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ATENEO
#41
No para dar por
pensado,
sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión
Yerba de
libertad
[Investigación histórica de Lucía Gálvez]
Ya
en el siglo XVI, el virrey Toledo había intentado sin éxito borrar en Lima el
recuerdo y la imagen del Inca, alegando que "vendrá a criar yerba de
libertad". Efectivamente, dos siglos después, el científico y perspicaz
viajero Alexander von Humboldt observaba que "dondequiera que ha penetrado
la lengua peruana, la esperanza de la restauración de los incas ha dejado
huellas en la memoria de los indígenas, que guardan el recuerdo de su historia
nacional" . Este sentimiento, renovado en las obras de teatro que se
representaban con frecuencia, y por supuesto abonado en la explotación de que
eran objeto los indios por parte de los corregidores del siglo XVIII, explica la
rapidez con la que pueblos enteros se alistaron tras la figura del carismático
mestizo José Gabriel Condorcanqui, después de tanto tiempo de opresión y
pasividad.
Túpac Amaru, como eligió llamarse este
"portavoz de los indios ante los blancos", era quinto nieto del
último Inca, y como tal, a los veintidós años reclamó para sí el título de
cacique de los pueblos de Surimana, Pampamarca y Tangasuca, los dominios de
Túpac Amaru I hacía doscientos años, a quien había ordenado ejecutar el
virrey Toledo en 1572. José Gabriel había hecho sus estudios en el colegio
jesuita para hijos de caciques del Cuzco, donde aprendió la historia sagrada,
como lo prueban sus frecuentes alusiones a la Biblia, y probablemente también
las teorías del jesuita Francisco Suárez sobre la soberanía del pueblo. En
1760 se había casado con Micaela Bastidas, valiente y decidida mujer que,
además de darle tres hijos, lo animó y ayudó, junto a varias mujeres
indígenas y mestizas, en una empresa que desde el primer momento consideró
también como suya.
Su programa social fue claro y explícito desde
un principio. No así el político, que fue variando a medida que se
desarrollaban los acontecimientos. Cuando se acerca por primera vez a las
autoridades españolas, en 1777, lo hace con un coherente programa de
reivindicaciones: en primer lugar, conseguir la eliminación de la mita, sobre
todo la minera que, si siempre había sido dura, con la disminución del número
de indígenas era imposible de sobrellevar, en virtud de los esfuerzos inhumanos
a que eran obligados. Las mayores acusaciones, sin embargo, estaban dirigidas a
los corregidores, quienes, para poder conservar sus vidas lujosas e incrementar
aún más los dividendos, obligaban a los indios a comprar toda clase de objetos
inútiles, quedándose ellos con parte de la ganancia obtenida. La sabia
legislación indiana había prohibido a los corregidores de indios comerciar con
ellos, pero desde mediados del siglo XVIII esta prohibición pasó a ser letra
muerta. Algunos funcionarios reales veían y denunciaban este estado de cosas
pero no se tomaba ninguna medida seria, quizás porque la Corona no podía pagar
de otro modo a los corregidores que así se cobraban su sueldo de lo que sacaban
a los indios.
Viendo que sus peticiones no tenían eco, Túpac
Amaru comenzó a preparar la insurrección haciendo acopio de armas de fuego,
vedadas a los indígenas. Al mismo tiempo, trataba de atraer a criollos y
mestizos a su causa, con desparejo resultado. La ocasión se presentó cuando el
obispo criollo Moscoso excomulgó al corregidor de la provincia de Tinta,
Arriaga, individuo particularmente odiado por los indios. Túpac Amaru lo ahorca
"en nombre del rey" y así comienza la mayor sublevación de América,
cuyos ecos llegaron hasta los virreinatos de Nueva Granada y del Río de la
Plata, provocando nuevas insurrecciones en las que perdieron la vida, en
conjunto, más de cien mil personas. Seguido por un entusiasta ejército de
indios, empezó a recorrer pueblos y ciudades destruyendo a su paso los obrajes,
símbolos de opresión, y emitiendo proclamas que modificaban su discurso según
fueran dirigidas a los indios y a los esclavos, a los sacerdotes o a los
criollos. Encarnando el espíritu "comunero" tan difundido en el
inmenso imperio español, decía que su misión consistía en abolir los abusos
y terminar con los corregidores, que él era el libertador del reino y el
restaurador de los privilegios otorgados a sus antepasados por los Reyes
Católicos.
