PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

AGENDA #49


El dolor de Cuba
David Mo 
Rebelión, 22 de enero 2004

Que Cuba nos duele a todos está bastante claro. Durante mucho tiempo los que creemos que los Derechos Humanos son indivisibles y que sin justicia social los derechos civiles y políticos son papel mojado hemos mirado a Cuba con la esperanza de que allí se fuera alumbrando una alternativa al desolador panorama latinoamericano y del Tercer Mundo. No ha sido fácil. Más de una vez nos hemos tragado críticas que teníamos en la punta de la lengua porque considerábamos que había prioridades y porque las responsabilidades en el holocausto silenciado que es Latinoamérica están en otras partes (Mírese hacia el Norte). Recuerdo a Julio Cortázar pronunciándose en este sentido en un debate televisivo (en aquellos lejanos tiempos en que había debates en la televisión de éste país), con un prohombre de la disidencia anticastrista. Y en el mismo sentido se han manifestado durante mucho tiempo García Márquez y otros intelectuales que, por ello, han recibido toda serie de críticas del intelectualismo bienpensante y bien instalado.

Pero el hecho de que Eduardo Galeano o José Saramago y otros más se hayan desmarcado y hayan expresado públicamente su disconformidad con la situación en Cuba ha abierto la caja de los truenos y las descalificaciones que sobre ellos han caído van más allá de lo respetable. Porque, en muchos casos, no se ha discutido el fondo de la cuestión, ni se ha llevado a debate las raíces de esta disconformidad, sino que se les ha atribuido intenciones malévolas, se les ha asimilado con la "gusanera" de Miami o se les ha increpado desde cuestiones de detalle más que desde el fondo del asunto. Porque hay un doble fondo del asunto: moral y político.

Probablemente el trasfondo moral es el más aparente y el que menos me interesa ahora. No porque no tenga convicciones éticas, sino porque creo que en este tipo de debates viene a ser imposible arribar a puntos de entendimiento y todo el mundo acomoda sus principios a sus intereses intelectuales o inmediatos. Sin embargo concuerdo con Galeano en que la pena de muerte es moralmente inadmisible. Es más, yo diría que políticamente inadmisible. Llevo años peleando por su abolición en EE UU y otros países no sólo por razones de tipo moral, sino en el convencimiento de que se trata de un crimen legal mediante el cual el Estado trata de ejercer su poder de manera despótica y absolutamente evitable. Pero la pena de muerte no es más que el síntoma de una enfermedad. En EE UU esta enfermedad se llama la lucha de clases trasplantada al terreno carcelario y punitivo, adobada con los subsiguientes componentes racistas. ¿Y en Cuba?

En Cuba, y me duele tremendamente tener que decirlo, la enfermedad es la degeneración burocrática del poder obrero.

No voy a negar que intervengan otros factores que expliquen las ejecuciones de los tres secuestradores del trasbordador cubano. Se ha hecho hincapié en el recrudecimiento de la actividad anticastrista dirigida desde la Oficina de Intereses Norteamericanos por el inefable James Cason. Pero esto explicaría el recrudecimiento de las penas contra los disidentes. No explica la pena de muerte contra unos delincuentes que en un país civilizado recibirían un castigo más o menos severo, pero no irreversible. Mucho más porque, en el caso de querer enviar un mensaje al gobierno de los EE UU, hay que decir que ese mensaje es tan contrario a sus propósitos que cuesta creer que gente inteligente, como sin duda lo es Fidel Castro, no se diera cuenta de ello. Porque al gobierno de los EE UU y a las mafias anticastristas de Miami el hecho de que Cuba ejecute a tres "pobres muchachos que no querían más que buscar la libertad que no tenían en el régimen castrista" no ha hecho sino darles la cuerda que habían perdido con su grotesco comportamiento en el caso Elián o las cada vez más insistentes peticiones anti-bloqueo por parte del empresariado estadounidense.

