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ATENEO
#45
Miranda:
Un venezolano Universal
Fragmento de
"Miranda en La Carraca"
Arturo Michelena
¿Quién
es este ilustre venezolano del que dijo Napoleón: " ... Este Quijote, que
no está loco, tiene fuego sagrado en el alma..." Y al que el mismo
Bolívar calificó como: "... el más ilustre colombiano..."¡Quién
es este personaje cuyo nombre está grabado en el Arco del Triunfo; su retrato
colocado en la Galería de los Personajes en el Palacio de Versalles y su
estatua erigida frente a la del General Kellerman en el propio campo de Valmy,
en Francia? ¿ Quién es en definitiva este hombre, que a lo largo de su vida
estableció estrechas relaciones con personajes de la talla de Bolívar,
Napoleón, Andrés Bello, William Pitt, O' Higgins, Sucre, Catalina de Rusia,
Wellington, Dantón y San Martín, entre otros?
Sus años en
Venezuela: El rechazo.
Francisco de Miranda nació en Caracas el 28 de
marzo de 1750. Hijo del canario Sebastián de Miranda Ravelo y de la caraqueña
Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza. A los doce años inicia estudios en la
"Clase de Menores" de la Universidad de Caracas. Durante dos años
estudia latín, la Gramática de Nebrija y el Catecismo de Ripalda. Desde 1764 a
1766 cursó la "Clase de Mayores", profundizando sus conocimientos del
latín a través del estudio de los clásicos de Virgilio y Cicerón. Asimismo,
el curso requería nociones de historia, religión, aritmética y geografía.
Finalmente cursa "Artes", completando su educación con estudios de
lógica, física y metafísica, obteniendo el título de Bachiller en 1767.
El nombramiento de su padre como Capitán de una
Compañía de "blancos isleños" en 1764, produjo un fuerte rechazo de
la sociedad "mantuana", expresión del conflicto que enfrentaba a
los"blancos españoles y a los "blancos criollos", preámbulo de
la lucha de Independencia Hispanoamericana. Ante tal circunstancia, decide
marcharse en 1770 a España para servir al Rey.
25 de enero de
1771:
Comienzo de una etapa trascendental en su vida
El 25 de enero de 1771, sin haber cumplido
todavía los 21 años se embarca para España, con el propósito de servir en el
ejército real, dando con esto inicio a un largo periplo que lo llevará a
combatir en tres continentes: África, Europa y América; y, a participar en
tres de los eventos más importantes de la historia universal contemporánea: la
Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y la Revolución de
Independencia Hispanoamericana.
En 1772, con la obtención del Rey (Carlos III)
de un puesto como oficial en el ejército español, dará inicio a una rápida y
ascendente carrera militar que comienza como Capitán del Regimiento de
Infantería de la Princesa. El año siguiente está de guarnición en las
posesiones españolas del Norte de África y participa luego en la defensa de
Melilla (1774-1775) contra las fuerzas del Sultán de Marruecos y en la
expedición contra Argel (1775). Nombrado capitán del Regimiento de Aragón y
Edecán del general Juan Manuel Cajigal, en 1781 acompaña a éste con las
tropas españolas que refuerzan el sitio puesto a la plaza de Pensacola, ocupada
por los ingleses en la Florida Occidental. Su conducta en la toma y
capitulación de esta plaza en mayo de 1781, le valen ser ascendido a teniente
coronel. Es en Pensacola, contexto de la independencia norteamericana, donde
Francisco de Miranda concibe por primera vez la idea de una gran patria libre
para Hispanoamérica, a la que llamaría poco después Colombia o Colombeia. En
abril de 1782 participa en la expedición naval española que sale de Cuba para
conquistar las islas británicas de las Bahamas. Como Edecán del general
Cajigal negocia la capitulación de esas islas el 8 de mayo. De ahí se traslada
a Cabo Francés (Haití), donde tendrá que enfrentar por primera vez, las
denuncias e intrigas, que siempre rodearon su vida. Se le acusaba que en junio
de 1781 había permitido la visita del general inglés Campbell a las
fortificaciones de La Habana, por lo que es arrestado, y liberado gracias a su
amigo Cajigal. De regreso a La Habana tiene que esconderse para no ser sometido
a prisión, embarcándose hacia Estados Unidos (1.6.1783.) donde pasará 18
meses. Allí estudia el proceso norteamericano, frecuentando a prominentes
ciudadanos como Jorge Washington, Alexander Hamilton, Thomas Paine y Gilbert M.
de La Fayette; esbozando su primer proyecto de Independencia para todo el
continente Hispanoamericano. En diciembre de 1784 se embarca a Inglaterra,
siempre con el propósito de conseguir ayuda para sus proyectos
independentistas. Sin embargo, el momento no es el más propicio y Miranda se
dedicará a perfeccionar su cultura, que llegará a ser imponente. Miranda
llegó a dominar 6 idiomas, y traducir del latín y griego. Con el tiempo
construyó en su casa de Londres, una biblioteca conformada por más de 6.000
volúmenes, muchos de ellos representativos de la cultura del Siglo de las Luces
(Diderot, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Locke, Hume).
