PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

ATENEO #47


Comienzo y remate de la revolución
Jorge Valls

Decir que la revolución es un "proceso" no dice nada, por demasiado amplio y abstracto. Lo único que comprendemos por esa palabra es "elaboración", "devenimiento" entre un punto y otro, y tiempo. Los puntos, en revolución, no aparecen definidos; en cuanto al tiempo, podemos decir, por capricho de señalamiento, cuándo comienza, pero no es nada fácil determinar ni siquiera si va a terminar y cuándo. No obstante, la idea de tiempo es importante. Es una perspectiva para encontrarnos e identificarnos. Para el hombre el tiempo es una señal de algo que comienza, específicamente: de algo en lo que él empieza a pensar. Diríamos que, por la percepción del instante, el hombre tiene la primera certidumbre de que él es el sujeto de algo que viene a ser y que prosigue. Sabe que hay una entidad, que es él, que aparece en la existencia, contempla, prevé, anticipa y obra, gestiona e impulsa; pero también que esa entidad es contemplada como si no fuera él, como si fuera una cosa exenta, independiente de él mismo, que puede ser conocida y afectada, tomada en cuenta o despreciada por alguien más allá de la misma. Entonces el tiempo se le escinde por medio de un instante, que determina, a su vez, dos planos: el del suceso y el de la perdurabilidad. Así, el tiempo es como una connotación existencial agente, que puede terminarse en cualquier momento pero que también puede continuarse ilimitadamente, sin que ambos predicados sean incompatibles ni excluyentes. El tiempo es la percepción de lo que ha sido y sigue siendo más allá de las mutaciones, más allá de los cambios totales desde los cuales se lo percibe. No se agota en un círculo cerrado sino que se acumula en una imposibilidad de dejar de ser, en una construcción consecuente que no tiene más límite que su propia perfección.

Si le añadimos el adjetivo "social" al sustantivo "proceso", hacemos al concepto aún más hermético, pues si hay algo difícil de definir es "lo social". Sin embargo, nos aporta una idea de multitud, de que incumbe a más de uno, de que puede tratarse de una compañía. De lo que sí estamos seguros es de que tiene un sujeto, que es el hombre. No ocurre entre los animales ni entre los astros. Si así fuera, nadie tendría por qué enterarse. Pero se trata del hombre: del ser que decide, piensa, juzga y produce lo que no había existido antes, aunque esto no sea más que un diseño de su propia existencia.

La revolución es, pues, una conducta, un comportamiento humano, personal, sicológicamente aislable, descriptible, enarrable y aún quizás definible. Se lo identifica por una conceptuación, quiere decir: por una proclamación, un contraste y el hilván sucesivo de las ideas y juicios. Es a través de palabras que nos enteramos del mismo, y, en mucho, la revolución constituye una promoción de palabras, es decir de conceptos. Pero es además un acto físico, material, y hasta nos atreveríamos a decir "antibiológico", porque implica la producción o aceptación de una muerte no natural, por un fin no evidentemente reconocible como lo son el sexo o el hambre. Por cómo se juzgan las cosas y por cómo de esa visión se infiere cómo deben ser, lucharán mortalmente los hombres.

Es una conducta de la persona humana, un modo de constituiir la figura de lo que un hombre es para con otro. Lo es tanto de la persona tanto individual como de la colectiva, de cómo se comporta particularmente un hombre, y de cómo el conjunto de hombres integrantes de una comunidad se comporta como una unidad única y deferenciada de las demás y de lo demás. Curiosamente, el sujeto de este comportamiento es una gente, una nación, una comunidad, repetimos, que, durante un tiempo, se conduce de una manera distinta a las demás, donde los hombres asumen comportamientos distintos a los habituales, donde se contradicen los unos a los otros, pero donde esa misma contradicción los identifica y los une, proponiéndolos como una figura especial, incompatible con los modos del resto de la humanidad y con los propios modos de la tal comunidad en otro momento.

