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ATENEO
#36
Que
se oiga claro el pregón de la Diversidad
A los ingeniosos pregoneros que pasan por mi
casa. Sobre todo a Juan Carlos, barítono manisero que llena de musicalidad la
esperanza.
Consuelito Vidal le dice a Alfredito Rodríguez
en el último programa "En familia": ¿Sabes por qué has triunfado en
este programa?... Y le contesta ella misma: ¡Por el respeto a la diferencia!
Los cubanos estamos aprendiendo, otra vez, a
vivir en la diversidad. Es un aprendizaje largo y difícil. Es un desafío a
nuestra tolerancia, a nuestra paciencia histórica, a nuestra creatividad.
En varias etapas de nuestra historia este
proceso ha tenido avances, retrocesos y estancamientos. El mundo es diverso.
La naturaleza es diversa. El hombre y la mujer
son diversos. Bien lo dice el refrán popular: "cada cabeza es un
mundo" ó "cada maestro tiene su librito", o "para que el
mundo sea mundo tiene que haber de todo". Muchos desearíamos que ese
"de todo" fuera todo para el bien pero, desgraciadamente, la realidad
nos enfrenta cada día con otra verdad: el mundo y las personas son diversos
para bien y para mal. Pero diversos al fin.
Sin embargo el reto parece radicar en cómo
buscar el bien común de toda la sociedad y el bien de cada persona, sin violar
la dignidad y los derechos de cada una de ellas.
¿Prohibir lo diverso?
Una solución, que parece la más rápida y
segura, es prohibir lo diverso para que, la familia, o la comunidad, o todo el
pueblo no se "confunda", no se desoriente, no se distraiga, no pierda
tiempo en analizar las diferentes alternativas.
Algunos, que "saben" más, o
"pueden" más, se encargan de decir lo que es bueno, lo que se puede
hacer y lo que no se puede, lo que se puede decir delante de algunos y lo que no
se puede decir, incluso, ¡vaya ingenuidad y ansias de manipulación y dominio,
intentan decirnos, hasta lo que podemos y debemos pensar y lo que ni nos puede
pasar por la mente.
Con esta estrategia de "orientación"
se intenta construir la unidad de la familia, o de la Iglesia, o de los partidos
políticos, o de los grupos de la sociedad civil, e incluso, la llamada unidad
de todo el pueblo. La vida nos enseña que lo que se logra no es la unidad sino
una uniformidad aparente. Por debajo de esa unanimidad palpita la diversidad que
como dijimos es lo propio de la naturaleza y del ser humano, de la sociedad
civil, de las iglesias y del mundo.
Si se insiste en uniformar la vida, el
pensamiento, las opciones y los proyectos, entonces en lugar de la unidad se
construye la simulación, la doble moral, las máscaras políticas o religiosas
de las que hablaba hace más de 150 años el Padre Félix Varela, aquel que nos
enseñó a pensar primero, antes de actuar, antes de decidir, antes que
decidieran por nosotros.
La unidad no se logra, nos lo enseña nuestra
propia historia, con la uniformidad sino con la búsqueda paciente y pluralista
de los consensos. Cuando hemos hecho "consolidados", ya sea para
arreglar zapatos o para formar integralmente a las personas, lo que sale de esos
consolidados es pobreza, exclusión y burocratismo. Se excluyó a los zapateros
por cuenta propia llevándolos, por decreto, a un consolidado que supuestamente
unificaría la distribución de los recursos y los esfuerzos humanos. Resultado:
se fueron perdiendo los buenos zapateros y hasta las suelas de los zapatos.
Volvieron los zapateros y ahora tenemos cantidad de opciones de zapatos y no
faltan los materiales para su pronta y bella reparación para los que no cuentan
con recursos para comprarse unos nuevos y caros, como están.
Este sencillo ejemplo, se repite cada día en
nuestra realidad cotidiana y pudiera servirnos para aprender que en la
diversidad de iniciativas está la verdadera riqueza de las personas, de las
instituciones y del País. En un restaurante del Estado que forma parte de una
red de distribución unificada, los carritos del "Ligero", las
cafeterías populares del "Rápido" en moneda nacional, los
"Doña Yuya" y otras empresas unificadas, ofertan lo mismo, muchas
veces frío y viejo, y en otras ocasiones se "paran por falta de
recursos". Sin embargo, la iniciativa de cada vendedor que pregona por su
cuenta, nuevamente frente a nuestros hogares, vendiendo "de todo" como
dicen las amas de casa: tamales, maní, ollas arroceras, malanga, bocaditos de
helado envueltos y sin derretir, escobas, hilos, telas, gasolina, petróleo,
arroz, frijoles, duchas eléctricas, leche en polvo, latas de conserva, puré de
tomate, plátanos y todo género de cosas y servicios. Y todos en Cuba sabemos
que se vende esto y mucho más.
