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ATENEO
#35
1834 -10 de Noviembre
-2002
Aniversario
del nacimiento de José Hernández
Creador del poema más grande de la
historia gauchesca: EL MARTÍN FIERRO
Homenaje al defensor de los derechos del gaucho argentino
" Atención pido al silencio
y silencio a la atención
que voy en esta ocasión
si me ayuda la memoria
a mostrarles que a mi historia
le faltaba lo mejor.
Viene uno como dormido
cuando vuelve del desierto;
veré si a esplicarme acierto
entre gente tan bizzarra
y si al sentir la guitarra
de mi sueño me despierto.
Siento que mi pecho tiembla
que se turba mi razón
y de la viguela al son imploro
a la alma de un sabio
que venga a mover mi labio
y alentar mi corazón. "
A la sombra de un esplendoroso ombú y acunado
por el paisaje bonaerense, nació el 10 de Noviembre de 1834 en los caserios de
Pedriel en la chacra de su tio Juan Martin de Pueyrredon Partido de San Martín
Bs.As(República Argentina).
Demostró ambición por el estudio en la
instrucción primaria pero tuvo que abandonar por causas de una enfermedad
repentina y se marchó al campo en busca de salud. Desde entonces todo lo
aprendió por esfuerzo personal.
Observador entusiasta de los rudos trabajos de
ganadería que dirigía el padre y desempeñaban los gauchos, luego, también
él participaba de estas tareas siendo ya joven entró en contacto con el estilo
de vida, la lengua y los códigos de honor de los gauchos.
Fue un autodidacta y, a través de sus numerosas
lecturas, adquirió firmes ideas políticas. Entre 1852 y 1872, época de gran
agitación política, defendió la postura de que las provincias no debían
permanecer ligadas a las autoridades centrales establecidas en Buenos Aires.
Participó en la última rebelión gaucha, la de
López Jordán, un desdichado movimiento que finalizó en 1871 con la derrota de
los gauchos y el exilio de Hernández. A su regreso a Argentina en 1874,
continuó su lucha por otros medios tales como el periodismo y el desempeño de
varios cargos oficiales. Pero fue, sin embargo, a través de su poesía como
consiguió un gran eco para sus propuestas, y la más valiosa contribución a la
causa de los gauchos. El gaucho Martín Fierro (1872) es un poema épico popular
y está considerado una de las grandes obras de la literatura argentina.
Tras la onceava edición, en 1879, publicó La
vuelta de Martín Fierro.
El gran mérito del autor del Martín Fierro fue
el de llevar a la literatura la vida de un gaucho, contándola en primera
persona, con sus propias palabras e imbuido de su espíritu.
En el gaucho, Hernández descubrió la
encarnación del coraje y la integridad inherentes a una vida independiente.
Esta figura era, según él, el verdadero
representante del carácter argentino, noción que le situó en directa
oposición con el curso de los acontecimientos y con poderosos intereses
políticos.
En 1881 escribió Instrucción del estanciero y
fue elegido senador provincial, reelecto en 1885.
Luchó por la autonomía de los gauchos.
Curiosamente lo que no consiguió en su
actividad política lo obtuvo por medio de la literatura.
Su poema épico conocido como Martín Fierro,
formado por dos partes El Gaucho Martín Fierro (1872 - 395 Versos) y La Vuelta
de Martín Fierro ( 1879 - 798 Versos), se convirtió en la obra capital de la
literatura argentina y reflejo de la paz, sencillez e independencia de la gente
de la Pampa: Los gauchos.
10 DE NOVIEMBRE DIA DE
LA TRADICCION
Hacia el año 1939, bajo la iniciativa de la
Asociación "Bases" y la ley propuesta por Don Edgardo J. Miguez y Don
Atilio Roncoroni a la legislatura de la Provincia de Buenos Aires, se votó por
unanimidad, el proyecto de declarar el 10 de Noviembre de cada año, "Día
de la Tradición".
Este día se celebra el nacimiento de uno de
nuestros vecinos más ilustres José Hernández, autor del inmortal
"Martín Fierro" y propone la Ley que en las escuelas públicas se
dicten clases especiales de carácter folklórico, de arte, de ciencia y música
nativa.
José Hernández fue periodista, maestro,
escritor, político y militar, sus pasiones fueron la causa Federal, la
revaloración del hombre de campo y de las tradiciones Argentinas.
Su libro mas conocido el ³MARTIN FIERRO² ha
sido traducido a 39 idiomas, entre ellos el japonés y el quichua. Representa en
el mundo la poesía folklórica de tema gauchesco argentino por excelencia y
está considerado como un clásico de la literatura hispanoamericana y uno de
los mejores poemas del romanticismo hispano.
Año 1831 - La chacra Pueyrredón
La familia Pueyrredón adquiere la Chacra
Perdriel. Esta chacra ya tenía su historia pués es allí donde se desarrolló
el Combate de Perdriel en el año 1806 y que se conoce en la historia como el
primer hecho de sangrey guerra en el que combatieron soldados nativos para
repeler a los invasores ingleses.
Año 1832 - Una historia de amor
Los padres de José Hernández protagonizaron
una verdadera historia de amor que se inscribe en las crueles luchas entre
Federales y Unitarios.
Cuando Don Mariano Pueyrredón compra la Chacra, su esposa Doña Victoria lleva
a vivir con ella a su hermana menor Doña Isabel Pueyrredón quien es enamora de
un joven de familia Federal Rafael Pedro Pascual Hernández Plata.
Este noviazgo no es bien visto por la familia
Federal del novio que lo presiona para que deje su relación con la joven
Unitaria.El tenía 18 años y ella 19 y a la postre serán los padres de José
Hernández( el autor del Martín Fierro).
Pero el amor pudo más que los desencuentros
entre familias federales y unitarias Se casaron el 13 de Diciembre de 1832 en la
Parroquia de Jesús Amoroso, aquí, en el Partido de General San Martín.
Año 1834 - Nace José Hernández
El matrimonio vivió en la casona de Don Mariano
Pueyrredón. Allí nacieron los dos primeros hijos: Magdalena y el 10 de
noviembre de 1834 nace José Rafael hernández.
En esta chacra José Hernández pasaría los
primeros años de su vida compartiendo las tareas rurales junto a la peonada.
Cuando José era pequeño quedó al cuidado de
su tía materna Doña Victoria Pueyrredón, pués a su Papá, siendo federal, le
iba muy bien con Don Juan Manuel de Rosas quién lo llamaba para que
administrara un campo del Restaurador.
Año 1840 - Rosas y los Pueyrredón
El gobierno de Rosas se encontraba acosado por
levantamientos y rebeliones; en 1840, cansado de esto, amenazó a todos los
unitarios que quedaban en la provincia de Buenos Aires; los Pueyrredón fueron
amenazados de muerte y tuvieron que huir a Brasil, de noche, para salvar sus
vidas. José Hernández tenía 6 años y fue dejado al amparo de su abuelo
paterno; los niños de esta manera estuvieron a salvo al pasar a un protectorado
de familia federal como eran los Hernández.
Así es, como la chacra de los Pueyrredón queda
deshabitada y presa del saqueo, se destruyeron mobiliarios y permanece 12 años
en estado de semiabandono.
Año 1852 - Caída de Rosas
Con la caída de Rosas vuelve al país doña
Victoria Pueyrredón, viuda de Pueyrredón; la casona vuelve a ser habitada.
José Hernández con 18 años comienza a frecuentar el lugar de sus orígenes;
ya había adquirido muchos conocimientos de la vida del campo y se había
formado una férrea ideología popular.