Durante 4 años (1785-1789), emprende un largo
viaje a través de Europa. Visita parte de Holanda, Prusia, casi toda Italia,
Alemania, Francia, Suiza, Bélgica y Grecia. Pasa al Asia Menor y al Imperio
Turco (Constantinopla). En Kiev, el 14 de febrero de 1787, es presentado a
Catalina de Rusia que hace de él uno de sus predilectos y le autoriza a
utilizar el uniforme del ejército ruso. En este período el gobierno de Madrid
hace vigilar a Miranda, preparando su extradición. Para escapar a las
persecuciones de la corona española, usa el nombre de Monseiur Meyrat. El 18 de
junio de 1789 regresa a Inglaterra donde reanuda conversaciones con el Primer
Ministro William Pitt, sobre la proyectada emancipación de Hispanoamérica,
presentándole planes y estudios de operaciones militares en América. La
indiferencia de Pitt ante sus planes, obligará a Miranda a buscar nuevos
horizontes para la realización de su ideal independentista continental.
El 23 de marzo de 1792 llega a París, donde
establece estrecha amistad con el alcalde de la ciudad, Jerónimo Petión. El 25
de agosto de 1792 es nombrado Mariscal de Campo del Ejército Revolucionario
francés, cargo que acepta Miranda como medio para promover la causa de
independencia hispanoamericana. En poco tiempo cosecha grandes éxitos
militares. Al mando de una división, obliga a retroceder el 12 de septiembre de
1792, en las batallas de Morthomme y Briquenay, a las fuerzas prusianas; las
cuales se retiraran de manera definitiva el día 20 del Campo de Valmy. En
octubre se encarga como petición de Carlos Dumuriez de los ejércitos del
norte. Acto seguido ocupa Amberes y toma el mando del ejército en Bélgica. Se
ve obligado a levantar el sitio de la ciudad de Maastricht (Holanda). La derrota
de Neerwinden (Bélgica) le obliga a retirarse. Estos reveses militares serán
utilizados por Dumuriez, quien pensaba pasarse al enemigo (los austríacos) para
acusarlo de traición ante Dantón y la Convención Francesa El 28 de marzo
llega Miranda a París, para comparecer y enfrentar los cargos en su contra. No
obstante, los hechos darán un giro inesperado, cuando la rivalidad entre
girondinos y jacobinos lo lleven ante el Tribunal Revolucionario, ante el cual
hace una magistral defensa que le permite evitar la guillotina y ser liberado el
13 de enero de 1795.
El 15 de enero regresa a Londres, donde reanuda
sus gestiones con el primer ministro Pitt y el gabinete británico, así como
con las autoridades norteamericanas para lograr la ayuda necesaria para la
ejecución de su plan de operaciones en Hispanoamérica. Al no concretarse ni la
ayuda británica, ni la norteamericana, emprende Miranda con la ayuda de algunos
amigos una expedición a bordo del bergantín Leander (por el nombre de su
primer hijo Leandro) el 2 de febrero de 1806 hacia Jacmel (Haití). En el puerto
haitiano se unen al Leander las goletas Bee y Bacchus. El 12 de marzo es creada
por Miranda la bandera tricolor (amarillo, azul y rojo). Desembarca en La Vela
de Coro el 3 de agosto de 1806, toma el fortín e iza la bandera, lo cual hace
también en la ciudad de Coro, pero donde no recibe el apoyo de los pobladores,
retirándose ante la amenaza realista.
10 de octubre de
1810: La empresa definitiva
El 10 de octubre, luego de conversaciones en su
casa de Londres (n° 27 de Grafton Way) con los comisionados de la Junta Suprema
de Gobierno de Caracas (formada por Andrés Bello, Simón Bolívar y Luis López
Méndez), Miranda decide regresar a Venezuela. El 10 de diciembre del mismo
año, después de hacer escala en Curazao, llega a La Guaira. Es nombrado
teniente general de los ejércitos de Venezuela el 31 de diciembre de 1810.
