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ATENEO #28
ALFREDO LEISECA
1945 - 2002
Hace hoy una semana que enterramos a Alfredo Leiseca, uno de los
espíritus más puros y más atormentados que ha dado este exilio cubano
de ya demasiados años.
Alfredo Leiseca en 1961 llegó a E.U. a raíz de los grandes trastornos
que se estaban produciendo en Cuba. Juventud apasionada y sensible, clara
inteligencia y altísimo sentido de la dignidad humana, no podía resistir
el desmoronamiento de valores que habían informado las generaciones
revolucionarias cubanas desde el siglo XIX hasta ese momento inclusive.
Para alguien formado en la ética cristiana y martiana, la revolución
tenía por deber primero la pureza, la diafanidad de la verdad en la que
todos teníamos que comulgar, y el respeto como a sagrado de la dignidad
plena del hombre. Alfredo vino para pelear por la libertad y para
esforzarse con lo más noble de la juventud exiliada por el rescate de un
orden civil y democrático, único sobre el cual podía fundamentarse una
reconstrucción material y una vigencia cierta de la justicia social. No
le fue fácil al joven ardiente existir en un medio donde se mezclaban con
la vocación ideal los peores antivalores de la sociedad en crisis.
Escribió versos, prosa, cuentos, artículos políticos y filosóficos;
deja varias novelas. Apenas pudo publicar un mínimo de su producción.
Era el poeta frente a la pedrea de los tiempos, el que osaba pensar en
serio entre la zarabanda de las publicidades. Y era, sobre todo, el hombre
que se exigía a sí mismo el máximo de disciplina: el que sin
concesiones ni treguas osó ir siempre cuesta arriba y a contracorriente.
Con la pobreza más severa y el desprendimiento más amplio, si no
disponía para sí prácticamente de nada, su cuartico, sus libros, su pan
y todo lo que a su alcance tuviera lo daba a sus amigos y a cualquiera que
lo necesitara. Era como un signo que declaraba que un ser humano de lo
único de lo que verdaderamente necesita es de otro ser humano.
Cuando un día salió para Guatemala y para México a que le oyeran los
versos y las cosas hermosas y profundas que escribía, allí se
sorprendieron de su fabulosa erudición, de aquel ser, siempre extraño en
el mundo, que parecía asumir en sí, apasionada y agónicamente, la
responsabilidad de la cultura.
Un día aciago, al ir a cruzar la calle, un coche ciego lo
despanzurró. Antes lo había despanzurrado la vida. Su cuerpo muriente
fue abandonado en la calle. Así y todo duró un puñado de días más.
Sobre la tierra quedan unos papeles, unos libros, para que alguna vez
alguien se entere de lo que amó y padeció su alma. Pero en el lugar de
los justos -que sí hay un cielo donde en presencia de Dios se consuma la
justicia--, por la fiera pureza de su vida y la dulcísimo generosidad de
su corazón, acaso lo aguarda la divina alegría.
He aquí algunas de sus huellas:
Susurros del eco
Cuando sólo queda el eco de mi canto, cuando se evapora el porqué de
mi llanto, y sólo queda el suspiro de un día pasado,...
Rezamos al porqué la oración gris de los espectros, que traman su
victoria en el día azul de los difuntos, en el que planeamos la razón de
todos los lamentos, enterrados en el pretérito de todos los días
pasajeros acumulados en la memoria, disecado por la flor de los vientos
que ululan su esperanza al porqué de los deseos.
Sólo queda la memoria. Sólo quedan los espectros. Sólo queda el
vacío. Sólo queda el lucero. Sólo queda la noche. Sólo queda el
deseo......
Eco de lo eterno
......Y todo termina en la existencia como flores marchitas en el
invierno. ......Y todo comienza de nuevo como el germinar de nuevas
cosechas. ......Y sigue el sol saliendo y continúa la luna poniéndose al
margen de todos los tiempos que nos traen el mensaje venidero del porqué
de toda la existencia, que ruge desde lo más adentro diciéndonos del ser
de las cosas, diciéndonos del mensaje del eco, de voces que nos hablan al
pecho donde guardamos todas las penas, para almacenar todos los designios
que nos impulsan al viaje eterno, de donde sale el eco del mensaje, adonde
va el porqué de los días....
El Cantar de los Duendes
Cuando todo se acaba, como se acaban todas las flores, como se acaban
todos los cantos, como se acaban todos los llantos,... queda inmutable el
suspiro que nos dice el alma sola, que le canta al misterio de la noche la
oración azul de los duendes (que vienen por todos los rincones con sus
miles de murmullos silenciosos, hablándonos del morir de los espectros
momificados en la cueva de los lamentos).
Queda el eco de la vida con sus miles de ceremonias profanas,
hablándonos del sentir de los luceros que sueñan con el ser de los
mensajes que nos envían en la tranquilidad de lo oscuro Esperando el
ritmo de las neuronas.
Alfredo Leiseca (1945-2002)
En Miami, Jorge Valls, 30 de
abril del 2002
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