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ATENEO
#46
Pasos
por la Exposición
Jorge Valls
No
sé por qué capricho del inconsciente me viene a la mente, así, sin pensarlo,
el título maravilloso de Mussorski por el que se le abrió a la música una
ventana imaginal insospechada.
…Resulta que yo ayer andaba -como siempre, de
prisa- pasando por una exposición de jóvenes artistas de cualquier esquina del
mundo, donde había pinturas", "instalaciones" y hasta una
secuencia cinematográfica. En estos tiempos un acontecimiento así es un riesgo
para el paseante. Ya no se trata de qué decir sobre lo que se expone, sino de
averiguar primero qué es lo que se debe ver y cómo. El artista ha logrado tal
independencia del común que sus mostración constituye socialmente, primero,
algo que hay que reverenciar, luego que reconocer que está mucho más allá del
alcance del hombre normal (estadísticamente hablando), aceptar que debemos ser
orientados hasta en cómo poner los ojos para al menos intentar percibir, y
finalmente acatar una explicación que, pronunciada en rigurosa hermenéutica,
nos permitirá al menos decir lo que el artista quiere que digan de lo que él,
sin decirlo, quiere que los demás entiendan que está diciendo. Como ven, todo
es muy sencillo.
Fui, confieso, por ver los trabajos de un par de
amigos míos, y por distraerme un poco de una semana de atroz enclavijameinto
laboral. Son estos Geandy (Yandi) Pavón y Carlos R. Cárdenas. Son cubanos
-esto no es accidental, aunque lo parezca--; esto quiere decir: fuera de su
tierra, y esto por una razón. Pero, sobre todo, son jóvenes, y esto es lo
primero que ha de interesarnos. Un joven, no sé bien si siempre tiene algo que
decir; de lo que sí estoy seguro es de que es un ser, un hombre, uno como yo,
ni más ni menos, que reclama apasionadamente tribuna, turno para hablar en el
ágora, y orejas y ojos que lo atiendan.
No, ya no estamos ante el párvulo que chilla
para que mamá y todos las vecinas se vuelvan hacia él y lo reconozcan
insoportable. El que ahora nos mueve es un hombre -y los hombres, en primer
lugar, no tienen ni tiempo ni espacio, sino sér. Lo que reclaman no es
atención casual sino su lugar en la existencia. Existir: esa palabra terrible.
¿Qué es existir? Quién sabe sea estar por fin fuera de la pura intimidad, de
lo conociendo sólo en el claustro, voz y angustia de la que sólo Dios
entiende. Un joven sale diciendo con su mera presencia: ¿No os dais cuenta de
que ninguno de vosotros existe solo? ¿De que somo obligadamente un
"nosotros"? ¿De que tú no serías tú si yo no estuvuiera presente
para confirmarlo? ¿De que nunca hay una sola voz considerable, sino
necesariamente un abejeo polifónico, del que cada quien es una irremplazable
posibilidad? -Me acuerdo de mi definición del hombre: "…porque tú, oh
hombre, eres único inmortal e insustituible", dicha así, casi siempre en
segunda persona, porque no tendría sino una espantosa tristeza si la predicara
del "yo", y sería una inescuchada petición entre tantas el hacerlo
del "él" (del hombre, y yo lo que necesito es que, dicha por mí, sea
comprendida por el otro, para que éste me la pueda aplicar en reciprocidad)--.
Si voy a decir verdad, nada en la exposición me
atrajo demasiado. Entré en una de las habitaciones, y no sabía si lo que
tenía que ver eran las matas ornamentales o los pomos cargados de pinceles y
pinturas en uso. Estaba demasiado perplejo con todo, pero nada me lucía algo
que se estuviera "exhibiendo" sino el inventario de lugares que uno se
encuentra todos los días en esta gran plaza de mercado que es el mundo urbano.
(Hace rato que es difícil hablar de "ciudad"; todo se nos vuelve
adjetivo, sin llegar a sustantivo sino cuando lo recogemos en nuestra pasión.)
Sin embargo, ya conocía a mis dos compatriotas; ninguno tonto; uno gárrulo y
otro hermético; los dos con una tremenda ignició interna. No vienen de paseo
ni a probar fortuna; brotan, emergen, por así decirlo, del conflicto, del
enfrentamiento del hombre con el hombre -la única polémica sobre la que vale
la pena trartar--; el arte para ellos en un instante fue su única posibilidad,
y como tal, su único y verdadero poder.
Es horrible que un hombre tenga que plantearse
el poder --la disposión de un dispositivo con el que obrar--, cuando sus manos,
su voz, su sola presencia en este plano ya es un poder que se actualiza, un
genio creador y decidor, un ser ampliador y transformador del universo, número
inacabado que crece y se multiplica ilímitemente. Sin embargo, en este mundo
estamos, y ya parece que nadie es hombre simplemente. Tiene que ser o médico o
inversionista, presidente o cabo de la guardia, partidista o de los "sin
denominación", que, por supuesto, son tambien una categoría por la que
reconocerse. Yo prefiero la más simple: --obrero--, el que obra, el que puede
hacer algo, aunque sólo sea tener un hijo, acaso "del sueño" (vaya
por Buesa). Estos dos escogieron, para separarse de todos los encasillamientos
con que se pretendía predeterminarlos, el de "artistas". Esto incluye
desde un funámbulo hasta un ingeniero, desde un oficiante de liturgia hasta una
prostituta. Lo único que se le reclama es que produzca una cosa de la que un
otro pueda gustar. Más aún, que produzca algo gratis, que no sea lo necesario
para otra cosa, que sea un fin en sí, algo que por sí mismo valga la pena.
