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AGENDA
#48
Sobre
la idea de proyecto, y la Nación
Capitulo I
Jorge Valls
Para
poder tratar el tema de un "proyecto" ligado a la noción de
"nación" tenemos necesidad de aclarar en lo posible una
conceptuación donde una perversión puede conducirnos a error fatales, y
creemos verdaderamente que, en la conducción del hombre, el sistema de
ideas juicios e inferencias -doctrina-por el cual ha de encauzarse
inevitablemente su progresión existencial, es ciertamente determinante de
su destino final. Queremos decir: que si un sistema de ideas acepta en las
premisas primeras de su postulación un error, ya de inexactitud ya de
tergiversación de la verdad-realidad original, inevitablemente la
inferencia determinante del mismo conducirá a fines totalmente
contrarios, o al menos distintos, de los propuestos, y el hombre,
engañado por un falso sistema de ideas, --entiéndase: por una falsa
doctrina-, se verá enredado en las consecuencias del error fatal, sin
siquiera poder comprender por qué, cómo y dónde se ha producido. Se
verá perplejo, y no sabrá ni cómo reconocer su problema ni cómo
rectificar su pensamiento-acción, enmadejándose en una derivación cada
vez más apartada tanto de la realidad como de lo que él concibió como
su intención en ella.
Esto es por lo cual, desde el principio de
los tiempos, ha existido, como papel fundamental en el devenimiento
existencial de la comunidad humana, el trabajo del sabio, --diríamos: del
profeta--, del que expone, explica, defiende y predica la formulación de
la doctrina. A partir de esa cumulación ideológica, dentro de la cual se
definen las nociones claves del pensamiento, que son la identidad y la
normación, gracias a las cuales la continuidad del ser individual tanto
como colectivo, es posible, y la construcción acumulada e integrada de la
cultura llega a constituir los modos de convivencia que constituyen la
civilización. El profeta-sabio-patriarca templa la persistencia humana y
la fragua en noción normativa -ley, derecho, orden jurídico--, que es, a
la vez, principio de continuidad y persistencia y de renovación y
construcción acumulativa integral.
Toda la noción que tenemos de nosotros
mismos --es decir, del hombre, del ser humano, del ser vivo-es, a la vez,
una afirmación de una verdad-realidad, de qué es, cómo está y cómo se
le reconoce, y de una normativa que se integra inmediatamente en una
inevitable progresión práctica, o acción, por la cual se va
constituyendo, como figura única y sígnica, el destino del hombre, desde
su aparición en la tierra. Como la música, el destino humano no es una
suma de notas distintas y separadas, sino la modulación progresiva de una
continuidad de significación, la síntesis de cuyas variaciones en tiempo
y altura pueden se identificada como una figura propia. En música decimos
"una melodía, una canción, un carmen"; en antropología,
"la vida de un hombre, de una nación o de un pueblo".
Una corriente del pensamiento muy
defendida y difundida, tomando las consecuencias como causas, separando la
abstracción de su necesaria base existencial concreta y, finalmente,
desviando el problema de la realidad hacia el del conocimiento, acaba
grotescamente tergiversando el uso de la recta razón, y, en consecuencia,
conduciendo al hombre a su propia enajenación, así socavando y
destruyendo las bases mismas de la construcción de derecho, no ya de
nuestra civilización sino de cualquier posibilidad de civilización.
He aquí, por qué, en nuestros días,
toca a los más humildes y desposeídos la labor de defender los
fundamentos de lo que puede ser su única defensa, a saber: el derecho.
Los fuertes tienen la fuerza, y con ella vencen a los demás, los
convierten en siervos y les imponen la construcción de su imperio; los
ricos tienen sus talegos y, como disponen de los medios, hacen a los
pobres entregar su trabajo a cambio de papeles que tienen que gastar en
consumir lo que aquéllos han decidido, y hasta sobrevivir de la misma
manera por aquéllos predeterminada. Fuertes y ricos no necesitan más que
lo que les da su poder -su fuerza o su riqueza--; los que no tienen ni
propiedades ni armas, los que no son ni los más bravos ni los más
afortunados, no tienen sino el derecho --la razón universal, la recta
razón- para intentar convencer a unos y a otros, no de cómo vivir mejor,
cualesquiera que fueren los parámetros que se usaren para medir esta
mayoría, sino de cómo vivir y obrar más justamente, que es lo que en
última instancia permitirá la supervivencia menos incómoda de los
hombres, no de una parte sino de todos.
