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ATENEO
#49
Prohibido
prohibir
Creo
que vale la pena leer los versos de este tango argentino actual
Tango: Prohibido prohibir
Letra y Música: Eladia Blázquez
No se puede prohibir, ni se puede negar
el derecho a vivir, la razón de soñar...
No se puede prohibir, el creer ni el crear,
ni la tierra excluir, ni la luna ocultar...
No se puede prohibir, ni una pisca de amor,
ni se puede eludir que retoñe la flor...
Ni del alma el vibrar, ni del pulso el latir,
ni la vida en su andar... No se puede prohibir.
No se puede prohibir, la elección de pensar
ni se puede impedir, la tormenta en el mar...
No se puede prohibir, que en un vuelo interior
un gorrión al partir, busque un cielo mejor...
No se puede prohibir, el impulso vital,
ni la gota de miel, ni el granito de sal...
Ni las ganas sin par, ni el deseo sin fin
de reir, de llorar, no se puede prohibir.
No se puede prohibir, el color tornasol
de la tarde al morir, en la puesta de sol.
No se puede prohibir, el afán de cantar,
ni el deber de decir lo que no hay que callar...
Sólo el hombre incapaz de entender, de sentir
ha logrado, al final, su grandeza prohibir,
y se niega el sabor y la simple verdad,
de vivir en amor y en total libertad...
Si tuviese el poder de poder decidir...
Dictaría una ley... ¡Es prohibido prohibir!
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Un
hermanito nuestro
Jorge Valls
Es
28 de enero. (De niños íbamos a depositar flores en la escuela ante su busto.
De mozo lo vimos, gesto ceñudo y apesadumbrado, al anochecer, en las entreluces
de la capilla ardiente del viejo presido, allí frente al puerto, como
reclamando algo que teníamos que hacer. Una vez ya de madrugada, en un
cuartucho de exiliado alguien leyó como si fuera un salmo el artículo
"Con los pobres en la tierra", y estábamos cubanos, colombianos,
mejicanos y otros en ese silencio profundo de los hombres que saben que hay algo
que hacer. Otra vez hablé de él para decir lo que él amaba, lo que él
quería que fuera; alguien me dijo que no entendía, y yo sabía que aquél no
quería entender. Viejo ya llegué ante el busto de mármol, en la orilla
occidental del Hudson; sentí pena y remordimiento de mí mismo: ¡había hecho
tan poco! Me acordé de la señora exiliada que todos los años iba con su hija
a ponerle flores a la estatua que muestra su caída en Dos Ríos, allá a la
entrada del Central Park.
Los hombres no podemos estar solos. Dios hizo
que naciéramos hermanos. Así, los que hacen camino, saben siempre de uno que
vino antes, que desbrozó un tramo, que marcó los rumbos y que nos dijo: Sigue.
Cada cual reconoce a su hermano. Unos recuerdan
al que hizo grandes negocios, a quien enterraron con sus arcas llenas de monedas
y otras cosas inservibles. Otros, al que perdió su tiempo restregándose las
carnes, a quien viejo y deshecho enterraron bajo un retratico de cuando era
joven, mientras los gusanos se daban banquete.
Algunos remontamos el acantilado de los que se
enfrentaron al huracán del tiempo y tuvieron la voz tan limpia, tan clara, que
aún resuena. Buscamos su timbre. Reconocemos la palabra que gritó a los
vientos. Recordamos la indefensión y desnudez de su pecho frente a la
inclemencia de todo y de todos. Nos azora la brevedad de su vida y la fecundidad
de su genio, la entereza de su pecho y la exactitud de su perfil en la borrasca.
Porque hemos andado hasta despellejarnos los
pies, nos repugna el parlero de salón que busca halagos o sueldos por su
ingenio. Y nos ofende hasta lo insoportable el que usó de la lengua, que debe
ser sagrada, para tergiversar verdades o predicar al hombre cómo negar su
propia casta.