Todo da la revolución como una perturbación en un sujeto colectivo que apasionadamente se vuelve sobre sí mismo, excluyéndose de las formas habituales, con una profunda intencionalidad. El hecho revolucionario no ocurre en el individuo, aunque sí se actualiza en él. Aparece como una perturbación en un organismo colectivo, donde sus distintos puntos de fuerza se disgregan, descomponen y componen aceleradamente en una especie de suspensión coloidal donde de alguna forma se produce el conflicto de todos contra todos. En un instante, lo único que sostiene la cohesión de la comunidad es la oposición polémica entre factores particulares de un mismo cuerpo. El signo modal por el cual en principio se mantiene cohesionada la comunidad y persiste en una continuidad eficiente, deja de estar presente (como alma que hubiera dejado un cuerpo), y cada porción asume un máximum de agresividad contra las otras, en un intento de reconstruir el todo por la particular capacidad de sujeción. Aquél que logra asumir las claves de la conciencia colectiva quien que arrastra al todo a una nueva integración sistemática.

Pero el forcejeo entre unos y otros acaba comunicándose y trasmitiéndose universalmente. De ahí que la revolución no es nunca obra de la parte. No está originada en el individuo, ni en el grupo, clase, secta, partido u otra facción. La constitución de la facción, ya como factor dominante y subordinado, viene a producirse como consecuencia del trastorno en la colectividad, específicamente: en la comunidad, si consideramos lo colectivo como agregado aritmético y lo comiunitario como un todo integral, una "gestalt" funcional. Tanto el pro como el contra son parte indesprendible del mismo proceso. Derechas e izquierdas no son sino modos de expresar las polarizaciones múltiples de un mismo organismo social. La aparición del caudillo, el partido, la clase o el grupo determinante se produce por la ocasión presentada; no son, por supuesto, la causa de ésta. La misma porción humana, un poco antes, fluía en el ritmo ininterrumpido y aceptado por el total.

Si profundizamos, encontraremos que es durante el momento anterior a la revolución cuando ese cuadro social resulta en apariencia perfectamente categorizado y diferenciado, pero también cuando los individuos componentes de las distintas categorías tienen entre sí el mayor distanciamiento entre los miembros de una y los de la otra y aún de los de la suya propia. La distancia entre persona y persona, cualquiera que sea la clasificación por la cual aquélla es reconocida, resulta abismal. La relación humana ha devenido en un compromiso ficticio, donde ninguna parte se identifica como necesaria y necesitada de la otra, ni se reconoce la noción de un bien --o fin-- común más allá de la propia particularidad. Los hombres se han convertido en meras piezas habituales, es decir, repetitivas, de una convención, cuya razón de ser ya no es evidente, y la unidad se mantiene por el peso de la inercia. El más simple acontecimiento sirve para precipitarla y disparar su descomposición.

Biológicamente, una revolución revela el agotamiento de un horizonte, la incapacidad de un orden social de proveer instrumento suficiente a un pujo energético trascendental. No ocurre la revolución por una incapacidad de obrar del cúmulo biológico de una comunidad; por el contrario, es una sobrecarga de energía humana la que pugna por expresarse, en tanto que el sistema de correlaciones por el cual se instrumenta le resulta insuficiente y estorbante. Así la revolución se manifiesta por un exceso de actividad, por una promoción inusitada del esfuerzo, tanto individual como colectivo. De ahí la agresividad, que parece ser su primera connotación identificable. El hombre obra por encima del conjunto sistematizado; irrumpe mediante lo inaudito o lo inesperado; los vectores precipitantes son más fuertes que los contenes de resistencia. El hecho se hace patente como una reacción, desproporcionada según el patrón habitual. Los motores de la acción han sobrepasado la gravedad de la inercia. Sólo entonces se empiezan a descubrir causales inmediatas, prácticamente casuales, que son simplemente sintomáticas de una profundidad causal que puede trazarse hasta las mismas claves de la existencia del hombre. Por ella entramos hasta las entrañas mismas del ser del hombre o de su no ser, de su por qué y su para qué, y, como consecuencia, de su formulación más grave, aquélla que no puede salir sino de una producción de sí mismo: el cómo.

Si las causas del hombre pueden remontarse hasta más allá de sí mismo, ora de su esencialidad como especie ora de su entidad como ser propio e individual dentro de la clasificación conceptual, el problema llega a su centro nuclear y decisivo en la actualidad inmediata de la persona, la cual, por otra parte, no existe sino como un modo de ser, o mejor: como un sér que se comporta para con otro de su misma especie. El hombre no es cosa que existe y es afectada --piedra que ocupa espacio o vianda que se reproduce en ciclos--, sino ser causal y determinante, sér que hace y que tiene que hacer, precisamente para ser.