El hombre no crea, ni inventa, ni produce
al ser vivo. Éste existe, y en esta categoría se reconoce el hombre a
sí mismo. No crea ni inventa al hombre, como no se crea ni se inventa a
sí mismo, sino que se encuentra con que existe, que no puede eludir esta
verdad ni ignorarla, porque él es hombre. Por mucho que trate, no podrá
dejar de serlo, ni tampoco ser otra cosa. Gústele que no, él ha sido
hecho, y de una manera, con una figura sustancial, de la que tampoco
podrá desprenderse jamás, ni siquiera en el campo de su imaginación.
Por más que invente ser otra cosa, no podrá ser sino un hombre que
imagina -juega a-- ser otra cosa.
Podrá obrar, indudablemente. Es más,
tendrá que obrar, que hacer. No podrá persistir en la existencia si no
hace algo: respirar, buscarse la pitanza, beber, pelear o simplemente
negarse a cualquier proposición u ocurrencia. Pero ese hacer, esa
posibilidad de obrar -y he aquí por qué el hombre es por índole
irrecusable "obrero", en el sentido más radical de la palabra-
está reglamentado, regido, ordenado por su propia índole. Hay un
"poder hacer" y hay un "no poder hacer" que no está
determinado por el hombre, y a esa normación tiene que someterse para
cualquier cosa que quiera intentar. Esto le permite inferir que hay un
derecho natural, un orden, una normación esencial de todas las cosas, y
que el hombre está incluido en ese diseño ordenativo. Por lo tanto, el
hacer del hombre está sujeto a ese orden que él no creó, del que no
puede separarse y cuyas causas y consecuencias le serán ineluctablemente
aplicadas.
Si el poder hacer lo identifica como un
ser histórico, es decir, como aquel que produce una figura con su propia
conducta, el estar sujeto a ese orden universal para su poder hacer lo
identifica como ser jurídico, dentro de una norma, que él podrá seguir
o transgredir, pero cuyas consecuencias le serán irremediablemente
aplicadas. Así, si se tira en una alberca vacía, a sabiendas o no, se
partirá la cabeza, y si el cálculo de cómo ir a Marte no está bien
sacado, irá al otro extremo del universo, o a cualquier lugar menos a
Marte. Y si no sabe reconocer su error y rectificar, lo único que podrá
hacer es quedarse perplejo y lamentarse de su suerte, cosa que ni el mismo
comprende. No en vano el oráculo de Delfos tenía como premisa primera el
"conócete a tí mismo".
De la misma manera, el hombre no es ni
individuo ni sociedad, sino la abstracción de la función casual de lo
uno con lo otro en el tiempoespacio. Por su propia condición de ser vivo
sexuado, el ser humano es inexorablemente comunidad, persona, ser que
conversa. Es un ser que existe para otro, y es el otro que existe para
aquél. De cualquier otra manera no podría existir actualmente, ni
hablar, ni continuarse como ser obrante. Así, es necesariamente
individual y colectivo, conceptual y dialéctico, agente y paciente, el
que comprende y dice y el que es comprendido y a quien le es dicho; es
decir: es persona. Podemos añadir que, como Dios, él también es
persona. Existe para otro, y el otro existe para él. La persona es
individual --el que puede con respecto al otro y sobre el cual el otro
puede--; y es colectiva. Se trasmite, colabora, recuerda,
propone-discute-aprueba y obra. Es estirpe, progenie, grupo que persiste
más allá de la temporalidad de cada cual; es raza, pueblo. Es, gústele
que no, nación, y así tiene que ser desde el instante de su aparición
en la existencia; y así, desde su aparición en el planeta hasta el fin
de los tiempos, ha de ser contemplado su destino.