Y como no cuelan ciertas interpretaciones extendidas entre la disidencia del estilo de que a Castro le interesa el bloqueo y demás pamemas que atribuyen intenciones pérfidas absolutamente indemostrables, sólo queda una explicación: el gobierno cubano ha aplicado la lógica del sistema que rige en la isla hasta sus últimas, y lamentables, consecuencias. Es decir, un sistema autoritario. El "Yo mando. Yo vigilo". Y éste es el meollo del asunto que también ha sido denunciado por Galeano. En Cuba, desde el principio de la Revolución, se ha planteado la contradicción que han padecido todos los sistemas comunistas del siglo XX y que ha acabado con ellos: la de los logros económicos y sociales y la falta de una verdadera democracia obrera. Son las mismas contradicciones que sacudieron el periodo leninista y que desembocaron en la burocracia stalinista, en las brutales purgas de los años treinta, en el periodo mafioso brezhneviano y, a largo plazo, en la autodisolución de la URSS.

Nadie en sus cabales (y esto excluye a la consabida propaganda bienpensante o las Zoe Valdés y semejantes) puede negar que el éxito de Cuba en proponer un sistema alternativo a la pobreza y sus secuelas es sorprendente. Sobre todo para un país que ha padecido un bloqueo durante décadas y que en los últimos años se ha visto a solas las caras con el Imperio. Que se mantenga los índices de mortalidad infantil inferiores a países desarrollados y neocolonialistas, que la educación tenga resultados superiores a cualquier otro país del área, aún con presupuestos inferiores, y que a pesar de la dureza de las condiciones actuales se sigan manteniendo estos marcadores es algo realmente llamativo. Pero no sirve de nada negar que todo ello ha ido acompañado de un fuerte déficit democrático. Las decisiones se han tomado siempre desde arriba, no ha existido un auténtico debate más que en los marcos tolerados por la máxima dirigencia y todo lo que se ha hecho para fomentar la educación política del pueblo ha sido darle carácter plebiscitario a determinadas decisiones que, correcta o incorrectamente, ya estaban tomadas. Otras se han tomado a oscuras.

Y esto es lo malo. Decía Lenin o Trotsky (que ahora no me acuerdo) que la garantía de que el pueblo no se equivoca es que tome decisiones de lucha y se equivoque. Se aprende en el combate por el socialismo y en el debate por el socialismo. También decía Trotsky (ahora sí) que la gran tragedia de la Revolución Soviética fue que la generación más combativa (y por lo tanto, educada) desapareció en la Guerra Civil. Pero un pueblo pasivo, que se limita a asistir más o menos enfervorizado, a los discursos y decisiones del líder, un pueblo al que no se requiere sino para decir "sí" y seguir el carisma de un personaje todo lo grande que se quiera (y no voy a entrar a discutir esto), no aprende y será proclive, cuando el líder desaparezca, a escuchar los cantos de sirena de los demagogos que prediquen el reino de Jauja y de MacDonalds bajo el paraguas protector de la sacrosanta Economía de Mercado. Y, conviene tenerlo en cuenta: no hay que pensar que estos cantores asardinados vengan sólo de fuera. Como demuestra la desaparición de la URSS, los primeros en abandonar el barco serán muchos de los que ahora proclaman su incombustible adhesión al Jefe y al socialismo. (Sígase la meteórica ascensión de Boris Yeltsin del radicalismo bolchevique al capitalismo salvaje tras la aparición milagrosa de Santa Margarita Thatcher).

(Perdón. Estoy poniéndome irónico, pero ya creo haber dicho que Cuba nos duele y la ironía mitiga el dolor. Vuelvo a ponerme serio.)