¿Y qué es lo que vale la pena? Si dijera qué
es lo que "vale", inmediatamente alguien contestaría, algo por lo que
dan tantos dólares. Todo "vale" tantos dólares, desde un collar de
diamantes hasta un espárrago, desde un hombre hasta hasta la patente de corso
para morirse. Pero "valer la pena"… ¡Ah, ya eso es otra cosa! Se
trata de medir el costo-y- precio de algo por la pena. (esta palabra, tán
álgicamente castiza). Porque la pena ni se compra ni se vende, ni se cura ni se
remedia; se vive, se siente, se reconoce que por ella se persiste, que no
habría razón para existir sin ella: agonía y redención, dolor en el gozo y
refocilo en la hincada. Esto, la pena, es lo que no se define en los libros de
sicología ni de economía, pero de la que se sabe en la historia, la de los
demás y en la propia, que es la de cada cual.
Un hombre puede arriesgarse a ser
"artista" sólo cuando deshecho de todo su ser, misero y negado de
todas sus venturas, acepta vivir como un puro grito más allá de la garganta,
como en otoño la hoja dorada desprendida de su árbol. …Cuando ya no será
él, sino su obra. ¡Ay Dios, cómo tiene que coagulársenos el alma, la vista,
la ensarta de todos nuestros misterios, en una sola, fuerte y exacta perla, que
sea amada más allá de la ostra, y que en su brillo lleve todo el ser de la que
la produjo.
Carlos R. Cárdenas pinta casas, ventanas,
geometrías poligonales, que se componen de muchas otras pequeñas cosas, cada
una de ellas distinta, única, propia, y exacta. Es un nuevo
"pointillisme" a lo Seurat, pero no es Seurat. Son los papeles con los
que cubren las paredes de la casa para protegerlas del frío, las ventanas y los
agujeritos desde los cuales miramos lo que está allá afuera, la ternura de
colores que acoge, que no irriten, que permitan vivir en paz, sin que ésta sea
la dureza pétrea de un ergástula. Ese hombre que calla tiene una casa, una
casa que él ama y donde vive, una casa que él ha producido. Porque sabed que,
a pesar de todo, vivir es una cosa importante.
Geandy tiene una instalación. Yo no sé de eso;
se inventó cuando yo estaba de vacaciones del mundo. Hay un lienzo con una
serie de libros pintados sin demasiado esmero; sólo para hacer saber que se
trata de libros. (De pronto yo me acuerdo de Wells…; pero un cubano es siempre
un hombre más agónico). El lienzo ha sido cuidadosamente desgarrado, y sus
pedazos vueltos a juntar. Faltan algunos. Casi que se adivinan algunos nombres
de autores sobre los lomos de los libros. Los pedazos no van a ser conservados.
Ocurren en este instante sin pretensión de durar. Un proyector lanza sobre la
pared el rectángulo de sombras coloreadas, espectro de lo que fue "el
cuadro". Pero esta visión tiene luz; los colores son vivos; en la penumbra
casi opaca del lugar, atrae la vista como a algo que ha sido y que aún es, y
que será siempre. Sólo que la estampa rectangular es como un fantasma. Lo
percibimos por la casualidad angular fortuita de que estamos en ese lugar y en
ese instante. Despuás, quién sabe alguien hablará de él, como de cualquier
fantasma, y hasa predicará que los fantasmas no existen. Y yo veo el mundo de
nuestra civilización, de nuestra cultura, de todo lo que nos hizo gentes y
permitió que los hijos tuvuieran memoria de sus padres, orgullo de ellos y
pasión por sus pasiones y miedo por sus errors y pecados. Veo las ciudades
espléndidas, --mi ciudad, la bien querida y mal guardada--. Y me acuerdo del
paso de las segures por la tela, rompiéndola, dejándola que parezca un
rompecabezas rearmado, pero antes intencionadamente rota, para que sea desecha,
arrojada el desperdicio, olvidada. Para que nadie sepa que se ha sido, que se
existe por eso, …que se es hombre, … no bestia sin nombre y sin historia, no
burbuja sin rumbo y sin destino. Sobre el rectángulo de luz-y-sombras
coloreadas, hay pedazos de lo que fuera el cuadro. Encajan casi perfectamente.
Tanto que parecen una sola peza la tela, que aún se toca, y la sombra-fantasma
que se desvanecerá. ….( Cierro los ojos)…
Ahora comprendo lo que quieren decir los
jóvenes. Como con el dedo me señalan a mí y a todos los viejos, e infiero
"…¿Y me habláis de la ciudad aquella? ¿Dónde? ¿En qué laberinto de
ruinas o retazos, de sombras o de ritmos?" Luego oigo el canto aquél que
cantábamos entonces.