La nación no es una empresa que se funda
a voluntad y capricho de unos y para fines determinados, ni es una
sociedad de beneficios mutuos. Es una ser que existe, una realidad
ontológica, un ser vivo, que persiste y puede obrar, y sobre el cual
pueden aferir otros factores de la realidad, que llegan a producir hasta
su desaparición del concurso de los vivos. La nación es un hecho
biológico, específicamente: antropológico; es decir, de un ser que no
puede desprenderse de su doble condición de material -consumidor,
metabólico y vulnerable--, y espiritual -racional, inteligente, pasional
y voluntario--. Más profundamente hablando: es único, inmortal e
insustituible.
Sobre la continuidad de la nación es que
puede fundarse una construcción superpuesta, que es el reino, el estado,
la mancomunidad y la institución universal. Pero estos últimos no son
sino superposiciones, abstracciones, construcciones que no existen sino
como posibilidades de conducta, y que no podrían haberse producido sin un
ser sustancial que existe, que es y que puede, que es el hombre: la
persona humana, ya individual ya colectiva.
Así, el "proyecto" no puede
verse como desde una particularidad que osa recomponer la realidad, sino
desde una realidad de la cual la particularidad forma parte, casual, sí,
pero no escindible de la totalidad integral. Es el ser humano quien, ante
una problemática existencial, ante el problema de encontrarse él como
una realidad propia en medio de otra realidad que lo incluye y lo
trasciende, tiene que hacer algo en ella, siquiera para sobrevivir haste
el instante ulterior. La nación existe en una realidad más amplia, donde
hay otros seres reales que la afectan. Tiene, pués, una problemática, y
tiene que intentar un obrar, traspasarla. Tiene que hacer algo. Ese algo,
en lo que le va su propia existencia, es el proyecto; esto quiere decir:
el lanzamiento de sí mismo (esto es lo que quiere decir la palabra
"proyecto": lanzamiento hacia adelante), en una
acción-producción que, así como le es posible le es a la vez
imprescindible, urgente, necesaria e inaplazable, para pasar de una
situación agotada y perecedera a otra de realización, afirmación y
persistencia del ser.
Si la nación es la continuidad y
continuación (sustancia y acción) transgeneracional del ser humano,
tomado éste como persona, es decir, necesariamente en comunidad, aquélla
no podrá ser nunca ni un sistema político o económico determinado, ni
siquiera eso que llamamos una "cultura" -un instrumental
determinado para el pensamiento y la acción--, ni aún una lengua. Como
proceso de transgeneración humana, todo individuo aislable es el producto
de un mestizaje, o sea, de la fusión de caracteres de por lo menos dos
entidades individuales anteriores. Siendo el sujeto nacional una persona
colectiva, el proceso de fusión de un pueblo con otro, si bien da una
continuidad de los caracteres de sus antecesores, el pueblo en acto, el
que está viviendo, siempre es un ser propio y en algo distinto de
aquéllos. De ahí que la nación sea siempre presente y agente. La
herencia trasmitienda no puede ser interrumpida, y seguirá obrando y
determinando a través de los sucesores, ni se puede impedir que el ser
actuante produzca toda una connotación caracterológica propia, por la
cual ha de ser identificado durante el tiempo de su obración.
La constante es la comunidad persistente,
de una manera u otra, en la síntesis funcional de territorio/población.
Los desplazamientos y mezclas demográficas, según su magnitud, dan paso
a profundas subversiones culturales y estructurales, que se constituyen en
cuerpo orgánico tempoespacial con una denominación determinada, pero,
indudablemente, el ser nacional es el mismo a través de sus distintos
avatares y formaciones idiosincrásicas.
Así, la China, como ser nacional
histórico, ha pasado a través de cientos de transformaciones, pero sigue
siento la unidad existencial China, donde cada quien tiene que enfrentar,
en un momento dado, el problema común de su propia existencia
comunitaria. Francia fue identificable como el cuerpo orgánico galo
(Galia); después fue la comunidad galolatina, que habló latín y se
instrumentó en la civilización grecorromana, y más adelante, tras de no
pocos trastornos y mestizajes, se presentó históricamente como reino de
los Francos, Armagnac, etc., que acabó siendo reconocido como Francia.
