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AGENDA
#46
Desayuno,
Almuerzo y Comida
Jorge
Valls
Ya
es un lugar común oír decir que los tres mayores problemas que enfrenta
un cubano son el desayuno, el almuerzo y la comida. Esto, que no es más
que un dadaísmo idiomático temporal, refleja sí que la relación
económica hombre-trabajo-producto, que debe constituir una estructura
circular, estable y auto-promovida, de la que cada quien tiene que
olvidarse después de haberla realizado para poder llevar a cabo lo
legítimamente humano, que es aquello por lo que se ha combinado el
quehacer económico más allá de sí mismo, anda muy mal. La palabra más
cómoda sería "insatisfactoriamente", pero esto complicaría
más aún las cosas.
El asunto es que la gente no puede dejar
de pensar en el motivo económico --apetencia/obtención/procedimiento--,
y ha degenerado colectivamente en una superposición de cuerpos y manejos
socioeconómicos cuya característica común es la ilegalidad. No porque
no siga las normas establecidas allí, sino porque no seguiría las normas
establecidas en ninguna parte: es un modo de obrar fundamentalmente
delictivo. No hay posibilidad de aplicarle ni el cálculo numérico ni la
problematización sistemática. Es un endémico parasitismo devorador que
permea todos los niveles, desde el soborno o la prostitución en todas sus
variantes hasta el robo y la especulación con lo robado.
Y digamos: no es culpa del gobierno ni de
la oposición, ni de ningún pícaro en particular. En economía la
picardía y la picaresca son productos de desajustes sistémicos, de
errores fundamentales en la apercepción del fenómeno. Los griegos, muy
sabios, hacían de Hermes dios tanto de los comerciantes como de los
ladrones.
El problema podríamos decir que está en
el análisis cuantitativo, y el error se da tanto en una pequeña nación
subdesarrollada como en una gigantesca potencia teratológicamente
magnificada. Los números pueden ser muy satisfactorios -además, se
arreglan al gusto-, pero la desazón interna o el destartalamiento
estructural, catastróficos.
Toda la economía es producción y
distribución. Pero esto no dice nada. La base real y prácticamente
única es el trabajo: el modo de concebir y valorar el trabajo, y ya esto
implica todo un modo de conciencización de la civilización y la cultura,
sobre todo de realizar la convivencia. Los recursos, por supuesto, tienen
extrema importancia, pero muy fácilmente tenemos un país de grandes
recursos donde, porque no se aprovechan o están en manos foráneas y
rinden al arca ajena o porque no se sabe cómo usar de ellos, vive
miserable o enloquecidamente; en tanto que otro, de apenas su territorio y
población, alcanza modos impresionantes de subestructura que permiten al
hombre desarrollar sus mejores posibilidades y, por supuesto, hallar una
más grata y equilibrada satisfacción.
No es menos extraño que, por la misma
razón de desvaloración del trabajo se dé una confusión tal de los
fines comunitarios que la población viva para trabajar y no trabaje para
vivir alcanzando por consiguiente los planos más inauditos de
enajenación y corrupción de sus formas.
Cuba tiene una densidad de población de
cien habitantes por kilómetro cuadrado, recursos limitados pero no
exiguos y planta subestructural considerable. Pero el índice de
productividad por persona laborante debe ser uno de los más bajos dada la
menesterosisdad cada vez más degradante de la población. Esto tiene
menos importancia en cuanto a las horas de trabajo de que se dispone que
en cuanto a la misma calidad del trabajo. Si una región padece una
insatisfacción en cuanto al consumo, no hay más remedio que aumentar la
producción, y esto depende, más que de los recursos, de la productividad
por hombre/hora de trabajo. No solo de cuánto produce sino de qué
produce y de cómo se valora esto por su calidad específica.
El trabajo humano no es el de una máquina
que produce a tanto por hora con tales insumos, sino un modo de modular el
esfuerzo aplicado al medio disponible para lograr un objeto final valioso.
No en vano las formas más exquisitas del trabajo, las que reclaman mayor
sofisticación o genio por parte del trabajador, se llaman
"preciosas", palabra donde la idea de una cuantificación
monetaria va acompañada de una calificación de valor jerárquicamente
comparativa.
En la medida que los recursos naturalmente
a mano disminuyen y que la población aumenta y la civilización se
complica, lo más importante es la diversificación de la producción y la
ampliación multiplicación del mercado. Pero volvemos a lo mismo: si la
diversificación no significa la proposición de variantes cualitativas
que produzcan nuevos modos del gusto, la aplicación o aún la
convivencia, en una competencia irrestricta mundial como la que
inevitablemente se desarrolla, ese país quedará siempre a la zaga, y el
diferencial entre lo que se propone y lo que alcanza será cada vez mayor.