Es el canto de los jóvenes que brotaron, como
el fuego, del choque entre las piedras: "Somos el hombre. Somos tú mismo y
todos los hombre nacidos o por nacer. Pedimos nuestro turno en el ágora.
Diremos lo que tú supiste un día."
Y yo, de pronto, recuerdo un trozo del verso de
Emilio Ballagas: ¿…Y lo he olvidado?…"
"¡Jerusalén, Jerusalén, que mi lengua se
pegue si de ti me olvidare!"
Y nos vamos juntos, nosotros todos, de la
exposición hacia…
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Gigantes
cubanos
Lidia Cabrera, Maestra de Honor
Ramón A. Suárez del Campo
"Cuando
tú creas en algo, siempre mantente firme." Lidia Cabrera.
Esas palabras de Lidia echaron profundas raíces
en mí por el resto de mi vida.
Era entonces un adolescente con la típica
mezcla de idealismo y estupideces que la gente mayor suele excusar en muchos
jóvenes que se asoman a la vida adulta.
Conocía a Lidia desde niño. Para nosotros ella
era como una muy querida y venerada tía, fina, educada, bonachona, de un humor
exquisito y no demasiado locuaz.
Éramos mi primo Juan Lucas y yo lo
suficientemente ignorantes como para no saber que Dios nos había hecho el
regalo de poner en nuestro medio familiar a la más grande mujer que se dedicara
al estudio de nuestros hermanos cubanos de origen africano. Estábamos frente al
sol y no reconocíamos la luz.
Año tras año nos encontrábamos, bien fuese en
su Quinta San José, joya colonial en Marianao, o en el ingenio de vacaciones,
donde lo más importante para nosotros era montar a caballo. Menos mal que no se
considera delito el ser tonto.
Un buen día Bibi nos pidió que la ayudásemos
en su casa de La Habana con un trabajo que estaba haciendo con cintas grabadas.
Habían sido hechas por Lidia y ella en unos ritos religiosos africanos
especiales, creo que en la provincia de Matanzas. Debían ser bien importantes
porque las copias de las cintas que hacíamos iban al Museo Británico en
Londres y a la Biblioteca del Congreso en Washington.
Fueron horas y horas escuchando ritmos africanos
con tambores y metales. Me dijeron que el sonido metálico lo producían
golpeando el metal de una guataca con un clavo grande.
Pasarían los años y ya al final de su vida yo
volvería a ver a Lidia. Fue por un motivo diferente: Al haber conocido a
Caridad, una buena señora santera, algo fuera de lo común me sucedió. Le hice
una pregunta rara:
"Señora, ¿Qué apellido lleva
usted?"
Más rara fue su respuesta:
"Hijo, el apellido que yo llevo (Martínez)
no es el mío verdadero. Yo nunca he sabido quién es mi padre, que tengo
entendido era un hombre muy importante. Mi madre nunca me lo quiso decir."
Seguimos hablando y la interrumpí de nuevo:
"Señora, usted ha oído alguna vez el
nombre Bibi?" Su respuesta:
"Sí, mi madre la mentaba con relación a
mi padre."
Por última vez la interrumpí:
"Señora, yo creo que yo sé quién fue su
padre." A lo que contestó emocionada,
"Hijo, he esperado 60 años por saberlo. Si
tú me lo dices, no sabes lo que para mí eso significa".
"Señora, yo creo que su padre fue el
general Juan Rafael Alcántara."
Había sido la combinación del porte erguido y
la actitud altanera; el pelo corto, entrecano, rizado, peinado hacia atrás; la
frente ancha, despejada; la voz enérgica, firme. Y sobre todo, los ojos de un
gris acero único inolvidable. Era la pura estampa de su hermana Bibi y de su
padre. Dicen que los hijos ilegítimos suelen parecerse más al padre que los
legítimos.
De inmediato surgió un nexo especial entre
Caridad y yo, su nuevo pariente.
Pero algo inesperado todavía le estaba
reservado a Caridad. Dos semanas más tarde un señor tocó a la puerta de su
casa. Ella abrió y el señor preguntó:
"¿La señora Caridad Martínez?"
"Soy yo, ¿qué desea?"
"Señora, yo vengo con un encargo para
decirle algo."
"Usted dirá."
"Señora vengo a decirle el nombre de su
padre, el general Juan Rafael Alcántara."
Y con ello el hombre se despidió y no se le vio
más. Nadie sabía quién era.
Yo, viendo cuán importante era esto para
Caridad, decidí hacer otra gestión: llamar a Lidia, pues ella no sólo
conocía muy bien a Bibi, sino que había conocido también al general, su
padre. La llamé:
"Lidia, ¿Cómo estás? Es Ramón Antonio
".
Nos saludamos y hablamos como si nos hubiéramos
visto semanas antes, y no años. Reconocí esa afinidad que sólo existe en lo
profundo del espíritu. Le expliqué lo de Caridad y le pedí:
"Lidia, tú puedes identificarla muy bien
si es lo que yo creo."
"Yo con mucho gusto lo haría, mi hijo,
pero como tú sabes estoy casi ciega."