Si aplicamos este razonamiento a Cuba,
podemos decir que tenemos un avatar más antiguo, prehispánico o
"indio", que, si lo remontamos, nos pudiera arrojar una
secuencia hasta el principio de la especie y de las dispersiones
migratorias, y hay un segundo avatar indo-hispano-africano, producto de
las precipitaciones demográficas de los ss XV, XVI y XVII.
A este proceso hay que superponerle
distintas estructuraciones históricas mediante las cuales el sujeto
nacional se dispone a sí mismo para enfrentar la problemática en la que
está inmerso durante un tiempo: -1ro., el reino de la Isla de Cuba de
1515 hasta la monarquía borbónica en España (1709); 2do. , el
desarrollo colonial desde ese instante (derogación de los fueros de los
reinos de Indias) hasta 1802 (invasión napoleónica de España y guerra
de independencia); 3ro. , de 1802 a 1898, cuando se asiste a la
desintegración de la mancomunidad española y toma cuerpo el separatismo;
4to. , de 1898, cuando ocupación estadounidense termina con la autoridad
española en el continente y comienza ya decisivamente el conflicto entre
dos corrientes nacionales que no se integran en mestizaje, la hispano o
ibero o latino americana y la anglosajona hegemónica, hasta l959; y 5to.,
de ahí a nuestros días, cuando se produce la revisión integral de la
estructura (algo semejante a lo ocurrido a partir de 1515), en la que aún
estamos.
En todo esto tenemos connotaciones
identificatorias diferentes, hasta, por supuesto, versiones estructurales
distintas y a veces intrínsecamente en contradicción, pero la nación,
que podemos identificar por el hombre que convive en un medio
identificable como Cuba, es la misma. Entre abuelos y nietos el ser
nacional tiene que intentar y asegurar su continuidad vital, su unidad de
conciencia y su colaboración integral.
Una vieja contalla de origen indio sirva
para ilustrar lo dicho. Cuentan que cuando se produjo la gran
"matanza de Caonao", donde fue vulgarmente masacrada la
población taína, una mujer, a quien le habían matado a los padres y
hermanos y aún a aquél con quien iba a unirse para procrear, huye al
monte cuando la dispersión del pueblo. Allí encuentra a un behíque,
especie de ermitaño que se ha retirado del pueblo para intentar su
purificación espiritual más allá del cotidiano conflicto de los
hombres, en la soledad del que espera la muerte y ya sólo aspira a
comunicarse con los espíritus. La mujer, desolada, le cuenta del desastre
del pueblo y de su propia calamidad. El asceta, luego de consolarla, la
manda a que vuelva al pueblo donde habitan esas gentes nuevas que han
acabado con los suyos, que se entregue a uno de ellos y que conciba hijos
de él,... porque en sus hijos y descendientes persistirá la nación.
Esto contradice la leyenda acomodaticia a
las premisas del siglo XIX. La gente india no desaparece; convive de una
manera u otra con los conquistadores, y es absorbida en la nueva cauda
humana que ocupa el lugar. La población se continúa en las generaciones
sucesoras.
Históricamente, Vasco Porcayo de
Figueroa, responsable de la matanza de Caonao, poseyó a cientos de
indias, que le concibieron más cientos de hijos. Así, el Camagüey que
se sucedió tuvo una población, no menos indígena -que quiere decir que
nace en el lugar y por eso es del mismo--, mestiza de la que estaba con la
que acababa de llegar, que hoy no podemos llamar sino cubana.
El problema de ese mestizo, el que él se
encontró en el medio donde vivía, cuando ya hubo crecido lo suficiente
como para planteárselo, fue el "problema cubano" de aquel
tiempo, que él tuvo que enfrentar e intentar resolver con lo que a mano
tenía y en la proximidad de donde se hallaba.