Impulsa la instalación de la Sociedad Patriótica y en 1811 se incorpora al
Congreso Constituyente. Sostiene la necesidad de declarar la Independencia
definitiva, lo que se realiza el 5 de julio de 1811, adoptándose como bandera
nacional la traída por Miranda en 1806. A raíz del terremoto del 26 de marzo
de 1812, y la derrota de Bolívar a manos de Domingo Monteverde en Puerto
Cabello, Miranda comenzará una serie de negociaciones con los realistas, que
concluirán con la Capitulación de San Mateo el 25 de julio de 1812 y la
pérdida de la Primera República.
El fracaso del primer intento de independencia de España por parte de
Venezuela, y el creciente rechazo hacia su persona, hacen renunciar a Miranda a
su cargo de General en Jefe de Tierra y Mar de la Confederación de Venezuela.
Durante la noche del 30 al 31 de julio, cuando se preparaba a embarcarse en La
Guaira rumbo a Curazao, un grupo de militares y civiles (entre los que se
encontraba Bolívar) lo arresta, acusándolo de traición. Poco después de su
arresto, las fuerzas realistas entran a La Guaira y se apoderan de él. El 4 de
junio es trasladado a la fortaleza de El Morro en Puerto Rico, y a fines de 1813
llevado a España. A principios de enero de 1814 está encarcelado en un
calabozo del Fuerte de las Cuatro Torres, en el arsenal de La Carraca, donde
morirá en la madrugada del 14 de Julio de 1816. Dando fin a la vida del primer
venezolano universal, el precursor de la Independencia Hispanoamericana y el
"criollo más culto de su tiempo".
Referencia Bibliográfica
BRICEÑO IRAGORRY, Mario. Don Francisco de
Miranda, maestro de Libertadores. Trujillo, Ejecutivo del Estado, 1950;
BRITO FIGUEROA, Federico. Miranda, pasión de la
libertad americana. Caracas, Universidad Santa María, 1981;
COVA, Jesús Antonio. Francisco de Miranda, el
precursor de precursores. Caracas, Imprenta Nacional, 1950;
PARRA PÉREZ, Carracciolo. Historia de la
Primera República de Venezuela.Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1992;
POLANCO ALCÁNTARA, Tomás. Francisco de
Miranda: ¿Don Juan o Quijote?. Caracas, Ediciones G.E, 1996;
SALCEDO BASTARDO, José Luis. Crisol de
americanismo: la casa de Miranda en Londres.Caracas, Lagoven, 1980;
USLAR PIETRI, Arturo y Pedro Grases. Los Libros
de Miranda. Caracas, La Casa de Bello, 1979;
USLAR PIETRI, Juan. Miranda y la sonrisa de la
guillotina. Caracas, Editorial Ateneo de Caracas, 1979.
Frank Rodríguez
Junio 2000
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Cecilio
Acosta
Frank Rodríguez
Nace en San Diego
de los Altos (Estado Miranda) el primero de agosto de 1818. Muere en Caracas el
8 de julio de 1881
Fue Cecilio
Acosta importante escritor, periodista y exponente del humanismo durante la
segunda mitad del siglo XIX venezolano. Fueron sus padres Ignacio Acosta y Juana
Margarita Revete Martínez. Nació en el seno de una familia pobre, situación
que influye en su vida estudiantil, profesional y pública. Su primera
formación estuvo a cargo del presbítero Mariano Fernández Fortique, quien
luego se hizo famoso como orador, escritor y prelado.
Dada la fecha de
su nacimiento, Acosta formó parte junto a Juan Vicente González, Fermín Toro
y Rafael María Baralt de la generación intelectual de la Independencia y la
República. En 1831, ingresa al Seminario Tridentino de Santa Rosa (Caracas),
donde inicia la carrera sacerdotal, el conocimiento de los clásicos, el dominio
de la lengua latina y una serie de lecturas decisivas en la gestación de su
pensamiento. En 1840, abandona los estudios eclesiásticos para estudiar
filosofía y derecho en la Universidad Central de Venezuela. Aunque obtuvo el
título de abogado, no cambió su situación económica.
En 1846 sale a la
palestra pública al dar a conocer en los periódicos La Época y El Federal sus
reflexiones sobre la tensa situación del país dividido entre conservadores y
liberales.
A partir de este
momento su pensamiento se caracteriza por enfatizar en el humanismo y el
liberalismo. En tal sentido, los temas que a su juicio debían ser claves para
el desarrollo del país eran entre otros la industria, la propiedad, la
inmigración, la electricidad, la imprenta, el vapor, el telégrafo, así como
los trabajos de síntesis histórica y discernimiento jurídico cuyo eje es la
meditación sobre el progreso y lo civilizado, y el análisis de la instrucción
que requería Venezuela para alcanzarlos.
En 1848, siendo
nombrado Secretario de la Facultad de Humanidades de la UCV, dicta las cátedras
de Economía Política y de Legislación Universal Civil y Criminal (1853). En
1856, publica uno de sus más importantes ensayos sobre la educación: Cosas
sabidas y cosas por saberse.