"Lidia, para lo que yo busco eso no
importa, es otra la vista que necesito de ti."
"Bueno, tráela."
La llevé y hablamos de generalidades por unos
minutos. De pronto, Lidia interrumpió y se viró hacia mí:
"Ramón Antonio, tú tienes razón. Es como
tu crees".
Caridad fue una señora feliz el resto de su
vida.
Hoy Lidia está en su pedazote especial de cielo
que el Señor reserva para Sus almas muy queridas.
Y yo recuerdo aquella noche en el ingenio en que
expresé mi sentir sobre el Papa mientras comíamos, con Bibi a la cabecera de
la mesa. Autoritaria, me calló.
Luego, con la gran discreción que la
caracterizaba, Lidia, todo una dama que era, me llamó aparte, y en la penumbra
del patio central de aquel casón colonial, me dijo:
"Ramón Antonio, cuando tú creas en algo,
siempre mantente firme."
Hoy siento tanto no haber sabido reconocer y
aquilatar a Lidia en todo su valor. Leo en sus libros para encontrarla y trato
de recoger algo de su inmensa y sabia cosecha. He aprendido a apreciar en todo
lo que valen a nuestros negros, su espiritualidad y religión, su cultura, su
infinita capacidad espiritual para perdonarnos los detestables crímenes que con
ellos cometimos. Lidia nos guió, instó y enseño a que los conociéramos como
son.
Y pensamos que hemos perdido mucho los cubanos
en estos años de tiranía, cuando esto no se compara con lo que les hicimos a
aquellos "negritos" buenos, como diría Bibi, quien tanto se esforzó
por enseñarme de mi patria, y a quien tanto le agradezco.
Y pienso en Regla con su Yemayá del Mar-Virgen
Negra, con su playita en la Bahía de La Habana donde desembarcaban los
"cargamentos" de hombres, mujeres y niños para venderlos en la plaza
pública como otra mercancía más. Como hoy nos han vendido a nosotros.
A aquellos mercaderes esclavistas con sus
palacios habaneros producto de ese canallesco tráfico humano, hoy el rasero de
la historia los ha puesto los ha tocado. Sus hoy "lavados"apellidos
esconden el origen de su "prominencia" social.
Y aquellos nuestros hermanos negros que sólo
saben reír con su risa blanca nos siguen enseñando lo que es la verdadera
Caridad. Y ni piensan en el agravio de siglos por aquellos de piel blanca y alma
negra.
Y sus ritmos y notas de aquellas cintas de Lidia
y Bibi se transmutan en los Changós, Songos, Borondongos y, sobre todo, AZUCA,
de la música de nuestra Celia Cruz, notas que cruzaran un océano durante cinco
siglos y que hoy reinan en el corazón de todos los cubanos, de todos los
colores y procedencias, donde quiera que estén.
Yo les doy mis humildes gracias.
Y a ti, Lidia, por enseñarme aún cuando no
supe ser tu alumno a tiempo.
Nota: Para la protección de su
privacidad, todos los nombres propios, excepto el de Lidia, son ficticios. La
historia sí es real.
RASC.
LIDIA CABRERA.
Datos biográficos.
Lydia Cabrera nació en La Habana el 20 de mayo de 1899. Su padre, Raimundo
Cabrera, jurista, abogado y escritor, contribuyó a su interés en las leyendas
y narraciones negras evidentes en todos sus escritos. Su interés en la cultura
afro-cubana comenzó cuando fue a París en 1927 para estudiar religiones
asiáticas y arte.
Lydia vivió en París por once años, excepto
en cortos viajes a Cuba, hasta su regreso a la Isla en 1938. Se fue de Cuba como
exiliada en 1960, yendo primero a Madrid y luego residiendo en Miami.
Autora de 23 libros sobre temas afro-cubanos,
Lydia fue la primera en reconocer y llevar a la luz pública la riqueza de esta
cultura. Hizo contribuciones valiosas en los campos de la literatura, la
antropología y la etnología. Su libro más famoso es EL MONTE, publicado en
1954. EL MONTE se convirtió en una "biblia" para los santeros que
practican esa religión, mezcla de enseñanzas católicas y de religiones
africanas que evolucionaron entre los antiguos esclavos en el Caribe.
Lydia Cabrera fue una mujer de singulares y
profundos antecedentes culturales, pero también de una gran humildad. Creó la
identidad del negro y su incorporación a la cultura nacional cubana como una
parte importante e integral de la misma. Lydia recibió varios títulos Honoris
Causa.
Lydia Cabrera, Gloria de Cuba, falleció en el
destierro en Miami el 19 de septiembre de 1991, rechazando siempre el régimen
totalitario que se había apoderado de su Patria.
Su extensa colección de libros, papeles, fotografías y memorias se guardan en
la Colección de la Herencia Cubana de la Biblioteca Otto G. Richter de la
Universidad de Miami. La Biblioteca está incorporando este material en un
proyecto de imágenes digitales para hacer asequible electrónicamente esta
importante colección a los estudiosos.
