PARTIDO SOCIAL-REVOLUCIONARIO
DEMOCRÁTICO DE CUBA

DOCUMENTOS - ARCHIVO


No nos equivoquemos
Jorge Valls
Presidente del Comité de Dirección

Esto es un problema entre cubanos

La barahúnda publicitaria de los últimos tiempos bien que denuncia la inoperancia ética del régimen de la Habana, y que se solidariza con la petición de cambios del pueblo cubano, harto éste ya de verticalismo autocrático, de factismo irresponsable, y de asfixia espiritual producida por la negación de las más elementales garantías individuales de la sociedad civilizada.

Masivamente se expresa la simpatía del mundo entero con una lógica proposición generacional que demanda desde la apertura del diálogo público hasta la renovación de la autoridad gobernante. No obstante, por la instrumentación interesada del gran aparataje político, económico y aún ideológico, dominante en este tiempo, se tiende a confundir las condiciones de la realidad para el hombre cubano común, el cual tiene que comprender su específica realidad, y decidir y obrar en ella.

Ni Cuba es el último caso de la "Guerra Fría" --entente ruso-estadounidense para compartir la hegemonía mundial después de la catástrofe que significó la II Guerra Mundial, de la cual salieron vencedoras las dos grandes superpotencias, EE.UU. y U.R.S.S., ni el "problema de Cuba" -recontramanoseada simplificación conceptual- es un diferendo entre los gobiernos de La Habana y de Washington sobre mejores o peores relaciones militares o comerciales, ni hay un concierto de "naciones libres del mundo", ni como necesario desarrollo de un ananké histórico hay que pasar por una conversión del comunismo feroz al capitalismo peor; como peloteros que se cambian de equipo y de uniforme cuando los compran o los venden. Ni hay, por supuesto, un traje mandado a hacer en una sastrería con el cual hay que disfrazarse para caer bien ante el nuevo puestero del mercado.

Esto es un problema entre cubanos, ciudadanos de un país donde, por causas que se remontan ya a muchas generaciones, se ha producido una de las revoluciones más profundas y conmovedoras; donde todos los problemas del hombre han tenido que ser puestos ante la conciencia decisiva de cada quien. El último de los avatares de esa revolución, aún no definida ni acabada, ha tenido, por sus implicaciones en todos los campos, máxima trascendencia y repercusión mundial.

Como quiera que este fenómeno quiera ser percibido y valorado, no podemos negar que ha existido, que en él, de una u otra manera, todos nos hemos visto implicados.

En la lucha de facciones dentro de un pueblo no hay factores neutrales. Cada cual forma, activa o pasivamente, parte del proceso. De él no se escapa ni porque se fugue a otro país. Porque el conflicto está en el alma cubana, y de ella no se desprende el hombre nuestro ni con la muerte. Aún ese deseo de zafarse de la condición de cubano no es otra cosa que un síntoma de la enajenación nacional, así como una causa para formular la problematización de nuestro destino e intentar la reidentificación de nuestro propio ser.

El único sujeto real y necesario de lo que pasa y lo que ha de pasar en Cuba somos nosotros, los cubanos, el pueblo que tiene la obligación de replantearse a sí mismo y de resolverse, de hacer la critica de su realidad y de producir su rectificación. En esto me estoy refiriendo tanto a los que se denominan "del gobierno" como a los que se quieren ubicar en un "antigobierno".

Estas dos posiciones --ficticias en una situación de tal envergadura como la nuestra-- tienen que ser superadas. Hay que pasar por encima de lo que una publicidad interesada --de partes cubana y no cubana-- insiste para medrar con el desgarramiento de nuestra nación y nutrir sus intereses particulares.

Lo único por lo que podemos identificarnos, en una situación como la nuestra, y precisamente en este momento por el que está pasando el mundo, es por nuestra condición de hombres. Lo que por seres humanos no tengamos, por ninguna otra causa lo adquiriremos. Y el único objeto real de nuestro problema, la causa que puede identificarnos y justificarnos, es Cuba, la nación cubana, el conjunto de su territorio, su población, su producción espiritual o material y su continuidad histórica. Esto es como un hijo que ve a su madre en peligro, para quien lo único importante es la salvación de ésta, o como un hombre en riesgo de condenarse, cuya única preocupación está en cómo intentar su salvación.

Así, la causa primera es la existencia de Cuba, de la nación cubana, del estado soberano de la República de Cuba, del pueblo cubano, el cual, después de todo esto, no está compuesto sino de hombres, de hombres iguales a todos los demás hombres, con los mismos derechos y obligaciones sustanciales y universales. No nos salvamos por ser cubanos ni por dejar de serlo, sino por ser hombres y por asumir esa responsabilidad hasta sus últimas consecuencias.

Nadie puede decidir por nosotros, ni sacarnos las castañas del fuego, sino nosotros mismos. Ni nosotros admitimos que nadie decida en nuestro destino. En eso nos va nuestra salvación o condenación.

Hace rato que nadie habla en estos términos. En la jerga común de mercachifles y de gángsteres a la que nos hemos acostumbrado por el rejuego de los intereses particulares, estas palabras, porque inspiran de veras miedo en el alma de los canallas, se pretenden fuera de tiempo y de moda, pero todos saben -sabemos- que representan la única verdad, de la que no nos podemos escapar. O nos portamos como hombres en serio, o no valemos ni la escupida de un camello.

He ahí por qué hay que precisar conceptos y posiciones, antes de que el vértigo de los acontecimientos se precipite, y cada quien pretenda sus justificaciones "casuales" y "prácticas". Lo que toque, afecte, viole o ponga en duda la existencia e integridad de la nación cubana políticamente constituida, el estado libre y soberano de la República de Cuba, o la dignidad de la persona humana -material y espiritualmente hablando--, ha sido, es y será causa de guerra a muerte. Esto sépanlo cubanos y no cubanos. Sabemos bien lo que estamos hablando. No nos olvidemos de lo ocurrido en la antigua Yugoslavia y en otros lugares no menos publicitados por la prensa mundial en los últimos tiempos.

Buscamos la paz. --¡Apasionadamente!-- Y estamos dispuestos a todo sacrificio por la misma. Pero la paz no puede tener otro fundamento que el respeto como a sagrado de la dignidad plena del hombre, y en la dignidad plena del hombre se implica su patria y el papel responsable que él ha de jugar en ella.

No somos ni necios ni inocentes. Demasiado hemos tenido que bregar, sufrir, indagar y reflexionar para que pretendamos ser niños necesitados de que alguien nos guíe, ni salvajes que requerimos del conquistador para que nos fuerce a vivir en las ciudades. Sabemos qué tenemos que hacer, y por qué. Por estar muy seguros de esto, en el momento triunfal del avatar revolucionario en que nos tocó vivir, supimos decidir y determinar nuestra conducta, en función de conceptos y valores que constituyen nuestra fe y nuestra razón de ser, y a los cuales no estamos dispuestos a renunciar ni por el riesgo de nuestras vidas.