Es el esfuerzo de especialización, decantación e invención efectuado
desde el hombre particular, no el gran complejo estructural productivo, lo
que provee a esta producción. Es más, el gran complejo estructural de la
industria debe ser lo suficientemente flexible como para seguir
fluidamente el proceso de la variación cualitativa; si no, se convierte
en un estorbo para el desarrollo.
En cuanto al comercio, por supuesto que un
país de las condiciones de Cuba tiene que vivir principalmente del
mercado exterior. Pero esto también tiene sus trampas. Si se compromete
unilateralmente con un centro de producción y mercado
desproporcionadamente mayor, se establece una relación de dependencia
colonial que impide la diversificación cualitativa de la producción, y
con ella el desarrollo mismo, a la vez que degrada y limita la capacidad
existente a los niveles más bajos de calificación. Es decir que el país
menor tiene que comprar todo lo que necesita para mantener la
civilización y su producción se hace cada vez más barata e innecesaria
para el mantenimiento de la misma en ambas partes.
Lo que se pierde de vista es que para
lograr tanto la diversificación cualitativa de la producción como la
pluralización en todos los sentidos del mercado exterior, hace falta el
desarrollo más amplio, intenso y ágil de un mercado interior, centro de
proposición de las variantes cualitativas. Sin un mercado interior
desarrollado al máximo, el intento de diversificación cualitativa de la
producción trabaja sobre la abstracción ideal, y el riesgo se le hace
insuperable. (Por eso los países comunistas produjeron tan pocas
variantes cualitativas para el mercado mundial.) El crecimiento y la
agilidad del mercado interior produce la fortaleza y la resistencia para
enfrentar los riesgos y embates inevitables del exterior.
Entonces, un esfuerzo que no puede
postergarse y que hay que realizar junto con los otros dos, es el de
crear, con otras economías afines en proporción y en condiciones, un
ámbito suficiente de desarrollo integral, es decir una composición
internacional o regional que sume e integre población, territorios y
recursos naturales y de civilización semejantes y suficientes como para
proveer tanto a una producción como a un mercado considerables para su
crecimiento y multiplicación internas y externas. Por eso, para Cuba, la
integración de la Mancomunidad Iberoamericana, la Anfictionía del Caribe
y la correlación euro-latinoamericana es un imperativo presente y
constante que va junto a su posibilidad de supervivencia como comunidad
civilizada materialmente viable.
En economía no hay ni magia ni milagros,
ni ayudas providenciales ni la bolsa de Mefistófeles de los
inversionistas extranjeros, ni se puede vivir de la remesa, el turismo y
la maquila, que constituyen la actual degeneración y condena a
desaparición de los países pequeños y pobres. Tanto si aceptamos esto
último como si pretendemos la asociación de dependencia de un centro
metropolitano desproporcionadamente mayor, no hay más remedio que
liquidar el país y emigrar, que es lo que prácticamente se está
haciendo ahora.
Sin embargo, las tres condiciones que
hemos puesto para intentar un desarrollo realmente en función de nuestras
necesidades y posibilidades, --a saber: 1) el aumento cualitativo y
cuantitativo de la productividad , 2) la consolidación a todo meter del
mercado interior, y 3) la constitución de un ámbito de desarrollo con
las naciones aledañas que sustente el esfuerzo--, tienen en estos
momentos como nunca antes las mejores perspectivas para realizarse; una,
porque la crisis mundial a la que nos avecinamos inexorablemente reclama
una recomposición del equilibrio geopolítico del planeta y otra porque
una revisión del sistema mundial de producciones e intercambios es
inevitable.
Cuba ocupa en el Caribe una posición
geopolítica de máximo riesgo, pues los desniveles inmediatos y mediatos
son cataclísmicos, ¡y no pueden ser de otra manera en su actual estado
de cosas! Pero, por esa misma razón, las necesidades y posibilidades
combinadas tanto de Cuba como de las naciones con las que tiene que
intentar un equilibrio, son, como nunca, compatibles y complementarias.
Interiormente, la concepción del trabajo
como un insumo industrial y como una máquina de rendimiento idéntico y
sólo cuantitativamente considerable, nos ha precipitado, primero en la
catástrofe de 1959 y ahora en el braceo del que se está ahogando y no
sabe nadar ni tiene cómo salir del pozo. Para algunos, entrampados en el
método de análisis, la opción, siguiendo su razonamiento, es la
resignación tanto a perder la nación como a desintegrar paulatinamente
la comunidad. Sin embargo, la valoración del trabajo como un
perfeccionamiento del hombre por su aplicación a la obra, como la de
ésta como expresión de la especialización y promoción de su
idiosincrasia es precisamente la clave para la reorientación del
desarrollo futuro. Desde un análisis cualitativo serio, es la afirmación
de la comunidad nacional y el desarrollo de la persona de cada cual en
cuanto a sus óptimas capacidades lo que va a originar el salto
cualitativo en la producción y la constitución de un ámbito de
desarrollo suficiente como para poderse equilibrar en la correlación
mundial.