Ser y hacer son inseparables en el hombre. No se trata de una sucesión cíclica de movimientos que conducen a la compleción de un diseño existencial, sino a una relación posible entre el punto inextenso y la amplitud infinita, donde la aparición de un diseño original y distinto, único y situado en un curso universal, determinará la categorización peculiar de la obra que ha podido ser, aún cuando previamente no haya existido.

El acto creador es precisamente el salirse el hombre del ciclo de gravitación, del patrón de hábitos, del esquema convencional en donde ha estado inmerso; específicamente: del diseño de correlaciones donde se había estado distanciando cada vez más del resto de los suyos -de su prójimo, de su nación, de su comunidad--, donde no constituía más que una pieza indiferente en un complejo de movimientos sin más sentido que la persistencia supervivencial. He ahí que entonces este enredijo de modos y costumbres, que incluye desde las maneras de juzgar y apreciar hasta las de hacer, aparece como una negación del ser, aunque aquellas maneras signifiquen el procedimiento conocido para mantenerse biológicamente vivo, y la única forma de identificar el ser está en el esfuerzo de intentar y obrar más allá de los contornos enmarcantes de aquél.

Los dos conceptos -las palabras-que afloran inmmediatamente en el momento revolucionario son "libertad' y "muerte". La primera se convierte en la razón ya del ser ya del no-ser de todo. La acción es ora reclamante ora desembarazante. Hay algo que se quiere hacer y hay alguien o algo que lo impide; por lo tanto, la afirmación del uno requiere la eliminación del otro. La muerte toma un valor sustancial, como de constatación de causa. Aquello que se proclama y se pide es tan importante que lo mejor es poner la vida por precio. La palabra existe; la vida ha de ser entregada. La revolución entonces se produce como el grito último de un hombre antes del instante sacrificial de la existencia; pero, gracias a eso, el hombre, hasta ese momento incomunicado de su prójimo, intenta la comunicación con el resto de los de su especie más allá de la inmediatez práctica tempoespacial. Lo que hay que decir es demasiado importante para fiarlo al momento casual y mutable. El hombre se comunica a los que físicamente pueden oírlo, pero más se comunica a los que intelectual y pasionalmente puedan comprenderlo. La vida ha dejado de ser un fin en sí para ser simplemente el instrumento expresivo de una voluntad conceptual, de una verdad que debe ser alcanzada y que obra como motor en la raíz intencional -motriz-- del hombre.

La revolución entonces deja de ser el hecho particular que ocurre en un lugar y momento peculiarmente aíslable dentro del curso de la humanidad, para ser una pieza conceptual exenta, propuesta a la disposición de cualquier hombre.

Pero hemos intentado un salto derivacional desde una realidad incubada en la persona colectiva de una comunidad hasta su concreción en un hombre individual que tiene que actuar dentro de un contexto particularizado.¿Cómo ocurre esto? Las casuas últimas, las más raigales y profundas, de una revolución, no son evidentes; los pretextos casuales de un desatameinto accional son siempre discutibles y, también, casualemente interpretables. Lo único que tenemos, pues, es el fenómeno que se está produciendo: la proliferación de señales o hechos significativos que llegan a formar una constelación propia, diferenciada del resto del quehacer social, y cuyo impacto en quien la percibe va a suplir todas las demás connotaciones expositivas del orden social al que estábamos acostumbrados. No ha sido un proyecto inficional el cual, partiendo de un punto, crece y se extiende por el cuerpo social, sino que es el cuerpo social el que produce cad vez más manifestaciones, brotadas éstas de puntos perfectamente independientes los unos de los otros, y cuya única vinculación consiste en estar determinados por su pertenecimiento al mismo cuerpo social o nación.

La revolución es, pues, una fenomenología, un conjunto de fenómenos que se hacen manifiestos y que responden a una causa identifictoria común. No se trata de lo que uno o varios hombres intentan desde su particularidad, sino de un fenóomeno compuesto y complejo, que se hace evidente, y que, como la fermentación, llega a cundir por todo el organismo social hasta precipitrarlo. El hombre, como ser individual, no origina la revolución; simplemente ésta se le hace evidente, aunque no necesariamente con claridad y precisión, sino como algo que está pasando, a lo que él siente la compulsión de incorporarse. Es una realidad social que lo suscita, que lo mueve como parte que él es del todo integral, que sobre él obra como una vocación, como una invitación a entrar en el juego.