Sacar el pregón de la conciencia
Los pregones se perdieron con la consolidación
de los servicios y los empleos, con la unificación de las ideas y de los
proyectos. Los famosos pregones, tan cubanos y tan libres, tan creativos y
diversos, que no hay dos pregones iguales, volvieron cuando por imperio de la
necesidad, salidos del subterráneo de la diversidad que siempre existió
reprimida e ilegal, salieron a la luz del día, con una simple moraleja: La
uniformidad y el control excluyente empobrecen y silencian el clamor de los
pueblos. La realidad insumergible es la diversidad. La diversidad es riesgosa en
sí, cuando se desboca en caos y no busca la solidaridad, pero enriquecedora de
los pueblos y espacio de libertad para que salga de la oscuridad de la economía
subterránea, y se escuche en nuestras calles, con la libertad de la luz, el
pregón de los cubanos.
El pregón de las cosas materiales y el
"pregón" que es todavía más necesario y superior: el pregón de las
conciencias, de las ideas, de las convicciones políticas y religiosas, de todo
ese mundo interior, espiritual, trascendente, que durante mucho tiempo ha estado
en el mismo lugar de los pregones populares, en el subterráneo del miedo, en la
oscuridad de lo que no se puede decir a la luz del día, en la agobiante
incertidumbre de "lo ilegal pero tolerado", como se dice
tranquilamente hoy día en casi todas las agencias de prensa internacionales,
quizá sin valorar suficientemente, qué cuota de opresión, desgaste e
inseguridad se esconde detrás de una frase hecha.
Que cada cubano, pues, pueda sacar fuera su
pregón. Que se escuche, tranquilo y musical, el pregón del manisero y la
tamalera, sin miedo a que le intervengan su subsistencia. Que se escuche,
también, segura y confiada, la voz de todo cubano que piensa distinto, que cree
diferente, que propone otro proyecto, que quiere que Cuba cambie, que quiere que
el mundo sea más justo y más fraterno. Y que nadie tenga que "cantar el
manisero" o irse a "vender su tamal" en tierra extraña.
Para que la diversidad pueda salir confiada a la
calle, con pleno derecho de ciudadanía, debemos educarnos todos en la
tolerancia, la aceptación del pluralismo sin exclusiones, y la participación
pacífica y democrática. Acallan el pregón de los pueblos quienes desean que
se escuche una sola voz y haya un solo proyecto excluyente. Acallan la voz de la
conciencia y la voz de Dios quienes se aferran con fanatismo a una sola
religión, o a una sola forma de vivir el cristianismo, o a una sólo forma de
vivir en Iglesia, en comunidad.
Excluir a alguien por ser diverso es una injusticia
Si un ciudadano es excluido de algún servicio
social o de alguna responsabilidad en la vida cívica y política porque no
piensa, no se expresa y no actúa unánimemente conforme con la uniformidad que
una autoridad desea imponer, se está cometiendo una injusticia y se cultiva,
por lo menos, la doblez y la simulación, y por lo más, el exilio como huida
hacia fuera, o el suicidio físico, laboral o moral, como huida hacia adentro,
hacia ningún lado. Si un creyente es excluido por otras religiones, o sometido
a discriminaciones por profesar una fe diferente o por ser agnóstico o ateo;
cuando un miembro de una iglesia es excluido por razón de su forma de expresar
la fe, por sus ideas políticas o por sus opciones diferentes, dentro de la
misma fe y la misma eticidad de su propia comunidad, se está cometiendo una
injusticia y se cultiva un fundamentalismo, fanático y sectario, o una forma de
comprometerse con la fe, uniformadora y discriminatoria de la sana diversidad.