Si un día renunciamos a la guerra como método de solución, es porque no podemos someter la verdad --de la que estamos absolutamente seguros-- al azar de quien gane o pierda en el combate. Dos y dos son cuatro, aunque se caigan los cielos y la tierra. No somos escépticos ni relativistas. No jugamos ni con nuestra alma ni con el destino de nuestro pueblo. Nos hemos propuesto ser consecuentes, no con nuestras ideítas particulares, sino con lo que ha sido el espíritu ético integral --y la formación del ser-- de la nación cubana a través de sus distintas generaciones y de los avatares trágicos por los cuales se define nuestra vocación histórica.

Todo se puede discutir --y en todo podemos llegar a una transición-; entiéndase por esto: el paso desde una situación encasquillada hasta la promoción libre de un Nuevo, y cada vez más necesario, horizonte histórico.

No hay ni regreso al pasado, ni triunfo de un bando sobre otro, sino la patria de todos, por la que todos tenemos obligación de esforzarnos, y a la que todos hemos de defender.

El único valor del amor que predicamos está en que no estamos dispuestos a matar por lo que creemos, sino a morir por ello. Porque nuestra sustancia de hombres y la nación a la que pertenecemos --por lo que se identifica nuestra existencia en la tierra-- nos ha precedido y nos sucederá, a pesar de nuestros errores y culpas, pero también por nuestros afanes y esfuerzos.

Jorge Valls. 
Exilio, 12 de octubre del 2003.

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Cuba y el sindicato en el proyecto social-revolucionario

Los social-revolucionarios comprendemos que el sindicato es el tenso enlace de conjunción dialéctica entre el desarrollo económico y el desarrollo social. A través de esta institución el mundo del trabajo, directamente vinculado a la producción y constituido por la base social más amplia, ejerce la función configuradora y centralizante del dinamismo socio-económico, y es capaz de conducir hacia una nueva civilización del trabajo. Esta sería la única base posible de una nueva cultura, desalienada y fundada en una jerarquía del servicio y el mérito.
El sindicato, como expresión organizada y autónoma del mundo del trabajo, ubicado dentro de la estructura del estado, constituiría el fundamento más sólido del carácter democrático que éste último debe tener. Significaría la presencia inmediata y en ejercicio de la base, en el ámbito de deliberación y la decisión de la sociedad. Se evitaría así el desvirtuamiento de la democracia, cuando deviene una pura formalidad jurídica que, por su distanciamiento de la base, deja abierto el paso a las mediaciones, privilegios y presiones desde el medio económico. Esto abre grietas en el orden institucional y pone impedimentos a la movilidad social y a la interpelación orgánica entre los estamentos. En consecuencia, se genera, por una parte, el indiferentismo político, y por otra, el extrañamiento social del ciudadano, el cual, verdaderamente, ha dejado de ser tal, pues ha pasado de sujeto responsable y participante, a objeto que padece el poder, el cual, en consecuencia, se le presenta ahora como una entidad divinizada e irremovible.

Las prácticas disgregantes de algunas formas del capital internacional a veces se conjugan con los privilegios internamente desarrollados, o con la acción de ciertos sectores menos concientizados de los trabajadores, que pretenden considerar el movimiento obrero como una asociación para reclamar beneficios económicos y separarlo de todo protagonismo sociopolítico en cuanto el reordenamiento de la praxis civilizadora.

Los social-revolucionarios comprendemos que hay una relación directa entre la estabilidad social y la participación de las organizaciones sindicales en la dirección y realización de toda política socio-económica. El crecimiento económico se conjuga con la garantía del ejercicio de los derechos sociales, entre los cuales se incluye, por supuesto, la satisfacción de las necesidades vitales del trabajador y su familia, la educación, la salud, etc. Estos, a su vez, no pueden ser conculcados por estructuras, ya capitalistas ya paternalistas, que limiten la libertad y la espontaneidad de la acción comunitaria.

El sindicato ha evolucionado dramáticamente. En Cuba especialmente, tuvo transformaciones muy peculiares, que se han fijado como una proposición histórica. Este claro y definido desarrollo histórico del movimiento obrero proyectaba un programa de genuino sindicalismo social-revolucionario. Cuando el triunfo insurreccional del 1ro. de enero de 1959, el movimiento estaba institucionalmente apto para asumir el rol que le correspondía en un clima de soberanía popular.

Pero a la profunda sacudida social que se produjo al desplomarse la vieja sociedad y darse a la fuga los sostenedores de la corrupta dictadura de Batista, donde la dirigencia obrera estaba públicamente desprestigiada, sucedió una profunda convulsión en el movimiento obrero organizado. Inmediatamente después del X Congreso de la C.T.C. de 1959, se inició la declinación.

El sindicato dejo de ser en Cuba el modo de expresión organizada de los trabajadores, porque la libertad laboral dejó de existir. El derecho de huelga, que había sido plasmado en el Decreto-Ley nº 3 de 1934 y luego consagrado en la constitución de 1940; el de libre sindicalización, y el reconocimiento jurídico de la Confederación de Trabajadores, las Federaciones de Industria y los sindicatos como organismos sociales autónomos, al imponerse la subordinación de los mismo al gobierno y al partido gobernante, fueron conquistas abolidas.

En el XIII Congreso de la C.T.C. de noviembre de 1973, primero, y luego en la Constitución de la República de 1976, decretada por el gobierno, la subordinación se impuso. Lazaro Peña y otros sindicalistas, durante el proceso organizativo, hicieron intentos, aunque pusilánimes, de enfrentamiento. Posteriormente, de forma aún más débil, también lo ensayó Carlos Veiga. Quedó, pues establecido que "los sindicatos son cuerpos autónomos, pero dirigidos y guiados políticamente por el partido, y que deben seguir su política", lo cual era absolutamente contradictorio.

A pesar de las frustraciones que produjo el XIII Congreso, y de la posterior imposición constitucional que convertía la C.T.C. en un aparato burocrático coactivo subordinado por la ley fundamental al Partido Comunista de Cuba -lo cual invalidaba su representatividad y su tradición histórica de más de un siglo-, en las asambleas de los trabajadores se respira una mayor agilidad y creatividad y hay un grado menor de supeditación que en cualquier otra actividad asamblearia del actual régimen. Ahora bien, esto mismo nos ofrece indicios adecuados -conjuntamente con la proyección histórica del movimiento obrero y la necesidad de crear una fuerte estructura social- para avizorar la realización de esa soberanía popular activa por la cual trabajamos los social-revolucionarios.

Estos antecedentes, y la realidad presente, nos hacen llegar a la conclusión de que la institución del sindicato y de sus organismos representativos como entidades apartidistas y autónomas, han de ser el fundamento imprescindible y el nervio protagónico de la estructura social que pretendemos construir, una vez que sea superada la actual situación por un estado social de derecho, cuya legitimidad sea confirmada por una verdadera Asamblea Nacional Constituyente representativa de toda la población.

Sólo a partir del pleno ejercicio de la libertad sindical por parte de los trabajadores podemos plantearnos la estructura del movimiento obrero organizado. Asimismo, contemplamos la función social del sindicato y de sus órganos representativos, a partir de una estructura democrática en la base, que ha de delegar sus funciones en los organismos regionales, sectoriales y nacionales sólo cuando por la naturaleza de las mismas no las pueda realizar directamente.