Y lo que hay que decir seriamente es que lo que está pasando en Cuba desde hace tiempo es la aparición de desigualdades que no existieron en la isla desde la Revolución. Y que esas desigualdades, unidas al déficit democrático que antes señalaba, son el caldo de cultivo para la futura desaparición de los logros que quedan de la Revolución Cubana. Es difícil cuantificar el aumento de la desigualdad en Cuba, porque esta no se mide sólo en ingresos. Se mide en la posesión de dólares, en la disparidad de acceso a determinados servicios sanitarios o educativos, en determinados beneficios por servicios políticos, etc. Hay indicadores que son sumamente preocupantes. Mientras la productividad crece y aparecen determinadas empresas multinacionales con privilegios que se acercan a los de las maquiladoras y que alcanzan a los cubanos que trabajan en ellas (en forma de pagos bajo mesa), los índices de malnutrición (reconocidos por el gobierno como muy altos) no disminuyen y sigue habiendo carencias sanitarias básicas. Insisto, mientras sube la productividad. No voy a entrar en la polémica de si Cuba es hoy en día un país capitalista o no, pero lo que parece cierto es que los riesgos de que a la menor de cambio se convierta en uno más de los países-desastre de Latinoamérica son muy grandes. Algunos amigos cubanos con los que he tenido oportunidad de hablar suelen referirse a la personalidad de Fidel Castro y al papel que, según ellos, juega como barrera de involuciones. Se expresan sobre él con una admiración que a veces raya en el fanatismo. Quizás esté justificada la admiración (el fanatismo, no, por supuesto). Pero, ¿y después?

El peligro es que lo único que podría frenar la involución es un pueblo, una clase obrera y campesina, digámoslo claramente, educada en el debate y en la toma de decisiones. Y esa clase no existe en Cuba. No voy a entrar en un análisis de las leyes ni sobre el sistema representativo cubano. (Ya se me está haciendo esto muy largo). Pero cualquier persona que quiera ver las cosas de frente puede darse cuenta de que en Cuba no ha habido ni hay debate político porque para que hubiera tal cosa debería haber alternativas al monolitismo y tales cosas ni han existido ni existen. ¿Dónde se manifiestan las tendencias? ¿Quién las discute? ¿En qué medios de expresión alternativos? ¿Qué pasó con la gran consulta prevista y abandonada antes del IV Congreso del Partido Comunista? Etc., etc.

Cuándo alguien me pide una bibliografía sobre Derechos Humanos suelo decirles: "Lea Vd. a Eduardo Galeano y aprenderá más que en cien informes de Amnistía Internacional". Siempre había tenido una reserva: que no veía claro que en sus escritos se planteara sin tapujos las insuficiencias que pueden hacer que una revolución se vaya a cuerno. Sus últimas declaraciones despejan esta reserva definitivamente. Esto no quiere decir que crea que todo lo que he dicho sea asumible por él. Probablemente, de leer este escrito, tendría bastante que rectificarme. Pero, en todo caso, mis propias opiniones las asumo más tranquilo si en algo se parecen a las de Eduardo Galeano por el que hoy, más que antes si cabe, siento el mayor de los respetos.

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Cuba: estado obrero deformado
Eduardo Molina

El carácter de la formación social cubana
El Estado surgido de la revolución era un Estado obrero deformado desde su mismo nacimiento por la inexistencia de un régimen de democracia obrera y la pronta cristalización de una burocracia privilegiada, cuerpo parasitario en el naciente organismo de la Cuba obrera y campesina, al amparo de la dirección fidelista, proceso facilitado por la pronta integración de la isla en el llamado "campo socialista" bajo la égida de la Unión Soviética.

Desde el punto de vista del desarrollo de la transición al socialismo, este fenómeno fue determinante para las contradicciones y rasgos específicos de la formación social postrevolucionaria y su dinámica.

La expropiación de la burguesía cubana, la nacionalización de la mayor parte de la tierra y la expulsión del imperialismo sentaron las bases imprescindibles para iniciar la transición al socialismo: la nacionalización de los principales medios de producción, el establecimiento del monopolio del comercio exterior, la prohibición de la explotación del trabajo asalariado, la planificación de la economía, etc. Pero estos cambios de importancia histórica sólo proporcionaban la base para iniciar la transición. La construcción de una sociedad socialista es una tarea de alcance histórico que sólo puede resolverse a escala mundial, con la derrota definitiva del imperialismo y sobre la base del más amplio desarrollo de las fuerzas productivas y de la cultura. Naturalmente, un país pequeño atrasado y semicolonial, con un nivel muy bajo de industrialización, escasos recursos y poca población, aislado y a apenas 90 millas del imperialismo hegemónico, no puede completar solo el camino al socialismo.