El 23 de diciembre de 1780 se dirige
especialmente a los criollos en una proclama, donde hace saber que "viendo
el yugo fuerte que nos oprime con tanto pecho [impuestos] y la tiranía de los
que corren con este cargo, sin tener consideración de nuestras desdichas, y
exasperado de ellas y de su impiedad, he determinado sacudir el yugo
insoportable y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes que
componen estos cuerpos, por cuyo motivo murió en público cadalso el corregidor
de Tinta, a cuya defensa vinieron de la ciudad del Cuzco una porción de
chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su
audacia. Sólo siento lo de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo
no se les siga ningún perjuicio, sino que vivamos como hermanos y congregados
en un cuerpo, destruyendo a los europeos".
Si Túpac Amaru hubiera podido tomar la ciudad
del Cuzco, otro rumbo hubieren seguido los acontecimientos. Quizás hubiera
podido negociar una paz digna y obtener un indulto. Pero el ilustre peruano no
quería que corriera tanta sangre, y el tiempo que empleó en cartas al obispo y
al cabildo de la ciudad para que se rindieran fue aprovechado por sus enemigos
para enviar refuerzos considerables que hicieron imposible una victoria de los
insurrectos. Con la llegada al Cuzco del visitador general José Antonio de
Areche encabezando un ejército compuesto de 17.116 hombres muy bien armados
-que Túpac llama "una porción de chapetones"-, la situación se
desequilibró en perjuicio de los rebeldes. Lo más importante, sin embargo,
fueron las medidas políticas adoptadas por los jefes realistas: se prohibiría
el reparto (el comercio obligatorio) de los corregidores y se indultaría con un
perdón general a todos los comprometidos en la insurrección, exceptuando a los
cabecillas. Estas medidas lograron que muchos desertaran o pasaran a las filas
realistas. Túpac Amaru intentó todavía dar un golpe de mano atacando primero,
pero el ejército realista fue advertido por un prisionero escapado y el golpe
fracasó. La noche del 5 al 6 de abril se libró la desigual batalla entre los
dos ejércitos.
Con la derrota, Túpac Amaru y los suyos
quedarían expuestos a lo peor del funcionariado de las colonias, que se
cobraría con creces los momentos de humillación y miedo que debió pasar por
su causa. El viernes 18 de mayo de 1781, en la plaza de la ciudad del Cuzco,
ante las milicias formadas, por medio de dos verdugos, "se les dio las
siguientes muertes: a Verdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas se les ahorcó
llanamente. A Francisco Túpac Amaru, tío del insurgente, y a su hijo
Hipólito, se les cortó la lengua antes de arrojarlos de la escalera de la
horca. A la india Condemaita se le dio garrote en un tabladillo con un torno de
fierro... habiendo el indio y su mujer visto con sus ojos ejecutar estos
suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue el último que subió a la horca.
Luego subió la india Micaela al tablado, donde asimismo en presencia del marido
se le cortó la lengua y se le dio garrote, en que padeció infinito, porque,
teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester
que los verdugos, echándole lazos al cuello, tirando de una a otra parte, y
dándole patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar.
"Cerró la función el rebelde José
Gabriel, a quien se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el
verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo. Le
ataron las manos y pies a cuatro lazos, y asidos éstos a las cinchas de cuatro
caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que
jamás se ha visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy
fuertes, o porque el indio en realidad fuese de hierro, no pudieron
absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando,
de modo que lo tenían en el aire en un estado que parecía una araña. Tanto
que el Visitador, para que no padeciese más aquel infeliz, despachó de la
Compañía una orden mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó.