En 1857, sostiene
una polémica con Ildefonso Riera Aguinagalde sobre la doctrina liberal. Por
este tiempo mantiene una nutrida correspondencia con notables de Latinoamérica,
España y Venezuela. Asimismo, se convierte en un ascendiente moral sobre las
nuevas generaciones.
En 1870, durante
el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, aunque en la Universidad Central se
hacía sentir el impacto del positivismo y el determinismo, Acosta representa un
norte para los jóvenes y un puente entre la tradición humanista de Andrés
Bello y las nuevas estéticas en ebullición.
Muestras del
afecto y respeto que despertó entre sus alumnos y contemporáneos fueron las
expresiones de cariño de Lisandro Alvarado, científico humanista y el homenaje
que le rinde José Martí a su paso por Caracas en 1881.
A pesar de su
importancia en la formación de los nuevas generaciones de intelectuales y
científicos, Acosta murió en la completa pobreza. Sus restos reposan en el
Panteón Nacional desde el 5 de julio de 1937.
Su obra se
mantuvo dispersa hasta que en 1908 cuando se intenta una primera recopilación;
pero es sólo a partir de 1940 que se procede a la divulgación de su
pensamiento por medio de antologías. En 1981 la Fundación La Casa de Bello
preparó la edición de sus Obras Completas.
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Andrés
Eloy Blanco
Frank Rodríguez
Nace
en Cumaná (Estado Sucre) el 8 de junio de 1896. Muere en Ciudad de México el
21de mayo, 1955.
Importante poeta venezolano, miembro de la
"Generación del 28" y fundador del Partido Acción Democrática (AD).
Sus padres fueron Luis Felipe Blanco y Dolores
Meaño. Transcurre su infancia en la isla de Margarita, hasta que se traslada a
Caracas en 1908 con la finalidad de estudiar en el Colegio Nacional, regentado
en ese entonces por Luis Ezpelosín. Luego ingresa a la Universidad Central de
Venezuela, donde cursa la carrera de derecho y se gradúa en 1918.
Desde muy joven mostró un gran talento literario, el cual fue reconocido en
diversos concursos. En tal sentido, uno de sus primeros poemas "La espiga y
el arado", fue premiado en los Juegos Florales de Ciudad Bolívar en 1916.
Asimismo en 1921, publica su primer libro Tierras que me oyeron; y en 1923,
recibe el primer premio en concurso promovido por la Real Academia Española de
la Lengua, en la ciudad de Santander (España), a la cual concurrió con su
Canto a España, lo que le da notoriedad internacional.
En 1928, forma parte del grupo de estudiantes
universitarios que se alzaron en contra de la dictadura del general Juan Vicente
Gómez. Por tal motivo, entre 1928 y 1933, va a parar a la prisión de La
Rotunda, de donde lo pasan al castillo Libertador de Puerto Cabello (1933-1934).
Durante el tiempo que estuvo encarcelado, dio
muestras de una gran fortaleza física y moral, ya que pese a tener pesados
grillos en los pies, siguió produciendo originales escritos que luego sus
hermanas se encargaban de pasar en limpio. Enfermo fue confinado a Valera
(1935).
En el lapso que estuvo prisionero en las
cárceles gomecistas, estableció contacto con los campesinos y obreros
analfabetas llevados a estas prisiones por el régimen de Gómez; los cuales
inspiraron algunas de su obras: Barco de Piedra, Malvina Recobrada (1937),
Abigail (1937) y Baedecker 2000. En estos libros Eloy Blanco empleó un
tratamiento de la realidad que él mismo denominó como "colombismo",
y que derivaba de una actitud descubridora del poeta en contacto con la realidad
americana.
Después de la muerte de Juan Vicente Gómez
(17 de diciembre de 1935), milita en las filas del Partido Democrático Nacional
(PDN) y resulta electo presidente del Consejo Municipal del Distrito Federal.
Miembro fundador del partido Acción Democrática (AD), participa también en la
fundación del semanario humorístico El Morrocoy Azul (1941). Diputado por el
Distrito Federal (1945) y destacado presidente de la Asamblea Nacional
Constituyente (1946-1947), se desempeña como ministro de Relaciones Exteriores
en el Gobierno de Rómulo Gallegos y representa a Venezuela en las Asamblea de
las Naciones Unidas (París 1948).
Luego del derrocamiento de Gallegos (24 de
noviembre de 1948), sale al destierro, pasando primero a Cuba y posteriormente a
México, donde murió en un accidente automovilístico. En 1973, el Congreso
Nacional hizo una edición de sus obras completas, en 10 volúmenes, 5 de los
cuales recogen su labor periodística, que contiene crónicas y ensayos cortos.