Durante toda su vida, el poeta, frecuentó su
hogar natal, aquí en San Martín; En 1870 habitó la casa y una de sus hijas
nació allí.
Año 1853 - José Hernández Militar - Político
- Escritor
José Hernández combatió en Rincón de San
Gregorio contra las fuerzas del Coronel rosista Hilario Lagos.
En los años que siguieron Hernández se dedicó
a las más variadas profesiones: escritor, periodista, político y militar; sus
pasiones fueron la causa federal, la revalorización del hombre de campo y de
las tradiciones argentinas.
Año 1871 - Exilio en Brasil
José Hernández se exilia en Brasil para salvar
su vida al ser derrotado López Jordán (caudillo entrerriano con quién luchó
en sus filas contra los gobiernos de Mitre y Sarmiento).
Año 1872 - Publica el Gaucho Martín Fierro
Regresa a la Argentina y el 28 de Noviembre de
1872 se publica "El Gaucho Martín Fierro"; es recibido con tanta
aceptación por el público que en sólo 5 años ya se llevaban vendidos 50.000
ejemplares. Todo un record para la época.
Repentinamente el pais se viste de luto el
Gaucho Argentino representante de los gloriosos Gauchos que dieron su vida por
la Patria dejaba de existir José Hernández fallece en Buenos Aires el jueves
21 de octubre de 1886 atacado por una afección cardíaca tenía 52 años. sus
ultimas palabras fueron para su provincia natal ³buenos aires buenos aires²
ESTE ES UN SENCILLO HOMENAJE AL PATRIOTA
JOSE HERNANDEZ QUIEN DEJO PLASMADA EN UN POEMA LA VIDA DEL GAUCHO ARGENTINO,
JOSE HERNANDEZ EL GRAN DEFENSOR DE LOS DERECHOS DE LOS HUMILDES TRABAJADORES DE
LA TIERRA, QUE DIERON LA VIDA POR SU PATRIA CUANDO ESTA NESECITO DE ELLOS. PARA
QUE NADIE OLVIDE EN ESTA TIERRA A NUESTRO VALIENTE Y GALLARDO GAUCHO ARGENTINO
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SALUD MAESTRO
JOSE HERNANDEZ
folklorecuyano@yahoo.com.ar
INFANCIA Y JUVENTUD DE JOSE HERNANDEZ
Incumbe a este trabajo descubrir y exponer al
José Hernández periodista en la forma más pura posible, es decir sin desviar
la atención hacia otros aspectos de su vida más que en la medida de lo
indispensable.
Pero sin duda alguna un hombre no aparece
espontáneamente con su primera acción trascendente; no lo hace Hernández con
su primer artículo en la prensa. "Las ideas, las creencias y los
sentimientos de los seres humanos dependen, en gran parte, de las enseñanzas
recibidas durante su infancia, adolescencia y juventud" (Romero Carranza,
1963 p. 11).
Es por ello que no puede iniciarse una semblanza
periodística hernandiana sin hacer referencia a la formación en los días de
su niñez y juventud que constituyen su bagaje espiritual primigenio. Hernández
nació en la chacra de Pueyrredón (antiguo caserío de Pedriel), propiedad de
su tía materna Victoria Pueyrredón en el actual partido bonaerense de San
Martín, el 10 de noviembre de 1834. Fueron sus padres don Rafael Hernández y
doña Isabel Pueyrredón.
Recibió el bautismo con el nombre de José
Rafael en la parroquia de la Catedral del Norte, hoy Basílica de la Merced, en
la ciudad de Buenos Aires, el 27 de julio de 1835.
La vida de Hernández apareció marcada desde su
nacimiento por el entorno político de la época. Fermín Chávez (1959, p. 9)
resume la situación del siguiente modo: -La madre pertenecía a una familia de
filiación unitaria y era prima hermana de Juan Martín de Pueyrredón, por lo
cual José resulta primo segundo del pintor Prilidiano Pueyrredón.
El padre, en cambio, militaba en el partido
federal, al igual que sus hermanos Eugenio y Juan José Hernández, este último
muerto durante la batalla de Caseros.
Tempranamente quedó al cuidado de su tía
Victoria, llamada "mamá Totó", mientras sus padres solían pasar
largas temporadas en estancias del sur de la Provincia.
Pero sus tías debieron emigrar por razones
políticas y José fue dejado al cuidado de su abuelo paterno, José Gregorio
Hernández Plata, que vivía en una quinta de Barracas sobre el Riachuelo. A los
seis años José Hernández comenzó sus estudios en el Liceo Argentino de San
Telmo, dirigido por Pedro Sánchez.
Desde 1841 hasta 1845 se formaría conforme a
los hábitos y reglamentos de la época, en lectura y escritura, doctrina
cristiana, historia antigua, romana y de España, aritmética, dibujo y
gramática castellana.
Amén de ello, Chávez (ibid., p. 10) señala:
"Por un aviso de "La Gaceta Mercantil", publicado el 27 de agosto
de 1845 y en ediciones posteriores, tenemos conocimiento de que ese año José
Hernández cursaba todavía en las aulas del Liceo de Pedro Sánchez y que las
clases habituales habían sido aumentadas con otras de francés, geometría y
geografía, a las que concurrían "gratis y en premio los alumnos que por
su capacidad y ejemplar conducta se han hecho acreedores a tal
distinción".
Los alumnos beneficiados así por el maestro
Sánchez -que acababa de trasladar su escuela a Reconquista 221- sumaban
veintidós y entre ellos figuraban Francisco y Juan José Urquiza, José
Mariño, Teófilo Ezeiza, Manuel Badía, Nicolás Rivero y José
Hernández."
Falleció la madre de José Hernández en 1843 y
debido a que él estaba afectado por una dolencia física, al parecer del pecho,
por la que le fue prescripto un cambio de clima, debió abandonar las aulas
hacia 1846 y fue llevado por su padre, que trabajaba como mayordomo en
establecimientos ganaderos de Rosas, a la pampa bonaerense donde se recuperó.
Chávez (ibid., p. 11) refiere del siguiente modo aquellos días: "Es así
como, a los doce años de edad, Hernández entra en contacto directo con el
gaucho y con sus tareas de todos los días, en una época caracterizada par la
intensa actividad de los saladeros.
Su hermano Rafael lo dice en una de sus
clásicas páginas sobre la juventud de aquél: "Allá en Camarones y en
Laguna de Los Padres se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varies
entreveros y presenció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de
que hoy no se tiene idea.
Esta es la base de los profundos conocimientos
de la vida gaucha y amor al paisano que desplegó en todos sus actos"
(Rafael Hernández. Pehuajó, 1896)."
Así recogió una visión acabada y de primera
mano de la realidad del hombre de la campaña, donde fue uno más y pudo
"captar el sistema de valores, lealtades y habilidades que cohesionaban a
la sociedad rural" (Gramuglio, 1980, p. 2).
A los 19 años de edad, en 1853, ingresó en las
filas del ejército e intervino en la represión del levantamiento del coronel
Hilario Lagos contra el gobierno de Valentín Alsina, estando bajo las órdenes
de los coroneles Pedro Rosas y Belgrano y Faustino Velazco y resultó vencido en
San Gregorio, el 22 de enero de ese año.
A1 año siguiente actuó nuevamente, esta vez
como teniente, contra las fuerzas de Lagos en la batalla de El Tala, donde su
bando resultó victorioso.
Después de haberse batido a duelo con otro
oficial, por razones políticas, abandonó las filas de la milicia y emigró a
Entre Ríos, en 1858.