Pero la cuestión decisiva es que la burocracia fidelista significó una seria reacción social y política dentro de la revolución. Al mismo tiempo que defendía a la isla del imperialismo y consolidaba en un primer periodo las conquistas revolucionarias (aunque con métodos desastrosos), provocó gravísimas distorsiones y deformaciones en el joven Estado obrero. A pesar de los avances iniciales, que mostraban la enorme superioridad de la economía nacionalizada sobre el capitalismo semicolonial, el parasitismo burocrático y su desastrosa dirección (bajo la utópica pretensión de "construir el socialismo en una sola isla" ) llevaron inevitablemente a reiterados fracasos, a enormes desproporciones en la economía, la creciente insatisfacción de las necesidades de las masas y al atraso tecnológico, bloqueando la posibilidad de dar pasos superiores en la transición al socialismo. La prolongación de su dominio comenzó socavando las conquistas esenciales de la revolución, para conducir a la grave crisis actual y que amenaza finalmente con llevarla a la ruina.

Si trazáramos una curva del desarrollo económico de Cuba postrevolucionaria, esquemáticamente podríamos tener:

1959-65. El momento constitutivo (la fase de la "revolución de contragolpe" que analizamos en otro artículo de este Dossier) y de consolidación de la economía nacionalizada y la nueva estructura social, en que cristaliza la burocracia y el sistema político adquiere sus contornos fundamentales, iniciándose, pese al cerco imperialista y al atraso heredados, un importante proceso de desarrollo de las fuerzas productivas y de elevación de la situación material y cultural del pueblo cubano que constituye un salto adelante histórico.

1965-fines de los '70: signado por el paso del fracasado intento de industrialización y relativa autonomía (clausurado por la crisis de la gran zafra de 1970) a la integración en el CAME, el alineamiento pleno con la Unión Soviética. Después de la crisis del '70 la vía escogida por Fidel fue estrechar lazos con el "campo socialista" aumentando la "especialización" en azúcar y otros pocos productos como parte de la supuesta "división socialista del trabajo" en los marcos del CAME. Esto, sumado a la masiva ayuda soviética (en préstamos, suministro de petróleo, etc.), tuvo efectos por algunos años, permitiendo aliviar el estrangulamiento de la economía cubana y volcar recursos a la mejora de los servicios sociales y el nivel cultural. Sin embargo, los resultados estructurales fueron desastrosos. No sólo porque se bloqueó la posibilidad de un mayor desarrollo industrial y tecnológico, sino porque los términos del "intercambio socialista" se volvieron dramáticamente contra Cuba y se acentuó la deformación burocrática imitando al extremo el "modelo soviético".

Inicios de los '80-1989: La tendencia al estancamiento no pudo ser revertida y los esfuerzos del régimen fracasaron sistemáticamente a pesar de los zigzags: del ensayo de algunas tempranas reformas de mercado, como la apertura de los mercados campesinos y espacios para el trabajo independiente a fines de los '70, se pasó en 1986 al "periodo de rectificación de errores y tendencias negativas" que clausuró esos márgenes, sin mayores éxitos. Si hasta 1985 la economía cubana había crecido a un promedio del 3,1% anual, desde ese año prima la "desaceleración" y la inestabilidad, hasta la apertura de la crisis decisiva en 1990.

Ya en los años '80 era evidente que Cuba padecía las contradicciones típicas de toda planificación burocrática. Ernest Mandel las resumía así:"La contradicción entre el carácter planificado de la economía soviética y el interés privado de los burócratas, considerado como el motor principal para la realización del plan (...) sus efectos se combinan con otras dos contradicciones que resultan de esta gestión burocrática: la contradicción entre el alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y la penuria de bienes de consumo, por una parte; y la contradicción entre las necesidades de la planificación integral y las nefastas consecuencias de la hipercentralización burocrática, por otra." 4 En el caso de Cuba estas contradicciones se veían agravadas por su situación específica: el carácter agroexportador y atrasado de la economía heredada, el pequeño tamaño de la población y la pobreza de recursos materiales propios, el aislamiento debido al cerco imperialista y la política soviética de forzar una especialización subordinada de Cuba (que perpetuaba las deformaciones históricas de la economía azucarera y creaba otras nuevas) en los marcos del CAME como contraparte de su ayuda masiva.

