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ATENEO
#30
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| LO MAS QUERIDO. En su último CD,
“La Negra” incluyó temas que la marcaron y que amó toda su vida. |
Según “La
Negra”, en la gran ciudad, el que no tiene dinero no puede hacer nada.
La cantante tucumana Mercedes Sosa habló de la
presentación en esta provincia de su último disco, “Acústico”, que se
realizará en julio.
“Ver la gente
revolviendo la basura en la puerta de mi casa me pone muy mal”. La voz de
Mercedes Sosa suena firme y a la vez trémula, del otro lado del teléfono, como
si la destacada intérprete tucumana estuviese viendo en ese mismo instante a
los desamparados que tanto la desvelan.
Enfrascada en un ensayo
que suspendió gentilmente para hablar con LA GACETA, “La Negra” contó los
detalles de su último disco, “Acústico”, que presentará el 9 de julio en
Buenos Aires (el mismo día de su cumpleaños), y también de su actuación en
Tucumán a fines de julio. “Hace tiempo que quiero viajar a Tucumán. Quería
ir para el Día del Padre, pero no pude. Espero que esta vez no haya
inconvenientes”, declara.
Claro que, de su última
visita, no tiene muy buenos recuerdos. “A Tucumán la vi muy mal. Me dolió en
el corazón ver, por ejemplo, el puente Lucas Córdoba totalmente destruido. No
podía creerlo. Todo un símbolo de la provincia desplomado. Me sentí muy mal”,
confiesa.
Respecto de su último
disco, la cantante señaló que lo hizo porque hacía mucho tiempo que no sacaba
un nuevo trabajo. “En realidad yo estuve grabando temas para un disco que
terminé el 7 de enero, pero que nunca saqué al mercado. En este, que tiene por
nombre ‘Acústico’, hago una recopilación de los temas que me han marcado y
que he amado toda mi vida. Parte de esos temas fue grabada en 1968, es decir que
son temas muy antiguos”, aclara.
Así, aparecen temas
como “Un son para Portinari”, “Canción de las cantinas”, “Cosechero”,
“Marrón”, “Sólo se trata de vivir”, “Zamba del chaguanco” y “Serenata
para la tierra de uno”, entre otros. “Soy una de las pocas artistas que
puede grabar en vivo. Sólo muy pocas veces grabé en estudio”, aclara.
Exilio interior
Respecto de la situación del país, la artista tucumana reconoció que le duele
mucho ver lo que pasa en esta Argentina arrasada por la crisis. “Yo he sentido
el dolor que causaron los militares durante mi exilio, que fue un exilio de
trabajo. Pero ver que la gente se está muriendo de hambre hoy, en un país tan
rico, es muy duro. Me duele ver cómo va creciendo y avanzando la villa miseria
en Buenos Aires”, declara. En este sentido, Mercedes Sosa asegura que la
pobreza es más digna en el interior del país que en la Capital Federal. “En
las provincias hay más condiciones para que la gente tenga sus chacritas y
críe sus animales para poder subsistir. Pero en la gran ciudad, el que no tiene
dinero no puede hacer nada. Y, por eso, cada vez hay más gente excluida del
sistema, en una suerte de exilio interior que avergüenza”, finaliza.
Mapuches de Río Negro celebraron su año nuevo
San Carlos de Bariloche, 24 de junio (Télam).- La comunidad mapuche Tripan
Antu, de San Carlos de Bariloche, celebró hoy la llegada del año nuevo de los
pobladores originarios del país, ceremonia en la que estuvieron representantes
indígenas de otros parajes rionegrinos, de Chubut, Neuquén y de la provincia
de Buenos Aires.
A
diferencia de otras comunidades indígenas, que hicieron esta celebración el
viernes pasado, en el poblado barilochense de Virgen de las Nieves hubo una
rogativa con "la aparición de los primeros rayos de sol de esta
madrugada", como lo explicó Marta Ranquehue, huerquen (comunicadora) de la
comunidad anfitriona.
La mujer explicó que la celebración de Año Nuevo o "Wiñoy
Tripanto" comienza el 20 de junio, pero que en Virgen de las Nieves la
ceremonia principal se hace en la madrugada del 24.
"Se hace una rogativa en base a conceptos que transmiten los ancianos.
Ellos observan una constelación de estrellas e indican en qué momento debemos
celebrar el regreso del año", explicó Ranquehue.
La ceremonia se hace en el "Rehue", que es un sitio sagrado marcado
con cuatro pequeños maitenes, a donde los "lonkos", o jefes, de otras
comunidades indígenas confluyeron ayer.