Dos años antes había iniciado su labor
periodística en "La Reforma Pacífica", órgano del Partido Federal
Reformista al que adhirió. "Testigos de la época lo describen sencillo y
conservador, hablando con voz estentórea, arrebatado por los avatares de la
política pero con tiempo para detenerse en el mercado, donde se pasaba
escuchando los dichos y chistes gauchescos de los carniceros, que entonces eran
todos criollos de pura cepa y de indumentaria campera" dice Gramuglio
(ibid., p. 2). Sedano Acosta ( 1962, p. 192) lo describe a su vez asegurando
que: -Era un bello tipo de criollo: corpulento, vigoroso, atezado, de pelo
lacio, de voz potente, probada en las faenas del campo y en las de la ciudad,
ágil de cuerpo y de ingenio.
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José
Hernández (1834-1886)
El genero de la payada
En el Río de la Plata, donde publicó
artículos referidos a la cuestión del gaucho y de la tierra, la política de
fronteras y el indio, temas que articularía literariamente en el Martín
Fierro.
Participó en el levantamiento del Coronel
López Jordán contra el gobierno de Sarmiento en Entre Ríos, y de regreso a
Buenos Aires, en el Gran Hotel Argentino de 25 de mayo y Rivadavia, terminó de
escribir El Gaucho Martín Fierro, editado en diciembre de 1872, por la imprenta
La Pampa.
Tras su onceava edición, en 1879 publicó La
Vuelta de Martín Fierro.
Fue diputado provincial y en 1880, siendo
presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización,
por el cual Buenos Aires pasó a ser la capital del país.
En 1881 escribió Instrucción del estanciero y
fue elegido senador provincial, cargo para el cual fue reelecto hasta 1885. El
21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano.
Buenos Aires, Buenos Aires, fueron sus últimas
palabras.
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José Hernández
(1834-1886)
Escritor argentino, militar, politico y
periodista. Creador del extenso poema "El gaucho Martin Fierro",
Hernandez se situa como el mayor exponente de la poesia gauchesca. Obra de
multiples aspectos, "Martin Fierro" ha sido profusamente estudiada a
partir del Modernismo.
Entre los numerosos y variados comentarios de
criticos y escritores, hispanoamericanos y extranjeros, se ha llegado a
considerar el poema de Hernandez como precursor de la literatura de protesta
civil en Hispanoamerica, asi como el primer poema epico-lirico-didactico de la
nacion Argentina.
Por su valor artistico y humano, la obra rebaso
las fronteras geograficas y temporales.
Hijo del federal Rafael Hernandez, de origen
gaucho, y de Isabel Pueyrredon, cuya noble familia era partidaria de los
unitarios, Jose Hernandez nacio en la alqueria de Pedriel, cerca de Buenos
Aires.
Por motivo de negocios, el padre decidio llevar
al campo y dejar a sus hijos Magdalena y Jose al cuidado de sus tios Victoria
("Mama Toto") y Mariano Pueyrredon.
La infancia de Jose se desarrollo en ese
ambiente hasta 1840, año en que se traslado a vivir con su abuelo materno en
Barracas, debido a que sus tios se vieron a emigrar a Brasil por razones de
indole politica. Hernandez estudio en el Liceo Argentino de San Telmo y en 1846,
muerta la madre, su padre decidio llevarselo a las pampas.
Las experiencias en el campo y el contacto con
la vida gaucha durante parte de su niñez y juventud, dejaron importante huella
en el futuro poeta.
Desde 1853 hasta 1886, Hernandez participo
activimante de las luchas civiles de su pais. A diferencia de otros romanticos
de entonces, se hizo federal y se alisto en el ejercito rosista, hecho qeu
desencadeno la enemistad entre el y Sarmiento. En 1858 emigro a Parana en donde
realizo actividades politicas, periodisticas y laboro como contador de una casa
comercial.
De regreso a Buenos Aires, fundo el periodico
"El Rio de la Plata" (1869-1870), en el que asumio las protestas
contra las injusticias de las qeu considero era objeto el gaucho, despues del
triunfo liberal y en especial durante el gobierno de Sarmiento.
Relegado ante la avanzada de la civilizacion, el
gaucho estaba destinado a desaparecer. Las formulaciones politicas de Hernandez
contra el reclutamiento forzoso, el abuso de autoridad y el envio de gauchos a
la frontrera para contener las incursiones de indios, se vieron despues
reflejadas en su "Martin Fierro".
El poeta capto y describio en su momento
historico el tragico destino del gaucho.
En 1870, tras la derrota del levantamiento de
Lopez Jordan, Hernandez se refugio en Brasil.
En 1872 viajo a Buenos Aires y publico la
primera parte del "Martin Fierro", conocido como la "Ida";
en 1873, perseguido por Sarmiento, salio a Montevideo y dos años mas tarde
regreso a la capital argentina; continuo participando en la politica y en 1879
publico la segunda parte del poema conocida como la "Vuelta".
En su totalidad, el "Martin Fierro"
esta compuesto por XXXIII cantos que rebasan los 7000 en su mayor parte
octasilabos, dispuestos en mas de 1000 sextinas, algunas redondillas, cuartetas,
romances y una decima.
Hernandez tomo de la tradicion de la poesia
gauchesca, realizada por hombres cultos, temas-topico y formas de composicion y
estilo; se presume que tambien pudo haber absorbido elementos de la poesia de
los gauchos payadores del siglo XVIII, utilizada todavia, entre otras clases de
poesia, por cantos errantes de tipo gauchesco de mediados del siguiente siglo.
Dentro de la tradicion gauchesca, Hernandez
representa el punto mas algido de evolucion. En sus propositos de expresar, a
traves de su protagonista Fierro, el modo de ser, de sentir, pensar y expresarse
del gaucho, convirtio la poesia gauchesca, cuyos antecedentes fueron Hidalgo,
Ascasubi y Estanislao del Campo, en la expresion de la esencia vital de un tipo
social menospreciado y perseguido.
La obra de su coetaneo Lussich significo un
antecedente inmediato de esta intencion en la recreacion poetica. Hernandez no
intento copiar ningun modelo extranjero; leyo a sus antecesores y conocio la
poesia romantica decimononica del mundo hispano. "Martin Fierro" gozo
de gran popularidad entre los hombres del campo que constituyeron su publico; el
poeama era recitado, oido y enormemente gustado.
La critica culta no valorizo en su tiempo la
obra de Hernandez, hasta que Leopoldo Lugones la rescato y la entrego a una
historia diferente, la de las letras hispanoamericanas. Jorge Luis Borges dijo
de el: "Expresar hombres que las futuras generaciones no querran olvidar es
uno de los fines del arte; Jose Hernandes lo ha logrado con plenitud."
Murio siendo senador en Buenos Aires.
El poema de estilo sencillo, conjuga la epica y
la lirica; lo pintoresco realista, lo patetico y el didactismo.
No hay descripcion fisica ni moral del
protagonista pues encarna un tipo social.
Hay pasajes costumbristas y riqueza en
personajes.
El sentido oral es fundamental en incluye el
genero de la payada.
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José Hernández
-Se le considera como la figura que ha
mitificado al gaucho.
-Fue político, periodista. Autor de una sola
obra: Martín Fierro (1872-1879).
-Le tocó vivir en un periodo caótico en la
Argentina. Hubo un gran auge en la industria ganadera y la aprtura de la
frontera que presenció el comienzo de la total destrucción de la población
indígena.
-Su padre creció en el campo. Cuando muere su
padre, Hernández se va a vivir a una finca. Es allí donde aprende la vida del
campo y los valores y la fuerza dominadora del gaucho.
-Aunque apreciaba la labor del gaucho nunca
llegó a representar a los grandes estancieros que tuvieron papeles importantes
en el gobierno federalista ni llegó el mismo a ser gaucho.