No se trata de cultivar el caos social en nombre
de la diversidad política y social. Ni se trata de fomentar un relativismo
moral o religioso en nombre de la diversidad en la forma de vivir y expresar la
fe en Dios y la vida en la comunidad eclesial. Evitemos los extremos: ni
uniformidad impuesta, ni caos sin orden ni concierto. No se trata de ir a los
extremos en la práctica religiosa: ni dogmatismo en la forma diversa de vivir
la fe, ni relativismo en la parte dogmática que tiene toda religión.
Si uno de los riesgos de la diversidad y del
pluralismo es la desorientación y el desorden, la solución más justa no es la
uniformidad en la orientación y un orden excluyente y discriminatorio.
Pueden proponerse varias salidas a estos
riesgos:
-Ante la posibilidad de la desorientación, no
se trata de podar y talar el bosque de las opciones para dejar un único
camino...pero asolado, sino de poner en manos del caminante, del ciudadano, los
instrumentos de orientación, las brújulas cívicas, los mapas que ha hecho la
historia y que pueden servir de referencia y no de camino trillado, el
entrenamiento para orientarse y escoger entre camino y camino o para decidirse a
abrir nuevos senderos. Es una obra de formación cívica y discernimiento
ético. Es una obra de educación para la libertad y entrenamiento para poder
convivir en el respeto mutuo, la tolerancia con lo diverso, la lealtad con los
contrarios, la hidalguía en las discusiones cívicas y políticas, en fin, en
acostumbrarnos a que el mundo ha cambiado y ya no son de este tiempo los caminos
únicos, uniformados y excluyentes.
-Ante la posibilidad del desorden, no se trata
de imponer un orden que quiera controlar toda la vida según el modelo y el
proyecto de los que tienen la fuerza para imponerlos. Se trata de establecer,
con la participación de todos, un marco legal incluyente y pluralista que
garantice un espacio y una protección legal y real para todo el que quiera
servir al bien común con ideas, proyectos, acciones y escuelas de pensamiento,
de un modo justo, pacífico, gradual y democrático. Es decir, con alternativas
éticamente aceptables. Al marco legal y los espacios de participación debe
agregarse la educación para el diálogo y la búsqueda de consensos, caminos e
instrumentos para lograr una concertación social y política, cívica y
religiosa, sin falsos sincretismos, ni confusiones éticas.
La unidad verdadera no es la impuesta por unos
sobre otros, sino la buscada entre todos y para todos. Esa búsqueda de la
unidad es un arte, no un decreto. Es un riesgo, no un camino trillado. Es una
obra cívica a la que vale la pena entregar toda la vida. Todos debemos ir
acostumbrándonos a que el mundo es diverso, a que el tiempo de la uniformidad
se acabó aquí y en el mundo, para los que aún sostienen aspiraciones
hegemónicas.
El reto de hoy: acostumbrarnos a la diversidad y buscar
consensos
La búsqueda de consensos es, quizá, el
desafío principal de esta hora única de Cuba. Porque la diversidad está ya en
la calle y la conciencia de muchos cubanos pregonan, unos a sotto voce y otros,
cada vez más, a voz en cuello, que cada cual debe pensar con su cabeza y que
todos debemos tener un espacio en la Casa Cuba, para que esta Isla y los que
están en la Diáspora, formemos una verdadera y variopinta comunidad nacional,
como corresponde a nuestra cultura, como corresponde a la naturaleza humana,
como corresponde a la dinámica social de un país sano.
Cuba emerge hacia una nueva etapa en la
diversidad, debemos entrenarnos en esa cultura de la pluralidad. Los distintos
grupos, movimientos y partidos de la incipiente sociedad civil deben entrenarse
en esa cultura de la diversidad. Pero, de verdad, aceptando que todos tienen
derecho a proponer, a debatir, a disentir, a criticar. Eso es lo nuevo que está
naciendo. Lo otro es semejanza, más de lo mismo, con lo que está por terminar.
Lo nuevo es la diversidad y la búsqueda de consensos hasta donde quieran los
ciudadanos y sus organizaciones y cuando no quieran, no darle cabida a la
crispación, al resentimiento y a la desconfianza. El mundo de la sociedad y de
la política es así. No lo queramos concertar al tope de la tuerca porque se
nos vuelve a ir la rosca.