"Después se condujo el cuerpo debajo de
la horca, donde se le sacaron los brazos y pies. Esto mismo se ejecutó con las
mujeres, y a los demás les sacaron las cabezas para dirigirlas a diversos
pueblos. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba
formada una hoguera, en la que fueron arrojados y reducidos a cenizas que se
arrojaron al aire y al riachuelo que allí corre. De este modo acabaron con
José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó
a tanto que se nominaron reyes del Perú, Quito, Tucumán y otras partes...
"Este día concurrió un crecido número
de gente, pero nadie gritó ni levantó la voz. Muchos hicieron reparo, yo entre
ellos, de que entre tanto concurso no se veían indios, a lo menos en el traje
que ellos usan, y si hubo alguno, estarían disfrazados con capas o ponchos.
[...] Habiendo hecho un tiempo muy seco y días muy serenos, aquel día
amaneció entoldado, que no se le vio la cara al Sol, amenazando por todas
partes a llover. Ya la hora de las 12, en que estaban los caballos estirando al
indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras éste un aguacero que
hizo que toda la gente, aun las guardias, se retirasen a toda prisa.
"Esto ha sido causa de que los indios se
hayan puesto a decir que el cielo y los elementos sintieron la muerte del Inca,
que los inhumanos e impíos españoles estaban matando con tanta crueldad".
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La
imagen plástica del arco y la flecha
Tomado
de: Jesús GUANCHE y Gertrudis CAMPOS, Artesanía y religiosidad popular en
la santería cubana: el sol, el arco y la flecha, la alfarería de uso ritual,
La Habana, Ediciones UNIÓN, 2000, pp. 55-57
Las
representaciones de arcos y flechas poseen, hasta el presente, cuatro
significaciones dentro del contexto ritual de la santería cubana. Estas pueden
diferenciarse de la forma siguiente:
- Como
símbolo de Ochosi: esta imagen
es la representación del dios de la caza. Puede estar construida de hierro
forjado. como conservación directa de la herencia cultural yoruba; pero
además se encuentran algunas hechas de acero, madera o simplemente de la
rama de una planta atribuida a la deidad, en forma de arco, tensada por un
cordel, y otra rama recta atravesada y atada al centro, en forma de flecha;
estas últimas como nuevo aporte de la creación popular a la referida
representación simbólica.
- Como
atributo de Eleguá: se han
encontrado de manera muy escasa, representadas en una lámina de hierro u
hojalata, junto con otras piezas que lo caracterizan como guerrero. El arco
y la flecha van colocados sobre la estructura cefalomórfica que constituye
la representación del oricha, y sustituye o acompaña a una pequeña lámina
puntiaguda de hierro que se le incrusta comúnmente en el mismo lugar. Está
más generalizado colocar el arco y la flecha dentro del recipiente de barro
que contiene a la deidad, al lado del atributo más usual: el garabato(1),
que en determinadas ceremonias lo simboliza.
- Como
atributo de Ogún: se coloca una
imagen que puede ser, indistintamente, símbolo de Ochos¡ y/o atributo de
Ogún, por ser un arma de guerra. Aquí, como en el caso anterior, la misma
imagen posee la doble función planteada al principio: de caza y de guerra.
Debe estar construida siempre de hierro, por ser el metal que se le atribuye
a la deidad (oricha herrero, dios de la forja y la guerra) y se le adosa una
cadena, también de hierro, a manera de larga cuerda, tensada a la flecha o
no, lo cual es un atributo propio de este oricha, pero que se llegó a
emplear en los tres. La representación solo en hierro, la diferencia de
otras en los más diversos materiales, pero a la vez facilita que el hierro
- como metal suceptible de representar el símbolo de un oricha y,
conjuntamente o por separado, el atributo de otros -, fuera el material más
utilizado en Cuba para la fabricación artesanal del arco y la flecha. Esta
pieza es una del conjunto de 21 que se colocan en el caldero representativo
de Ogún Alagüedé - el herrero. También cuando el avatar o camino de la
deidad es conocido por Ogún Achibiriquí - el guerrero -, el arma que lleva
en la parte superior es un arco con flecha.