En esta edición, también están contenidos sus discursos, que son de calidad
excelente, pues Andrés Eloy Blanco era un gran orador, acaso uno de los mejores
que ha tenido Venezuela en el siglo XX. Sus restos reposan en el Panteón
Nacional desde el 2 de julio de 1981.
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Bolívar
visto por Martí
Discurso pronunciado en la velada de la
Sociedad Literaria Hispanoamericana , el 28 de octubre, por José Martí.
Señoras,
Señores:
Con la frente contrita de los americanos que
no han podido entrar aún en América; con el sereno conocimiento del puesto y
valer reales del gran caraqueño, en la obra espontánea y múltiple de la
emancipación americana; con el asombro y reverencia de quien ve aún ante sí,
demandándole la cuota, a aquel que fue como el samán de sus llanuras, en la
pompa y generosidad, y como los ríos que caen atormentados de las cumbres, y
como los peñascos que vienen ardiendo, con luz y fragor de las entrañas de las
tierras, traigo el homenaje infeliz de mis palabras, menos profundo y elocuente
que el de mi silencio, al que desclavó del Cuzco el gonfalón de Pizarro. Por
sobre tachas y cargos, por sobre la pasión del elogio y la del denuesto, por
sobre las flaquezas mismas, ápice negro en el plumón del cóndor, de aquel
príncipe de la libertad, surge radioso el hombre verdadero. Quema y arroba.
Pensar en él, asomarse a su vida, leerle una arenga, verlo deshecho y jadeante
en una carta de amores, es como sentirse orlado de oro el pensamiento. Su ardor
fue el de nuestra redención, su lenguaje fue el de nuestra naturaleza, su
cúspide fue la de nuestro continente; su caída, para el corazón. Dícese
Bolívar, y ya se ve delante el monte a que, más que la nieve, sirve el
encapotado jinete de corona; ya el pantano en que se revuelven, con tres
repúblicas en el morral, los libertadores que van a rematar la redención de un
mundo. ¡Oh, no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás en
ella; ¡De Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre
relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía
descabezada a los pies! Ni a la justa admiración ha de tenerse miedo, porque
esté de moda continua en cierta especie de hombres el desamor de lo
extraordinario; ni el deseo bajo del aplauso ha de ahogar con la palabra
hinchada los decretos del juicio; ni hay palabra que diga el misterio y el
fulgor de aquélla frente cuando en el desastre de Casacoima, en la fiebre de su
cuerpo y la soledad de los ejércitos huidos, vio claros, allá en la cresta de
los Andes, los caminos por donde derramaría la libertad sobre las cuencas del
Perú y Bolivia. Pero cuanto dijéramos, y aun lo excesivo, estaría bien en
nuestros labios esta noche, porque cuantos nos reunimos hoy aquí somos hijos de
su espada.
Ni la presencia de nuestras mujeres puede, por
temor de parecerles enojoso, sofocar en los labios el tributo; porque ante las
mujeres americanas se puede hablar sin miedo de la libertad. Mujer fue aquélla
hija de Juan de Mena, la brava paraguaya que, al saber que a su paisano
Antequera lo ahorcaban por criollo, se quitó el luto del marido que vestía y
se puso de gala, porque 'es día de celebrar aquel en que un hombre bueno muere
gloriosamente por su patria'; mujer fue la colombiana, de saya y cotón, que,
antes que los comuneros, arrancó en el Socorro el edicto de impuestos
insolentes que sacó a pelear a veinte mil hombres; mujer la de Arismendi, pura
cual la mejor perla de la Margarita, que a quien la pasea presa por el terrado
de donde la puede ver el esposo sitiador, dice, mientras el esposo riega de
metralla la puerta del fuerte: 'jamás lograréis de mí que le aconseje faltar
a sus deberes'; mujer aquella soberana Pola, que armó a su novio para que fuese
a pelear, y cayó en el patíbulo junto a él; mujer Mercedes Abrego, de trenzas
hermosas, a quien cortaron la cabeza porque bordó, de su oro más fino, el
uniforme del Libertador; mujeres las que el piadoso Bolívar llevaba a la grupa,
compañeras indómitas de sus soldados, cuando a pechos juntos vadeaban los
hombres el agua enfurecida por donde iba la redención a Boyacá, y de los
montes andinos, siglos de la Naturaleza, bajaban torvos y despedazados los
torrentes.
Hombre fue aquel en verdad extraordinario.
Vivió como entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de fuego.