En el actual régimen se ha establecido una estructura vertical en las "organizaciones de masas", denominación ésta usada en las leyes vigentes bajo la cual se incluye la organización de los trabajadores junto con las de las mujeres, los pioneros, etc., cuya misión es simplemente apoyar acríticamente la teorización y práctica inmediatas del gobierno. Así, pues, la comunidad del trabajo, que debe ser rigurosamente apartidista para poder cumplir su función de representar universalmente a todos los trabajadores, se encuentra, en primer lugar, subordinada al partido gobernante. La organización sindical se inserta, pues, como peón perfectamente servil a las decisiones superiores, a cuya determinación o discusión no ha tenido ningún acceso El sindicalismo social-revolucionario rechaza, con máxima energía, la estructura vertical impuesta al país en las actuales leyes vigentes -entiéndase: tanto el régimen de partido único como la intervención partidista en la organización de los trabajadores.

Los sindicatos, o sus organizaciones representativas, no han de participar en actividades partidistas, No obstante, al igual que todo organismo de la base social, en consecuencia de su interés público, y atendiendo al número de sus representados, podrán ejercer la iniciativa legislativa y nominar candidatos a los cargos electivos. Esto no es un derecho exclusivo de los partidos políticos, ni tampoco un deber público de los organismos en la base social, sino una potestad que debe ser instrumentada..

No es posible un proceso democratizador sin que los organismos de la base social mantengan el diálogo y la interacción permanente, como instrumentos dedicados al quehacer colectivo, con las autoridades que ejercen el gobierno. El reconocimiento de la importancia fundamental de las organizaciones de la base social, y de su necesaria acción protagónica, nos permitirá comprender la permanente renovación que se requiere para la realización de una sociedad cada vez más democrática.

Para que el movimiento sindical cubano sea capaz de realizar la función que le corresponde en el proceso democratizador, el Partido Social- Revolucionario Democrático ha mantenido siempre que es necesario que los obreros permanezcan dentro de las organizaciones sindicales. En ellas han de desplegar la mayor actividad que les permitan las actuales circunstancias. Ha de proclamarse el derecho irrenunciable de concertar convenios colectivos de trabajo, en cada empresa, sin intromisión partidista, para hacer que la legislación sindical vigente -no obstante su ineficacia e insuficiencia- se cumpla en el centro de trabajo. El propósito es que este activismo permita a las organizaciones de los trabajadores estar en condiciones de participar e impulsar una inmediata democratización y de poder ejercer inmediatamente sus funciones, cuando se produjere el transito a un estado social de derecho.

Los social-revolucionarios, siempre abiertos al dialogo, hemos reiterado en muy diversos documentos, actividades de prensa y conversaciones personales la necesidad que todo el pueblo cubano, gobierno y no-gobierno, residente en Cuba o en el extranjero, participen en una amplia discusión por el logro de una democracia popular activa, sustentada en una economía social de mercado y enmarcada en un estado social de derecho.

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Cuba and the labor union in the social-revolutionary project

We the social-revolutionaries understand that the labor union is the tense link of dialectical conjunction between economic development and social development. It is through this institution that the world of labor, directly linked to production and made up of the wider social foundation, exerts the function that configures and centralizes the socioeconomic dynamics. This would be the only possible foundation of a new culture not alienated and based on a hierarchy of service and merit.

The labor union --as an organized and autonomous expression of the world of labor, located within the structure of the State- would constitute the most solid foundation of the democratic character that the State must have.

This creates cracks in the institutional order and puts obstacles to social mobility and to the organic relations between the nation's estates. Consequently, on the one hand, political indifference is generated, as well as the citizen's social estrangement, which, in reality, has ceased as such: He has changed from being the responsible and participating subject to being the suffering object of power which, as a result, is now presented to him as an entity made divine and immovable.

The disintegration practices of some forms of international capital sometimes come together with the privileges developed internally, or with action by certain less conscientious sectors of the workers. These pretend to consider the labor movement as an association to claim economic benefits and take it away from any and all sociopolitical roles in the civilizing praxis.

The social-revolutionaries understand that there is a direct relationship between social stability and the participation of the labor organizations in the direction and performance of all socioeconomic policies. Economic growth goes hand in hand with the guarantee to exercise social rights; included among these are, of course, filling the vital needs of the worker and his family, their education, health, etc. At the same time, these cannot be infringed upon by structures, whether capitalist or paternalist, that limit the freedom and spontaneity of action by the community.

The labor union has evolved dramatically. In Cuba, specially, it underwent very peculiar transformations that had been set as a historical proposal. This clear and defined historical development of the labor movement projected a program of genuine social-revolutionary syndicalism. At the time of the triumph of the insurrection in January 1st, 1959, the labor movement was institutionally capable to assume the role that belonged to it in a climate of popular sovereignty.

However, upon the far reaching social shakeup that occurred at the fall of the old society, and with the escape of the supporters of the corrupt Batista dictatorship, a deep convulsion took place in the organized labor movement whose leadership had lost its prestige publicly. Right after the X Congress of the C.T.C. of 1959, the decline began.

The labor union ceased being the organized means of expression of the worker, for freedom ceased to exist:

- The right to strike, that had become the law through Decree-Law No. 3 of 1934 and was later integrated into the Constitution of 1940.

- The right to unionize freely.

- The legal recognition of the Cuban Workers Confederation (C.T.C.), the industrial federations and the labor unions as autonomous social institutions.

All of labor achievements were abolished as the unions were subordinated to the government.

At the XIII Congress of the C.T.C. in November 1973, by governments degree, first, and later in the 1976 Constitution of the Republic, subordination was imposed. Lazaro Pena and other labor leaders during the organizational process made confrontational but wimpy attempts. Later on, even more weakly so, Carlos Veiga also tried. There thus remained that "the labor unions are autonomous entities, but politically directed and guided by the party, and must follow its policy," which was absolutely contradictory.

In spite of the frustrations stemming from the XIII Congress, and of the later constitutional imposition that converted the C.T.C. into a coercive bureaucratic organization subordinated by the Constitution to the Communist Party of Cuba -which voided its representative condition, and its historical tradition of over a century- at the workers' meetings there is greater agility and creativity, coupled with a lesser degree of subservience than in any other assembly activity of the present regime. However, this in itself offers us adequate hints -together with the historical projection of the labor movement and the need to create a strong social structured-to be able of perceive the creation of active popular sovereignty for which we, the social-revolutionaries, work.

These elements, and the present reality, lead us to conclude that the institution of the labor union and of its representative bodies as nonpartisan and autonomous entities must be the essential foundation and the proactive nerve of the social structure that we intend to build once the present situation is overcome by a lawful social state whose legitimacy be confirmed by a true Constitutional National Assembly representing all the people.

Only by starting with the workers' full exercise of labor union freedoms shall we be able to attempt to structure the organized labor movement. Likewise, we see the social function of the labor union and of its representative bodies starting from a democratic structure at the foundation that shall delegate its functions in the regional, sector and national bodies only when, due to their nature, it cannot perform directly.

