales, ya urbanos, etc.
El gobierno, aún en su función ejecutiva
más concentrada y personal, es primeramente una institución civil, que
dispone del brazo armado necesario tanto para defender la comunidad de la
agresión externa o interna como para imponer universalmente sus
decisiones. Pero no se supone que el ejecutivo lleve a cabo una guerra ni
contra sus ciudadanos ni contra el extranjero; antes que busque en el
orden racional y la correlación dialéctica el modo de hacer
comprensibles, aceptables y finalmente seguidas por cada quien sus
orientaciones.
La función del ejecutivo es
fundamentalmente dirigir en cada instante la conducta a seguir por la
comunidad y servir de moderador entre las partes que casualmente entraren
en contradicción; por eso le corresponde la jefatura suprema de todos los
cuerpos armadas. Pero es según el orden civil que su autoridad ha de ser
determinada y constituida, así como en función del cual ha de ser
ejercida y ante el cual ha de ser siempre responsable.
Es el cuerpo armado de la sociedad quien
es responsable ante el orden civil; jamás viceversa. El orden civil es el
depositario de las leyes y tradiciones y del cuerpo vivo -es creciente y
es multiplicante- de toda la comunidad; por eso ha de ser protegido,
desarrollado y defendido por todos los de miembros de ésta tanto desde el
cuerpo de ciudadanos como desde el gobierno. Esto no significa una
sujeción de obediencia esclava sino de colaboración libre y consciente.
Estas dos últimas palabras son la clave
del orden civil -del necesario compromiso de unos con otros y de cada
quien para con el todo: "libre" y "consciente". Sin la
existencia de un cuerpo de ciudadanos libres, informados y responsables de
su deber para con el todo integral, y de un gobierno libre y
verdaderamente capaz de mandar y de y de ser libremente acatado en sus
decisiones, no la sociedad civil, sino toda la sociedad se convierte en
una aberración donde las fuerzas centrífugas de desintegración,
dispersión y caotización pueden acabar imponiéndose a la cohesión y
continuidad necesarias.
Por eso, cuando un gobierno no contempla
esta realidad inexorable y se convierte en tiranía, anulando de hecho y
por prescripción el ejercicio de la libertad de sus ciudadanos -para
enterarse, para discernir, para opinar y para intentar la orientación del
común, es inevitable, y más aún, deseable, que los individuos y las
partes componentes de la misma busquen de cualquier manera ejercer esa
condición inherente de juicio, de opinión, y de conducción del
conjunto, con el riesgo entonces, por la imposibilidad del comercio
público, legítimo y garantizado de las ideas, que provee el comentario
crítico, la reconsideración y, en ultima instancia, el equilibrio
dialéctico, de derivar a ciegas hacia la confusión y la incomprensión,
ambas causas del miedo, y éste de la violencia en la peor de sus formas.
Cuando un gobierno, por insuficiencia
racional, es incapaz de asegurar en paz la colaboración consciente de sus
ciudadanos, y recurre a la universal constricción, a la represión de
cualquier expresión que no sea la suya y, por último, a la violencia y
la muerte contra sus propios ciudadanos, está abriendo los flancos de la
comunidad a la penetración subversiva de los agentes exógenos, cuyos
intereses no son ni pueden ser los mismos que los de la comunidad sobre la
que obran.
Pero a falta del desarrollo de una
legítima dialéctica interna entre los miembros todos de la comunidad,
por espontánea compulsión natural, las contradicciones internas, ya
insoportables, buscarán expresarse a través de cualquier vía que les
viniere mano o que les fuere ofrecida. De otra manera, las naturales
fuerzas agentes que producen la cohesión y continuidad progresiva de la
sociedad se subvertirán contra sí mismas, y obrarán en sentido
contrario, es decir: hacia la desintegración y dispersión de la
comunidad.
Cuando esto ocurre, ese gobierno debe ser
sustituido por otro que verdaderamente pueda inspirar confianza a todos
los ciudadanos.