En un instante, el hombre siente que él es un problema que tiene que ser resuelto con los elementos a su alcance, que son muchos y cambiantes. Pero también descubre que toda su situación se ubica en el marco de una estructura permanente, que la incluye y la permite, sin ser afectada por su particularidad, aportándole sólo modos comunes de encauzar el proceso individual. Pero hay otro instante, en que el hombre siente que su individualidad se aniquila para que se dé en él -el individuo-- el reconocimiento del ser colectivo, de la entidad social a la que se siente pertenecer y de cuyas causas y consecuencias él es el sujeto. El que obra ahora no es sólo él, la persona individual; antes, precisamente por ser él persona, él es la identidad única de la comunidad, y, en consecuencia, ha de sentir y obrar en función de aquélla. Cuando el revolucionario o el antirrevolucionario porclama al "pueblo", la "patria", la "nación", etc., él es todo eso, y se mueve no a la solución de su problema individual -partricular--, sino a la del que él considera el problema colectivo, que ahora es el suyo particular también. La clave de la identidad humana ha vuelto a su origen. No se trata del hombre más la humanidad -que en tiempos de enajenación ésta se convierte en su alteridad--, sino de que hombre individual y comunidad humana -humanidad-son la misma cosa indiferenciadamente. Agente y paciente del drama colectivo, el hombre, en tiempos de revolución, es reasponsable en su conducta particular de la decisión y encauzamiento que incumben al destino colectivo.

He ahí por qué la revolución produce una pléyade generacional, una pluralidad de líderes, de grupos, de vectores sociales, cuyo desarrollo ulterior se produce por el conflicto o combinación de sus líneas de fuerza. No es el caudillo ni el grupo quienes producen la revolución; antes aquéllos son producidos por ésta.

La subversión de esta perspectiva revierte el proceso revolucionario precisamente en lo que no es. Lo pervierte en dirección contraria a lo que en su germen original tendía, y lo convierte en la forzada aplicación de un nuevo complejo convencional, que obra casualmente también según la correlación de los vectores concurrentes en el medio.

En este caso vuelven a extraviarse las nociones de identidad y de responsabilidad colectiva para que aparezca la elemental esquematización del conflicto de particulares, determinándose éste hasta su extrema polarización. La consecuencia de esto puede ser desde el agotamiento del avatar revolucionario, por exhaustez generacional, hasta el ahondamiento de la escisión desintegrante del todo comunitario, especie de mitosos que conduce a la formación de un nuevo ser histórico, por una parte, o a la continuidad consecuente de la conciencia existencial, por otra..

Nunca será demasiada la insistencia en este discurso explicativo del fenómeno, porque su conciencia es la única manera de salir de la alteración conductual que significa el proceso revolucionario y de restaurar la comunidad dentro de un sistema y ritmo de colaboración que le permita proseguir su crecimiento natural, ahora en una nueva y más funcional estructura de la conducta. De lo contrario, como cada parte se atribuye la causalidad de la revolución aunque la conducta y responsabilidad de ninguna de ellas alcance la noción del bien común único por el que se mantiene integrada la comunidad, la pugna zangoloteará a la comunidad entre extremos irreconciliables. Por agotamiento generacional, la comunidad entrará en una especie de inercia habitual, pero las causas que produjeron el trastorno se sumergirán y seguirán obrando, cada vez más fuertemente, hacia el futuro desencadenamiento de las fuerzas en conflicto.

Si el que una revolución sea aplastada por las fuerzas endógenas y exógenas contrarias al bien común lo que hace es internalizar los germenes revolucionarios para su reaparición con mucha más fuerza acumulada en un avatar ulterior, la alienación del proceso por la tergiversación de los conceptos, cosa que permita tomar las causas por consecuencias y viceversa, desconcierta de tal manera al cuerpo social que éste pierde las claves intelectuales para su propio reconocimiento y para el replanteamiento de su problemática. Se da entonces que las fuerzas del ser y del no-ser contienden a ciegas, desviándose hacia los fines exactamente opuestos a los que pretendían conseguir. Así, la conducta del hombre que en principio buscaba la reafirmación en ser comunitario de la persona, --una, a la vez individual y colectiva--, de tal modo se pervierte que obra precisamente contra el el ser de la comunidad, contra el principio por el cual ésta se integra y se constituye en la existencia. Lo que se logra entonces es que la persona individual de tal modo se extravía que rompiendo su vinculación con el ser colectivo se dispare centrífugamente hacia horizontes indefinibles.