-Su familia se dividía entre federales y
unitarios. El fue federal y odiaba a Sarmiento.
-Cuando cae Rosas, Hernández apoya a Urquiza,
caudillo federal.
-Hernández se opone a Domingo Faustino
Sarmiento cuando éste asume la presidencia en 1868 contra quién escribe
artículos en el periódico El Río de la Plata.
-En 1873, después de que los políticos a
quienes apoyaba mueren o son derrotados, emigra al Brasil y finalmente a
Montevideo en donde vive del periodismo.
-En 1872 publica su Martín Fierro con el
propósito de rescatar la figura del gaucho que durante los años de
independencia había peleado con valor, a veces sin enterarse de cuál causa
defendía.
-En su obra asume postura defensiva del gaucho.
Por un lado quiere defender los intereses del
gaucho, captando las idiosincracias de su existencia y su vida llena de peligro
y aventuras; por otro, quiere atacar las fuerzas del gobierno de Sarmiento por
haber igualado al gaucho con la barbarie.
-Esta obra tuvo mucho impacto.
-La obra pretende preservar los valores del
hombre del campo.
-Es a veces paternalista
-Se hace un contraste nostálgico de la vida
pasada del gaucho como un tiempo feliz como opuesto al periodo posterior a 1872
en que el gaucho es perseguido y atacado.
Es durante el gobierno de Sarmiento cuando se
recruta a los gauchos para pelear en la frontera contra los indios.
-El gaucho se convierte en un mito nacional en
esta obra de Hernández, en un momento en que la imigración europea en
Argentina está en su cúspide.
-El éxito de la obra se refleja en las once
ediciones publicadas en menos de seis años.
-Cuando escribe "La Vuelta" ya el
gobierno unitario no está en el poder (1879). Se intenta integrar al gaucho a
la sociedad para que no quede aislado.
-La segunda parte ofrece consejos al hombre de
campo para que se ajuste a la nueva sociedad argentina. Debe obedecer las leyes,
la religión, la educación, y todo lo que representa "la
civilización".
-Con esta obra y otras que vendrán más
adelantes, el gaucho se convierte en una figura mítica nacionalista argentina.
La Jornada Semanal, domingo 1 de diciembre
del 2002 núm. 404
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Recordando
a Nicolás Guillén
Guillén
va con la música
Nancy
Morejón
De
la isla de Cuba, yoruba, mulata, mestiza y criolla, trajimos estos textos inéditos
de estudio y admiración por la obra de Nicolás Guillén. Hay aquí cartas inéditas,
poemas, ensayos sobre su poesía amorosa, su relación con la música y su
expresión social. Cien años después de su nacimiento, el son que inventó y
nos heredó sigue recorriendo las calles y los campos de Cuba y del mundo de
habla hispana. Junto a su voz están las palabras de los poetas y escritores que
amaron la cultura negra americana: Claude McKay, Langston Hughes, Luis Palés
Matos, Castro Alves, Carpentier, Pereda, Guirao, Tallet, Ballagas, Walcott y Aimé
Césaire. Recordar a Nicolás Guillén significa un retorno a nuestra raíz
negra, una experiencia lírica y una exigencia de justicia. Damos las gracias a
su nieto, Nicolás Hernández Guillén, por su insustituible y entusiasta
colaboración en la hechura de este número.
A
la memoria de Nilo Rodríguez
La
poesía de Nicolás Guillén es una flor del trópico; su importancia para la
lengua española así como para la historia cultural de Cuba y el Caribe son
hechos que todavía hoy inspiran a muchos estudiosos y despiertan la curiosidad
de innumerables lectores en diversas lenguas y en todo el orbe.
Cuando
se cumplió el cincuentenario de los Motivos de son (1930) se removieron
muchos temas en el ámbito cultural de la Isla, y quedó grabada la huella de su
presencia. Mirta Aguirre volvía a celebrar la llegada a nuestro país de una
vanguardia artística que miraba hacia dentro, hacia las posibilidades
fundamentales de una voz nacional en donde se desdibujaran los bordes entre lo
culto y lo popular. Precisaba Mirta:
Aunque viejísimo en la historia
musical del país, el son había sido siempre danzario acontecimiento popular
mestizo de las regiones orientales. Los salones que se respetaban a sí mismos
no lo aceptaban, lo mismo que demoraron mucho en admitir la conga y otros
"bailes de negros".
Fue preciso que George Gershwin hiciese
del montuno de Échale salsita, de Ignacio Piñeiro, tema fundamental de su
Obertura cubana, y que el son desbordara las fronteras isleñas y conquistase a
las orquestas norteamericanas y europeas, para que La Habana y, en general, la
gente distinguida de San Antonio a Maisí, se rindiera al fascinante atractivo
de El que siembra su maíz, La mujer de Antonio o Son de la loma, de Miguel
Matamoros; del Papá Montero, de Eliseo Grenet, o del Bruca maniguá, de Arsenio
Rodríguez.
La resistencia había sido grande,
pero, al fin y al cabo, el ritmo bullía en la sangre.
Posteriormente,
han sido innumerables los músicos, cultos o populares, que han compuesto obras
partiendo no sólo de los primeros textos de Nicolás Guillén sino de poemas
mucho más lejanos en el tiempo. Es el caso del maestro Harold Gramatges, Premio
Reina Victoria, quien ha narrado su experiencia con el poema "Guitarra en
duelo mayor". En aquel mismo escenario, César Portillo de la Luz contaba cómo
su Son al son está raigalmente inspirado en las formas métricas
halladas por Guillén.
Volviendo
a los compositores sinfónicos, ¿quién podría olvidar la maravillosa obra del
mexicano Silvestre Revueltas que es una magistral evocación de ese mágico
poema llamado "Sensemayá (canto para matar una culebra)"? Sería
interminable la lista. Pero encontramos nombres como los de Gisela Hernández,
José Ardévol, Hilario González, Julián Orbón, Félix Guerrero –ya
fallecidos–, o Edgardo Martín, Juan Blanco y Héctor Angulo, entre otros.
Casi
simultáneamente a esta primera explosión de música culta, los hermanos Eliseo
y Emilio Grenet dejaron para el cancionero cubano joyas que han perdurado en la
voz de una leyenda viva de esos años como lo es Ignacio Villa, Bola de Nieve.
Mucha de la trascendencia de Bola –cuyo arte floreció en medio del apogeo que
dejaron declamadores como Luis Carbonell y Eusebia Cosme– nació de ese
frecuentar los poemas de Guillén, especialmente su conocido Motivo "Tú no
sabe inglé" o el "Canto negro" de Sóngoro cosongo
(1931). Bola de Nieve es, sin dudas, un icono de esta expresión nacional en
donde la poesía emana no sólo del texto sino de la naturaleza misma de viejos
cantos ancestrales. En nuestros días, es menester mencionar el maravilloso
trabajo musical de los españoles Víctor Manuel y Ana Belén cuyo disco La
paloma de vuelo popular, aparecido en el primer lustro de los setenta, ha
marcado un insustituible hito en este sentido.
En
la cuerda de la canción encontramos valiosas composiciones de Walfrido Guevara,
Amaury Pérez, Marta Valdés y María Álvarez Ríos, entre esa inmensa cantera
de trovadores populares que atendieron como algo propio la obra de Guillén. En
la década de los ochenta, también resultó atendible el acercamiento a esta
modalidad que realizara Pablo Milanés y, ya en los noventa, el de José Luis
Cortés. Las corales cubanas, desde el Orfeón Santiago hasta la Schola Cantorum
Coralina, enriquecen su repertorio cantando lo mejor del cantor de las gracias
de Cuba.