La Iglesia en Cuba, las Iglesias, también
debemos acostumbrarnos a la idea de que en nuestro seno, en nuestras
comunidades, en nuestros movimientos, en nuestros planes pastorales e
iniciativas laicales, entre nuestros Pastores y entre los fieles más sencillos,
está surgiendo una realidad nueva, diversa, como era antes del autoritarismo de
Estado, como siguió siendo en el silencio del pequeño resto fiel y como está
emergiendo ahora, comunidades cristianas más ricas en alternativas misioneras,
más plurales en los métodos y medios, más pujantes para salir fuera aunque
con estilos diversos, más arriesgada en las fronteras del compromiso, más
audaz y propositiva, como corresponde a una comunidad eclesial que renace,
crece, que intenta y desea ser fiel a su Fundador y Maestro, con la creatividad
y el sano pluralismo del que hablaba y edificaba Pablo VI, y del que el actual
Pontífice ha dado muestras incuestionables al exterior de la Iglesia Católica,
con las distintas religiones y movimientos sociales del mundo entero.
Todos estamos llamados a aprender que la unidad
es desde la diversidad y la búsqueda de consensos. El camino hacia la
reconciliación entre todos los cubanos es largo. Ese camino comienza con la
búsqueda de la verdad, el ejercicio de la justicia, la practica de la
misericordia y la construcción de la unidad que respete la diversidad y vaya
tejiendo, con el arte de la convivencia pacífica, un hogar nacional donde
quepamos todos. Digamos todos, incluso los diversos y los contrarios.
Comienza, una nueva etapa, escuela de la participación
pluralista, tolerante e incluyente
No ayuda a Cuba la lucha desleal por el poder.
El descrédito mutuo para expresar la discrepancia. No ayudan las miserias
humanas, como la envidia y la trapisonda, asumidas como estilo para las
relaciones sociales. No ayudan a Cuba la doble moral y el doble rasero para
evaluar los proyectos. No ayuda argumentar que las alternativas distraen el
ejercicio cívico o destruyen la unidad del pueblo.
Emergemos a una nueva realidad. Cuba - su
pueblo, su Estado, sus grupos opositores, las iglesias y las demás
organizaciones de la sociedad civil -, comienza a encontrarse a sí misma y
entre sí, como una realidad plural. Comienza, una nueva etapa, escuela de la
participación pluralista, tolerante e incluyente.
Es una cuestión de lealtad en los métodos y
medios para la discrepancia, de caballerosidad en el campo de las ideas, de
hidalguía en la defensa de los proyectos. De espíritu soberano en la
presentación de las alternativas.
Que se oiga fuerte y claro el pregón de la
unidad en la diversidad.
Que se oiga cercano, familiar y sugerente el
pregón de la libertad.
Revista Vitral No. 51 * año VIII
* septiembre-octubre 2002
Dagoberto Valdés Hernández
Ing. Agrónomo. Director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y
Presidente de la Comisión Católica para la Cultura en Pinar del Río.
Miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz, del Vaticano. Trabaja en el
almacén "El Yagüín", de Siete Matas, como ingeniero de yaguas.
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Lo
tengo to pensao: William Vivanco
Andrés Mir
Vuelvo
a accionar el play y escucharle. El disco no llegó a mis manos por
casualidad: lo busqué desde que supe de su presentación en el Amadeo,
justamente porque voy siguiendo a William Vivanco como autor e intérprete desde
hace varios años, tras escucharle en el Holguín de las Romerías, de las manos
de los Postrova, quienes le presentaban como invitado. Podría decirse que
sabía lo que buscaba al finalmente recibir en calidad de préstamo un ejemplar
de Lo tengo to pensao, de cierto modo me había prefijado un concepto de cuanto
podía ofrecer esta entrega y por ello confieso mi grata sorpresa al acceder a
una propuesta donde se perfilaba un William que dejaba para el final del disco
--contrariamente a lo presumible-- los temas por uno concebidos por su calidad y
pegada como "punta de lanza" (uno piensa de inmediato en Barrio
Barroco o Café, presentes por cierto ya en el colectivo Trov@Nónima)
para arriesgarse a ordenar su balance con temas de más reciente hechura; temas
que me confirman que cualquier apuesta por este trovador viene con la garantía
bajo el brazo.