* * * *
Pero volvamos a la idea de
"proyecto", sobre la que comenzamos. Ese salto hacia delante,
esa impulsión de toda la energía de la comunidad como dirección del
pensamiento, predisposición a la acción y conciencia integral de
trabajo, de tarea a realizar, no es, ni puede ser, el calculo frío desde
la nada indiferente de un individuo o de un grupo de individuos que
propone a una masa inerte un movimiento hacia la consumación de un
objetivo casual, concebido como interés específico de una selección
directora. Si no existe una necesidad raigal en la comunidad humana, ante
una situación ineludible que demanda la respuesta adecuada so pena de
perecimiento, no habrá proyección integral de ninguna clase. Un partido
o un líder podrá proponer un programa de acción y algunos objetivos
alcanzables en tiempo determinado. Esto no pasa de una acción de la parte
hacia el todo, limitada a una interpretación particular de la
problemática y a una proposición temporal, para la realización de metas
y objetivos mediatos, hacia un fin más o menos pregeñable en un
horizonte no menos temporal.
* * * *
La nación, como hemos dicho, no es una
creación intencional del hombre sino la misma realidad del hombre en su
continuidad transgeneracional; por lo tanto, nadie podrá inventar o
calcular jamás cómo construir, fundar o diseñar una nación.
Cualquiera, sin embargo, podrá trabajar en ella para el logro de fines
que, de alguna manera, serán absorbidos por toda la comunidad y servirán
para la instrumentación de la misma en su devenir ulterior. Así,
prácticamente, cada generación tiene una perspectiva propia desde la
cual contemplar la problemática inmediata, y dentro de una generación
habrá perspectivas diversas, puntos de vista situados desde ópticas
distintas, desde las cuales se propondrán versiones programáticas
varias, según el inestable equilibrio de los factores e intereses
particulares internos.
No obstante, más allá de los partidos -o
facciones particulares, que es lo que son- la evidencia inmediata de una
problemática situacional hará que se proyecte, desde la raíz misma de
la comunidad, una intuición directa del riesgo existencial, de que
"hay que hacer algo, porque si no...", que obliga a proponerse
un ineludible trabajo. Éste no es propuesto, ni dirigido, ni consumado
por facción particular alguna, sino que se expresa como una tensión
entre un riesgo de no ser y la necesidad de un esfuerzo para garantizar la
supervivencia, la persistencia del ser. Un conciencia original de
preservación del ser, de seguir existiendo en el lugar y con las gentes,
acusa una vocación de esfuerzo. Es, comunitariamente hablando, la vida,
que se afirma a sí misma y se defiende para persistir. En la común
biología del ser animado más allá de lo vegetativo, a esta tendencia
original se la suele llamar "instinto"; preferimos, por las
implicaciones en que incurre el ser humano, que por supuesto es distinto
de las bestias, hablar de una "tendencia raíz a existir", a
seguir existiendo, a defender la vida y a crecer y multiplicarse, sin que
esto pueda separarse de la índole intelectual y volitiva, librearbitrista
y peculiar, del ser humano.
Ninguna comunidad se suicida, ni se deja
morir o absorber pasivamente. Una existencia cualitativamente diferenciada
puede subsistir en estado latente, si se quiere, pero no se descompone
espontáneamente; antes insiste en su continuidad como tal ser calificado.
No obstante, la adversidad natural o la contradicción dentro de la misma
especie pueden forzarla a su desintegración, a moverse por el solo
intento de conservación de la unidad comunitaria menor -familia, grupo de
afines--, ante la extrema dificultad de preservar la estructura del todo y
de poder responder desde ella al embate de la realidad. Esa
desintegración comunitaria dispersa los elementos, los cuales de alguna
manera entran cualitativamente en la formulación de otras comunidades
como resultado de un natural mestizaje o de la inmersión de una gente en
el contexto de otra.
Por un proceso natural, observable en el
transcurso de la historia, así como durante un período asistimos a la
desintegración de estructuras comunitarias que se fragmentan, se
constituyen en unidades separadas y se componen de distintas maneras en
otros lugares y por cierto tiempo, también contemplamos períodos en los
que, después de innumerables demoliciones y remezclamientos, los troncos
ancestrales entran en un proceso de reintegración y de formación de
estructuras comunitarias más inclusivas. Podríamos osar una síntesis
extrema y decir que la comunidad humana, la integral de la especie, si en
su origen fue una sola e indiferenciada y luego se descompuso, se
dispersó y se multiplicó en el ramaje de diferenciaciones casuales de la
especie, en su final será una comunidad sola y única, que volverá a
comprender toda la población y todo el territorio. De una nación
provienen todas las naciones, que, de su multiplicación y subdivisión y
su dispersamiento, volverán a juntarse en el instante de su realización
final en nación única, congregada de toda la ecumene.