Sin
duda, a lo largo y ancho de su centenario, como vislumbrara Nilo Rodríguez,
Guillén va con la música.
La
Jornada Semanal,
domingo 1 de diciembre del 2002 núm.
404
Nicolás
Hernández Guillén
El
escribidor de cartas
Rosa
Portillo siempre lamentó que Nicolás Guillén tuviese una indeclinable vocación
de viajero. Las numerosas cartas de mi abuelo, sus regalos, sus promesas de
amor, no fueron consuelo suficiente para tanta despedida, tanta soledad y tanto
rumor que le acechaba en cuanto el barco o el avión en que él partía se hacía
el azul, en el azul del cielo o cielo en el confín del mar.
Aunque
nada la consoló, ella se ocupó de guardar con cuidado en un gran libro azul
todas las cartas que él le escribiera, más de quinientas. Seguramente a ella
debemos lo que sería en el tiempo la tradición familiar de conservar las
cartas de mi abuelo.
Hay
muchas cartas de amor en la correspondencia que mi abuela conservó. Esas
primeras páginas del gran libro azul están recorridas por la misma
espiritualidad que anima en el poemario Cerebro y corazón, que la crítica
ha emparentado con Rubén Darío y con Bécquer. Espíritu incrédulo, mi abuela
decía que eran literatura, dando pie a las protestas y el enojo de Papá Nicolás.
Claro
que eran literatura, pero también eran verdad. A su manera la quiso mucho.
Treinta años después de iniciada la relación sus cartas seguían siendo
tiernas, apasionadas, dulcemente enamoradas, casi indefensas, casi.
Cuando
leí por primera vez la correspondencia familiar de mi abuelo, me sorprendió la
minuciosidad en las descripciones de la gente, los lugares, sus actividades
literarias, los gastos, los ingresos, la ropa, las comidas, etcétera.
Informaba
a mi abuela hasta el último detalle, como si pretendiera que ella pudiese ver
todo lo que él veía, lo que escuchaba, lo que sentía.
Otro
aspecto que me llamó la atención es la cuidadosa elaboración de casi todas
las cartas. Aún cuando muchas fueron escritas con premura, aprovechando el
tiempo antes de un acto, la espera de un avión u otra ocasión similar. Digo
cuidadosa elaboración porque son escasísimos los borrones o tachaduras en sus
cartas y en general se aprecia que prestaba especial atención a la composición
de sus planas, pero sobre todo porque es visible el cuidado en la elaboración
del texto: desde un principio va creando la atmósfera apropiada, proporcionando
la información necesaria, preparando la escena para lograr el clímax deseado,
ya se trate de un chiste o la declaración de un sentimiento. Al leerlas uno
tiene la impresión de que es conducido por un espacio y un tiempo en el que
inevitablemente tendrá lugar todo lo que él pretendía que ocurriese.
Y
por supuesto hay también algunos poemas entre las cartas de mi abuelo. Quizá
el más significativo sea "Rosa tú, melancólica", escrito en Caracas
en la madrugada del 18 de febrero de 1946 y enviado de inmediato a mi abuela,
como remedio contra la desconfianza que la embargaba ante la interminable dilación
de las gestiones para viajar a encontrarse con él.
En
los primeros días de 1947 estaba Nicolás Guillén en Chile, preparándose para
viajar a Buenos Aires y enfrascado en los preparativos para la publicación de
su libro. Entonces ocurrió en La Habana un acontecimiento que trastornaría
totalmente la geografía de sus afectos. El 12 de enero de ese año nació
Orlando Nicolás, su primer nieto.
Si
tuviera que caracterizar en un solo rasgo el componente afectivo de la
personalidad y las convicciones, incluso políticas, de Nicolás Guillén, diría
que ese rasgo es el inmenso amor que sintió por los niños. Todos los niños,
no ya los de su propia familia, los hijos de sus hermanos, de sus amigos, todos
los niños, los que encontraba en la calle también, hallaron en él una simpatía
y una ternura que no le dedicó a nada más.
Papá
no supo de Orlandito hasta un mes después y ese mismo día, el 11 de febrero,
en carta a mi abuela advertiría:
Por
supuesto desde ahora te adelanto que me pertenece totalmente y que todo el
tiempo andará conmigo.
A
su regreso, tal como había dicho, quiso tenerlo totalmente. Mis padres se habían
radicado en Minas, pequeño poblado al norte de la ciudad de Camagüey donde mi
padre ejercía en la plaza de médico municipal. Papá no soportaba la separación;
visitaba Minas cada vez que podía, exigía que le trajeran a Orlandito a La
Habana con frecuencia, alertaba sobre los innumerables riesgos que acechaban la
salud del niño en tan inhóspito lugar, y al fin, aliado con un asma de
temprano debut, consiguió que mi hermano pasara largas temporadas en La Habana
con él.
Dedicaba
largas horas a jugar con Orlandito. Los vecinos aún lo recuerdan en las tardes
haciendo burbujas de jabón en el balcón, aunque dudan cuál de los dos lo
disfrutaba más. El balcón era también el emplazamiento propicio para la
construcción y el lanzamiento de aviones de papel o de "picúas" que
luego inundaban la calle, la azotea vecina y muchas veces la sala del
apartamento de enfrente. A uno de los dos le gustaba mucho el juego de bolas
porque Papá compró una gran cantidad de ellas, que invariablemente cubrían el
suelo de toda la casa al concluir el juego, con el consiguiente disgusto de mi
abuela que temía, y con razón, que ocasionaran algún grave accidente a las
personas mayores que allí vivían.
Cuando
el tiempo era propicio salían a pasear al Malecón; era el lugar apropiado para
empinar papalotes o chiringas, de acuerdo a los recursos disponibles; y si no
era temporada se podía alquilar autos de pedal a los que por lo visto mi
hermano era muy aficionado.
Nada
le parecía suficiente a Papá cuando se trataba de Orlandito. Tuvo que extrañarlo
enormemente, durante su largo exilio.
Cuando
él partió yo casi no lo conocía. Estaba próximo a cumplir dos años. Mi
abuelo fue sus cartas y sus fotos.
Era
nuestro único abuelo. Por suerte cuando empecé a tener conciencia de su
ausencia, triunfó la Revolución y él pudo regresar. A su regreso cesaron las
cartas. Quizá en aquel momento debimos haberle pedido que siguiera escribiéndonos.
No se nos ocurrió. Seguramente pensábamos entonces que tendríamos ya para
siempre la ternura, la enorme capacidad de asombro y de alegría de Nicolás
Guillén. Teníamos razón.
La
Jornada Semanal,
domingo 1 de diciembre del 2002 núm.
404
Antología
- Nicolás
Guillén
Sobre
la muerte
La
muerte puede llamarse César apuñalado y exangüe, pero es también el amable
faisán decorativo y degollado
que murió para presidir la alegría prometedora de esta noche. Es
el perro municipal babeando su estricnina,
que agoniza en la calle rodeado de muchachos. Es
Sócrates rodeado de discípulos. Es
Shelley exánime yacente sobre la arena
húmeda por la última onda fugitiva. Es
el mamut archimilenario
inmóvil y exhibido en su vitrina siberiana de hielo inmemorial.
Comemos muerte cada día,y la muerte nos roe cada noche.Los poetas, los filósofosgritan:
"Muerte, muerte" –la de ellos.
El
buey desamparado
que se disuelve en sangre torrencial
con el brazo del matarife revolviéndole el pecho, y un dolor
más fuerte que todas las anginas,
¿no es muerte pues?
Quizás la res no sepa nada, pero
¿conoces tú la crispatura de rabia y de impotencia
que hay en un menú?