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El
militante Hernández
No para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión
A
una semana del comienzo de la muy lamentable presidencia de Miguel Juárez
Celman, atacado por una afección cardiaca, el jueves 21 de octubre de 1886
falleció José Hernández, militar, periodista, legislador y eximio poeta.
Y sobre todo, en todo y con todo, un militante
político por excelencia.
José Rafael Hernández nació en la chacra de
Pueyrredón, el antiguo caserío de Perdriel, propiedad de su tía materna
Victoria Pueyrredón, en el actual partido bonaerense de San Martín, el 10 de
noviembre de 1834. En ese caserío su tío abuelo había librado en 1806 el
primer combate criollo contra los ingleses del vizconde Beresford. Fueron sus
padres don Rafael Hernández y doña Isabel Pueyrredón. Fermín Chávez resume
la situación familiar y el entorno político del siguiente modo: "La madre
pertenecía a una familia de filiación unitaria y era prima hermana de Juan
Martín de Pueyrredón, por lo cual José resulta primo segundo del pintor
Prilidiano Pueyrredón. El padre, en cambio, militaba en el partido federal, al
igual que sus hermanos Eugenio y Juan José, este último muerto durante la
batalla de Caseros". Desde muy temprano quedó al cuidado de su tía
Victoria -a quien llamaba "mamá Totó"-, mientras sus padres solían
pasar largas temporadas en estancias del sur de la provincia. Pero pronto sus
tías debieron emigrar por persecuciones políticas y José fue dejado al
cuidado de su abuelo paterno, José Gregorio Hernández Plata, que vivía en una
quinta de Barracas sobre el Riachuelo.
En 1843 fallece la madre. José está afectado
por una dolencia física, al parecer del pecho, por la que le se le prescribe un
cambio de clima, y debe abandonar sus estudios primarios en la ciudad hacia
1846. Su padre lo lleva a los establecimientos ganaderos de los herederos de
Juan Manuel de Rosas -donde trabajaba de mayordomo- y en la pampa bonaerense se
recupera. Chávez refiere del siguiente modo aquellos días: "Es así como,
a los doce años de edad, Hernández entra en contacto directo con el gaucho y
con sus tareas de todos los días, en una época caracterizada por la intensa
actividad de los saladeros. Su hermano Rafael lo dice en una de sus clásicas
páginas sobre la juventud de aquél: 'Allá en Camarones y en Laguna de Los
Padres se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varios entreveros y
presenció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de los que hoy no
se tiene idea. Esta es la base de los profundos conocimientos de la vida gaucha
y el amor al paisano que desplegó en todos sus actos'". Además de la
realidad del hombre del campo, José Hernández supo captar el sistema de
valores, lealtades y habilidades de la sociedad rural.
A los diecinueve años de edad, en 1853,
ingresó en las filas del ejército e intervino en la represión del
levantamiento del coronel Hilario Lagos contra el gobierno de Valentín Alsina,
participando en las batallas de San Gregorio (donde los dispersaron "como
flor de cardo deshecha por el viento", cuenta Guillermo Hudson en Allá
lejos y hace tiempo) y El Tala. En 1856 optó por alinearse en la fracción
reformista del partido federal, que propiciaba la incorporación de Buenos Aires
a la Confederación presidida por Urquiza con sede en Entre Ríos. En
coincidencia con su pensamiento político inició ese mismo año su rica
actividad periodística, en el diario La Reforma Pacífica, el medio de los que
el oficialismo denominaba "los chupandinos" -por su supuesta afición
a la bebida-. A su vez los separatistas, partidarios de Alsina y Bartolomé
Mitre, recibían de sus adversarios el mote de "pandilleros" por cómo
se manejaban. El periódico representaba los intereses de un grupo porteño
cuyos miembros aspiraban a la nacionalidad, pero desde una perspectiva crítica
a Urquiza.
Después de haberse batido a duelo con otro
oficial por razones políticas, abandonó la milicia y emigró a Entre Ríos en
1858. Se radicó en Paraná, en donde trabajó como empleado de comercio y en la
administración nacional. Testigos de la época lo describen sencillo y
conservador, corpulento y vigoroso, criollo ágil de cuerpo y de ingenio, de voz
estentórea, arrebatado por los avatares de la política pero con tiempo para
detenerse en el mercado, donde se la pasaba escuchando los dichos y chistes
gauchescos de los carniceros, que entonces eran todos criollos de pura cepa y de
indumentaria campera. En 1859 participa en la batalla de Cepeda con el grado de
capitán, bajo las órdenes del coronel Eusebio Palma en las huestes de la
Confederación, que resultan victoriosas sobre las fuerzas de Buenos Aires. A su
regreso a Paraná, ese mismo año, se desempeña como taquígrafo del Congreso y
remite desde allí sus colaboraciones a La Reforma Pacífica. Empieza a publicar
también en El Nacional Argentino de Paraná.