Los males derivados de la gestión burocrática eran un fenómeno innegable: "Las empresas constructoras ganaban más cuando movían tierra, cuando empezaban la obra, cuando hacían los cimientos, cuando montaban la estructura; ganaban mucho más y tenían primas, premios, etc., pero cuando tenían que terminar ya la productividad era mucho más baja, no generaba interés en terminar, (...) empezaron a eternizarse las obras, no se terminaban (...)'. Según un análisis del CEE '(...)el retardo promedio de las inversiones en el tiempo se ha ido incrementando rápidamente, al finalizar el periodo analizado [1980 - 1988] prácticamente se ha triplicado el tiempo de duración de la ejecución (...) Esta misma fuente plantea otros problemas relacionados con el proceso inversionista, como el incremento de los costos de inversión, que superaban ampliamente el valor total de la inversión, así como los cambios sobre la marcha de la ejecución de proyectos, en ocasiones a pie de obra, llegándose incluso a ejecutar inversiones sin contar con la documentación preparatoria."5 Otro estudio reciente hace el siguiente balance del viejo "patrón de crecimiento industrial": "las capacidades industriales desarrolladas se sustentaron en la utilización de tecnologías que se caracterizaban por su sensible retraso con relación a los estándares mundiales, elevados niveles de consumo de energía, combustible y materias primas, esquemas técnicos productivos inflexibles, bajos niveles de integración, cooperación y complementación productiva interna." 

Con estos métodos era imposible superar el estancamiento económico, el retraso en la innovación tecnológica, la baja productividad del trabajo, los problemas de escasez, mala calidad de los bienes de consumo, etc. Después de 1989, la explosiva combinación del impacto externo (el colapso de la Unión Soviética y la brusca ruptura de los lazos de que dependía Cuba) y la crisis endógena derivada de la gestión burocrática no podía menos que tener resultados catastróficos.

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Un llamado a los cubanos
En el décimo segundo aniversario de la fundación del Partido Social-Revolucionario Democrático de Cuba

El actual gobierno de Cuba hace más evidente cada día su incapacidad para sacar al país del llamado "periodo especial" donde, por su irresponsabilidad, se ha empantanado después del desplome del bloque soviético, al cual se había subordinado su economía. Por otra parte, manifiesta un temor extremo de transformar el régimen totalitario en una democracia obrera, que bien viabilizaría las transformaciones necesarias para la creación de un legítimo estado social de derecho. El sindicato y sus órganos representativos -la Confederación de Trabajadores de Cuba y las federaciones de industria o servicios-, en su condición original de órganos autónomos de derecho público, no partidistas y democráticos, podrían constituir, conjuntamente con otras instituciones de la base social, el sostén de fuerzas dinámicas y creadoras que tal proceso requiere.

Urge iniciar un proceso de reencauzamiento de la revolución cubana. La amenaza real de corrientes anti-nacionales internas y externas, hoy no menos peligrosas que otrora, nos obligan a afirmar que la Revolución Cubana, -proceso de formación nacional y reestructuración político-social comenzado hace casi dos siglos-, y aún el proyecto socialista -entendiendo por éste la responsabilidad del poder político sobre el desarrollo y la justicia social-, no sólo no han fracasado, sino que es necesario replantearlos desde su causa axiológica primera de LIBERTAD POLITICA, INDEPENDENCIA ECONOMICA y JUSTICIA SOCIAL.

No queda otra alternativa que retomar la definición histórica del independentismo del siglo XIX y del revolucionarismo patriótico, democrático y reivindicador del XX para, al proseguir el esfuerzo constructor colectivo, reintegrar la nación, ahora dividida, reorganizar libre y justamente el esfuerzo nacional y asumir nuestra responsabilidad en la orientación del mundo presente. La afirmación del estado nacional independiente, la práctica interna de una legítima y eficiente democracia y la organización cabal del desarrollo socioconómico, con la participación y al servicio de todos, son tan necesarias como inseparables. He ahí por qué dirigimos nuestro esfuerzo a alcanzar un estado de legitimidad y derecho que supere el actual factismo y que provea una respetable confianza pública y permita la realización de un programa socialista, a tono con los requerimientos del siglo que empieza y dentro de los parámetros de civilización material y moral que un pueblo honrado y laborioso reclama.