Under the present regime, a vertical structure has been set up in the "mass organizations," thus named in the present legislation under which the workers' institution is included together with those of women, "pioneers," etc. Their mission is simply to give uncritical support to the immediate theories and practices of the government. Thus, the workers' community that must be scrupulously nonpartisan to be able perform its function of universally representing all the workers finds itself, firstly, is subordinated to the governing party. The labor union organization is thus inserted, as a perfectly servile pawn, to the decisions passed down from above, having had no access in their discussion and decision-making. The social-revolutionary syndicalism rejects most strongly the vertical structure imposed upon the country through the current laws, that is, both the one-party system and the party intervention in the workers' institution. The labor unions, or their representative bodies, shall not participate in party activities. Nevertheless, they shall be able to exercise legislative initiative and nominate candidates to elective office, as a consequence of their public interest and the size of their membership. This is not an exclusive right of the political parties, nor is it a public duty of the institutions at the foundations of society, but a right that must be put into practice.

A democratizing process is not possible without the institutions at the foundation of society maintaining permanent dialogue and interaction as instruments in the collective work with those in power in the government. Recognition of the fundamental importance of the institutions at the foundation of society, and of its necessary key role and action, shall allow us to understand the permanent renewal required to create a society evermore democratic.

For the Cuban labor movement to be able to carry out its function rightfully in the democratizing process, the Social-Revolutionary Party has always maintained that it is necessary for workers to stay within the labor organizations. They shall be as active as the present circumstances allow. The non-relinquishable right to enter into collective work agreements in each business, without party interference, shall be proclaimed -no matter how inefficiently and insufficiently-- to make current present labor legislation complied with at the workplace. The purpose of this activism is to allow the workers' institutions to carry out their functions immediately when the transition of a social state of law takes place..

The social-revolutionaries, always open to dialogue, have reiterated in very diverse documents, press activities and personal conversations the need for the entire Cuban people, governmental and non-governmental, residing inside Cuba or out, to participate in a wide-ranging discussion for achieving an active popular democracy, sustained in a socially planed economy and framed in a social state of law.

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Mensaje en el aniversario decimoprimero de la fundación del Partido Social-Revolucionario Democrático de Cuba.

"Nos necesitamos para existir".

A los cubanos, dondequiera que se encuentren.

Entre 1952 y la fecha, ya en el 2003, Cuba ha vivido los más profundos trastornos después de su incorporación al proyecto de civilización universal de 1515. Nunca se ha actuado tanto, de tan diversos modos ni desde tantos centro de interés como en las últimas cinco décadas. De tal manera nos hemos removido y desconcertado los un día habitantes de la isla, que las propias imágenes y connotaciones de nuestra identidad y destino a veces no nos son fáciles de reconocer.

El conflicto civil llega a expulsar al exterior casi a la décima parte de la población. Es decir uno de cada diez cubanos ha considerado imposible -e incompatible consigo mismo- su existencia en nuestro territorio; ha sido expelido centrífugamente, ha tenido que asentarse en otras tierras, entre otras comunidades, sin protección alguna del estado cubano, y aún sufrir la agresión de factores políticos contrarios. Lo que un tiempo se mostrara por una feroz beligerancia, derivó después en acendrados rencores y orgullos y en una contraposición ininteligible de proclamas ideológicas.

Hasta lo más elemental para la vida de un pueblo, su mantenimiento económico con acceso de los bienes de consumo más elementales ha sido de tal modo violentado en el país que el hombre común, fuera de su oportunismo casual, inmediato y perentorio, no ve su sostén sino como ocasional e inalcanzable, y siempre de modo insatisfactorio. A tal punto hemos llegado a nuestro propio enredo -puesto esto no se produjo por una invasión exógena sino por una perturbación interna- que el cubano se siente incapaz e indeseoso de abordar el problema de su destino nacional, y opta ora por una sumisión final a un fatalismo invencible ora por la fuga y desprendimiento individual. Ambas actitudes son comunitarias suicidas.

Mientras ocurre eso -lo que se comprueba por el número cada vez más creciente de los que abandonan el país- una parte considerable de la población insiste en que el estado de cosas que vive es óptimo, inmutable y definitivo, que solo así se puede vivir y se desea vivir, y que hay que persistir en defenderlo contra cualquier intento de cambio. Otra, no menos empecinada, no quiere ver sino una condición de absoluta malignidad, que ha de ser barrida, y el país puesto en manos ajenas, a que lo rediseñen según el modelo idealizado de otros medios, casi siempre intraducible a la realidad de nuestro contexto natural e histórico.

En ambos caso la obnubilación sicológica lleva a no ver a Cuba, sino a la imagen artificialmente compuesta de un mal monstruoso que tiene que ser rechazado y del cual hay que huir, o la de un bien no menos irreal, para cuyo acceso Cuba debe resignar su ser histórico y ser convertida, por un poder foráneo, en un mercado ideal multiabastecido, donde toda felicidad será gratuita y mágicamente asequible.

Por el contrario, la Cuba verdadera, la que ha existido, existe y seguirá existiendo, de la que somos y hemos de ser insoslayablemente responsables, es, ha sido y será lo que sus hijos, por su intención y esfuerzo, hayan querido que sea, como lo es cualquier comunidad en la tierra.

El jugar imaginativamente entre lo horrorosamente repudiable y lo ilusamente deseable, conduce a la inacción, a la autoemasculación y, en definitiva, al suicido material o moral. Sobre todo, estorba la percepción sin prejuicios de la realidad y el que nos reconozcamos como la gente necesariamente apta y obligada a hacernos cargo de nuestra situación. Nos desvía de percibir y definir claramente las dos categorías imprescindibles para abordar cualquier problema: 1) ¿qué es lo necesitamos realmente? y 2) ¿cuál es nuestra verdadera posibilidad?

Lo primero de lo que tenemos que darnos cuenta es de que no importa cuán distintas y ferozmente antagónicas parezcan nuestras denominaciones políticas o ideológicas, o nuestros intereses espirituales o materiales, ni cuánto creamos combatirnos los unos a los otros, lo único que no se logrado -ni se logrará jamás- es que dejemos de ser cubanos. Allá o aquí, si hablamos, vivimos y nos comunicamos, o si intentamos, queremos y rechazamos, es sobre Cuba; se lo piensa en la Cuba esencial a la que todos pertenecemos, sin la cual no podemos vivir, y en función de la cual reconocemos nuestro destino y lo compartimos, no importa dónde nos encontremos.

Ya vamos por la quinta década debatiéndonos. No hay partido ni líder ni parcela ideológica que logre juntarnos y conducirnos. Pero todos los partidos, lideres, grupos y marcos ideológicos se identifican por esa única causa: ser cubanos, vivir y obrar por Cuba y para ella, necesitamos los unos a los otros para existir. Así, hablamos o peleamos, pecamos o nos redimimos, todos, en cualquier parte del mundo insoportablemente, como cubanos. Porque eso es lo único que no podemos dejar de ser, aún a pesar nuestro.

Insistimos en una frase anterior: "Nos necesitamos para existir". Nos necesitamos los unos a los otros para tratar de salvarnos de la nada, y para poder encontrar el único bien que acaso pueda satisfacernos.

Esta agonía del ser nos impide, como seres humanos también -y primera e inevitablemente- somos, asumir las más amplias responsabilidades que, por la región en que estamos, la civilización a la que pertenecemos y la humanidad de la que somos parte, nos corresponden.