También llegaron a Bariloche representantes de las comunidades indígenas
rionegrinas de Anecón Grande, Río Chico, Cerro Bandera, Lipetrén, Wilitray de
Villa Mascardi y de Viedma; de la chubutense Cushamen; de Los Toldos, de Buenos
Aires, y de Villa Traful, en el sur neuquino.
Luego de la rogativa matinal, todos los concurrentes compartieron un almuerzo en
el que intercambiaron noticias de sus comunidades y avanzaron en el proceso de
integración entre comunidades indígenas.
La realización del Wiñoy Tripanto regional en Virgen de las Nieves tuvo una
significación especial, debido al litigio que existe en esas tierras entre la
comunidad Tripan Antu y el Ejército argentino, que exige el desalojo de la
propiedad.
Se trata de un conflicto muy antiguo, que comenzó en los años 30, y cuyo último
capítulo sucedió días atrás, con unos ejercicios militares en el
lugar.
Los indígenas sostienen que están asentados ahí desde 50 años antes de la
llegada del Ejército a la región, a fines del siglo XIX, pero la justicia
federal ordenó el desalojo de los mapuches, quienes luego plantearon un juicio
de nulidad contra esa decisión y esperan el desenlace del proceso legal. (Télam)
Juan
José Saer
Príapo y otros poemas
de El arte de narrar
(Seix Barral Biblioteca Breve, Bs. As., 2000):
Rubén en Santiago
Apenas si había salido de la
Gare de Montparnasse
y ya la lluvia borraba todos los bosques
y el estanque de Versailles. Un día gris, enorme,
reunía los edificios de París a medida
que el tren, impalpable, más alto
que los barrios y más alto todavía que el arrabal,
iba siendo una hilera de ventanas fugaces
para un hombre asomado al balcón de un monobloc
que tosió varias veces mientras lo miraba
cubriéndose los labios con la yema de los dedos. En este
momento él está solo, en la estación de Santiago,
llevando una valija atada con un hilo y un traje oscuro
liviano, que ya ha resultado insuficiente
en Valparaíso e incluso en el vapor: en semejantes
situaciones nos deposita el mar de este mundo.
La flor de la infancia ya está cerrada.
No queda más
que el gran espacio abierto de una estación
en el que suena, de cuando en cuando
algún ruido metálico lleno de ecos o el chirriar de las ruedas
pulidas de alguna vagoneta de carga
sobre el andén atravesado de pasos
difuntos y de manchas de lubricante. (Un ligero
deseo de no haber salido nunca de su casa, los bolsillos
llenos de cartas de presentación.) Viajando,
se percibe, de golpe, el tamaño del mundo,
y al mismo tiempo el ritmo con que se abre y se cierra
la prisión de las ciudades. Y después
también el instante de la estación queda atrás,
con un retroceso doble, en el tiempo y en el espacio,
como iban quedando atrás, en ese mismo momento
la Gare de Montparnasse y el estanque de Versailles y la llanura
cerca de Chartres alisada, deliberadamente,
por la mano de Dios
para volver más alta y (es un decir) más noble su catedral.
Ahora lo vemos trabajando en la redacción
de La Epoca, en un puesto insignificante,
viviendo en un cuarto estrecho en el mismo edificio
que tiembla todo con la marcha de las máquinas, él,
que ha sido recibido a los quince años por dos
presidentes, que ha conocido el gusto del champán
en Managua y en El Salvador por cuenta de la Nación
y que improvisa versos liberales
atacando el oscurantismo y bregando
por la Unión Centroamericana. La fusión mística
entre el poeta y su pueblo ha pasado como un sueño de oro,
la creencia en el propio genio no tiene
valor de trueque en el Banco de Empeños
y el autor de esa hojarasca que durante algún tiempo
un medio atrasado consideraba la cúspide
de la poesía, se despierta un buen día en la otra punta
del mundo, donde la buena sociedad no habla más que francés,
se ríe a carcajadas entre los nombres
de Bécquer o de Zorrilla, ignora por completo
a los oscuros poetas centroamericanos
que él había tomado por Dante y por Homero
y está demasiado ocupada en sus discusiones literarias
como para prestarle la más mínima atención.
Unos patricios ignorantes lo habían celebrado
como poeta y no es más que el epígono
de un anciano ridículo, Campoamor.
Más tarde escribirá Azul, Prosas Profanas,
todo eso: en una palabra, lo adorarán como a un Dios.
Lo pasearán como a una puta decrépita,
de país en país, siempre medio borracho,
saliendo de su casa al mediodía,
despertando al amanecer en alguna embajada,
en algún prostíbulo, en La Nación;
la certidumbre de su genio tendrá
valor de cambio otra vez y bastará
ponerlo frente a una hoja blanca,
en medio de una orgía, para que salga uno de esos
sonetos de cuya música únicamente él tiene el secreto.