La sociedad civil -el estado- está
fundamentado en la confianza y la colaboración consciente y libre de
todos sus miembros, cualquiera que sea el sistema político, económico o
social mediante el cual se organiza. Trabajan contra el estado tanto la
actitud asfixiantemente opresiva y represiva de un gobierno como los
agentes alienantes exógenos o endógenos. Pero esto no se supera por la
destrucción del estado, sino por la recuperación del mismo en su
legítima constitución. Si el miedo inevitablemente acaba en crimen, la
libertad, también inexorablemente, conduce a la realización de la vida y
a la reunificación de la especie.
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Sobre
el socialismo: Una revisión crítica
Marcelo Colussi, ARGENPRESS
La historia reciente del socialismo nos ha dejado muchas preguntas. Su
profundización, aunque no es precisamente hoy un tema de 'moda', debe
encararse con un real espíritu crítico puesto que tras la extinción de
muchas de esas experiencias: ¿está mejor el mundo?
El surgimiento de la industria moderna trajo un sinnúmero de
modificaciones radicales en la historia humana. Una de ellas es la
aparición del proletariado como clase social, con el posterior ascenso de
su organización sindical y las ideas de colectivización que desembocan,
para mediados del Siglo XIX, en el nacimiento del socialismo científico
de la mano de Karl Marx.
El 'fantasma' que recorría Europa hacia mitad de los 800 (el fantasma
del comunismo) crece, gana adeptos, se constituye en fuerza política.
Entrado el siglo XX un número creciente de países va optando por ese
camino; para la década del '80 una cuarta parte de la población mundial
vive en naciones con regímenes socialistas. Diez años después, por
distintas razones, buena parte del socialismo real entra en crisis.
¿Qué pasó con ese modelo, con esas experiencias? Dejemos
provisoriamente de lado, aunque sin minimizarlo obviamente, el ataque
capitalista. No puede explicarse todo en función del 'enemigo'; ello
simplemente libera de la autocrítica. La corrupción, la malversación de
fondos públicos, la burocracia y el abuso de poder por parte de sus
funcionarios, la militarización de la vida cotidiana, han marcado
hondamente las distintas experiencias del socialismo real. Tal vez se
trata, combinándola con la cuestión de la provocación externa, de
emprender una revisión profunda y honesta de temas eludidos en la
cosmovisión marxista: la relación del sujeto con el poder.
Quizá no hay nada más genuinamente humano que la lucha por el poder.
El poder se liga con la fuerza, la diferencia, la violencia. Stalin,
Ceaucescu, Pol Pot, eran marxistas. ¿Lo que ellos hicieron habrá sido lo
que pergeñó un humanista de la profundidad de Marx? Seguramente no. Pero
no hay duda que estas teratologías se nutren en su texto. ¿Puede
explicarse eso como 'desviaciones' de la doctrina?
Que la violencia esté entre nosotros no significa que ese sea nuestro
destino. La cuestión es: una vez sabido esto, ¿cómo lo procesamos? ¿O
podemos justificar una supuesta 'teoría' de la selección natural entre
los humanos, de la agresividad como mandato genético? De alguna manera
puede decirse que en el marxismo clásico, aquel que sirvió de aliento
para plantearse un 'hombre nuevo' y una sociedad superadora de las
injusticias sociales, se partió de la idea original de un hombre
solidario por naturaleza y que, conforme se desarrollara, se iría
alejando de la lucha por el poder. El conflicto se concibió, lo cual fue
importantísimo pero quizá no completo, sólo en términos de lucha de
clases.
Ahora, aunque no sea la 'moda' intelectual, pueda ser necesario
replantear esta idea del 'hombre nuevo', como forma de crítica a la
actual cultura 'light' y al triunfo arrollador del neoliberalismo.
La noción de ser humano de la que hemos estado hablando desde el
surgimiento del mundo moderno (el ego cartesiano cerrado en sus orígenes)
no tiene más camino que desembocar en un hombre 'viable' y uno
'excedente'. Oponer a esto un reino de la solidaridad natural no ha
demostrado ser muy fructífero, pues cuando ella falló se la impuso por
decreto; y nadie es 'buena persona' porque el Comité Central de un
partido lo decida (como nadie es 'ateo' o 'solidario' por imposición).