La generación que tomó, discutió, conquistó y determinó el poder -quien manda y lo que se ha de hacer- esta envejecida, a las puertas de la muerte y de su disolución histórica. La situación del mundo mas allá de nosotros ha cambiado hasta lo irreconocible; nuevas alianzas, en una nueva correlación de fuerzas, forcejean sobre un mapa cambiante. La problemática interna y externa de los cubanos, las edades y perspectivas de los que pueden obrar en ella, y los medios y modos de abordarla, también.

No obstante, el problema no es mayor que nosotros; ni, por supuesto, insoluble. Por el contrario, los proyectos que avizorábamos en los momentos más luminosos de nuestro proceso, quién sabe ahora sea cuando hay mejores condiciones para realizarlos. El mundo se precipita hacia una gran perturbación. Quien sepa dónde va, y no duden, atravesará la tormenta y trazará el camino. Nunca ha sido más necesaria la conciencia y ejercicio de nuestra libertad como hombres; nunca la posibilidad de reorganizar nuestros recursos naturales y de civilización así como nuestro trabajo en función de la independencia económica -individual y nacional- tan apremiante; nunca la obligación de la justicia social y la responsabilidad del común y de todos y cada uno de nosotros, tan imprescindible para encauzar la vida. Nunca nuestra responsabilidad determinante para con Ibero-América, el Caribe, nuestra civilización y el mundo se nos ha exigido tan inmediatamente.

En breve tiempo, acontecimientos internos en nuestro país y externos en el mundo, sin tiempo para consulta previa, pondrán la obligación irrecusable de guiar -señalar un horizonte y desarrollar un método- en las manos de unos cubanos distintos de los que actualmente deciden, con distintos puntos de vista y aún de intereses. Lo que fue el mundo del abuelo, no es, ni puede, el del nieto.

Algunos puntos, pocos pero imprescindibles, hemos de tener bien firmes los cubanos todos, para cuando ese momento.

1. - La existencia de la República de Cuba, el estado cubano único, libre, soberano, independiente y eficiente, y la identidad de todo su pueblo, la nación y su patrimonio nacional, tiene que ser defendido y confirmados. Es lo único que tenemos para existir.

2. - Hay un principio clave que tiene que ser reconocido y respetado y ejercido en todo momento y para todas nuestras opciones: la incolumidad de la persona humana desde el instante de su concepción hasta el de su muerte. Nadie puede ser ignorado, no tomado en cuenta, ni violado en el ejercicio de su persona particular y pública, ni no defendido o abandonado. Esto es determinadamente válido para la evaluación de nuestra conducta, la orientación de nuestra moral, la formulación de nuestras leyes, la dirección de nuestra política, la organización de nuestra economía y la producción de nuestra cultura. Esto obra para con todos y cada uno de nosotros.

3. - El trabajo -el esfuerzo intencional dirigido a la obtención de un fin- es lo único que disponemos, con los recursos que hayamos acumulado en el acervo nacional, y el uso libre y protegido de nuestra voluntad, inteligencia y capacidad de acción, para intentar la solución de nuestros problemas y alcanzar los fines que nos propongamos. En la manera en que justamente organicemos la colaboración de todos y cada uno, y la participación en el producto que de ella resulte, así será nuestra capacidad, no de supervivencia, sino de verdadero y legitimo crecimiento y multiplicación

Estos tres valores, que han marcado lo más noble de nuestra historia, se pueden reconocer por tres simples palabras, y nuestro esfuerzo honrado.

Hará falta un gobierno que se responsabilice por todos y por todos vele, en el que todos confiemos, porque de nuestra propia decisión habrá provenido su autoridad, con el que en justicia comprometamos nuestra colaboración. Esto no puede salir sino de la consulta y aprobación expresa de la población, en pleno y garantizado ejercicio de las libertades públicas y dentro de un orden legal aprobado por todo el país, sin exclusiones y manipulaciones. Esto, en términos prácticos significa: 1) una previa amnistía de todas las contradicciones políticas, 2) el pleno ejercicio de las libertades públicas garantizado por el brazo armado de la República, 3) la suscripción de un pacto común por todos los cubanos, cualesquiera que fueren su historia o su discurso, y 4) la confirmación de una autoridad gobernante dentro de un orden legal, sólo entonces legítima.

Pero para eso hace falta: 1) la conciencia moral de reconocernos los unos a los otros como respetables, 2) trascender el pasado, por doloroso o magnifico que haya sido, y tener el firme propósito de construir un futuro digno de las generaciones sucesoras, que nos redima de errores pecados que todos hemos cometido. Esto no es posible sin libertad,... ni la libertad es posible sin esto.

No neguemos nuestra historia, ni la tergiversemos ni la mitifiquemos. La vida del hombre es un constante discernimiento y opción entre lo cierto y lo falso, el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Podemos equivocarnos y aún haber incurrido en culpa, eso es humano. Pero no nos salvamos si nos empecinamos en nuestros errores y en la soberbia de nuestras maldades. Cuando esto ocurre, la violencia nos arrebata, nos ciega y nos destruimos a nosotros mismos.

No estamos ahora proponiendo un programa para "cuando tomemos el poder". Eso sería ridículo e irrespetuoso para con nosotros mismo. Planteamos la lealtad a unos principios para poder enfrentar cualquier problemática. Pero sí sabemos adónde queremos ir y cómo. Nos hemos pasado todo el tiempo en cómo resolver cada uno de los capítulos de la problemática nacional, regional y mundial, Esta ha sido nuestra primera obligación como hombres libres. Pero sabemos, desde siempre, que no se puede ir a ninguna parte sin la clara conciencia y la colaboración de todos, que no es un caudillo ni partido ni grupo lo que salva y construye, sino el pueblo, al que todos pertenecemos y donde nadie es más ni menos que otro.

Sabemos que nosotros, los cubanos, podemos y tenemos con que. No importa cuán borrascosa sea la noche; el alba está por llegar. Por lo que somos y hemos sido, vamos a ser.

Por el Comité de Dirección del
Partido Social-Revolucionario Democrático de Cuba.

Jorge Valls 
Presidente 
Roberto Simeón
Secretario.

En el exilio, febrero del 2003.

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Construyendo la Paz

La situación general de Cuba y sus alternativas políticas

La política es acción sobre un espacio-tiempo-histórico determinado relativizado por las realidades que la condicionan. Existe una errónea predisposición de partir de la concepción ideal al efecto de modificar la sociedad, en la creencia de que vivir la experiencia de una situación dada permite conocer el fenómeno político, sin comprender que vivir una situación no es en modo alguno conocerla y mucho menos comprenderla.

La nación cubana es un todo, aunque aislemos para su estudio sus componentes -objetivos y subjetivos- que pueden determinar su quehacer social, considerando que los mismos actúan interfiriendo o acelerando el proceso que determina el destino nacional.

En el presente, muchos no comprenden las razones de la presencia histórica de Cuba en América siempre protagónica y su condición geopolítica aún determinante. No es el tema a considerar en este trabajo los factores ingerencistas extranjeros positivos o negativos y la aguda polarización de la sociedad cubana, que hoy carga como en ningún momento de su historia una profunda frustración. El tema es como crear a partir del presente las condiciones para concertar un nuevo pacto nacional.