El 17 de septiembre de 1861 los ejércitos de la
Confederación y del estado de Buenos Aires se enfrentan en la decisiva batalla
de Pavón. Hernández peleó con el grado de capitán en el bando confederado al
mando de Urquiza y resultó vencido, más que por la capacidad bélica de su
adversario (Mitre) por la falta de convicción puesta en la acción ordenada por
el presidente Derqui, actitud de Urquiza que le significaría el desprecio de
muchos comandantes del interior, entre ellos el coronel López Jordán, a quien
se atribuye la responsabilidad ideológica de su próximo asesinato. Más de una
vez Hernández le enrostrará a Urquiza su lamentable falta de energía y de
sagacidad para contrarrestar las maniobras de los porteños: "por torpeza
de Urquiza, los políticos de Buenos Aires podrán avasallar a las
provincias". Lo cierto es que, aunque militar malo, la sutileza y habilidad
política de Mitre provoca que Urquiza abandone el campo de Pavón, cejijunto,
torvo y sin órdenes para los que se quedan, cuando la batalla no está aún
decidida. Todavía la caballería entrerriana, con el gaucho José Hernández
incluido, arrollará a la caballería mitrista, sin saber que su general ya los
dejó en la estacada.
En noviembre del mismo año José y su hermano
Rafael participan en la batalla de Cañada de Gómez, donde también resultan
vencidos por las tropas mitristas. Mientras se organizaban focos de resistencia
federal en el interior bajo la conducción de Angel Vicente Peñaloza, Felipe
Varela y Ricardo López Jordán, entre otros, Derqui renuncia y emigra a
Montevideo, y Mitre es designado presidente.
El 8 de junio de 1863 José Hernández se casó
en la catedral de Paraná con Carolina González del Solar. Meses después funda
y escribe El Argentino, periódico que sumaría su esfuerzo a El Litoral, en la
defensa del ideal federal provinciano. El 12 de noviembre de ese año el Chacho
Peñaloza, que se había rendido a una partida del comandante Ricardo Vera, es
asesinado y decapitado y su cabeza es exhibida ante el pueblo en una pica, en
una plaza de la ciudad riojana de Olta. La noticia conmueve las fibras íntimas
de Hernández, que escribe en El Argentino la apología de Peñaloza y
anatematiza a sus enemigos políticos:
"Asesinato atroz. El general de la nación
don Angel Vicente Peñaloza ha sido cosido a puñaladas en su lecho, degollado y
llevada su cabeza de regalo al asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes,
Rolta, Giménez y demás mártires, en Olta, la noche del 12 del actual. El
general Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera militar,
jamás tiñó sus manos en sangre y la mitad del partido unitario no tendrá que
acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de sus hechos, la
magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la generosidad de sus
sentimientos y la abnegación de sus sacrificios. La historia tiene para el
general Peñaloza el lugar que debe ocupar el caudillo más prestigioso y más
humano y el guerrero más infatigable.
El asesinato del general Peñaloza es la obra de
los salvajes unitarios; es la prosecución de los crímenes que van señalando
sus pasos desde Dorrego hasta hoy. Que la maldición del cielo caiga sobre sus
bárbaros matadores. Los millares de argentinos a quienes el general Peñaloza
ha salvado la vida, rogarán por él".
En 1867 José Hernández se traslada a
Corrientes y colabora en el gobierno de Evaristo López -paisano sin
instrucción- como fiscal de Estado y luego como ministro. Además, escribe en
El Eco de esa ciudad. Entre tanto en Buenos Aires la cuestión de la capital
hacía perder a Mitre popularidad y daba origen a la división de su partido en
dos fracciones: los que seguían sus principios -convertir a Buenos Aires en
capital de la República- se denominaban nacionalistas y sus opositores,
encabezados por Adolfo Alsina, fueron llamados autonomistas. En el lenguaje
político, los "crudos" y los "cocidos", alsinistas y
mitristas, respectivamente. Como transacción entre las dos tendencias surgió
la candidatura de Domingo Faustino Sarmiento para suceder a Mitre. Hernández
escribe la editorial de El Eco de Corrientes: "¿Hasta cuándo? ¿Adónde
va ese círculo exaltado de Buenos Aires que ha logrado hacer, aunque pocos,
calurosos prosélitos en todos los ámbitos de la República, adónde va en su
afán de dotar al país con un presidente cuyos antecedentes políticos y cuyo
carácter personal son una amenaza viva para la paz y la quietud de sus
habitantes? ¿Ha escrito acaso en su bandera la palabra de muerte para toda la
nación e intenta convertirla en un vasto cementerio?
"Hace sesenta años no interrumpidos que
los hijos de esta tierra nacen al estruendo de los cañones, se forman en medio
del bullicio de las batallas, encallecen sus manos empuñando la lanza y el
sable y sienten encanecer sus cabellos entre el humo de los combates. Las
legiones argentinas han recorrido el suelo americano en todas direcciones
dejando tras de sí regueros de su sangre generosa, apilados los cadáveres de
sus hijos y marchando siempre adelante, con el arma al brazo y atento el oído a
la voz de los clarines.
"¿Adónde van esas masas armadas a prisa,
dirigidas por generales más o menos hábiles, vencidos hoy, vencedores mañana,
pero sin conquistar jamás para sí un día de reposo? Cada vara de nuestro
suelo recuerda un episodio sangriento, se liga a la historia trágica de un
combate, cada vara de tierra es una tumba. ¡Hemos de marchar siempre
chapaleando sangre, separando solícitos los cadáveres de nuestros hermanos que
obstruyen nuestro paso, y caminando a la ventura en medio de las tinieblas de la
anarquía y sin más luz que el resplandor rojizo de los cañones!