Escuchar a William en esta nueva etapa (¿la
misma de siempre, pero en un nuevo escalón?) donde acude al acompañamiento
--sé que circunstancial por ahora-- de un grupo de músicos, va más allá del
inevitable disfrute de una obra hecha con tanta mesura como corazón: nos hace
partícipes de esa mezcla de placer con inquietud que generan canciones donde el
autor se arriesga en tanto se divierte con toda la seriedad requerida en ese
asunto de ser honesto en la búsqueda de su propia voz. Revisando algunos
apuntes que guardaba para un texto que nunca llegué a ordenar, acudo al Vivanco
de tres años atrás: esa búsqueda ya venía dando frutos suficientes aunque la
esperanza de grabar su propio CD le solicitaba paciencia pero no le ofrecía
certezas. En aquella ocasión había notado que sus temas más logrados tenían
un factor común que lo diferenciaban claramente del discurso no ya sólo de sus
coterráneos, sino de la mayoría (valga la meritoria mención de un caso de
discurso semejante en el que a principios de la pasada década nos ofrecieron Gema
Corredera y Pável Urquiza en temas como La Capital o Habana,
devorando claridad) de los cantautores jóvenes: sus canciones --en términos
cinematográficos-- nos ofrecían planos generales de los entornos inmediatos,
reales o imaginarios. Ya sea en un tema no incluido en esta entrega
(lamentablemente aunque comprenda las razones) como Pueblo de poca fe,
donde recrea a una multitud aclamando la lluvia sin tomarse siquiera la
precaución de llevar paraguas, hasta un tema que me atrevo de valorar como
antológico, Barrio Barroco, William nos enfrenta a descripciones de
colectivos humanos, donde apenas se destacan de soslayo una o dos
individualidades. Sin embargo, ese acudir a lo general se precipita desde una
intención dialógica en la que el cantautor --presente u omnisciente-- relata
sus impresiones ("Este es un barrio de adoquines, nena/ aquí los negros
rayan un tambor…") al espectador que siempre le acompaña y que se nos
hermana en la condición de escucharle. Su presencia de espectador que se
sumerge, se pierde --o quizás se halla, en ello reside el asunto-- en la
multitud ("…atiborrado de mis sedimentos/ en las paredes sin color del
cuarto/ salgo a la luna, como buen hidalgo,/ a desflorar el mismo sueño
amargo.// Las mismas calles escondiendo la tierra,/ la misma muerte con la vida
a cuestas,/ el vulgo atado a la trivial bandera,/ el intelecto apuntalando a
tientas.// Y ya cansado de la claustrofobia,/ llego preñado de mis pesadillas/
a donde se comparte droga negra,/ y se reparte, blanca, la alegría…"
para enfrentarse a la "…gente arrabalera, de guitarra vieja/ para
amanecer ya no precisan más/ que probar el ron…") y los paisajes. De tal
modo con elegante sutileza establece una postura crítica de la cual no se
exceptúa a sí mismo. Este mirar hacia grupos humanos que a mi entender define
el tono del primer Vivanco que tuve a bien conocer, persiste --aunque más
tímidamente-- en Lo tengo to pensao, y no solamente en la inclusión ya
mencionada de Barrio Barroco y Café como posdatas memorables de
la producción: Mejorana, tema reggae que dedica a la calle donde residía en
Santiago de Cuba y El loco del tranvía vibran en esa misma frecuencia, aunque
la primera persona emerge con mayor vigor, más nítidamente. La tónica general
del disco, entonces, tiende más a un mirarse a sí mismo y a la persona
inmediatamente cercana a él: el compendio resulta por ende más íntimo, más
personal, aunque también de ese buscar en lo esencial de su experiencia logra
una universalización que permite e invita a la apropiación por parte quien le
escucha.
Otro aspecto que distingue y aúna el
repertorio de William es su personal acercamiento a lo marginal, en gran medida
presente en los retratos grupales citados, pero que trasciende a temas como Rotaburla
y especialmente Cimarrón, tema de cuyo en apariencia petulante
estribillo nace el título del disco. Resulta curioso que ese acercamiento no
presupone un desplazamiento del discurso intelectualmente cuidado hacia el
facilismo de la chabacanería; situado desde una perspectiva propia, Vivanco
más bien juega con modismos del lenguaje, con el ambiente situacional,
transponiendo lúdicamente sus propias inquietudes a una retórica supuestamente
elemental a la vez que persiste en su rol de examinador. Mientras es capaz de
aspirar sílabas y emplear elementos de jerga para formalmente introducirnos (e
introducirnos, consecuentemente) en una zona de juego, se permite frases de
innegable y por qué no, rebuscada poeticidad. En ese sentido, la música juega
un rol de primera línea, ofreciéndonos una variedad de ritmos aunados por su
estilo interpretativo de la canción.