Es curioso (¿triste quizá?) ver que en las repúblicas de la extinta
Unión Soviética la gente persiste en las intolerancias que, era de
esperarse, estarían superadas tras siete décadas de socialismo, de
nuevas relaciones sociales, de justicia y solidaridad.. ¿Era entonces una
mera quimera inalcanzable la Patria de la Humanidad levantada apenas hace
unos años por el socialismo? Quizá no; quizá, y esto cambia
radicalmente todo el panorama, se partió de premisas equivocadas en
cuanto a las posibilidades reales del cambio aspirado, por lo que el
resultado obtenido resultó ese producto tan especial que conocimos.
La obra de Marx presenta varios niveles de análisis: filosófico,
económico, político. Sin desmerecer la originalidad de su creación,
puede decirse que ahí se sintetizan los descubrimientos de la economía
liberal inglesa (teoría del valor, plusvalía, leyes generales del
capital), la filosofía idealista alemana (dialéctica hegeliana,
filosofía de la Historia) y la formulación política francesa surgida de
la primera experiencia de autogestión popular conocida: la Comuna de
París de 1871. Pero de estas tres fuentes inspiradoras seguramente la
práctica política, por diversos motivos, fue la más débil, la menos
desarrollada.
En las experiencias de construcción del socialismo conocidas la
autogestión, más allá de declaraciones formales de los aparatos
políticos en el poder, ha dejado mucho que desear. Hoy día ella sigue
siendo un reto, y después de lo vivido en el siglo XX todo indica que
sigue habiendo ahí un interrogante abierto que no parece fuera a
resolverse en lo inmediato.
La idea de construcción de nuevas relaciones políticas se resumió en
la dictadura del proletariado. Pero la misma no parece haber prosperado.
¿Qué falló? ¿Se puede afirmar que las formas político-organizativas
vividas en los países socialistas eran/son dictaduras del proletariado?
Es este el lado más débil de la teoría socialista, el que clara y
abiertamente se puede (y debe) criticar. El debate en torno a las
relaciones de poder, a la lógica y dinámica de la violencia como
elemento inseparable del fenómeno humano, lejos de estar abierto a la
discusión ha sido cerrado.
¿No son el poder, la codicia, la prepotencia, posibilidades humanas?
¿Por qué desconocerlas? No está de más recordar que las disputas por
protagonismo entre partidos políticos de izquierda o entre organizaciones
de derechos humanos son de las más horrorosamente encarnizadas; muchas
veces, inclusive, causa de los fracasos de sus estrategias. Tal vez la
mejor manera (¿la única?) de evitar el abuso de todo esto, del poder, de
la codicia, es no partir de una consideración ingenua que lo niegue sino,
más sanamente, tomarlo como normal, y buscar los mecanismos
sociales-legales que permitan afrontarlo, debatirlo, procesarlo.
Marx no conoció nuestras ciencias sociales actuales. Su cosmovisión
antropológica participa, por tanto, de las concepciones de su tiempo,
imbuidas del romanticismo decimonónico. Por razones cronológicas obvias
no llegó a saber de desarrollos ulteriores en este campo de la
investigación que, si bien no cuestionan de fondo el pensamiento
marxista, abren algunos interrogantes que la práctica política del
socialismo real no retomó. Allí el sujeto de la historia es concebido
como sujeto social, como clase. Pero lo humano no se agota en un abordaje
político-social; lo 'individual' es siempre social (recordemos aquello de
que 'el nombre propio es lo menos propio que tenemos', en tanto viene de
otro). En algún sentido todo lo humano es político, por decir social,
pero no todo es práctica política, ejercicio político.
Muchas de las reacciones, conductas y procesos 'incomprensibles' de los
humanos, y más aún en lo concerniente a situaciones masivas, colectivas
(linchamientos, peleas entre pandillas o entre barras bravas de equipos
rivales, manipulaciones o desbordes grupales de cualquier índole:
fanatismos religiosos o políticos, modas, seguidores de algún
ídolo/líder, etc.) pueden comprenderse, y eventualmente predecirse y/o
manejarse, si se parte de conceptos desconocidos en la época de Marx:
psicología social, teoría del inconsciente, comunicación social,
semiótica.