Pero en ese momento, cuando el tren
paraba en Le Mans, bajo la llovizna implacable,
en medio de la campiña ligeramente acuchillada,
él prefiere mil veces
que Pedro Balmaceda, el jorobado,
el hijo del presidente, el lisiado que acumula
revistas literarias francesas y libros de París
como otros hijos de ricos cuelgan en las paredes
de su cuarto una colección de pistolas,
no hubiese hecho publicar a su costa los Abrojos
calcados de Campoamor. No es más que otro golpe
en la mejilla frágil de un chico engreído.
Está, como dicen lo jugadores
cuando han perdido hasta el último
centavo, en el fondo del mar. Tiene
que empezar desde cero otra vez. Aceptar
el código arbitrario de un medio
más refinado, porque, después de todo,
él ha venido a conquistarlo y a tenerlo
arrodillado a sus pies. En adelante
se tratará de un trabajo de hormiga, hecho
con un diccionario de mitología
y un diccionario de la rima, de un trabajo
ecarnizado sobre la prosodia francesa,
se tratará de distribuir
de un modo diferente las cesuras
siguiendo el ejemplo de simbolistas y parnasianos
y de explotar algunos metros en desuso.
Habrá que volverse un amanuense
si se quiere mirar el mundo desde arriba,
romper el círculo mágico de los códigos
reinantes para instalarse en su interior
aunque se entregue a cambio una magia
más antigua y se cambie la piel
de la serpiente, llena de trenzas brillantes,
por un abrigo de paño inglés.
Tenía al fin lo que quería,
el tumulto de la gloria a su alrededor,
la identidad deseada, pero que servía,
al fin de cuentas, únicamente a otros,
porque para él, de un modo imperceptible
y para siempre, el nudo de oro
de la poesía había cambiado de lugar
perdiendo su poder mágico
contra el extrañamiento y el horror,
tendría ya lo que quería en el momento
de descubrir que eran los otros los que se lo habían impuesto,
ahora que el tren iba dejando atrás Le Mans
y hundiéndose en una Bretaña lluviosa,
lo que él quería, es decir ningún
deseo, ningún equilibrio, ninguna predestinación
y únicamente la mano decrépita,
deslizándose de izquierda a derecha y sembrando,
con tinta roja, sobre las hojas blancas,
unos signos incomprensibles
en los que otros dicen oír
el canto de las estrellas.
Don Givanni
En la prisión de la piel, el
placer
de Sísifo es su trabajo forzado
y el post coitum triste la libertad
provisoria.
Por Clodia (Lesbia) en el cabaret
Sin embargo tus ojos ardían
recientes bajo las drogas
fugaces y livianos como dos cirios en las sombras.
Acunabas un lobo por corazón, oh queridísima Clodia, oh Lesbia.
Abandonado elijo tu lado bueno: entre las luces
mínimas, las atroces, parecida a un meteoro,
tu cabeza bailaba y expandía como con aspas verdes
la claridad. Abandonado elijo
tu lado triste: a veces, como Dios, no estás
en ningún lado; entonces cierras
los ojos, oh Lesbia, y tiemblas como esas
grandes hojas tropicales mojadas. Abandonado
elijo tu lado esencial: nunca vuelves,
eres como una muerta obstinada, tú,
la oscura patrona del haber sido. Abandonado
elijo tu lado vuelto hacia mí: algo de cuya cara
tu corazón es el reverso.
Segovia (III)
Relojes, de sol, o de arena,
o los otros
arduos como un organismo, que no miden,
sin embargo, nada. Y no es, después de todo,
embarazoso, o melancólico, ni gris, tampoco,
haber pertenecido, de cuerpo entero, al pasado.
Por estas avenidas, que fueron campo e incluso menos
nació, abuela de sí misma, mi voz. La cuna
de la lengua que han mecido, duramente, los años,
hasta dejar, frente a mí, o mejor todavía, en mí,
residuos, astillas, polvo,
casi nada con qué edificar -y de ahí
han de nacer, si es que nacen, como panes, mis piedras.
Que trabaje, que golpee,
dice incansablemente y desde el fondo la voz a mi voz,
en el silencio que han dejado, en la vieja fragua, los herreros.
¿Herreros? ¿Y por qué? No ha de haber sido, finalmente,
fácil estar allí, como ahora, en sus horas,
en la misma irrealidad o mar de la lengua,
nadando, desde el shock del naufragio,
hacia
islas inciertas
que ningún mapa, hasta entonces, señaló.
Venus y Adonis
Todo sudor, músculo, espuma,
el vaivén del abrazo
en sangre, carne, pelos: gritos,
garras -los ojos
vueltos, enteramente, hacia sí,
hasta un sin en sí, una
nada que irá siendo
como un aura que sube
de los cuerpos abandonados,
otra vez, y poco a poco,
esperanza o recuerdo.