Fue por esos medios que empezamos a conocer a
los que no resisten la pureza, a quienes molesta la virtud, a quienes la verdad
estorba y el honor quema. Los que no saben, ni han querido saber, de las
palabras sagradas: Dios, Hombre, Patria, ésas que obligan con su solo sonido.
Ésas que hay que decir en voz baja, o ni pronunciarlas, porque la verdad que
mientan está muy próxima.
Yo te digo, hermanito mío, que este hermano
mayor de quien te hablo era amor y lo será siempre. Que si pensó y obro, se
esforzó y hambreó hasta dejar sus huesos en el campo, fue porque amó mucho,
hasta la consagración de su alma, hasta la ofrenda de su inmolación, la
sustancia que yace bajo esas palabras sagradas. Que lo hubiera dado todo -y lo
dio-por que no se las ofendieran, por que no se las negararan, por que se las
amaran como él las amó. ¡Cómo le dolía una mirada aviesa, o una duda
estúpida o un culposo abandono!
Yo te digo que andaba por el mundo sin
cobertura, a que cualquiera pudiera zarpearlo. Que dijo mucho más de lo que se
le recuerda, y nunca tuvo palabra áspera ni para con los que lo desguazaban.
Pero su verbo era de fuego. Y como de fuego,
exigía.
Su verdad era pura y límpida. Resplandecía. Y
aún resplandece y resplandecerá siempre. Id a buscarla, si no os asusta
encontraros con vosotros mismos. Repetidla desde vuestra propia garganta para
que sepáis que era eso lo que queríais decir y no os atrevíais.
Si leéis en el bronce de sus letras y pasáis
indiferentes, tened cuidado, que algo anda mal en vuestra alma.
Nos hace falta un agua clara donde lavar
nuestras almas. Nos hace falta no odiarnos más. No pretender destrozar al
adversario a costa de la madre común. Ni reclamar derechos o exigir deberes si
no son para poder darse más generosamente al amor de todos y por el bien de
todos. No defendáis una felicidad propia si ésta no sirve para la salvación
de los demás. La salvación digo, no la felicidad, que ésta no puede venir
sino por nuestra aspiración a ser perdonados, por nuestra necesidad de amar y
ser amados, por nuestra aspiración de claridad y confianza entre todos y para
con todos.
Os cuento una historia, hermanitos míos. Un
día, antes de partir, él se paró ante su pueblo nosotros, y como flor que se
abre para el sacrificio, dijo "Para Cuba, que sufre, la primera
palabra".
Si no la amamos hasta estar dispuesto a perder
todas las batallas con tal de que ella persista, nada de lo que hayamos hecho o
hagamos vale. Si todas las luchas no son por la salvación del hombre, ¡de
todos los hombres! , más vale no haberlas emprendido.
¿Te acuerdas de su nombre? No tienes que
repetirlo. Ama como él amó.
Y luego, anda.
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Sobre
el Padre Santana
Jorge Valls
Como
golpe de bólido nos llega, por la voz de un amigo, la noticia de la muerte del
Padre Santana. Y una como vergüenza nos invade de pronto el rostro. ¡Cómo no
lo amamos más! ¡Cómo no estuvimos para servirlo, a él que tanto hubo
servido!
Recuerdo que lo fuimos a ver una noche con los
manuscritos de un joven que en Cuba quería hacer algo por la libertad en medio
de la asfixia. Nos lo encontramos como siempre: humilde, atareado, buscando como
servir.
Era su alma tan clara que nunca encontraba culpa
en los demás, y por su misericordia los confiaba a todos al Gran
Misericordioso. Así fui yo a buscarlo una vez, cuando ni podía yo con mi
pecado ni podía ya desprenderme de él. Y el cargó con mi culpa, como el
Señor de ámbos cargo con la culpa de todos. En la angustia, él fue el
sacerdote que ni preguntó ni juzgó; simplemente cubrió con su caridad y su
indefensión lo que en el prójimo había sido flaqueza o sabe Dios qué.