La frustración y las actitudes extremistas preponderante entre la población cubana agrietan la nación, algunos consideran al actual régimen eterno e inconmovible, otros pretenden hacerlo desaparecer con todos sus componentes. Ambas posiciones no tienen otro corolario que la guerra civil, o quizás que factores extraños se inclinen a sostenerlo por considerarlo por el momento el mal menor.-

La guerra civil no solo ahogaría al pueblo cubano en un baño de sangre, sino que pondría en altísimo riesgo a la nación al facilitar condiciones para propiciar la intervención extranjera, directa en primer término e indirecta después, utilizando a elementos que siempre están prestos en todo país a subordinarse a la potencia hegemónica. Rechazada la guerra civil o cualquier otra situación caótica por el riesgo que conlleva, hemos de coincidir que la primera acción a tomar es la de neutralizar a los que en Cuba y en el exterior obstaculicen o pretendan obstaculizar un proceso de democratización, que es la única alternativa para superar la situación presente..

Sin extendernos en el tema digamos por el momento que democratización no significa en modo alguno imitar o importar estructuras políticas o económicas de otros países que se denominan democracias o se hacen llamar social-demócratas.

Los social-revolucionarios cubanos hemos reiterado que pretendemos reencauzar el proceso de la Revolución Cubana y estamos conscientes que el término de revolución no tiene igual sentido en diferentes latitudes. En el proceso político cubano el término expresa la continuidad del desarrollo del pensamiento político nacional que tiene entre sus más relevantes representativos a Félix Varela, José Martí y Antonio Guiteras.

Si es evidente que la democracia tiene esencialmente una connotación jurídica, el socialismo es esencialmente ético con muy precisos valores individuales y sociales. No se puede identificar a la democracia con una estructura jurídica determinada, si no se tiene el objeto de prostituirla. Es un contrasentido hablar de "centralismo democrático', "democracia autoritaria", "democracia directa" etc. Así mismo, no se puede propiciar el socialismo enmarcándolo en una estructura económica determinada, si no es al objeto de distorsionarlo. "Socialismo" es libertad creadora, para si y para los demás, ya que nadie es plenamente libre mientras todos los demás no lo sean. Dicha libertad aparece en la conciencia del hombre cuando siente la necesidad de la solidaridad de la especie y descubre el trabajo como co-labor-ación.

Al efecto de este preámbulo que consideramos pertinente para dilucidar el próximo futuro de la sociedad cubana, y determinar factores fundamentales que debemos cuidadosamente considerar al objeto de percibir la realidad, los elemento dinamizadores del proceso histórico y como incidir en el mismo nos permitimos proponer un proyecto para construir la paz.

En primer término se requiere un consenso lo más amplio posible para evolucionar del estado de facto que sufre el país por más de medio siglo (10 de marzo de 1952 hasta el presente) hacia un estado de derecho por el que clama el pueblo sin diferencias de posiciones políticas o emocionales. Gobierno de facto es aquel consecuencia de una causal política sin la legitimación que concede la voluntad popular, la cual sólo puede expresarse en una sociedad donde el ejercicio de los derechos políticos y sociales por las personas naturales y sus entidades representativas estén jurídica y socialmente garantizadas. En consecuencia el proceso de la creación del estado de derecho y su legitimidad no pueden lograrse mediante un decreto o decisión de un grupo que ostente el poder. La legitimidad no se establece por decreto ni la democracia tampoco, es producto de un proceso.

Eludir las definición ideológica del estado que tanto abruma al cubano de hoy es un punto de partida esencial. Toda definición establece a priori que la acción u omisión diferente a la "filosofía oficial" crea la autoridad para determinar quiénes son antisociales y heréticos. El "ideologismo del estado" anula la posibilidad del estado social de derecho, el cual se caracteriza porque la interpretación jurídica se circunscribe a garantizar los derechos sociales, políticos e individuales del ciudadano y sus entidades representativas.

Conocemos que, por razones estructurales, los factores externos e internos que inciden en la conformación de la nación no nos permiten contemplar fórmulas similares a la pereztroika y otras modalidades que han sufrido los países que una vez formaron parte del bloque soviético en Europa. Se requiere un diálogo básico en la cúpula del poder y entre los factores comprometidos en una afirmación de la nación y del estado del no-gobierno, que establezca un consenso que ofrezca al gobierno y al no-gobierno la confiabilidad y credibilidad necesaria para proponerlo, iniciarlo y desarrollarlo.

La violencia, en cualquiera de sus modalidades provoca un rechazo de las mentes lucidas por que ello justifica la represión con sus dramáticas consecuencias, y el compromiso de los diferentes estamentos del poder que tratan de mantener el status quo y conlleva consigo graves riesgos para nuestra soberanía por lo que seria inevitable la ingerencia extranjera. Toda otra solución política es válida siempre que no menoscabe o condicione la soberanía nacional o cree condiciones que impidan el ejercicio de los derechos individuales, sociales y políticos del ciudadano.

No obstante lo expresado en Cuba y en el exterior hay quienes, posiblemente con una sana intención, pretenden sustentar un proceso de cambio dentro del ordenamiento legal existente, y en forma no fundamentada plantean la posibilidad de que el actual gobierno, a lo que llaman "legalidad socialista", se modifique por inercia. Lo que afirmamos no es en modo alguno pretender desconocer la legislación y la práctica vigente, imponiendo otra por un grupo dirigente que carezca por su propia naturaleza de legitimidad.

El proceso histórico que hemos de iniciar partiendo del presente, ha de proyectarse por los agentes sociales del cambio al logro del máximo consenso posible desde el primer paso, a la creación de una judicatura autónoma no partidista que este comprometida solamente aplicar la ley conforme a derecho y su interpretación se circunscribe a consagrar los derechos individuales y sociales mediante normas objetivas y procesales claramente establecidas.


Proyección de la sociedad cubana que podemos percibir

En consecuencia de lo expresado sobre el proceso de cambio que muy pronto ha de iniciarse, requiere en forma prioritaria el dialogo necesario entre gobierno y no-gobierno para hacer las modificaciones a la legislación penal y procesal que pueda instrumentar a la judicatura para ejercer sus atribuciones y delimitar sus áreas de competencia. Establecida la autonomía de la judicatura y el ministerio fiscal, el gobierno actuante con la más amplia participación ciudadana posible en mensaje de reconciliación y al efecto de garantizar el ejercicio de los derechos sociales y políticos, hará las modificaciones en el código penal y procesal vigente que es imprescindible.

El actual estado absolutista y represivo está sustentado en el ordenamiento constitucional y en el Código Penal vigente, así como en la falta de garantías procesales que se padece. En consecuencia en este mensaje de reconciliación las partes que compartan el mensaje han de comprometerse a participar en un proceso de no-violencia y de firme apoyo a las normas legales que sancionen severamente la apología o la incitación a la violencia.