Entonces desayuno, almuerzo y comida, así
como la complementación de las mil necesidades en que incurre la vida en
común, serán sólo el zócalo, apenas considerable, para la
construcción de un modo de ser y de pensar en la existencia del hombre.
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Sobre
la pena de muerte y la revolución
Luis
Menéndez
1.
La pena de muerte abraza una vida de penas.
2.
En la lejana antigüedad la pena de muerte era un castigo terrenal y, a la
vez, una ofrenda a los dioses que por medio de la extirpación de la vida
y el derroche fluvial de la sangre calmaban sus divinas furias.
Bajo el absolutismo la pena de muerte
devino espectáculo público. El suplicio del cuerpo amputado, marcado y
expuesto luego de la muerte era parte del ceremonial punitivo. Se vertía
aceite hirviendo, plomo derretido o azufre fundido sobre la piel del
castigado antes de descuartizar el cuerpo por medio de caballos. Después
se hacía una pira con sus fragmentos desmembrados y, una vez convertido
en cenizas, se las arrojaba al viento. Todo bajo la atenta mirada de las
multitudes.
Tiempo mas tarde, las cabezas rodantes de
los absolutistas en las guillotinas francesas continuaron esta efusión
masiva de la muerte, vorágine que arrastraría -a su vez- a los propios
revolucionarios. Una filosa preceptiva para cualquier aspirante a
díscolo.
Tras las tramas del capital la pena de
muerte se repliega a los oscuros rincones de las prisiones.
La muerte se esconde, furtiva.
convirtiéndose en la parte más oculta del proceso penal. Quien que ya no
ha de volver a pasar ante los ojos de las personas es circunspectamente
observado por un mínimo de testificadores que apuntalan una sórdida
legalidad. La pena de muerte, bajo el designio del capital, entra en el
dominio de la conciencia abstracta, subyace a la economía política, se
mercantiliza.
3.
Pero la muerte no es aparente ni ambigua: es irrevocable.
No tiene vuelta atrás. Lo fenecido no
admite autocrítica ni disculpa. Abogar por la muerte es adscribir por lo
irreversible, lo definitivo.
La muerte como pena asoma como estrategia
de afirmación arrogante. Crece del engaño displicente. Vive en la artera
coartada de un devenir escabullido, impiadoso.
La pena de muerte criminaliza la palabra,
degradándola. Vomita certidumbres de retrete. Es la ausencia de camino,
la anulación de los significados.
La pena de muerte no se expone a licitación, sencillamente ejecuta.
4.
La locura es una metáfora inventada por los hombres que crearon las
jerarquías y sus justificaciones. La pena de muerte, también. Pero la
locura y la muerte no siempre se acompañan mano a mano. Cuando la muerte
es un castigo, la enajenación se normaliza, se hace plural.
Sólo la más honda resignación o la más
cínica podredumbre admite aplaudir al castigo por la muerte y al amor al
mismo tiempo.
5.
La pena de muerte priva a todos: al privado lo elimina de la vida; al
privador lo aparta de la vida. A la vida, le priva de su muerte, por
imposición de otra muerte que no es la suya.
Una única pena de muerte es privación de
la humanidad toda.
La muerte natural es perfil insoslayable
de horizonte azaroso. Forzada por designios del poder se despliega en
humanidad corroída, en sentimiento carroña. Nada tiene de extraño,
entonces, que la pena de muerte sea idolatrada por la hipocresía.
6.
No hay una muerte por castigo mas digna que otra. Toda pena de muerte es
indigna.
Un paso atrás, si hubiere un adelante. Un
gesto de matarife.
7.
¿Dónde arraiga el poder de expropiar la vida?
La pena de muerte requiere de un penador:
el poder que dicta y ejecuta la pena. Y que, a la vez, la justifica. Poder
que también se arroga la propiedad de la violencia y del aparato
institucional y simbólico que la legitima. La pena de muerte está
íntimamente abrazada a la forma del Estado y sus excrecencias.
El Estado, es el estado de las cosas que
escamotean la humanidad al ser humano. El Estado repele el movimiento,
aborrece el cambio. Su aspiración es la homogeneidad de la muerte.
El estado de las cosas es la privación de
la humanidad. Estado y humanidad son inconciliables: el Estado (sin
distinción adjetival: burgués, obrero, revolucionario, absolutista)
destruye lo más humano del ser humano, la vida.
En las matemáticas del Estado como estado
de las cosas la valoración de la vida humana es nula. La pena de muerte
es la contundencia factorial del Estado, el escupitajo del poder.
8.
El Estado justifica la muerte humana. Pero la única muerte digna es la
muerte del Estado.