Santana está muerto y yo aún estoy vivo. Recuerdo la última conversación que
tuvimos. Me dijo: Tengo el orgullo y el gozo de haber sido siempre --y así lo
seré para siempre-- sacerdote de Cristo. Sólo el que ha compartido el misterio
sacramental con un hermano sacerdote puede saber lo que es esto: lo que
significa aceptar nuestra humillación de hombres por vivir ya solo de la
misericordia de Dios.
Después lo vi actuar en su parroquia de
entonces, Ntra. Sra. de la Providencia. Darse, darse, darse, infatigablemente,
como si la vida fuera irse dejando moler, como caña para dar azúcar. ¡Y
aquélla locura que nos da a los cubanos de amar a Cuba con delirio, sin saber
nunca cómo verdaderamente podemos hacer por ella, que se convierte en acabar
siendo como el criado de todos los locos, a los que ya ni se les pregunta por su
locura! Tal vez en medio de esta gran zarabanda que es el andar como horda
dispersa, sin guía y sin rumbo, gritándonos los unos a los otros nuestras
ilusiones y nuestras miserias, golpeándonos más que con palos y plomos con
nuestros exabruptos e insensateces, cabeceando como bestias ciegas en la
tormenta sin acertar el paso exacto y sin tocar jamás tierra firme; esto, que
no es ni política ni ideología sino hervidura maloliente de nuestras propias
entrañas y capacidad de ensueño inextinta que ni siquiera se pergeña en
imágen, casi puro grito en medio de la barahúnda de los tambores obsesos, no
tenga más explicación que el clamor-gemido de los esclavos echados en la playa
extraña ante la imagen de la Virgen de Regla, cuyo rostro tiene el color de lo
humillados, y que en sus manos tiene al Sol de la justicia y la misericordia, de
las que estamos desesperadamente ansiosos. Recuerdo cuánto después de la misa
del Padre Santana pensaba en el misterio de la Madre de Dios configurada en la
imagen de la Virgen Negra en andas de los echados a sufrir en tierra extraña,
la que pasea sobre el mar de perpetua incertidumbre, hasta posarse, como gaviota
en el crepúsculo, sobre la arena desde donde se ve, a distancia, entrar el sol
en el agua entre el Morro y la Punta.
Hay cristianos más fáciles, que andan limpios
de ropa y ordenados de maneras, que al menos creen saberse el bien el camino
común de todos los días, pero hay pueblos difíciles, que teniendo al Cristo
lo extravían enloquecidamente, que se batuquean en la sentina del barco como
los negros encadenados, unos a otros odiándose y amándose, inculpándose de la
propia miseria que los vapulea, forcejeando por zafarse sin alcanzarlo, acaso
porque el verdadero mal no nos viene de afuera, sino que nos muerde pecho
adentro, como un engendro monstruoso de nosotros mismos. Hay pueblos, sí, que
tienen mucha necesidad del Cristo, a quienes Dios les da un sacerdote para que
comparta con ellos las miserias, que no pretenda explicarselas sino cubrirlas
con su caridad llevada hasta lo insensate, sin más apoyo real que la fé en uno
que no triunfó sino que fue escupido y crucificado y de quien su propio pueblo,
veinte siglos después, frívolamente reniega.
Esto es lo que se me ocurre horas apenas
después de la noticia de la muerte del Padre Santana. ¡Dios, qué no dijeron
de él! (¡Y yo sé que era bueno y limpio como niguno!) ¡A qué horribles
aprisionamientos espirituales no quisieron someterlo!… (A él, que necesitaba
el aire de libertad para aliviar la carga que cada día los demás aumentábamos
sobre sus hombres.)
Se calló. Se resignó. Como animal manso bajó
la cabeza sin dejar de trabajar nunca, y hasta halló su alegría en esa
esclavitud por la que él mismo había optado. Hasta que se reventó de cáncer,
de esa enfermedad signo de la desarmonía orgánica. Como el Maestro: tomó
sobre sí nuestras enfermedades.
Pueblo a quien él amó, ruega por su alma, para
que su alma, ya hacia la luz, ruegue por el pueblo a quién quiso amar.
Jorge Valls
28 de enero del 2004
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