Esta primera fase del proceso, para superar la presente situación, ha de culminar en que el gobierno actuante conceda una amplia amnistía política e invite a todos los cubanos residentes en la República o en el exterior comprometidos como cubanos a la participación activa en el mismo. La auto exclusión es asumir una responsabilidad histórica y el proceso no ha se ha de detener por los que lo hagan, ni pueden aceptarse condicionar el mismo y mucho menos a la Asamblea Nacional Constituyente Soberana que creará el pacto nacional. Los partidos no crean al estado de derecho, los partidos y sus funciones han de ser consecuencia de las normativas constitucionales que se establezcan.

En el proceso histórico nacional hay tres instituciones en la base social plenamente reconocidas, y la gran mayoría de activistas sociales de muchas generaciones las han definido como órganos autónomos de derecho público expresión directa de la soberanía nacional. Estas instituciones son el municipio (representativo de la comunidad local), el sindicato (representativo de la comunidad del trabajo) y la universidad (representativo de la comunidad intelectual -profesores, estudiantes y trabajadores de la educación-). En consideración a este consenso histórico de la nación cubana, y la necesidad de fortalecer las bases sociales del país para que puedan dar el soporte social necesario al nuevo pacto social que se ha de establecer mediante la Asamblea Nacional Constituyente Soberana, es necesario institucionalizar previamente estas instituciones.

En consecuencia a lo expresado, es prioritario para el desarrollo del proceso histórico que estamos tímidamente iniciando establecer la autonomía de los municipios, los sindicatos y las universidades como órganos independientes, no partidistas y democráticos de sus respectivas comunidades y que estos puedan establecer sus instituciones representativas a nivel regional y nacional.

Establecida una estructura jurídica que obliga al gobierno y al no gobierno -es decir un estado de derecho- es necesario crear la base social suficiente y eficiente sobre la que pueda sustentarse un estado social derecho y construir la paz, a esos efectos podemos contemplar fórmulas posibles mediante las cual podamos constituirlo: decisiones unilaterales de cambio del gobierno actuante, el plebiscito, asamblea nacional constituyente soberana.

Decisiones unilaterales de cambio del gobierno actuante, proceso que requeriría un largo periodo de tiempo para ganar credibilidad en los diversos sectores nacionales y en sus relaciones internacionales. Esta fórmula no paralizará la frustración creciente del pueblo de Cuba en su presente situación, ni crearía las condiciones necesarias para acuerdos económicos en optimas condiciones y a largo plazo con proyectos económicos que se contemplan como la Anfictionía del Caribe, asociación con el Merco-sur, ampliar las relaciones con la Comunidad Europea o incrementar las recién iniciadas con los Estados Unidos de América.

El plebiscito, fórmula que se ha comentado en el caso cubano es absolutamente inapropiada, ya que en Cuba el tema no es si ésta u otra ley debe implementarse o modificarse, sino es establecer un nuevo pacto social. No es tema a decidir - es dogmática a respetar- si se garantizan los derechos individuales, sociales y políticos de uno u otro sector de la sociedad o de cada ciudadano, y mucho menos si es aceptable o no que nuestro país renuncie a su integridad territorial y soberanía parcial o totalmente.

Un plebiscito es una medida de gobierno para establecer una relación directa con el no-gobierno, y sólo debe usarse para asuntos que no afecten la condición legal de la estructura jurídica o su definición dogmática. Desde un estado de derecho puede emplearse el plebiscito como una forma rápida de dialogo entre el gobierno y el no-gobierno sobre casos particulares de medidas a tomar. Un plebiscito no engendra una democracia. si se pretende se pervierte de origen.

La existencia del estado de derecho en lo real (no sólo en lo formal), el funcionamiento de los órganos representativos de las comunidades en la base social y el clima social imprescindible en que todos los ciudadanos cubanos sin que la posición ideológica y política, presente o pasada, lo limiten o lo cohiban en su participación, o los lleve al ostracismo o a riesgos personales, crean ya las condiciones para conformar el pacto nacional que nuestro sufrido pueblo ansia y tan necesario es para que las nuevas generaciones puedan asumir a plenitud la dirección del país, con las garantías necesarias para que se respete su modo de concebir la sociedad humana y la trascendencia o no de la misma.

La Asamblea Nacional Constituyente Soberana. Es decir asamblea no condicionada a otra cosa que no sea el respeto a la soberanía e integridad nacional y a los derechos individuales y sociales de la persona; requiere en su convocatoria establecer medidas cautelares que impidan que los recursos financieros puedan determinar en el proceso electoral, estos han de proceder de los electores -no de corporaciones o instituciones de gobiernos nacionales o extranjeros- y a ese efecto las contribuciones han de estar estrictamente reguladas y supervisadas para evitar la manipulación publicitaria o estructurar
otros métodos fraudulentos, y en caso de infracción determinar previamente severas sanciones para los electores, sus candidatos, e instituciones que infrinjan la ley.

Se ha de institucionalizar el tribunal superior electoral que rija el proceso electoral a nivel nacional. Este tribunal al integrarse ha de brindar por la respetabilidad de sus integrantes y por las facultades del mismo, las garantías necesarias para que la elección de los delegados respondan realmente a la decisión de sus electores. Ha de determinarse los modos de elección y el número de delegados a elegir, nosotros sugerimos que cada provincia y la comunidad cubana residente en el exterior elija un número de delegados proporcionalmente al número de sus electores.

El gobierno ha de satisfacer las necesidades financieras necesarias para el proceso electoral y funcionamiento de la Asamblea Nacional Constituyente cuando esta fuera constituida, prestar los servicios que el Tribunal demande y poner bajo sus ordenes las autoridades administrativas y policíacas que el mismo requiera.

Concluido el proceso electoral, electos los delegados en forma y modo de que sean representativos de un pueblo no alienado, constituida la Asamblea en ejercicio de su soberanía asumiendo el poder legislativo y constituyente al efecto de concertar el pacto nacional -que es en esencia lo que es la Constitución legítima de un país-, iniciándose una nueva fase del proceso histórico de la República de Cuba.

No pretendemos formular normas rígidas del proceso, hemos solamente intentado exponer nuestra interpretación de la realidad cubana en el presente y conforme a esa percepción plantearnos como superarla.

Nuestro ideal es realizar la sociedad que soñó Martí -con todos y para el bien de todos-, en la cual la Ley primera sea el respeto a la dignidad plena del hombre.

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ENGLISH VERSION

Working for Peace

The Situation in Cuba and Viable Alternative Policies

Policy is an action placed upon a certain space-time-historical moment which is conditioned by reality. There is an erroneous predisposition to attempt to reform society from an idealist conception, based on the belief that living a situation leads one to comprehend the political phenomena. Living a situation does not allow for comprehension.

The Cuban nation is a whole, although we study isolated objective and subjective components which interfere or promote the process that leads to the country's determination.

Currently, many do not comprehend the causes of Cuba's historical presence in Latin America as a protagonist, within its still-relevant geopolitical condition. This is not the moment to analyze foreign intervention, positive or negative, and the profound polarization of Cuban society, which nowadays carries more frustration than any other time in its history. The objective is how to create at the present, the conditions to facilitate a new national contract.