- Como
atributo de Oyá(2):
Se le atribuye a la diosa dentro del conjunto de nueve piezas que cuelgan de
su corona(3). En el
presente caso, están construidos en cobre, por ser el metal atribuido a la
deidad, lo que también los diferencia de todas las demás representaciones,
junto con otra variación de tipo formal. En algunas de estas piezas, la
flecha tiende a ondular hasta convertirse en un pequeño ofidio - serpiente
o majá (Tropidophis melanurus). Según los informantes, el cambio
simbólico se debe a que este animal se le atribuye a la deidad, que lo
emplea como arma de guerra, y al mismo tiempo se relaciona con la forma cilíndrica
y alargada de la flecha, cuya punta fue transformada en la cabeza del
ofidio, y las plumas, en la cola.
Desde
el punto de vista simbólico, la serpiente guarda gran analogía con la flecha,
pues se considera "simbólica por antonomasia de la energía, de la fuerza
pura y sola. [Tanbién se reconoce] una evidente conexión de la serpiente con
el principio feminino"(4)
proprio de la fuerza atribuida a la deidad Oya.
[…]
Notas
(1)
Rama de árbol en forma de V con uno de sus lados más largo, a manera de gancho
y en proporción de 1:5 o más.
(2)
Oricha de las centellas y las tempestades; se le sincretiza con Nuestra Señora
de la Candelaria o con el Ánima Sola, según determinados practicantes.
(3)
A Oyá se le atribuye en Cuba una corona de tipo ducal, de cuya parte inferior
cuelgan nueve piezas que pueden ser: una careta o máscara, un rayo o centella,
una guadaña, un arco con flecha-ofidio, una hoz, un alfane, un rastrillo, un
azadón o guataca, una pala o posibles variantes de distintos objetos cortantes
o punzantes.
(4)
Juan-Eduardo Cirlot: Diccionario de símbolos, Editorial Labor S.A.,
Barcelona, 1885, p. 407.
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La
República en Martí
Jorge Valls
Si
una idea alcanza la magnitud de ser a la vez el cúmulo intencional de todo el
esfuerzo intelectual y vital de un hombre y el foco causal para la
identificación de un hombre, ésa es la de la "república",
--especialmente la de la República de Cuba, en Martí.
Empezamos por decir que Martí ni inventa ni
descubre las ideas. Viene de una profunda raíz agustiniana y sabe perfectamente
el valor vital, germinal, seminal o espermático de esa sustancialidad por la
que se identifican el crecimiento y la multiplicación del ser-hombre, su
identificación original, su dignidad única y distinta superior a todas las
creaturas mortales, su ubicación jerárquica en el orden universal, su
continuidad y persistencia como ser causal obrante y, en definitiva, su
salvación o condenación en el mapa eterno donde ha inscrito su parábola.
El hombre es el ser que se reconoce a sí mismo
como una idea que se actualiza casualmente en esa dimensión efímera e
inaprehensible que es el tiempoespacio. Es lo que és y puede ser, el que puede
hacer, y aquello por lo cual ha de ser conocido. Tiene un nombre, por el que
podrá ser invocado desde más allá del tiempo y las mutaciones. Es el que
llegó, no para quedarse, sino para dejar una huella que va hacia el más allá.
Si de alguna manera esta relación entre Martí
y la idea --en este caso la de la república-- puede ser identificada, es a
través de los propios verbos latinos de donde provienen los castellanos. Me
refiero a "in-venire", que da "inventar", y
"dis-co-operire", que da "descubrir". El primero signifca
algo así como tropezar, ir por un camino y encontrarse con algo o alguien,
venir a dar con algo; y el segundo, liberar algo de lo que lo encubre
completamente y lo somete, de lo que lo disfraza no permitiéndo que sea
conocido en su intrínseca realidad.