9.
Con la muerte como pena toda consideración especulativa se vuelve
tortuosa, retorcida.
El juego de tácticas y contratácticas,
un turbio andrajo de la política.
No sólo la pena de muerte carece de
sentido, sino que es la falta de sentido misma lo que fundamenta la pena
de muerte.
10.
Edward Koch fue un belicoso alcalde de Nueva York que en los años 70 que
ha argumentado generosamente en favor de la pena de muerte. Koch escribía
cosas así: la vida es verdaderamente preciosa, y creo que la pena de
muerte ayuda a afirmar ese hecho. Candorosas y solícitas palabras como
vida, verdadera, creencia, ayuda, preciosa, son desbaratadas por la
intrusión violenta de pena de muerte, estructurando un pensamiento que
trasunta una lógica retorcida, un sentimiento oblicuo. La vida es bella y
la pena de muerte confirma su belleza. El desplegarse de una rosa es un
brotar maravilloso: para apreciar tal maravilla en su cabal plenitud, es
preciso pisotearla.
Atisbos del mismo argumento asoman
-solapados y no tanto-, para explicar la pena de muerte en defensa de la
revolución.
11.
Ante la pena de muerte la ambigüedad es un calambre de la vida.
En palabras de Marx: ¡Miserable sociedad
ésta que no ha encontrado otro medio de defenderse que el verdugo y que
proclama su propia brutalidad como una ley eterna!
12.
No hay pena de muerte que sea menos pena o mas justa que otra.
La contundencia de la pena de muerte
iguala un linchamiento o inyección letal en una prisión estadounidense
al pelotón de fuego en una celda norcoreana. La pena de muerte homogeniza
consecuencias y topografías. No particulariza diferenciaciones entre el
petrolero Estado de Texas, los manglares regidos por el Kmer Rouge, o los
ocultos paredones de una ciudad latinoamericana. La lógica sigue siendo
la misma: la aplicación de una legitimidad estatal, con su aparato de
violencia y control para extirpar a los díscolos, los rebeldes, los
enemigos, los delincuentes.
13.
La pena de muerte se siente infinitamente más atroz, más dolorosa,
cuando -aplicada y legitimada por el Estado- se la apuntala con los
cimientos del camino hacia una vida más humana, se la relativiza con los
avances en la defensa de la vida, con la extensión de la educación, con
el acceso masivo a la atención médica. Con el sueño de la revolución.
14.
Si a la revolución le interesa la muerte, a la muerte no le importa la
revolución, solo le importa ella misma.
La pena de muerte aplicada en afán
revolucionario, no simplemente mata al cuerpo humano, ejecuta también la
vida en la revolución. La erosiona. Es la topadora furtiva, la larva que
el capital inmiscuye en las fibras de la revolución. La tenia en las
tripas de la esperanza.
15.
La pena de muerte es la prevalencia del fin sobre los medios. La tiranía
del quitar por sobre el dar. La lógica de la sustracción subyugando al
don. La hegemonía de la mezquindad.
Pústula cizañera, pensamiento chueco, la
pena de muerte deshace lo que la vida une.
16.
Rechazar la pena de muerte en cualquier lugar del mundo y en todo momento
no tiene nada que ver con la hipócrita humildad que se repliega como un
perro ante el castigo.
La crítica a la pena de muerte surge del
convencimiento de que con las formas inhumanas con que el capital se
defiende a sí mismo no se puede construir un mundo más humano.
Utilizando las mismas categorías de legitimación y adoptando la lógica
del mundo del capital, la pena de muerte ejecutada en nombre de la
revolución, no sólo enturbia las esperanzas de ésta, sino que la
imposibilita de trascender las formas de la misma sociedad que pretende
transformar.
17.
La vida no puede ser funcional a la revolución, sino al revés. Y la
revolución no debiera ser entendida como una patria donde algún día la
humanidad llegará, y en la que sólo entonces la vida podrá ser
respetada. Esto aleja a la revolución del espacio y el tiempo de las
prácticas cotidianas de las personas, envolviéndola en una sinrazón
instrumental para la cual la vida es indiferente.
Concebida así la revolución es un
espacio vacío regido y constreñido por los esquemas de pensamiento que
el capital propone. Con la lógica de la mercancía corroyendo las
esperanzas la revolución es detenida en los marcos de lo que está dado
como válido. No puede superar el enredo de la mezquina gramática del
costo-beneficio.
18.
La interacción de los afectos humanos, la dignidad, la revolución
social, no son abstracciones ubicadas en un topos extraño sino rebeliones
de la vida ante la soberanía de la muerte que propone la lógica del
poder. Mientras se considere preciso penar y fusilar, la pena de muerte
separará la revolución de la vida, extrañándolas y animándolas al
aniquilamiento mutuo.
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