Insistimos: esto no sería el triunfo de
un modo de gobierno o de disposición sistemática de los recursos y el
trabajo, ni la prepotencia de un factor sobre todos los demás, ni el
pacto entre elementos disímiles de una pluralidad indefinible. Habría
que pensarlo como un proceso natural de reidentificación del ser original
y de confrontación universal de su existencia con el principio de razón
absoluta, por el que se ordena toda la realidad: la que es y la que puede
ser.
Así, es la nación la que origina desde
sí un proyecto, como línea intencional desde la huida de la nada hacia
la realización última del ser, y este proyecto va tomando formulaciones
diferentes en la medida en que la problemática situacional se redefine
por la concurrencia de variantes que tienen lugar tanto en la comunidad
nacional como en el entorno en que ésta se halla situada.
Cuba, como unidad territorial habitada que
constituye una continuidad comunitaria o de convivencia, se ve obligada en
distintos momentos a dar un sentido intencional al esfuerzo colectivo para
poder no desaparecer ni aniquilarse.
En, el instante antes de la llegada de
España, la Cuba taína-arawak tiene que tener como propósito ineludible
defenderse de la agresión Caribe, que viene asediándola desde las
Antillas Menores en seguimiento de las oleadas migratorias masivas que han
estado remontando el continente desde los centros ancestrales
tupi-guaraníes. La conquista española (1515) produce desde la gran
mezcla demográfica india-africana-europea hasta la destrucción de las
estructuras taínas de pluralidad de aldeas de alguna manera sólo
intercomunicadas y compartientes de la misma lengua y cultura, pero da
paso a un nuevo avatar donde aparece ya como la unidad geopolítica del
reino de Cuba, dentro de la nación hispanocubana, que se intrumenta en la
mancomunidad española, absorbiendo en la misma cauda humana los elementos
poliétnicos que concurren en la convivencia de cada día. El problema
entonces es constituir un establecimiento estable y realmente defendible
frente a las otras potencias europeas que pretenden su asentamiento en el
continente y que disputan, aquí y allá, por tal o más cual composición
de fuerzas o por tal o más cual hegemonía. Es en ese período cuando se
define para el futuro el proyecto nacional que, en términos de Menéndez
de Avilés, resulta del ser la isla clave para el establecimiento de la
civilización cristiana universal en el hemisferio, para lo cual Cuba ha
de ser políticamente independiente, militarmente fuerte, económicamente
suficiente, socialmente íntegra y culturalmente firme. Lo que la isla
sea, así eso será de peligro o defensa para todo el continente.
Para 1709, cuando el nuevo gobierno de los
Borbones deroga los fueros de los reinos de indias, aunque el problema
internacional no ha terminado, la Isla de Cuba pasa a ser la típica
colonia opulenta y renditiva en la estructura metrópoli-colonia durante
el desarrollo capitalista. Aunque tal vez nunca más injusta mente
florecen la economía azucarera de ingenio y dotación de esclavos y el
orden político de control absoluto de las bases poblacionales por parte
de las minorías gobernantes. Sin embargo, la extrema preocupación
económica abandona la preocupación estratégico defensiva, con los
resultados más que peligrosos y sintomáticos dentro de una nueva
composición mundial. La ocupación de Guantánamo y de la Habana son
situaciones de las que sale el imperio hispano-francés no sin sacrificios
mutilatorios. Pero se define la situación problemática en la que se
verá envuelta Cuba por el conflicto de dos vertientes de civilización,
la anglosajona post cromwelliana, determinada por la particularidad
exclusiva frente a la universalidad incluyente, y la universal latina
(España, Francia, Italia, Portugal), cuyo carácter más elemental es el
mestizaje y la universalidad del principio integrador.