Amigo, se le muere el hombre honrado a quien quería, y manda que todo cese a su
alrededor. Enclenque, en lo que anda el posta más ligero, barre con un
ejército naciente todo lo que hay de Tenerife, a Cúcuta. Pelea, y en lo más
afligido del combate, cuando se le vuelven suplicantes todos los ojos, manda que
le desensillen el caballo. Escribe, y es como cuando en lo alto de una
cordillera se coge y cierra de súbito la tormenta, y es bruma y lobreguez el
valle todo; y a tajos abre la luz celeste la cerrazón, y cuelgan de un lado y
otro las nubes por los picos, mientras en lo hondo luce el valle freso con el
primor de todos los colores. Como los montes era él ancho en la base, con las
raíces en las del mundo, y por la cumbre enhiesto y afilado, como para penetrar
mejor en el cielo rebelde. Se le ve golpeando, con el sable de puño de oro, en
las puertas de la gloria. Cree en el Cielo, en los dioses, en los inmortales, en
el dios de Colombia, en el genio de América y en su destino. Su gloria lo
circunda, inflama y arrebata. Vencer, ¿no es el sello de la divinidad? ;
¿vencer a los hombres, a los ríos hinchados, a los volcanes, a los siglos, a
la Naturaleza? Siglos, ¿cómo los desharía, si no pudiera hacerlos?; ¿no
desata razas, no desencanta el Continente, no evoca pueblos, no ha recorrido con
las banderas de la redención más mundo que ningún conquistador con las de la
tiranía, no habla desde el Chimborazo con la eternidad y tiene a sus plantas en
el Potosí, bajo el pabellón de Colombia picado de cóndores, una de las obras
más bárbaras y tenaces de la historia humana?; no le acatan las ciudades, y
los poderes de esta vida, y los émulos enamorados o sumisos, y los genios del
orbe nuevo, y las hermosuras? Como el sol llega a creerse, por lo que deshiela y
fecunda, y por lo que ilumina y abrasa. Hay senado en el Cielo, y él será, sin
duda, de él. Ya ve el mundo allá arriba, áureo de sol cuajado, y los asientos
de la roca de la creación, y el piso de las nubes, y el techo de centellas que
le recuerdan, en el cruzarse y chispear, los reflejos del mediodía de Apure en
los rejones de sus lanzas; y descienden a aquélla altura, como dispensación
paterna, la dicha y el orden sobre los humanos. Y no es así el mundo, sino suma
de la divinidad que asciende ensangrentada y dolorosa del sacrificio y prueba de
los hombres todos. Y muere él en Santa Marta del trastorno y horror de ver
hecho pedazos aquel astro suyo que creyó inmortal, en su error de confundir la
gloria de ser útil, que sin cesar le crece, y es divina de veras, y corona que
nadie arranca de las sienes, con el mero accidente del poder humano, merced y
encargo casi siempre impuro de los que sin mérito ni osadía lo anhelan para
sí, o estéril triunfo de un bando sobre otro, o fiel inseguro de los intereses
y pasiones, que sólo recae en el genio o la virtud en los instantes de suma
angustia o pasajero pudor en que los pueblos, enternecidos por el peligro,
aclaman la idea o desinterés por donde vislumbran su rescate. ¡Pero así está
Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca
de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él,
calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer
está hasta hoy; porque Bolívar tiene qué hacer en América todavía!
América hervía, a principios del siglo, y
él fue como su horno. Aún cabecea y fermenta, como los gusanos bajo la costra
de las viejas raíces, la América de entonces, larva enorme y confusa. Bajo las
sotanas de los canónigos y en la mente de los viajeros próceres venía de
Francia y de Norte América el libro revolucionario, a avivar el descontento del
criollo de decoro y letras, mandado desde allende a horca y tributo; y esta
revolución de lo alto, más la levadura rebelde y en cierto modo democrática
del español segundón y desheredado, iba a la par creciendo, con la cólera
baja, la del gaucho y el roto y el cholo y el llanero, todos tocados en su punto
de hombre; en el sordo oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme, vagaban
con el consuelo de la guerra por el bosque las majadas de indígenas, como
fuegos errantes sobre una colosal sepultura. La independencia de América venía
de un siglo atrás sangrando; ¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra
América, sino de sí misma! Así, en las noches aromosas de su jardín
solariego de San Jacinto, o por las riberas de aquel pintado Anauco por donde
guió tal vez los pies menudos de la esposa que se le murió en flor, vería
Bolívar, con el puño al corazón, la procesión terrible de los precursores de
la independencia de América: ¡van y vienen los muertos por el aire y no
reposan hasta que no está su obra satisfecha! El vio, sin duda, en el
crepúsculo del Avila, el séquito cruento...