La noción de república es vieja en nuestra
civilización. La recordamos en Platón como la condición de la ciudad en la
convivencia conscientemente diseñada. Pero se nos hace más fácil en su
versión latina de "res-publica", cosa del pueblo, del común, asunto
de todos: no lo particular, que incumbe a la parte, sino lo público, que afecta
al todo. Por ahí viene la identificación del "nosotros", distinto
del "yo" aislado y excluyente; es lo ya identificado en una común
sustancia, intención y acción. Para que el "nosotros" exista y sea
una exclusiva posibilidad humana, hace falta reconocer un fin común más allá
de todos los fines individuales, por cuya realización todos estos últimos
serán posibles. Así, hay una trascendencia sacrificial cuando lo particular es
sacrificado por lo común para ser recuperado con creces a través de una
realización ulterior. Lo que ha de ser poseído por todos será siempre más
valioso que lo que pueda poseer alguien como individuo. Llevado a su última
decantación: lo que por ser hombre tengo vale por encima de lo que por mero
Juan Pérez puedo alcanzar.
En Cuba, la palabra "república" se
usó desde mucho antes de su ocurrencia en la denominación partidista de una
facción política. Significaba la comunidad constituida, conscientemente
aceptada; y, más sencillamente, el municipio, la villa, el esquema germinal de
la ciudad. Así, en una petición elevada en el siglo XVII, aparece la
justificación de alguien "por estar protegido por las Leyes de
Indias" y "por ser su oficio útil a la república". El Obispo
Morell de Santa Cruz se agobia cuando dice: "…haciéndome cargo de los
perjuicios que amenazaban a esta república".
La república, pues, existe conceptual y
materialmente; se la reconoce en el tiempoespacio. Hará falta profundizar en
ella, como en un misterio inagotable, a través de los tantos que la entiendan y
la amen, para ir encontrando cómo puede ser y cómo debe ser, figurándola en
cómo se la diseña para que sea, o se la asume por lo que ha sido y para lo que
habrá de ser.
Para Martí, que viene a la vida en 1853, el
concepto ya ha sido expuesto por Félix Varela, los de la generación de éste y
sus sucesores, con responsabilidad formal y doctrinal. Esto último significa:
como camino por donde se ha de transitar hacia un fin siempre allende. Ya han
pasado Francisco Agüero, Aponte, Heredia, Joaquín de Agüero y otros. Hace
mucho rato que no estamos en un tranquilo asentamiento de estratos inmezclables.
Por el contrario, los signos del cataclismo genésico son evidentes. Ya se puede
identificar una "cosa de todos", que incumbe a todos y que a todos
acabará tocando, y quiénes son de ese "todos", entre los cuales se
van extremando las contradicciones más insalvables. Lo que se reclama no es una
conciliación y un tranquilizamiento sino una definición que discierna y separe
lo que es de lo que no es, y una justificación estructural que recomponga y
encauce.
Hay que salir de lo que no se es, para
reencontrarnos en lo que somos, debemos y queremos ser, y así constituirnos
efectivamente en la existencia.
En esta composición situacional le toca a
Martí asumir la determinación de su destino. Él sabe --como San Agustín--
que no hay hombre sin comunidad, que la persona --el rol humano-- es, por
necesidad, tanto individual como colectiva, y lo es inseparablemente. Pero la
decisión del destino implica, obligatoriamente, un paso en el orden
jerárquico. Algo ha de ser más importante, y ante lo cual todo lo demás será
subordinado o marginado. Ése es el foco intencional en función del cual se
armará la existencia. Martí opta por una palabra extraña, por supuesto muchas
veces envilecida: "patria". Para más, la define absolutamente:
'Patria es humanidad', es decir: la existencia y la condición de los hombres.
¡Osado el muchacho, eh!
Pero si patria es el numen metafísico con el
cual se ha de entender ya para siempre, esto hay que traducirlo a forma y figura
que puedan actualizarse en el debate dialéctico de su circunstancia, Así, se
define por la república, específicamente: por la República de Cuba, la
creación del estado cubano, con su principio sine qua non --la soberanía--, y
el riesgo, mil veces indeseable para el estatus quo, de ser libre e
independiente, es decir: de existir.