La invasión napoleónica de España y el
desatamiento de la "Guerra de Independencia" a uno y otro lado
de la mar atlántica, plantean una nueva problemática: la desintegración
de la mancomunidad española, la vulnerabilidad ante la potencia
aglosajona emergente, y la necesidad de salvar siquiera la parte cuando el
todo estructural se ha reventado. El proyecto deviene en un cambio de
perspectiva total: de la desintegración y el independentismo, a la
formación de estados independientes -reinos separados-, que tratarán de
recuperar, en su nimiedad, la fuerza suficiente para volver a integrarse.
Nada expresa mejor esta tensión de pensamiento y acción que las dos
personalidades más determinantes en el proceso: Bolívar y Martí.
Ninguno concibe la salvación sino por la independencia del reino
particular, y ninguno concibe el reino particular sino vocado a la
reintegración tras una total variación estructural.
En Cuba, la separación del reino de la
Isla de Cuba del centro integral último, España, toma la forma de la
constitución republicana. Ésta expresa la imperiosa necesidad de
integrar toda la población indiferenciadamente, sobre la sola base de su
condición humana, dentro de una misma y universal normativa y bajo una
autoridad -relación gobierno pueblo-donde conscientemente se identifiquen
el gobierno con la población la población con el gobierno. Se trata en
el proyecto de integrar de tal manera la porción aislada que pueda, al
menos, participar como unidad propia en la correlación con las otras
entidades del mundo, sin desaparecer ni disolverse. La independencia de
España es la manera de preparar la defensa para que no sea absorbida Cuba
y disuelta en una unidad nacional más potente, en caso de un colapso
mayor del mundo español, cosa que sucedió irremediablemente a finales
del s. XIX y principio del XX. De ahí la gravedad de la afirmación
nacional cubana en el momento en que la nación española va a
precipitarse en su nadir.
Con la invasión estadounidense al final
de la "Guerra de Independencia", la problemática situacional
cambia totalmente. Cuba aparece como un reino independiente no suceptible
de ser arrastrada por el colapso español, pero prácticamente absorbida
por la formación anglosajona emergente, los E.U. El problema ahora está
en intentar competeir y defenderse, dentro de las normas establecidas bajo
la hegemonía mundial de las potencias determinantes. En un mundo fuerte y
estable, director y eficiente, Cuba es una pequeña y casi inconsiderable
porción en estado de inestabilidad interna y externa, que ha de
esforzarse por asegurar su participación, siquiera mínima, en las
correlaciones de la civilización imperante. Nuestro esfuerzo se hace
patente como afán de "parecernos a los países adelantados",
para poder sobrevivir "con" ellos y no perecer devorada
"por" ellos. Este "ellos" es puramente eufemista,
porque para nosotros la realidad geopolítica más allá de nosotros se
definía como un Estados Unidos todopoderoso y una España-América so
Río Bravo toda balcanizada y vulnerable. Hasta las terminaciones
nacionales masculina y femenina indican la relación erótico-tanática
entre dos civilizaciones orientadas hacia fines exactamente opuestos,
donde el trinfo de una era necesariamente la derrota de la otra.
En ese esfuerzo por instrumentarse de
manera capaz como para enfrentar el asedio exógeno, en medio de una
constelación mil veces más fuerte y estable de lo podíamos alcanzar
nosotros, se producen la revisión integral y el cambio estructural del
proceso revolucionario, continuación indudable, en el período
republicano, del la gran revolución del siglo XIX,, por la independencia
y la reivindicación social. Su formulación categórica para el período
republicano ocurre en el avatar de 1933, aunque el gran trastorno de
recomposición interna y externa de factores viene a precipitarse a partir
de 1952-59 y ss.
Para finales del siglo XX Cuba llega, en
su proceso de revisión, desmantelamiento y remodelación, al
desprendimiento real de todas las vinculaciones sistémicas, entre cuyos
enredos había forcejeado desde el propio siglo XVIII y, por supuesto,
más estrechamente en los siglos XIX y XX. Al llegar a os finales de este
período, los modelos de composición interna y externa no se parecen sino
acaso a los de los siglos XVI y XVII por su elementalidad y por su
determinación esencialmente práctica e inmediata.