El manejo de las masas humanas pasó a ser una técnica imprescindible
para los factores de poder, y por su intermedio se moldea la historia
(independientemente de que esto, en términos éticos, pueda ser
execrable).
El hombre del futuro, que no es precisamente el ideal del 'hombre
nuevo' del socialismo, es un ser consumidor de imágenes sentado ante una
pantalla (de televisión, de computadora, de videojuego); un sujeto pasivo
no pensante.
Pero junto a esta imagen del futuro paradójicamente se constata que
una muy buena parte de la población mundial no tiene acceso a energía
eléctrica, y la mitad de la humanidad se encuentra a no menos de una hora
de viaje del teléfono más cercano. El futuro, para algunos, ya está
escrito, y no parece muy promisorio por cierto. Aquellos que no disponen
de la actual parafernalia técnica, ¿sobran entonces?
Elementos que eran impensados (e impensables) cuando la fundación del
socialismo científico, e incluso en los albores de las primeras
experiencias de construcción soviética, hoy son los factores de
contestación social y cultural más dinámicos: movimientos por los
derechos humanos, ecologismo, liberación femenina, grupos de defensa de
consumidores, reivindicación de culturas y etnias locales, diversas
expresiones autogestionarias.
Lo que parecía podía ser el instrumento para forjar una Humanidad
mejor terminó bastante mal. Que el crecimiento económico-militar de
China (¿se le podrá decir 'socialista' actualmente?) la coloque quizá
en la perspectiva de ser un coloso con gran poder de decisión mundial en
los años venideros no quita la necesidad de esta reformulación sobre el
'hombre nuevo'.
Caído el muro de Berlín que se vendió luego en pedacitos símbolo de
la caída universal de la era soviética, ¿terminaron las causas por las
que nació el pensamiento socialista? ¿Ha 'terminado la historia', como
triunfalmente se proclamó tras esa caída?
Todo indica que no hay paraíso bucólico a la vista. Los prejuicios,
la intolerancia, no desaparecieron con la llegada del 'hombre nuevo';
¿cómo hacer para que desaparezcan?
El mundo es injusto. Probablemente no hay sujeto posible (ni Cristo ni
el proletariado) que pueda redimir a la Humanidad. Por otro lado,
¿redimirla de qué? En todo caso de lo que se trata es de hacer el mundo
más vivible. Si algo es posible modificar (ese es el desafío que el
liberalismo no puede resolver aunque quisiera ), ello no es producto de un
cataclismo político que, sin decirlo, también se ofrece como puerta de
entrada a otro fin de la historia.
El gran cambio que de una vez trastoca el mundo no parece haberse
mostrado eficaz. Modificar la condición humana, a estar con lo que nos
enseña la historia, ¿será utópico? Pero no lo es intentar transformar
las reglas de juego donde la Humanidad se despliega.
La idea de construir un 'hombre nuevo', fantástica en sí misma,
encomiable, no prosperó; y probablemente pueda abrirse el interrogante
respecto a la posibilidad que prospere. Un mundo libre de diferencias no
deja de ser una idea paradisíaca. Tal vez paraísos no, pero un mundo
algo mejor sí es posible, un mundo menos injusto.
A veces los cambios más profundos son los más silenciosos, los más
humildes en su apariencia. No ser dogmático (que de ninguna manera es lo
mismo que ser pragmático desideologizado) es quizá un primer gran cambio
que puede permitir transformaciones más sustanciales.
Ningún discurso 'oficial' en el Occidente moderno incluye a la
violencia como algo propio y constitutivo de todos. ¿No será momento de
comenzar a incluirla, justamente para que no nos sorprenda y poder
manejarla mejor?
Quizá de lo que se trata no es de estar contra el poder sino de
repartirlo más equitativamente, de acotarlo y no temerle, y de no
fascinarse con él. Si apuntamos a algo más justo en términos sociales,
el requisito para ello pasa por cuestionar perpetuamente la condición
humana.
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