En la tumba de Sartre
Tu no ser es mi
estar
sentando en esta tumba, en una
siesta de abril, bajo un sol
tierno, y en un lugar al que le dicen
el mundo -el gran en sí
descubierto, a pleno cielo,
sin la luz que titila adentro,
y en el que esta otra luz, de lo que está
sentado y, provisoriamente, nombra y te
nombra, va pasando, indecisa y lenta,
para que todo, para todos, por fin,
o para nadie, mejor, entero,
resplandezca. Hasta aquí se llega
por muchos
caminos.
El arte de narrar
Ahora escucho una voz que no
es más que recuerdo. En la hoja
blanca, el ojo roza la red negra que brilla, por momentos,
como cabellos inmóviles contra la luz que resplandece, tensa,
al anochecer. Escucho el eco de una palabra que resonó
antes que la palpitación del oído golpeara, y se estremece
la caja roja del corazón simple como un cuchillo. ¿No hay
otra cosa que días atravesados de violencia sutil, detención
abierta hacia momentos más blancos que el fuego? Está el rumor
del recuerdo de todos que crece -el resonar de pasos
sobre caminos duros como planetas que se entrecruzan en regiones reales-
con el mismo rumor inaudible de los cuerpos que se abren
y de la lluvia verde que se abre imposible hacia un árbol glorioso. Nado
en un río incierto que dicen que me lleva del recuerdo a la voz.
El arte de narrar
Llamamos libros
al sedimento oscuro de una explosión
que cegó, en la mañana del mundo,
los ojos y la mente y encaminó la mano
rápida, pura, a almacenar
recuerdos falsos
para memorias verdaderas.
Construcción
irrisoria, que horadan los ojos del que lee
buscando, ávidos, en el revés del tejido férreo,
lo que ya han visto y que no está.
Porque
estas horas
de decepción, que alimenta la rosa
del porvenir donde la vieja rosa marchita
persevera, no quedarán
tampoco entre sus pétalos,
flor de niebla, olvido hecho de recuerdos retrógrados,
rosa real de lo narrado
que a la rosa gentil de los jardines del tiempo
disemina
y
devora.
Príapo
Unicamente el hombre no
renace; y los dioses,
que nacen de las cosas, se transforman en cosas, otra vez. La liebre
en cambio, cuando, en medio del salto,
el acero la inmoviliza, ya había
renacido en el cachorro que juega, blando y tranquilo,
en la luz tibia. No en tanto
que dioses y que bestias, Venus y Adonis,
en una cama de mirto y rosas, sino que como humanos,
abandonados, copulan.
Por muerte y no
por renacimiento. Esperma, pelos, sangre:
insulto y lamento -y más adentro todavía, más,
más todavía, ahora, mientras el fondo, negro,
se retira, y el abismo se abre, rojo y humedecido,
a sombras que dicen ser, para la yema de los dedos, cuerpos férreos.
Noche de vísceras que órganos ciegos, perdidos, palpan. Por ese
atajo sin fin los dioses
se vuelven hombre y mujer y engendran
Príapo, el ser
del que el cuerpo entero
es apenas el reverso borroso de la verga
y a cuyo paso
hasta el rebuzno de las bestias le da la alerta a las ninfas
y les señala, perentorio, al violador.
Por el campo, el ser intermedio, que nace y muere
sin renacer, a la rastra de su verga,
improvisando infinitos,
espanta bestias y dioses
y cae, y vuelve a caer, una y otra vez,
en la misma trampa opaca.
El yo
se yergue o se entreabre, punta roja o revés
de terciopelo, titilaciones y ondulación
del deseo -se dice único
y cae, por último, en un sueño senil,
del que arruga y delirio
son la puerta del fin sin fin. Perplejo,
Príapo, desnudo en el día arduo,
entre latidos confusos y recuerdos desgastados,
de rodillas
ante su propio monumento
busca cuerpos que borren la visión
de una certeza ignorada.
Estampida
de ninfas crédulas
y terror
ante la esperma impaciente.
La criatura
erra sin saber
por un país misterioso
que no entrega
ni nombre ni sentido-
exceso de deseo
que no se basta con ser
deseo y transmisión
sino que quiere
saber
de qué es deseo, y cómo,
y hasta cuando y, sobre todo, por qué.
Para una muerte
que no renace en otro,
ni en otros, en el aire
enceguecedor, entre Deimos y Fobos,
de su misma raza, Príapo adora
la sombra de la sombra de una sombra
y lo liso lo alcanza
como un cuchillo
que pidiese, a su vez, adoración.
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