El William Vivanco de guitarra en mano se
integra cómodamente y con el mismo particular desenfado tanto al
acompañamiento de diversos instrumentos como al cambio de géneros musicales,
optando por una fusión perenne, donde con --por momentos pícara-- sabiduría
utiliza el suficiente e hialino registro vocal del que dispone, insuflándole
limpieza y carisma a sus interpretaciones. Es de señalar la cuidada pero
persistente presencia de la percusión a lo largo de todo el disco: este devenir
tímbrico y rítmico vertebra temas como Mejorana, Tan musical o
especialmente Como un tango gris, ya conocido por la interpretación de Aceituna
sin hueso, colectivo santaclareño al cual William se acercó en varias
ocasiones con motivo de conciertos.
Sus deudas musicales --cada cual tiene, al
decir de Nicolás Guillén, las influencias que merece-- inevitablemente
proceden de un amplio espectro de creadores, pero Vivanco ha logrado destilarlas
para regalarnos un estilo definible y propio (me atrevo a no calificarlo de
maduro porque concuerdo con Lezama en eso de que madurez y descubrimiento son
términos contradictorios, y sé que William disfruta de la suerte del crear, el
descubrir en cada canción, y espero que por largo tiempo así sea). Quizás,
por evitar ser categórico, no me abstendría de citar la quizás la para mi
gusto --lo cual no implica un defecto ni una virtud-- excesiva huella musical de
un Fito Páez en el tema Sin retorno, hecho que para nada desdibuja la
personalidad que logra imprimir al conjunto. La impronta persistente del reggae,
los ecos de la mejor música brasileña, los clásicos de la trova rondando su
poesía, devienen presencias que lejos de extraviar o fragmentar el discurso
personal de Vivanco, lo consolidan.
Sé que William no está del todo conforme con
su trabajo: le aplaudo ese derecho y sobre todo esa capacidad de no contentarse,
ello no solo no empaña para nada la suerte de habernos entregado una obra
condenada a trascender más allá de cualquier insatisfacción personal y de sus
deseos de haberla madurado un poco más en estudio, sino que nos invita a
esperar con paciente impaciencia la próxima entrega, que será, y de eso doy
fe, hija de esa inconformidad creadora.
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Anti-heroes:
Irma la merolica
Lázaro Raúl
González (31 de diciembre del 2002)
Corresponsal de
Cubanet en Herradura, Pinar del Rió. Cuba
La gente como ella tiene poco reconocimiento público en Cuba. Su labor no
merece espacios ni elogios en la prensa oficial. A los merolicos se les
considera ciudadanos al margen de la ley. Su trabajo es duro y duro es también
el hostigamiento que sufren. Sin embargo, perseveran y se mueven como un
silencioso y activo ejército de hormigas por todo el mapa de la Isla.
Antes de acercarnos a uno de ellos, es oportuno establecer que por merolico
se define en Cuba, desde hace más de una década, a la persona que se dedica al
comercio mínimo. Aunque pueden ser estacionarios, los merolicos son vendedores
ambulantes generalmente.
Conozcamos a uno de ellos. Mejor, a una de ellas. Las mujeres constituyen el
30 por ciento de estos pequeños comerciantes, marginales de las leyes cubanas.
Irma C. tiene 52 años y fue maestra hasta los 41. Vive en Punta Brava, poblado
de La Habana. Después que se rompió su relación matrimonial en 1992, Irma
abandonó la educación y pasó a engrosar las filas de la entonces emergente
informalidad.
La disolución de su matrimonio coincidió con el inicio de otra crisis
económica que dura hasta hoy en la isla. Cuando dejó su plaza de maestra ya su
salario de 250 pesos mensuales no le alcanzaba para mucho más que diez libras
de arroz. Irma empezó entonces a inventar, es decir, a elaborar lo que
apareciera en su barrio. Compraba café en grano (procedente de Guantánamo, a
más de mil kilómetros), lo tostaba, lo mezclaba con chícharos, lo molía y
salía a venderlo por el vecindario. Aprendió, además, a elaborar croquetas de
cerdo, a las que sólo le agregaba un diminuto chicharrón. Lo demás era yuca y
un poco de harina. En aquellos primeros años, Irma lo mismo preparaba un pudín
que se sentaba a la máquina de coser y en una mañana confeccionaba 10 jabas de
nylon que por la tarde vendía a 5 pesos cada una. Así terminó de criar a su
hijo más pequeño y ayudó al casamiento de Dania, la hija mayor.