Mientras tanto, en la estructura del
mundo, el equilibrio mantenido desde la emergencia de los anglófonos
entra en crisis por sus propias causas, sin que aparezca ninguna otra
corriente hegemónica que pueda sustituir las piezas hasta entonces
determinantes. Podemos decir que ya estamos en la crisis sistémica
mundial, entre los grandes desplazamientos poblacionales, la emergencia
nada desconsiderable de los grandes acumulados demográficos y
geopolíticos y la dramática urgencia de un equilibrio a punto de
precipitarse, ya no entre potencias dominantes, sino entre las porciones
superestructuradas y las inmensas extensiones extraestructurales. Es
decir, Cuba hoy, en su insuficiencia estructural, pero en factual
equilibrio práctico, es una porción estable, sin norma ni vínculo
obligante, en medio de un mundo irreparablemente inestable que se desboca
en sus propias contradicciones. Si bien Cuba no parece tener más sistema
que la elemental correlación factual entre el que puede y manda y el que
no puede y obedece, es en el resto del mundo donde ninguna ordenación
sistemática resulta eficiente ni confiable y todo apunta hacia el
desvencijamiento.
Esto que hemos afirmado no se hace
inmediatamente visible por lo que antes hemos explicado: no se trata de
que una superestructura esté siendo atacada por un rival desde el
exterior sino de que la propia superestructura desarrolla, ya
insoportablemente, sus contradicciones internas, en medio de un
volcamiento inevitable de masas poblacionales detonado por esas mismas
contradicciones.
Continua en la
próxima edición
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Los
social-revolucionarios cubanos somos...
Los social-revolucionarios cubanos somos
aquellos que al asumir el impulso de afirmación nacional, expresada en
los distintos partos generacionales que han marcado el acceso de nuestra
voluntad histórica; . desde la perspectiva de los estratos más
maltratado de nuestra población, que sólo a través de los grandes
esfuerzos colectivos alcanzan sus reivindicaciones y ascienden a la vida
del derecho; esto es: la liberación del trabajador, desde la esclavitud
hasta la dignificación del trabajo del hombre libre sobre la tierra..
Activistas sociales de tres generaciones,
-sindicalistas, intelectuales y artistas- nos hemos constituido en
"Partido", porque somos una parte de la población que aspira a
compartir sus proposiciones con los demás, a conversar y colaborar,
encauzar nuestra sociedad, de la que todos, sin excepción, somos
responsables. Consideramos que Cuba es, y ha de ser, de hecho y de
derecho, políticamente autónoma, militarmente fuerte, económicamente
suficiente y socialmente justa.
Somos un grupo político que se propone
obrar en el orden político --como se organiza un país, como se ejerce el
gobierno, a dónde se va, cuáles son los problemas y cómo resolverlos--;
por lo tanto, razonamos las proposiciones dentro del orden político y sus
categorías consecuente.
NOS PROPONEMOS: El reencauzamiento
de la Revolución Cubana por medio del consenso, el dialogo y la
reconciliación. La corriente de pensamiento social revolucionaria en Cuba
y fuera de Cuba se ha identificado como socialista, revolucionaria,
democrática, no violenta e iberoamericanista.
Donde están los social-revolucionarios
cubanos nos preguntan. Permítame explicarle, la corriente de pensamiento
social revolucionaria nace, crece y se desarrolla a la par de la
conformación de la sociedad cubana, y su militancia a trazado pautas en
los momentos más dramáticos de la historia nacional, por ello es que
podemos afirmar que están en todos los sectores de la sociedad cubana.
Hay social-revolucionarios en: las fuerzas armadas y en las organizaciones
de masa, y en los intelectuales, artistas y sindicalistas residentes en
Cuba y en el exterior.
Por último quiere conocer sobre que
pensamos de Cuba, temo que nuestra respuesta puede parecerle de un fuerte
chauvinismo.`Creemos en la necesidad histórica de la realización del
proyecto iberoamericano, solo mediante él, podrán crearse las
condiciones necesarias para sociedades estables en crecimiento económico,
creatividad cultural y política. Pero hoy mas que ayer, la presencia de
Cuba -constituida en estado social de derecho enmarcando una economía
social de mercado-, es imprescindible para lograr ese objetivo. Cuba sigue
siendo la llave del golfo y el antemural de las Indias.
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