Saquemos,
pongamos en claro nuestras cuentas.
Repartamos la muerte en todo su tamaño:
del cóndor a la abeja,
del ciervo perseguido y asesinado
al niño que se ahogó en un estanque;
desde el poeta y el filósofo
que gritan: "Muerte, muerte"
(la de ellos)
hasta los que mueren sin saber
qué les sucede, qué les pasa,
qué va a ocurrirles, y ni preguntan
si eso es realmente muerte,
si así es como se muere.
Un
poema de amor
No
sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos: noventa y nueve años.
¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma
un tiempo enorme, enorme, enorme.
Al
fin, como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.
¡Qué explosión contenida!
¡Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera
de saludarnos, de manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.
Después
(ya lo sabéis desde los quince años)
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos.
Todavía
un amor de "lo amo",
de "usted", de "bien quisiera,
pero es imposible"... De "no podemos,
no, piénselo usted mejor"...
Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los amigos.
Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aun seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de morderdura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte...
Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella.
Elegía
a un soldado vivo
Hierro
de amargo filo en dócil vaina,
y el sol en la polaina.
Caballo casquiduro,
trotón americano,
salada espuma y freno bien seguro.
Cuero y sudor, la mano.
Así
pasas, redondo,
encendiendo la calle,
preso en guerrera de ardoroso talle.
Así al pasar me miras
Con ojo elemental en cuyo fondo
una terrible compasión descuaja
cielos de punta en tempestad de iras
sobre mi pecho a la intemperie y hondo.
Así
pasas, sonriendo,
áureo resplandeciendo,
momia ya en la mortaja:
tú, cuya mano rápida me ultraja
si a algún insulto de tu voz respondo;
tú, soldado, soldado,
en tu machete en cruz, crucificado.
Cuatro
paredes altas
que ni tumbas ni saltas;
muda lengua, bien muda,
ya podrida, en la boca.
Vena sin sangre, corazón sin duda,
plomo, madera, roca.
Tan
lejos en tu potro te perdiste,
que hoy no hallas, hombre triste,
solo en ti, sin ti mismo,
voz que ciegue tu abismo,
corriendo como vas a campo abierto,
sino el mazazo que tus toros castra,
y que aunque estalle el porvenir despierto
hacia ese abismo próximo te arrastra:
a ti, pobre soldado,
en tu machete en cruz crucificado.
Labio
de vidrio, seco.
Cabeza de muñeco.
Caña, plátanos, hulla,
saliva de vinagre, espalda roja
donde el látigo aúlla,
marca, hiere, se moja.
Bien te recuerdo, hermano,
limpio, sereno, sano.
Cetrino campesino
de escuetas esperanzas verticales;
mi familiar montuno,
seco y huraño, a tu manera fino;
dios del agro vacuno
donde con almas verdes, musicales,
la sal de tus ensueños dividías:
el cielo, el pan, el techo,
la tierra de tu pecho,
el agua, siempre mansa, de tus días.
Te
faltó quien viniera,
soldado, y al oído te dijera:
"Eres esclavo, esclavo
como esos bueyes gordos,
ciegos, tranquilos, sordos,
que pastan bajo el sol meneando el rabo.
Esta paz es culpable.
¡Cuándo será que hable
tu boca, y que tu rudo pecho grite,
se rebele y agite!
Tú, paria en Cuba, solo y miserable,
puedes rugir con voz del Continente:
la sangre que te lleva en su corriente
es la misma en Bolivia, en Guatemala,
en Brasil, en Haití… Tierras oscuras,
tierras de alambre para vuelo y ala,
quemadas por iguales calenturas,
secas a golpes de puñal y bala,
y en las que garras duras
están en pico y pala
día y noche cavando sepulturas.
Y tú, cuerpidesnudo,
mohoso, pétreo, mudo,
ofreciendo tu cuello,
tus uñas, tu resuello,
para encender sortijas,
empujar automóviles,
y sucio ver el vientre de tus hijas,
con las manos inmóviles."
Sí… Faltó quien viniera,
Y estas simples verdades te dijera.
Ahora
pasas, redondo.
La alegría en el fondo
de ti mismo, y encendiendo la calle
esa guerrera de ardoroso talle.
¿Será posible que tu mano agraria,
la que empujó el arado
sobre la tierra paria;
tu mano campesina, hoy de soldado,
que no robó al ganado
la sombra de su selva solitaria,
ora quitarme quiera
mi pan de cada día,
para hacer aún más gorda la chequera
del amo fiero que en tu máuser fía?
¡Di que no, di que no! Di, compañero,
que tu hermano es primero:
que vienes de la tierra, eres de tierra
y a la tierra darás tu amor postrero;
que no irás a la guerra
a morir por petróleo o por asfalto,
mientras tu impar caldero
de primordial maíz bosteza falto;
y que ese brazo rudo
sólo es del perseguido
a quien nadie recuerda cuando cae,
y a quien el sol desnudo
la tibia sangre en el sudor extrae,
como golpes de un látigo encendido.
¡Di que sí, di que sí! ¡Di, compañero,
que tu hermano es primero!
¡Ah
querido, querido!
No tú, soldado muerto,
soldado tú, dormido.
Ven y grita en mis calles, tú, despierto.
tú, con lengua, con dientes, con oído
de húmeda piel cubierto
el ancho cuello henchido,
y el zapato aplastando el triunfo cierto;
que así ha de ver el mundo suspendido
nuestro futuro abierto,
fragua la una mitad y la otra nido,
y sobre el lomo del pasado yerto
el incendio implacable del olvido,
como una luna roja en el desierto.
Tengo
Cuando
me veo y toco yo, Juan sin Nada no más ayer, y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.
Tengo, vamos a ver, tengo el gusto de andar por mi país, dueño de cuanto hay
en él, mirando bien de cerca lo que antes no tuve ni podía
tener. Zafra puedo decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.
Tengo, vamos a ver, tengo el gusto de ir yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero como se dice en español.
Tengo, vamos a ver, que siendo un negro nadie me puede detener a la puerta de
un dancing o de un bar. O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
Tengo, vamos a ver, que no hay guardia rural que me agarre y me encierre en un
cuartel, ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.
Tengo que como tengo la tierra tengo al mar,
no country,
no jailáif,
no tenis y no yacht,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.
Tengo, vamos a ver, que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.
Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que tengo que comer.
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.
Son
número 6
Yoruba
soy, lloro en yoruba
lucumí.
Como soy un yoruba de Cuba,
quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba,
que suba el alegre llanto yoruba
que sale de mí.
Yoruba soy,
cantando voy,
llorando estoy,
y cuando no soy yoruba,
soy congo, mandinga, carabalí.
Atiendan, amigos, mi son, que empieza así:
Adivinanza
de la esperanza:
lo mío es tuyo,
lo tuyo es mío;
toda la sangre
formando un río.
La
ceiba ceiba con su penacho;
el padre padre con su muchacho;
la jicotea en su carapacho.
¡Que rompa el son caliente,
y que lo baile la gente,
pecho con pecho,
vaso con vaso
y agua con agua con aguardiente!
Yoruba soy, soy lucumí,
mandinga, congo, carabalí.
Atiendan, amigos, mi son, que sigue así:
Estamos
juntos desde muy lejos,
jóvenes, viejos,
negros y blancos, todo mezclado;
uno mandando y otro mandado,
todo mezclado;
San Berenito y otro mandado,
todo mezclado;
negros y blancos desde muy lejos,
todo mezclado;
Santa María y uno mandado,
todo mezclado;
todo mezclado, Santa María,
San Berenito, todo mezclado,
todo mezclado, San Berenito,
San Berenito, Santa María,
Santa María, San Berenito,
¡todo mezclado!