The frustration and extreme attitudes that permeate Cuban society, weaken the nation. Some believe the current regime is eternal and unalterable. Others want it and its components to vanish. Both positions do have a corolary that is not civil war. And others want the status quo, because it might be the lesser of two evils.

Civil war would not only drown the people in a blood bath, but put the nation at great risk of triggering foreign intervention, directly at first and indirectly afterwards by taking advantage of the elements present in all nations that want subordination to the hegemonic power. Having rejected civil war or other chaotic situations, we must agree that the first necessary act is to neutralize elements in Cuba and overseas that attempt to undermine the process of democratization, which is the only viable alternative to change the present situation.

Without delving into details, it is necessary to say that democratization does not mean the importation of political and economic structures from other nations call themselves democracies or social democrats.

The social-revolutionaries have reiterated that we seek to redirect the Cuban revolutionary process y we are well aware that the term "revolution" does not have the same meaning everywhere. In the Cuban political process, "revolution" is the continuity of national political identity via its main thinkers: Felix Varela, Jose Marti and Antonio Guiteras.

If it is evident that democracy has in its essence a judicial connotation, socialism is essentially ethical with specific individual and social values. Democracy cannot be identified with a specific judicial structure, if one does not want to prostitute it. It is a contradiction to talk about "centralized democracy," "direct democracy," "authoritarian democracy," etc.. Furthermore, socialism cannot be defined within a certain economic structure, if the aim is to not distort it. "Socialism" is creative liberty, for itself and for others, because nobody is truly free while others are not. Freedom enters the conscience when humans feel the need of solidarity with their species and discovers work as co-labor.

This preamble is needed to foresee the future of Cuban society and to determine the fundamental factors that we must consider in order to perceive reality and the elements that move history forward.

In the first place, the widest consensus possible is needed to evolve from the de facto state the country has been living under since March 10, 1952, to the state of law which the people clamor. The de facto government is the result of a political motive that lacks the legitimacy which only the people can grant. Popular will can only be expressed in a society which guarantees political rights. Therefore, the creation of a state of law cannot grow from a decree. It is the product of a process.

A critical starting point is to avert the ideological definition of a state which is so cumbersome to today's Cubans. All definitions establish a priori, that an action or omission outside of "official philosophy" generates the authority to determine who is antisocial or a heretic. "State ideology" negates the possibility of a state of law, where political, social and individual rights are guaranteed.

For structural reasons, the nation's internal and external factors do not allow us to contemplate formulas similar to Perestroika and other modes used in former Soviet bloc countries in Europe. What is needed is a basic dialogue in the spheres of power and among the factors that conform the nation and non-government state, which establishes a consensus, which in turns offers the government and non-government the needed trust and credibility to develop it.

Violence, in any form, is rejected by lucid minds and can most likely lead to foreign intervention. All other political solutions are valid as long as they do not undermine national sovereignty or trample on people's political, social and individual rights.

Nevertheless, some people, possibly with good intentions, want to engage in a process of change within the current legal system. Without the proper foundation, they believe in the possibility that the current government, known as "socialist legality," can change by inertia.

We do not purport to disregard current legislation and customs, imposing another group which lacks legitimacy.

The historical process which we must start from the present, ought to be projected by agents of social change to its maximum consensus possible. It must lead to the creation of an autonomous non-partisan judiciary committed to the objective application of the law, while guaranteeing social and individual liberties.


Projection of Cuban society which we can foresee

As a result of what has been said about the process for change which will start soon, a priority is the beginning of a dialogue between the government and non-government in order to reform the penal and procedural code, so the judiciary can proceed with its tasks. Having established judicial autonomy, the acting government, with ample public participation, will implement the necessary reforms to guarantee people's social and political rights.

The current absolutist and repressive state is sustained by the constitutional order, penal code, and lack of due-process guarantees. Consequently, those who share this message of reconciliation must commit to a process of non-violence and firm support of legal norms which severely punish APOLOGIA and the instigation of violence.

In order to overcome the current situation, this first phase must culminate with the government's decision to concede political amnesty and to invite Cubans living in the Republic and overseas to participate. Self-exclusion is the assumption of a historical responsibility and the process will not be detained by those who choose so. Neither the process nor the National Constitutional Assembly can be conditioned. Political parties do not create a state of law. Parties and their functions ought to be the result of established constitutional norms.

In the national historical process there are three amply recognized institutions and the overwhelming majority of social activists have defended them as autonomous organs representing the public's expression of national sovereignty. Those institutions are the municipalities (representing the local community), the labor unions (representing the workers), and the universities (representing the intellectual community). In consideration of this historical consensus, and due to the need to strengthen the nation's social basis to facilitate the Constitutional National Assembly's social contract, these institutions must be institutionalized.

Therefore, municipalities, unions, and universities must be autonomous, non-partisan, and democratic, and able to establish their regional and national institutions.

With an established state of law, a social base is needed to sustain social rights and the construction of peace, for which certain instruments are possible: unilateral reforms by the current government, referendums, and a Sovereign Constitutional Assembly.

The current government's unilateral reforms would take time to enjoy credibility in the country's diverse sectors and in the international community. This formula will not halt the Cuban people's frustration or create the situation needed to establish optimal economic agreements and long-run projects such as the "Anfictionía del Caribe," an association with the Southern Cone Common Market (Mercosur), and tighter relations with the European Union and United States of America.

The referendum as commented in the Cuban case is inappropriate. The issue is not whether to support or amend a certain law, but whether to change the system.

A referendum is a measure by the government to establish a direct relationship with the non-government, and can only be used for matters that do no affect the judicial system's legal condition. In a state of law, this instrument can be used for rapid dialogue between the government and non-government on particular issues. It does not endanger democracy. Otherwise, its origin and aim would be perverted.

The real existence, not only formal, of a state of law, functioning community-based representative organisms, and a climate which facilitates participation of all Cubans regardless of ideology, create the conditions needed for the social contract that our nation desires and which is so necessary for the new generations to lead the country accordingly.

The Sovereign National Constitutional Assembly. It is to be conditioned to nothing else but the respect for sovereignty, national integrity, individual and social rights. It will need to adopt norms to prevent financial resources from controlling the electoral process, which must depend on the people and not corporations or local and foreign governments. Therefore, contributions must be carefully regulated to prevent manipulation. In cases of electoral fraud, severe punishment should be dealt to the responsible parties, whether they be voters, candidates or institutions.

A supreme electoral court must be established to supervise the voting process on a national scale. It must establish measures to guarantee that elected delegates will respond to their electorate. It will establish voting methods and the number of delegates to be voted for. We suggest that each province and community residing overseas to choose a number of delegates proportional to its electorate.

The government must deliver the financial needs to execute the electoral process and guarantee the proper functioning of the National Constitutional Assembly, and deliver the services requested by the Court and supervise administrative and police units.

Having completed the electoral process, with representative delegates in place, with a sovereign Assembly working as the legislature and creating the social contract, which in essence is what the legitimate Constitution stands for, the new historic phase for the Republic of Cuba will have started.

We do not intend to apply rigid norms to the process. We have only exposed our interpretation of present Cuban reality and how to overcome it.

Our ideal is to implement the society dreamed by Marti, with everyone and for the good of everyone, in which the supreme law will be the full dignity of man. 

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