Pasa Antequera, el de Paraguay, el primero de
todos, alzando de sobre su cuello rebanado la cabeza; la familia entera del
pobre inca pasa, muerta a los ojos de su padre atado, y recogiendo los cuartos
de su cuerpo; pasa Tupac Amaru; el rey de los mestizos de Venezuela viene luego,
desvanecido por el aire, como un fantasma; dormido en su sangre va después
Salinas, y Quiroga muerto sobre su plato de comer, y Morales como viva
carnicería, porque en la cárcel de Quito amaban a su patria; sin casa a donde
volver, porque se la regaron de sal; sigue León, moribundo en la cueva; en
garfios van los miembros de José España, que murió sonriendo en la horca, y
va humeando el tronco de Galán, quemado ante el patíbulo; y Berbeo pasa, más
muerto que ninguno -aunque de miedo a sus comuneros lo dejó el verdugo vivo-,
porque, para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay
muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria; ¡y de esta
alma india y mestiza y blanca, hecha una llama sola, se envolvió en ella el
héroe, y en la constancia y la intrepidez de ella; en la hermandad de la
aspiración común juntó, al calor de la gloria, los compuestos desemejantes;
anuló o enfrenó émulos, pasó el páramo y revolvió montes, fue regando de
repúblicas la artesa de los Andes, y cuando detuvo la carrera, porque la
revolución argentina oponía su trama colectiva y democrática al ímpetu
boliviano, catorce generales españoles, acurrucados en el cerro de Ayacucho, se
desceñían la espada de España!
De las palmas de las costas, puestas allí
como para entonar canto perenne al héroe, sube la tierra, por tramos de plata y
oro, a las copiosas planicies que acuchilló de sangre la revolución americana;
y el cielo ha visto pocas veces escenas más hermosas, porque jamás movió a
tantos pechos la determinación de ser libres, ni tuvieron teatro de más
natural grandeza, ni el alma del continente entró tan lleno en la de un hombre.
El Cielo mismo parece haber sido actor, porque eran dignas de él, en aquellas
batallas; ¡parece que los héroes todos de la libertad, y los mártires todos
de toda la tierra, poblaban apiñados aquélla bóveda hermosa, y cubrían, como
gigante égida, el aprieto donde pujaban nuestras almas, o huían despavoridos
por el Cielo injusto, cuando la pelea nos negaba su favor! El Cielo mismo
debía, en verdad, detenerse a ver tanta hermosura: de las eternas nieves
ruedan, desmontadas, las aguas portentosas; como menuda cabellera, o crespo
vellón, visten las negras abras árboles seculares; las ruinas de los templos
indios velan sobre el desierto de los lagos; por entre la bruma de los valles
asoman las recias torres de la catedral española; los cráteres humean, y se
ven las entrañas del Universo por la boca del volcán descabezado; ¡y a la
vez, por los rincones todos de la tierra, los americanos están peleando por la
libertad!
Unos cabalgan por el llano y caen al choque
enemigo como luces que se apagan, en el montón de sus monturas; otros, rienda
al diente, nadan, con la banderola a flor de agua, por el río crecido; otros,
como selva que echa a andar, vienen costilla a costilla, con las lanzas sobre
las cabezas; otros trepan un volcán, y le clavan en el belfo encendido la
bandera libertadora. Pero ninguno es más bello que un hombre de frente
montuosa, de mirada que le ha comido el rostro, de capa que le aletea sobre el
potro volador, de busto inmóvil en la lluvia del fuego o la tormenta, ¡de
espada a cuya luz vencen cinco naciones! Enfrena su retinto, desmadejado el
cabello en la tempestad del triunfo, y ve pasar, entre la muchedumbre que le ha
ayudado a echar atrás la tiranía, el gorro frigio de Ribas, el caballo dócil
de Sucre, la cabeza rizada de Piar, el dolmán rojo de Páez, el látigo
desflecado de Córdoba, o el cadáver del coronel que sus soldados se llevan
envuelto en la bandera. Yérguese en el estribo, suspenso como la Naturaleza, a
ver a Páez en las Queseras dar las caras con su puñado de lanceros, y a vuelo
de caballo, plegándose y abriéndose, acorralar en el polvo y la tiniebla al
hormiguero enemigo. ¡Mira, húmedos los ojos, el ejército de gala, antes de la
batalla de Carabobo, al aire colores y divisas, los pabellones viejos cerrados
por un muro vivo, las músicas todas sueltas a la vez, el Sol en el acero alegre
y en todo el campamento el júbilo misterioso de la casa en que va a nacer un
hijo! ¡Y más bello que nunca fue en Junín, envuelto entre las sombras de la
noche, mientras que en pálido silencio se astillan contra el brazo triunfante
de América las últimas lanzas españolas!