Yoruba soy, soy lucumí,
mandinga, congo, carabalí.
Atiendan, amigos, mi son, que acaba así:
Salga
el mulato,
suelte el zapato,
díganle al blanco que no se va...
De aquí no hay nadie que se separe;
mire y no pare,
oiga y no pare,
beba y no pare,
coma y no pare,
viva y no pare,
¡que el son de todos no va a parar!
Rosa,
tú melancólica
El alma vuela y vuela
buscándote a lo lejos,
Rosa tú, melancólica
rosa de mi recuerdo.
Cuando la madrugada
va el campo humedeciendo,
y el día es como un niño
que despierta en el cielo,
Rosa tú, melancólica,
ojos de sombra llenos,
desde mi estrecha sábana
toco tu firme cuerpo.
Cuando ya el alto sol
ardió con su alto fuego,
cuando la tarde cae
del ocaso deshecho,
yo en mi lejana mesa
tu oscuro pan contemplo.
Y en la noche cargada
de ardoroso silencio,
Rosa tú, melancólica
rosa de mi recuerdo,
dorada, viva y húmeda,
bajando vas del techo,
tomas mi mano fría
y te me quedas viendo.
Cierro entonces los ojos,
pero siempre te veo,
clavada allí, clavando
tu mirada en mi pecho,
larga mirada fija,
como un puñal de sueño.
La
Jornada Semanal,
domingo 1 de diciembre del 2002 núm.
404
Los
poemas de amor de Guillén
Guillermo
Rodríguez R.
Si
uno fuera a buscar el primer poema de amor de Guillén, acaso estaría entre
esos textos becquerianos o darianos que caracterizaron los poemas de juventud de
Nicolás, si no es que fuera alguno escrito para enamorar a alguna condiscípula
en los días de escuela.
Pero
ya desde que en 1930 comienza su aventura con la poesía negra –o mulata, como
él prefiere llamarla, comprendiendo la dualidad cubana–, el poeta nos propone
un modelo de texto en el que conjuntamente con la pasión y la sensualidad, están
expresándose valores que se corresponden con la identidad cubana.
En
algunos textos de Sóngoro cosongo (1931), Nicolás está vulnerando los
esquemas de belleza que los hispanoamericanos heredamos de Europa, y haciéndonos
ver la otra cara de nuestro ser:
Tu
vientre sabe más que tu cabeza
y tanto como
tus muslos.
Ésa
es la fuerte
gracia negra
de tu cuerpo
desnudo.
Signo
de selva el tuyo,
con tus collares rojos,
tus brazaletes de oro curvo,
y ese caimán oscuro
nadando en el Zambeze de tus
ojos.
En
este "Madrigal", Guillén nos presenta una belleza que niega aquellos
"ojos claros, serenos", que Gutierre de Cetina nos imponía en su canónico
texto desde el siglo xvi. Canónico por el modelo de belleza que proponía, pero
también por el tono elegante, suave, delicado con que se presentaba esa
belleza, y que desde entonces iba a definir al madrigal en la retórica al
uso.
Los
madrigales de Nicolás nos proponen un canon de belleza femenina que es de Cuba,
del Caribe. E incluso un acercamiento mucho más sensual, más lúbrico, por el
modo en el que el poeta se relaciona con ella.
Y
no es que Nicolás estuviese negando la existencia o incluso la legitimidad de
esa belleza que hemos admirado desde los cuadros de Sandro Botticelli, pero sí
nos estaba llamando la atención sobre el hecho de que no era esa la única
belleza y, ciertamente, no la más próxima a nosotros.
En
West Indies Ltd., su libro de 1934, la lubricidad de un nuevo
"Madrigal" alcanza un clímax:
Sencilla
y vertical,
como una caña en el cañaveral.
Oh retadora del furor
genital:
tu andar fabrica para el
espasmo gritador
espuma equina entre tus
muslos de metal.
El
duro tono épico de Cantos para soldados y sones para turistas y el
dramatismo de España, poema en cuatro angustias y una esperanza –ambos
de 1937– no dejan espacio al amor de pareja, pero en El son entero
(1947), libro que muchos piensan que es el punto de madurez del poeta, aparecen
varios textos antológicos dentro del lirismo erótico de Nicolás Guillén.
Pienso en su "Glosa", preciosa construcción de cuatro décimas que
comentan una cuarteta y que siempre me ha recordado la hermosísima "Glosa
de mi tierra", de Alfonso Reyes; el bellísimo romance "Rosa tú,
melancólica" y el extraordinario "Agua del recuerdo", donde la
imagen de la transeúnte que no ha de volverse a ver, entronca directamente con
aquella que Baudelaire viera en el París de su tiempo y que ha ido, como
"la mulata de oro" de Nicolás, a la tierra de las grandes mujeres de
la poesía.
En
La paloma de vuelo popular (1958), hay un texto de un sugerente misterio,
en el que Nicolás recupera cierto espíritu de aquel tratamiento del tema en su
juventud, entre romántico y modernista. Me refiero a la "Pequeña balada
de Plovdiv":
Una
larga mirada verde
lejos, allá,
húmedos
labios prohibidos
y nada más.
Junto
a la puerta misteriosa,
lejos, allá,
la mano blanca, un solo beso
y nada más.
En
1964, el poeta y editor Fayad Jamís tendrá a su cargo la publicación de los Poemas
de amor, que el poeta da a conocer en la editorial La Tertulia.
Hay
allí textos que merecerían ser reproducidos, lo que no permite el breve
espacio de este artículo. Como el lector mexicano tiene al alcance la muy buena
antología que es Donde nacen las aguas, editada por el Fondo de Cultura
Económica justamente este año del centenario del poeta, me permito
recomendarle que busque allí textos como "A Julieta", para ver a
Guillén derrochar la gracia y el ingenio que caracterizó a la poesía
conversacional tan en boga por los años sesenta; el juego de rondel de
"Teresa" y la maestría de "Un poema de amor", que es para mí
un texto imprescindible en una antología de la poesía de amor de la
lengua.
Hace
ya algunos años, apareció En algún sitio de la primavera, largo y
personalísimo poema de amor, prácticamente una más entre sus elegías, que
Guillén mantuvo inédito en vida y que ha venido a engrosar ese caudal del
erotismo poético de Nicolás.
Pero
hasta su último momento estuvo Nicolás Guillén cortejando al amor, que acaso
por esa fidelidad del poeta nunca lo abandonaba. Había quien se alarmaba o se
burlaba de ese hombre de setenta años que andaba aconsejándonos así:
búscate
una muchacha que toque viola,
siempre que de
ella sea la partitura,
y quémala tú
mismo con amapola;
una
muchacha fresca, sonriente y pura,
y dala una camelia, pero una
sola
si acaso fuese grave la
quemadura.
"Ejercicio
de piano con amapola
de siete a
nueve de la mañana"
A mí,
sinceramente, no puede producirme más que envidia.
La
Jornada Semanal,
domingo 1 de diciembre del 2002 núm.
404
Coloquio
con la muerte
César
López
"¡Ay
Muerte! ¡Muerta secas, muerta o malandante!", clama el Arcipreste de Hita
ante el deceso de la Trotaconventos y, tal vez, de paso, inaugura el planto en
la lengua nuestra, "denostando o maldiciendo la muerte".