Pero apareció la competencia. A su alrededor -y al calor de los apagones
cotidianos- aparecieron hombres y mujeres como ella, listos a luchar por la
sobrevivencia. Poco a poco le fueron arrebatando su mercado. No había qué
comprar ni a quién venderle. Vinieron días difíciles. Su hijo, que había
empezado la universidad, tuvo que albergarse para gastar menos. Pese a ello,
necesitaba 50 pesos semanales. A Dania, que vivía con el esposo en casa de la
madre, se le ocurrió quedar embarazada. ¡Y parió jimaguas!
Lavando pañales sin jabón y friendo filetes de toronja en agua, a Irma
apenas le alcanzaba el tiempo para calcular las dimensiones de sus penurias. Fue
por aquellos días de tribulación cuando apareció Alberto, el primo de la
vecina provincia de Pinar del Río y le transmitió la idea: En La Habana había
muchas cosas de las que carecía la gente del interior y, obviamente, allá en
el interior había cosas -principalmente alimentos- que no había en La Habana.
¿Por qué no ampliar su radio de acción? Irma aceptó la idea y puso manos a
la obra. Nacía así la merolica interprovincial. Para empezar, Irma tomó
asesoría de su amiga Adelaida, quien ya llevaba algunos meses en el giro.
Siguiendo sus consejos, Irma se movió por toda La Habana buscando baratijas.
Salvo 25 pesos que dejó en su casa, se gastó el resto de su capital (250
pesos) en adquirir espumaderas, cucharones, hilos y agujas de coser, cordones de
zapatos, sacapuntas, botones y otras menudencias.
Al día siguiente se levantó de madrugada y se fue con su carga para la
autopista. Con 10 pesos en la mano estuvo un rato parando carros. Finalmente
-después de enseñar un billete de 20- la recogió una rastra totalmente
descubierta. Aquella primera vez, todavía inexperta en estas lides, Irma estuvo
a punto de congelarse. Había olvidado llevarse un abrigo a la
"aventura".Aquella vez Irma fue a parar a Alonso Rojas, un pueblito
pinareño, 150 kilómetros al oeste de La Habana. No más puso pie en tierra,
recibió el aviso de los lugareños: "Tenga cuidado. Aquí la policía
tiene operativo hoy".Pero Irma tuvo suerte, y sólo se encontró con un
policía luego de haber hecho trueque con toda la mercancía que llevaba. A unos
guajiros les cambió cacharros por arroz; a otros por frijoles; a otros por
pollos. También vendió algo para pagar el pasaje de regreso. El policía con
quien se encontró al marcharse, sólo le comentó: "Compañera, ¡va bien
cargada!"
Otras veces, ha tenido menos suerte. En los cientos de viajes que ha
realizado ha perdido muchas mercancías. La policía le ha decomisado botellas
de alcohol, kerosene, queso, café…Por lo demás, todo ha seguido casi igual
que el primer día. Dos veces por semana viaja a "hacer su pan". Se
levanta de madrugada y se va a la carretera a ver quién la lleva a algún
pueblo distante donde intercambia sus cacharros por alimentos que más tarde
vende en La Habana. Para ello tiene que caminar kilómetros y kilómetros
cargada como una mula y con los ojos bien abiertos, cuidándose por igual de los
delincuentes que pueden arrebatarle su mercancía que de la policía, que puede
decomisarla "legalmente".
Pese a conservar un semblante de persona educada, por hacer tanta fuerza y de
tanto lidiar con la brutalidad a Irma se le han hecho callosidades en las manos
y se le han hinchado venas y articulaciones. Cuando se acuesta le duelen las
clavículas y la espalda sobre la que ha llevado tantas mochilas. Le duelen los
brazos, los pies y el pecho. Aún así, muerta de cansancio, duerme tranquila.
Pese a que no alcanza para mucho más, con lo que gana como merolica puede al
menos comprarle galletas a sus nietos. Los ciudadanos como Irma "la
merolica" son antihéroes, y no disfrutan, por tanto, del favor de la
prensa oficial.
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