Y luego, poco tiempo después, desencajado, el
pelo hundido por las sienes enjutas, la mano seca como echando atrás el mundo,
el héroe dice en su cama de morir; ' ¡José! ¡José! vámonos que de aquí
nos echan; ¿a dónde iremos?' Su gobierno nada más se había venido abajo,
pero él acaso creyó que lo que se derrumbaba era la república; acaso, como
que de él se dejaron domar, mientras duró el encanto de la independencia, los
recelos y personas locales, paró en desconocer, o dar por nulas o menores,
estas fuerzas de realidad que reaparecerían después del triunfo; acaso,
temeroso de que las aspiraciones rivales le decorasen los pueblos recién
nacidos, buscó en la sujeción, odiosa al hombre, el equilibrio político,
sólo constante cuando se fía a la expansión, infalible en un régimen de
justicia y más firme cuando más desatada. Acaso, en su sueño de gloria, para
la América y para sí, no vio que la unidad de espíritu, indispensable a la
salvación y dicha de nuestros pueblos americanos, padecía, más que se
ayudaba, con su unión en formas teóricas y artificiales que no se acomodaban
sobre el seguro de la realidad; acaso el genio previsor que proclamó que la
salvación de nuestra América está en la acción una y compacta de sus
repúblicas, en cuanto a sus relaciones con el mundo y al sentido y conjunto de
su porvenir, no pudo, por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito ni de
la casta, conocer la fuerza moderadora del alma popular, de la pelea de todos en
abierta lid, que salva, sin más ley que la libertad verdadera, a las
repúblicas; erró acaso el padre angustiado en el instante supremo de los
creadores políticos, cuando un deber les aconseja ceder a nuevo mando su
creación, porque el título de usurpador no la desluzca o ponga en riesgo y
otro deber, tal vez en el misterio de su idea creadora superior, los mueve a
arrostrar por ella hasta la deshonra de ser tenidos por usurpadores.
¡Y eran las hijas de su corazón, aquellas
que sin él se desangraban en lucha infausta y lenta, aquellas que por su
magnanimidad y tesón vinieron a la vida, las que le tomaban de las manos, como
que de ellas era la sangre y el porvenir, el poder de regirse conforme a sus
pueblos y necesidades! ¡Y desaparecía la conjunción, más larga que la de los
astros del Cielo, de América y Bolívar para la obra de la independencia, y se
revelaba el desacuerdo patente entre Bolívar, empeñado en unir bajo un
gobierno central y distante los países de la revolución, y la revolución
americana, nacida, con múltiples cabezas, del ansia del gobierno local y con la
gente de la casa propia! '¡José! ¡José! vámonos, que de aquí nos echan:
¿a dónde iremos?'...
¿A dónde irá Bolívar? ¡Al respeto del
mundo y a la ternura de los americanos! ¡A esta casa amorosa, donde cada hombre
le debe el goce ardiente de sentirse como en brazos de los suyos en los de todo
hijo de América, y cada mujer recuerda enamorada a aquel que se apeó siempre
del caballo de la gloria para agradecer una corona o una flor a la hermosura!
¡A la justicia de los pueblos, que por el error posible de las formas,
impacientes o personales, sabrán ver el empuje que con ellas mismas, como de
mano potente en lava blanda, dio Bolívar a las ideas madres de América! ¿A
dónde irá Bolívar? ¡ Al brazo de los hombres, para que defiendan de la nueva
codicia y del terco espíritu viejo la tierra donde será más dichosa y bella
la humanidad! ¡A los pueblos callados, como un beso de padre! ¡A los hombres
del rincón y de lo transitorio, a las panzas aldeanas y los cómodos
harpagones, para que, a la hoguera que fue aquélla existencia, vean la
hermandad indispensable al continente, y los peligros y la grandeza del porvenir
americano! ¿A dónde irá Bolívar?... Ya el último virrey de España yacía
con cinco heridas, iban los tres siglos atados a la cola del caballo llanero, y
con la casaca de la victoria y el elástico del lujo venía al paso el
Libertador, entre el ejército, como de baile, y al balcón de los cerros
asomado el gentío, y como flores en jarrón, saliéndose de las cuchillas de
las lomas, los mazos de banderas. El Potosí aparece al fin, roído y
ensangrentado; los cinco pabellones de los pueblos nuevos, con verdaderas
llamas, flameaban en la cúspide de la América resucitada; estallan los
morteros a anunciar al héroe, y sobre las cabezas, descubiertas de respeto y
espanto, rodó por largo tiempo el estampido con que de cumbre en cumbre
respondían, saludándolo, los montes. ¡Así, de hijo en hijo, mientras la
América viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de
nuestras entrañas!
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