El orden constituido --complejo de intereses e
interdependencias y abroquelamiento de compromisos utilitarios-- teme, repudia y
estorba la aparición de un nuevo ser, de una nueva persona, ya individual ya
colectiva. Ésta viene a comer de lo que los otros ya se han repartido, viene a
competir contra los que ya han confirmado su poder, viene a proponer cuando
todas las preguntas ya parecen respondidas. Siempre es más deseable que no
venga: que los que ya están disfruten en paz de lo que han logrado. Todo niño
que viene al mundo le recuerda a Herodes que él va a morir y que otro tal vez
pueda ser rey.
Por eso, la irrupción en la existencia --al
menos en este plano-- ocurre siempre como un hecho sangriento, doloroso,
irruptor en un orden que queda deshecho y que exige ser recompuesto de otro
modo. Nacer, existir, es una pugna, una guerra, un hecho que se impone y que
sienta por sí mismo su causalidad en el derecho. Es siempre el triunfo del
futuro sobre el pasado, de lo que ha de ser sobre lo que ya no era. Para existir
no queda más remedio que violentar e imponer. Mientras más bravía esta
imposición, más posibilidad de subsistir y durar. Hablo del nacimiento de un
hombre o de la aprición de un estado.
Martí es, desde el principio de su existencia,
un agonista. Llega a decir, en carta nada menos que a una mujer a la que está
enamorando: "porque la vida es adversa, por eso vivo; yo he de ser más
fuerte que la adversidad". Él es un genio que incide y se impone. Ésa va
a ser su vida y su obra: la impulsión de una guerra en la que se ha de vencer e
imponer. El esquema que tiene de la guerra no es el del debate entre dos por un
cacho más o menos, sino el de la conquista: la toma y disposición total de
vida y hacienda, para la constitución de un reino y un diseño de
civilización.
Parte de dos conceptos fundamentales que
componen esa "res pública". ¿Qué es esa res, esa cosa que ha de ser
de todos, del común? ¿Y quién es ese pueblo por la cual y para la cual
aquélla ha de entrar en la existencia y ocupar un lugar en la jerarquía
universal de valores? La "cosa" es como una ley, un principio, una
clave del orden universal, un arjé, como dirían los griegos, algo por lo cual
el ser se constituye, la forma sobre la que todo acto ha de diseñarse.Y esto
es, para Martí: "el respeto, como a sagrado, de la dignidad plena del
hombre".
En cuanto al pueblo, ésos son todos los
hombres, reconocidos únicamente en su condición de hombres y en su vocación
de patria: --cubanos--, nacidos y no-nacidos, aceptados por el acto de mero
reconocimiento, los que están, los que han de estar y los que quieran estar.
Ninguno más ni menos que otro: "dígase hombre y ya se ha dicho
todo". Y como a éste hay que darle un nombre y una definción, apela a la
vieja y original de la ciudad, la polís, lo que constituye la república. Los
ve como civiles meramente. El hombre considerable para él es aquél que, por
naturaleza, no tiene ni la fiereza del león ni la voracidad del cáncer, sino
el que piensa, hable y razona, que busca la justicia y puede encontrarla. Ya lo
describió en su genial artículo sobre el Cristo de Munckazy, el húngaro:
"el hombre puro de la idea", el que es capaz de dejarse inmolar por la
pureza y exactitud del concepto, el único que puede ser de la verdad y la vida,
el que no tiene más que esto para justificarse.
De ahí que en toda exposición del proyecto
suyo lo militar y lo económico vayan siempre subordinados al orden supremo de
la razón civil, que es la justicia, el bien común único, sólo en el cual los
bienes particulares pueden tener sentido.
Por eso la república no es el formulario ni de
un sistema politico --elecciones, democracia, constutución, etc.--, ni del de
uno económico --propiedad, rendimientos e intercambios--, sino un orden
esencial de la existencia, que podrá tomar, según el imperativo de una
justicia universal y eterna, los moldes accidentales que mejor convengan. Lo que
reclama la república es su existencia, el reconociemiento y ejercicio de su
soberanía, la inexclusión de nadie del pueblo, que está necesariamente
compuesto por todos, y la consideración de la dignidad plena del hombre y la
obligación para con la misma como clave sine qua non de su consistencia. O la
república viene para el respeto, la defensa y la promoción de todos y cada
uno, o la república 'no vale ni una gota de sangre de sus mártires ni una
lágrima de sus mujeres'.