He
usado el eufemismo deceso, sinonimia que puede ser ampliada hasta el infinito
lexical, ad nauseam, huyendo, escamoteando o intentándolo,
fallecimiento, defunción, desaparición física, óbito, tránsito, trance…
Queriendo evitar lo inevitable, resistiéndose a encontrarse con la terrible
verdad y con el recipendiario de la acción destructiva. "Muerto ya como
muere todo el mundo." Nicolás Guillén lo ha dejado dicho y constituye,
también, una declaración de principio. La muerte unifica. Tabula rasa.
La
muerte y el muerto. Y el largo camino ya señalado muchas veces. En otra ocasión
he apuntado, después de descontextualizar aparentemente el metafórico
"largo camino", que "en ese transcurrir, entre otros muchos
acontecimientos, tenía que suceder, era inevitable, no sólo el amor, sino
también la muerte". Apuntada la muerte por obligaciones anteriores,
llamadas, silbidos, guiños. La muerte presumida y prendada de espejos que el
poeta Eliseo Diego ordenara tapar quizá para continuar a la manera quevediana
su "conversación con los difuntos".
Ahora
bien, el tono del trato de Guillén con la muerte, sus coloquios múltiples, su
coloquio único, se irán decantando en su propia búsqueda, desde el inicio, en
lejanía y cercanía. De recoveco y camino. Como cuando Alejandro García
Caturla encuentra en la tradición de los Cantos de los cafetales a la
dama acechante y con conjuro hábil y primitivo parece engañarla. "Mamá,
la muerte me está buscando/ para llevarme al cementerio/ y como me vio tan
serio/ me dijo que era jugando./ Mamá."
Guillén
sabe que la retirada de la muerte había sido una táctica más y aunque rehuye
su trato inicial también la reta y la convoca como esperando la sabiduría de
una mayor madurez futura. La Muerte está. Allí también está el poeta. ¡Y de
qué manera!
Sostenido
por muy diversos y principales ingenios, entra Nicolás Guillén y acomete su
porfía, en lo que Cintio Vitier llama el "Son de la muerte" para
elevarlo razonadamente a la categoría de paradigma. "Iba yo por un
camino,/ cuando con la Muerte di./ –¡Amigo! –gritó la Muerte,/ pero no le
respondí./ /Llevaba yo un lirio blanco,/ cuando con la Muerte di./ Me pidió el
lirio la Muerte,/ pero no le respondí,/ pero no le respondí:/ miré no más a
la Muerte,/ pero no le respondí.// Ay, Muerte,/ si otra vez volviera a verte,/
iba a platicar contigo,/ como un amigo;/ mi lirio, sobre tu pecho,/ como un
amigo:/ mi beso, sobre tu mano,/ como un amigo;/ yo detenido y sonriente,/ como
un amigo." Y se puede escuchar sin ningún esfuerzo de la imaginación, sólo
por la potencia melancólica del poeta y de su poética, cómo ese "por un
amigo" se reitera y brinda la convicción de que la Muerte ha sido vencida,
tal como lo hiciera San Pablo a lo divino –pero aquí a lo humano que siempre
trae consigo algo de docta divinidad– y Rubén Darío en el erotismo
sentimental o Virgilio Piñera en el tiempo y en la Patria con la obligación de
ver a esos muertos que la propia Muerte consagrara para siempre. Pero la Muerte,
tal vez como las Furias convertidas en Eumenides, ha sido amansada. Con
"amansaguapo rompesaragüey" pediría Gastón Baquero en la moral
adivinatoria lorquiana en un solar habanero.
"Como
un amigo, como un amigo, como un amigo…"
No
es posible precisar cuándo aparece el tema de la muerte en la obra del camagüeyano,
pero sí se sabe que estaba, está, en su vida y que naturalmente se filtra de
una forma u otra en todo su quehacer. Su padre muerto por soldados. Esos
soldados son agentes de La terrible. La muerte se procura siempre muchos y
variados cómplices.
Sea,
pues, que la muerte se inmiscuye por todas las rendijas, previsibles e
imprevisibles. "El hombre de tierra adentro/ está en un hoyo metido,/
muerto sin haber nacido." Terrible situación que obliga al poeta a
poetizar para que desperece el amodorrado. "Muerto,// ay, muerto y también
dormido,/ no es ni morir ni soñar,/ no es ni recuerdo ni olvido./ Muerto,/ ay,
muerto y también dormido."
Si
súbitamente, en esos años cuarenta del Son entero, la muerte andaba
rodando y el poeta lo sabía, no tuvo otra opción poética y existencial a la
vez, como es de rigor, que aceptarla y prepararse para el lance que traspasa su
lírica. Busca entonces la dureza firme de la madera y la encuentra y la elige y
la guarda: "Allá dentro, en el monte,/ donde la luz se acaba,/ tabla de mi
sarcófago,/ allá en el monte adentro…/ Ay, ácana con ácana,/ con ácana;/
ay, ácana con ácana…" De indudable resonancia martiana.
Aquí
está el son, aquí está la muerte, aquí está el gran poeta.
Contrapunto,
como se ha venido insinuando. Contra la Muerte. Pero con un amigo, como un
amigo, como un amigo…
Hay
en su obra un capítulo central integrado precisamente por las grandes elegías
y en ellas, desde luego, casi siempre está la Muerte presidiendo, pero domeñada
por Nicolás Guillén. "West Indies Ltd", "Elegía a un
soldado vivo", "España, poema en cuatro angustias y una
esperanza", "Elegía a Jacques Roumain", "Elegía a Jesús
Menéndez", "El apellido", "Elegía cubana", "Elegía
a Emmett Till", "Elegía camagüeyana" y "Che
Comandante".
Estos
muertos que en la poesía de Guillén son llorados y cantados constituyen
consecuencia lógica de la angustia y la investigación vital del poeta y podrían
ser también manera y meollo de tratar con la Muerte. Cruce de Nación y
Mestizaje que querría Nancy Morejón para que el elegiaco de sones y cadencias
no fuera traducido y menos olvidado. Tapar la boca al cero que ose gritar con
otra intención torpe
y tergiversadora: "Muerto ya, muerto ya, muerto ya."
Tomó
su decisión llegada, alimentada, cuidada y bien guardada desde los propios orígenes
de lengua, poesía y vida. Asumió sus recios y tiernos arquetipos. Y no se negó
a ver la Muerte. "Muerte previa, prevista", advierte en una de sus
elegías.
Escogió
sus protagonistas como representación de la totalidad de los difuntos. La
democratización del panteón de los seres que La charada, el chino cabalístico
indica el muerto grande. Y Nicolás Guillén declara, solemne en su elegía:
"Los grandes muertos son inmortales: no mueren nunca."
Elevó
su discurso para dotar de argumento a quien había descubierto con gemido, como
un largo suspiro en la "Elegía cubana" cuando la muerte civil
obligara al poeta a confesar horrorizado y orgulloso: "Medio a medio del
aire/ el humo negro de tu incendio aspiro." Y entonces, como en paralelismo
opuesto, se atreve a insuflar parlamentos a quien pudiera haber sido en contexto
antagónico "cadáver sin discurso ni mortaja". Guillén lo arropa y
habla por él.
Hemos
visto, además –en algunas ocasiones explicitadas en estos mismos
comentarios–, como en el obituario dedicado a Paul Eluard o en la añoranza
del padre asesinado por soldados, muchos otros poemas rozados por la presencia
de la muerte, zonas textuales inundadas, impregnadas de muerte. Tocada en el
poema. Vencida. Pero en el respeto de la victoria que no humilla aunque juegue y
bromee. El poeta concluye, mucho antes de llegar a su puerta más definitoria
hacia la eternidad: "Mas ya me veis: espero/ mi momento postrero,/ curioso,
preparado,/ pues quizá me sea dado/ sentir que llega, armada,/ y herido por su
espada/ gritar: ‘Te vi primero!’"
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