Si medimos lo democrático de un régimen por la capacidad que tiene la persona individual de decidir en los asuntos de interés colectivo, y lo socialista por la capacidad que tiene la persona individual de percibir beneficios por la organización colectiva, veremos que, a pesar de las denominaciones usadas, ni el ciudadano decide nada de lo que afecta su vida, ni percibe más beneficios que un esclavo cuya existencia importa poco al amo. Con Martí insistimos en que "para liberar al hombre trabajamos" -tanto de la opresión política como de la angustia socioeconónica-, aunando las voluntades y acciones de quienes estén dispuestos a este compromiso.

Llamamos a los cubanos para construir un proyecto de reafirmación nacional, e integrarnos en un frente solidario. Nos declaramos en perenne apertura y renovación. Al sustentar nuestros principios social-revolucionario-democráticos, recibimos fraternalmente en nuestro seno a cuantos cubanos de buena voluntad quieran acompañarnos, y estamos dispuestos a coordinar sus acciones con las nuestras.

El Partido Social-Revolucionario Democrático de Cuba, desde su creación y en su desarrollo, no responde a una rígida ortodoxia doctrinaria. Sí nos proclamamos continuadores de la tradición social-revolucionaria representada por Antonio Guiteras, Sandalio Junco, José A. Echeverría, Charles Simeón, Manolo Fernández, y muchos otros que vivieron y murieron por ese proyecto nacional.

La Universidad de la Habana, los sindicatos y organizaciones políticas como "Joven Cuba" y el "Partido Revolucionario Cubano" fueron en el pasado tribuna y barricada para impulsar y defender los valores históricos que hoy sustenta el Partido Social- Revolucionario Democrático. Pero queremos aclarar, que con toda seguridad no queremos ni utilizar fórmulas agotadas ni tomar las surgidas de otra realidad que la nuestra.

El pensamiento social-revolucionario cubano

Estamos conscientes de las implicaciones que las denominaciones de "social-democracia", "socialismo democrático" y "democracia socialista" contienen, pero también lo estamos del especificidad del pensamiento social-revolucionario democrático cubano. Este, que responde fundamentalmente a valores éticos y sociales inmarcesibles, siempre está sujeto a la revisión critica y el análisis, se desarrolla en constante evolución, e instrumenta la acción política y social dirigida al rescate de la soberanía del pueblo y la creación de un estado social de derecho, eficiente, justo y poderoso, capaz de guiar al pueblo en sus irrecusables tareas históricas.

El socialismo -en especial para los social-revolucionario- va más allá de que "la economía se encuentre al servicio de la sociedad y no la sociedad al servicio de la economía". Es una ética social que se funda en la conducta solidaria. Conceptúa el trabajo-que es siempre colaboración; es decir, acción en común- como lo único de lo que dispone el hombre sobre la tierra para satisfacer sus necesidades así como para el desarrollo pleno de su personalidad.

Por otra parte, la democracia no es un torneo de partidos políticos ni el forcejeo de los intereses económicos que pugnan por alcanzar el poder mayor, sino un modo de decidir y obrar que conduce a la más amplia participación de la persona en la responsabilidad social, dentro de una estructura de autoridad legitimada por la voluntad libre conscientemente expresada. El grado de legitimidad de la misma será directamente proporcional al de participación no manipulada de los integrantes de la sociedad, y al modo de garantizarse, legal y prácticamente, los derechos individuales y sociales de los mismos.

La síntesis inseparable de estos conceptos -socialismo y democracia-, sustenta nuestra concepción del "estado social de derecho". Buscamos un ordenamiento legal (normas objetivas y procesales pre-establecidas y su interpretación), necesario y suficiente, para satisfacer las necesidades del individuo en sociedad y proveer a su desarrollo material y espiritual. Creemos sí que sólo la libre participación en el debate y la decisión del compromiso colectivo valida su legitimidad.

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PARTIDO SOCIAL- REVOLUCIONARIO DEMOCRÁTICO DE CUBA
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