"Los pueblos tienen derecho a la paz, al
reposo, al sosiego, después de sesenta años de vida en los campamentos, en que
han devorado sinsabores, apurando todas las amarguras que brinda la desgracia.
¿No se sienten conmovidos los autores de la anarquía en presencia de estas
multitudes sacrificadas bárbaramente en holocausto de sus ambiciones bastardas,
a la vista de esas hermosas campiñas donde blanquean los huesos de tantos
millares de hijos de esta desgraciada República, al contemplar esos pueblos
empobrecidos, aniquilados por la guerra civil y sentados sobre sus escombros las
viudas, las madres, los huérfanos como la imagen de la desolación?
"Aunque tienen serenidad para buscar un
rincón donde reunirse tranquilos y tratar de que la destrucción se complete y
de que las matanzas sigan. Quince años de lucha sin tregua fueron necesarios
para conquistar un dogma: la libertad. Veinticinco de combates fueron precisos
para fundar un principio: la ley. ¿Qué se busca ahora? Fundar un gobierno que
haga de la libertad una mentira y de la ley una farsa. Remover esas dos grandes
conquistas, que son el fruto de una batalla de medio siglo, para sentar en su
lugar el imperio de un círculo, para sustituir a la ley de la voluntad de unos
cuantos y para hacer que empecemos de nuevo el tan trillado camino de las luchas
fratricidas.
"Pero debemos tener fe en que esas
tentativas no han de alcanzar su éxito. El país ha de saber oponerse a esos
manejos de los anarquistas y su voluntad ha de ser una valla que ha de contener
el ímpetu de sus pasiones tantas veces funestas. Si la anarquía, que intenta
levantar de nuevo su cabeza, es vencida en la próxima lucha electoral,
desaparecerá de entre nosotros, dando lugar al imperio del orden, de las
instituciones y dejando abierto y franco el camino del porvenir.
"¡Dios proteja la causa de los
Pueblos!".
Sin embargo, a los pocos días un movimiento
sedicioso mitrista derroca al gobierno correntino de Evaristo López y
Hernández tiene que emigrar. Su amigo Ovidio Lagos de Rosario, también federal
chupandino, lo invita a colaborar en el recién aparecido La Capital. El 12 de
octubre de 1868 asume la presidencia Sarmiento y su vicepresidente Adolfo
Alsina. Un año después José Hernández se establece en Buenos Aires. Aquí
funda, con la ayuda de algunos amigos pudientes, El Río de la Plata, diario de
combate en hora de bullentes pasiones políticas, pero de tono equilibrado y sin
los ataques personales que por entonces eran tan habituales en la prensa. En él
empieza a escribir algunas de las ideas que luego plasmará en el Martín
Fierro: la frontera con el indio, la organización del ejército, la tenencia de
la tierra. Imprenta chica, local modesto, recursos escasos, sin embargo El Río
de la Plata en seguida compite en difusión con La Nación Argentina de los
Gutiérrez, el órgano de Mitre, con El Nacional que responde a Sarmiento, y con
La Tribuna, la hoja ligera y chispeante de los Varela.
El 11 de abril de 1870 estalla en Entre Ríos el
movimiento revolucionario encabezado por el general Ricardo López Jordán, que
se venía gestando desde hacía cinco años, que asesina a Urquiza por
considerlo traidor a la causa federal. En Buenos Aires son vigilados los nombres
de la oposición, entre ellos Hernández. Decide entonces cerrar El Río de la
Plata, y en su último editorial escribe: "No queremos asistir en la prensa
al espectáculo de sangre que va a darse en la República... No hemos aprendido
a cortejar en sus extravíos ni a los partidos ni a los gobiernos y antes de
hacernos una violencia a que no se someta la independencia y rectitud de nuestro
carácter, preferimos dejar de la mano la pluma que hemos consagrado
exclusivamente al servicio de las legítimas conveniencias de la patria. Dejamos
de escribir el día en que no podemos servirla". A fines de 1870 se
incorpora a las filas del ejército jordanista de 12.000 hombres y participa de
la derrota de Ñaembé. Se exilia junto con López Jordán en Santa Ana do
Livramento, Brasil, hasta principios de 1872. Allí comienza a escribir nuestro
mayor poema nacional.
Luego de un breve paso por el Uruguay, regresa a
Buenos Aires amparado en una amnistía de Sarmiento y publica El gaucho Martín
Fierro en 1872. Edición humilde, plagada de erratas, malísima impresión, un
papel de porquería, produjo sin embargo un efecto memorable en la campaña. Por
todos sus rincones resonó su profético clamor de justicia en la pampa
infinita. Un pueblero de alma generosa o un gaucho de poca instrucción lo leía
a los otros, al rededor del fogón. El Martín Fierro fue una consecuencia de la
persona misma de Hernández y de su militancia, de su vida llena de una
humanidad genial, un episodio principal de su lucha tremenda, desigual,
angustiosa, por el gaucho, contra la ciudad. El poema trajo entonces -y nos
sigue trayendo hoy, obra eterna de su espíritu- un fuego semejante al de los
profetas bíblicos: fue hecho para señalar caminos y salvar pueblos. Poema
esencialmente religioso, por su vasto espíritu abierto al infinito, su
propósito de redimir a la raza, la reiterada invocación providencial al cielo,
hasta la forma de expresión concisa, primitiva, rotunda, proverbial, al modo de
los libros sagrados.