Es decir: la república es un valor en el orden
universal. El valor sólo puede existir para el alma libre que puede discernir y
optar entre el ser y el no ser, entre el camino de la salvación y el de la
condenación. La república es una ontología de índole necesariamente ética.
El hombre vive para decidir, y decide para ser juzgado. ¡Y nadie puede
escaparse de este imperativo!
Esto hay que consagrarlo en un vocación
inmolanda: la república propuesta para la justificación del hombre, que
reclama siempre una conceptuación, un logos, más sustancialmente radical y
determinante que la inmediata limitación y relatividad de aquél. Esto Martí
ha de simbolizarlo por la estrella --el pentáculo--, cuya justa posición
apuntante al cénit la constituye en fuerza del bien exorcizante del mal, y cuya
subversión apunta a la actualización del maligno y su apropiación del campo.
A esto añádase "la fórmula del amor triunfante".
¿Qué es esto del "amor triunfante" ?
Eros, el germinador, Filía, el de los hermanos, y Agape, el voluntario y
gratuito que se da sin reclamación alguna como puro regalo para el amado, los
tres constituidos como un solo motor victorioso en un orden universal donde el
hombre es un móvil libre. Así la idea, la noción concebible, la figura
aspiranda --eso que viene a llamarse ideal-- es causa de salvación por la que
va a ser juzgada la conducta de quien la asuma, doctrina, al fin y al cabo, por
cuya inmutabilidad e imperecederidad rige por sí misma. ¿No hace la conducta
pecaminosa más evidente la justicia de la ley y su valor perenne? Así también
la república, cuya fórmula clave, que es el amor, estará siempre a cierta
distancia entre el hecho material o la intención particular, siempre
deficientes y acaso perniciosos, y el esquema ideal absoluto e inmarcesible por
el cual ha de ser juzgada la conducta según su aproximación o alejameiento.
Porque la perfección está más allá del hombre, pero el hombre está obligado
a esforzarse por alcanzarla.
Y el amor, como en los clásicos del tiempo más
severo, es un grande y vigoroso obrero, un herrero, que se quema las carnes y se
agota por dar a la resistencia del hierro indiferente la forma fina y sensible,
aguda y exacta, de la intención humana.
Martí da entonces un salto último,
maravillosamente platónico, idéntico con la más pura intencionalidad
universal. Dice: "con todos y para el bien de todos".
Nadie se queda fuera del trabajo, del esfuerzo,
del dolor y la agonía, que han de ser compartidos. Son la condena que hay que
halar entre todos y parejamente, con los buenos y los malos, los sabios y los
necios, los tontos y los listos, los tigres y los corderos.Y todo esto con un
fin más allá, más allá del hombre y de las cosas que pasan: para el Bien,
así, con mayúscula, como lo hubieran escrito Platón y San Agustín, para el
Bien, causa anterior y final de todo lo existente y lo posible. El Bien, que se
vierte en toda su necesaria consecuencia; que es esto y lo que no conocemos: el
"nosotros" amplísimo que comprende lo humano y lo no-humano: el
universo, que, según Martí, "adora agradecido". Por eso el Bien se
convierte inmediatamente en un prójimo y en un patrimonio. Es el Bien de todos,
porque si todos hemos sido para el Bien, el Bien ha resultado para todos. Es y
será para todos.
Para este vuelo de palomas encandiladas que es
la concepción de la república y la gestión para la aparición histórica de
la República de Cuba, que no ocurre un día sino todos los días en que fuere
necesario, el pobre Martí, que era tan humilde, no se atrevió pedir sino
aquello de: "…un ramo de flores", lo más efímero y al mismo tiempo
gratuito en la actualización del ser en el tiempoespacio, "¡…y una
bandera!": la expresión perdurable de un signo por el que se identifica y
se presenta, para someterse a juicio, la existencia.
Jorge Valls
WNY, NJ.
23 de mayo
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