El rescate de uno y otro, tanto del ser individual como del colectivo, se remonta a la concienciación universal del hombre y al hallazgo del principio universal por el cual identificar tanto la problemática de su desintegración como de los modos de su posible o imposible recomposición.

Jorge Valls
WNY. NJ. 17 de set. del 03.

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Dos dolorosas notas

Luis Oraa

Hemos recibido, como pedrada de fuego, la noticia de la muerte del Padre Luis Oraa, S.J.. No es para plañirla la muerte del justo, porque lleva buen vuelo, pero sí para sentir el vacío del obrante , del cuarador de llagas en el mundo de los desgarrados; para sentir la exigencia que su huella impone a traves de páramos y selvas; para sentir la soledad de los que se quedan abajo ahora que el ya mira desde arriba.

Hijo de nobles, se dio a la humillación extrema. Lo conocieron en su Euzkadi amado, en Cuba, en Santo Domingo y en la proximidad de cuantos trató. Para él su alma era su arma, y como espada la templó en el fuego y golpes de mandarria, pero ninguna tuvo major filo. En Cuba anduvo por el Colegio de Belén, más antiguo que la Universidad de la Habana, donde si cobijó la blandura del que empieza en la vida fue para exigirle la suprema entereza. Fue expulsado en tiempos… vamos a decir de locuras.

En Santo Domingo, la primada de Cristo en América, bien que supietron de él. A los más pobres entre los pobres los amó, los sirvió, los curó, los enseño, los defendió y les dijo con aliento de fuego que ran gentes, que exitían, que el mundo tenía sentido por ellos, que si los hombres los abandonaban, Dios no lo haría, que los pobres heredarían la tierra. Hambreó su cuerpo, le negó reposo, lo malvistió y lo maceró envigilias y trabajos, pero escribió, enseñó, discutió, mendigó y anduvo de choza en choza, de covacha en covacha buscando a quien necesitaba para quitarse de sí mismo un poco más y darle. Venía a Miami donde y le daban para él lo que luego repartía entgre los que tenían menos. No era la limosna blandengue de los papanatas sino la solidaridad viril del que sabe ser hombre entre los hombres, y siervo de Su Señor en todas partes.

Entre los que sabían pensar se adelantaba. Lo oí hablar de Hostos y de Puerto Rico, discutir con pasió y firme calado los porblemas sociales de mé de un sitio, y el problema social de cualquier parte. Tan claro en su convicción como certero en sus razones. Estas dolorosas Antillas que el tanto amara las llevaba como un cilicio a que lo mordieran siempre para no dormirse.

Leí sus artículos. Lengua sin pelos. Para pelear sin ofender, luchar sin agredir, amar, como el obrero de altos hornos, para fundar.

Volvió a Cuba. Sin preguntar demasiado, sin mirar hacia atrás. Porque allí era más útil. Y fue a formar hombres , él que calzó esa palabra como único escudo. Sé que habló a sus seminaristas como acaso ningún otro les hubiera hablado. Les enseño a estar por encima de sus propias circunstancias. Como los quería el dador del fuego, por encima de las tontas pequeñeces que acabarán pasando, y en busca de lo real que es lo más justo y verdaderamente necesario. Ora creía en la honra del hombre, y al oírlo uno se daba cuenta de eso era lo que en verdad existía.

Me dicen que se murió en Bilbao, por su tierra bienamada. Ahora le hablo porque sé que puede oír. Le digo: Tú sabes. Y él me responde: ¡Anda!

Pepe Cossío

Ahora que ya se ha muerto, puedo hablar de su coraje.

Pasó más de dos años en Seguridad del Estado, por los 62 y 63…. A su juicio fue a verlo quien había estado con él en los momentos más graves. No había habido que correr un papel. No habló. Ni siquiera contó cómo lo habían tratado. Nosotros lo sabíamos.

Era sonriente y sencillo, como lo más puro del Camagüey hermoso. Siguió así, sin rencores ni malas sangres. Haciendo lo que podía.

Cuando lo vi en presidio, sonrió y no quiso hacer el cuento. Ni yo hubiera osado pedírselo.

Luego nos vimos en el exilio. Recuerdo su mirada clara, siempre luminosa, su andar gentil y su hablar sencillo. A veces hablábamos de él. Todos lo respetábamos.

Hermanito, ¡cuánto se nos ha quedado por conversar!

Sabed, hermanos míos, que es dulce dulcísimo hablar de un hombre verdaderamente valiente.

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