A mediados del año siguiente López Jordán
invadió Entre Ríos, y el gobierno de Sarmiento puso precio a su cabeza y la de
sus colaboradores. Hernández buscó refugio nuevamente en Montevideo, donde
escribió en La Patria, compartiendo su dirección. En 1874 otra vez el mando
del país se enfrentó a la disputa entre Mitre y Alsina, aunque ambos eran
también resistidos en buena parte de las provincias por su condición de
porteños. La actividad del interior favoreció las aspiraciones del tucumano
Nicolás Avellaneda -ministro de Justicia e Instrucción pública de Sarmiento-.
La candidatura de Avellaneda logró la adhesión de diez provincias, por lo que
Alsina retiró la propia y dispuso apoyarlo con su partido autonomista. De la
fusión entre el partido nacional de Avellaneda y el autonomismo de los
"crudos" de Alsina, surgió una nueva expresión política: el Partido
Autonomista Nacional (PAN). En las filas de la revolución mitrista del 24 de
septiembre de 1874 para oponerse a la asunción de Avellaneda se encontraban
viejos enemigos del Chacho, de López Jordán y de Evaristo López -Arredondo,
José C. Paz y otros- que simbolizaban la política que Hernández combatía
desde 1857. Por eso el gran antisarmientista habrá de luchar esta vez por la
legalidad representada en Sarmiento y Avellaneda.
El 1° de enero de 1875 suspende su aparición
La Patria de Montevideo y Hernández regresa poco después a Buenos Aires en el
marco de la política conciliadora del presidente Avellaneda.
En 1879 fue diputado por la segunda sección
electoral en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires y más tarde obtuvo
la presidencia de la Cámara. Ese mismo año publica la segunda parte del poema
gauchesco: La vuelta de Martín Fierro.
Para suceder a Avellaneda se presentaron el
gobernador bonaerense Carlos Tejedor y el ministro de Guerra general Julio
Argentino Roca. Junto con Jacinto Varela Hernández fundó un Club de la
Juventud Porteña, en adhesión a la candidatura de Roca, quien resultó
triunfador en las elecciones por amplia mayoría. Pero Tejedor no aceptó el
resultado del comicio y dispuso una movilización de milicias, tras lo cual
debió sufrir el sitio de la ciudad por parte de las tropas nacionales, y se
produjeron los intensos combates de los días 20 y 23 de junio de 1880.
Hernández se negó a tomar parte en las luchas internas y se ocupó de
organizar, junto con Carlos Guido y Spano, el auxilio de los heridos por medio
de la Cruz Roja.
Hernández fue vocal del Consejo de Educación y
senador provincial de Buenos Aires, electo en 1881 -año en que publica
Instrucción del Estanciero- y reelecto en 1885. Abogó por la federalización
de la ciudad de Buenos Aires, orientándose en el autonomismo nacional y en
consecuente oposición a Leandro N. Alem. Con el gobernador Dardo Rocha trabajó
en el proyecto de fundación de la capital bonaerense. Si bien resulta lógico
interpretar la nominación por la proximidad ribereña, algunos estudiosos
sugieren, basándose en la tradición oral, que la denominación de "La
Plata" estaría también vinculada al segundo apellido de su abuelo. La
fundación tuvo lugar el 19 de noviembre de 1882 y se sirvió un asado preparado
por Hernández.
En 1884 compró una quinta en Belgrano, en donde
comenzó a residir desde entonces, alejándose de a poco y progresivamente de la
actividad política.
José Hernández puede servir muy bien como
paradigma del escritor en el que militancia política, estilo de vida, quehacer
periodístico y creación literaria forman todavía un sistema perfectamente
coherente y solidario, pero en el que "la faena de la pluma" tiene un
peso específico. Pero también como un poeta eximio que hizo de su genio
literario un arma al servicio de la militancia.
Como lo definiría el propio José Hernández:
"Yo he conocido cantores/ que era un gusto el escuchar;/ mas no quieren
opinar/ y se divierten cantando;/ pero yo canto opinando/ que es mi modo de
cantar". En una famosa carta a José Zolio Miguens, que precedió a la
primer edición del Martín Fierro, escribió: "No le niegue su protección
(al poema), Usted que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que
es víctima esa clase desheredada de nuestro país".
Al informar sobre su fallecimiento, un diario de
La Plata tituló: "Ha muerto el senador Martín Fierro".
En su entierro, el glorioso general Lucio V.
Mansilla profetizó: "Afirmo que, cuando sea sepultada en el polvo del
olvido la fama de muchos de nuestros grandes hombres de circunstancias,
persistirá en la memoria del pueblo el nombre de Martín Fierro. Y José
Hernández no habrá muerto".
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