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No
nos equivoquemos
Jorge Valls
Presidente del Comité de Dirección
Esto es un problema
entre cubanos
La
barahúnda publicitaria de los últimos tiempos bien que denuncia la inoperancia
ética del régimen de la Habana, y que se solidariza con la petición de
cambios del pueblo cubano, harto éste ya de verticalismo autocrático, de
factismo irresponsable, y de asfixia espiritual producida por la negación de
las más elementales garantías individuales de la sociedad civilizada.
Masivamente se expresa la simpatía del mundo
entero con una lógica proposición generacional que demanda desde la apertura
del diálogo público hasta la renovación de la autoridad gobernante. No
obstante, por la instrumentación interesada del gran aparataje político,
económico y aún ideológico, dominante en este tiempo, se tiende a confundir
las condiciones de la realidad para el hombre cubano común, el cual tiene que
comprender su específica realidad, y decidir y obrar en ella.
Ni Cuba es el último caso de la "Guerra
Fría" --entente ruso-estadounidense para compartir la hegemonía mundial
después de la catástrofe que significó la II Guerra Mundial, de la cual
salieron vencedoras las dos grandes superpotencias, EE.UU. y U.R.S.S., ni el
"problema de Cuba" -recontramanoseada simplificación conceptual- es
un diferendo entre los gobiernos de La Habana y de Washington sobre mejores o
peores relaciones militares o comerciales, ni hay un concierto de "naciones
libres del mundo", ni como necesario desarrollo de un ananké histórico
hay que pasar por una conversión del comunismo feroz al capitalismo peor; como
peloteros que se cambian de equipo y de uniforme cuando los compran o los
venden. Ni hay, por supuesto, un traje mandado a hacer en una sastrería con el
cual hay que disfrazarse para caer bien ante el nuevo puestero del mercado.
Esto es un problema entre cubanos, ciudadanos de
un país donde, por causas que se remontan ya a muchas generaciones, se ha
producido una de las revoluciones más profundas y conmovedoras; donde todos los
problemas del hombre han tenido que ser puestos ante la conciencia decisiva de
cada quien. El último de los avatares de esa revolución, aún no definida ni
acabada, ha tenido, por sus implicaciones en todos los campos, máxima
trascendencia y repercusión mundial.
Como quiera que este fenómeno quiera ser
percibido y valorado, no podemos negar que ha existido, que en él, de una u
otra manera, todos nos hemos visto implicados.
En la lucha de facciones dentro de un pueblo no
hay factores neutrales. Cada cual forma, activa o pasivamente, parte del
proceso. De él no se escapa ni porque se fugue a otro país. Porque el
conflicto está en el alma cubana, y de ella no se desprende el hombre nuestro
ni con la muerte. Aún ese deseo de zafarse de la condición de cubano no es
otra cosa que un síntoma de la enajenación nacional, así como una causa para
formular la problematización de nuestro destino e intentar la reidentificación
de nuestro propio ser.
El único sujeto real y necesario de lo que pasa
y lo que ha de pasar en Cuba somos nosotros, los cubanos, el pueblo que tiene la
obligación de replantearse a sí mismo y de resolverse, de hacer la critica de
su realidad y de producir su rectificación. En esto me estoy refiriendo tanto a
los que se denominan "del gobierno" como a los que se quieren ubicar
en un "antigobierno".
Estas dos posiciones --ficticias en una
situación de tal envergadura como la nuestra-- tienen que ser superadas. Hay
que pasar por encima de lo que una publicidad interesada --de partes cubana y no
cubana-- insiste para medrar con el desgarramiento de nuestra nación y nutrir
sus intereses particulares.
Lo único por lo que podemos identificarnos, en
una situación como la nuestra, y precisamente en este momento por el que está
pasando el mundo, es por nuestra condición de hombres. Lo que por seres humanos
no tengamos, por ninguna otra causa lo adquiriremos. Y el único objeto real de
nuestro problema, la causa que puede identificarnos y justificarnos, es Cuba, la
nación cubana, el conjunto de su territorio, su población, su producción
espiritual o material y su continuidad histórica. Esto es como un hijo que ve a
su madre en peligro, para quien lo único importante es la salvación de ésta,
o como un hombre en riesgo de condenarse, cuya única preocupación está en
cómo intentar su salvación.
Así, la causa primera es la existencia de Cuba,
de la nación cubana, del estado soberano de la República de Cuba, del pueblo
cubano, el cual, después de todo esto, no está compuesto sino de hombres, de
hombres iguales a todos los demás hombres, con los mismos derechos y
obligaciones sustanciales y universales. No nos salvamos por ser cubanos ni por
dejar de serlo, sino por ser hombres y por asumir esa responsabilidad hasta sus
últimas consecuencias.
Nadie puede decidir por nosotros, ni sacarnos
las castañas del fuego, sino nosotros mismos. Ni nosotros admitimos que nadie
decida en nuestro destino. En eso nos va nuestra salvación o condenación.
Hace rato que nadie habla en estos términos. En
la jerga común de mercachifles y de gángsteres a la que nos hemos acostumbrado
por el rejuego de los intereses particulares, estas palabras, porque inspiran de
veras miedo en el alma de los canallas, se pretenden fuera de tiempo y de moda,
pero todos saben -sabemos- que representan la única verdad, de la que no nos
podemos escapar. O nos portamos como hombres en serio, o no valemos ni la
escupida de un camello.
He ahí por qué hay que precisar conceptos y
posiciones, antes de que el vértigo de los acontecimientos se precipite, y cada
quien pretenda sus justificaciones "casuales" y
"prácticas". Lo que toque, afecte, viole o ponga en duda la
existencia e integridad de la nación cubana políticamente constituida, el
estado libre y soberano de la República de Cuba, o la dignidad de la persona
humana -material y espiritualmente hablando--, ha sido, es y será causa de
guerra a muerte. Esto sépanlo cubanos y no cubanos. Sabemos bien lo que estamos
hablando. No nos olvidemos de lo ocurrido en la antigua Yugoslavia y en otros
lugares no menos publicitados por la prensa mundial en los últimos tiempos.
Buscamos la paz. --¡Apasionadamente!-- Y
estamos dispuestos a todo sacrificio por la misma. Pero la paz no puede tener
otro fundamento que el respeto como a sagrado de la dignidad plena del hombre, y
en la dignidad plena del hombre se implica su patria y el papel responsable que
él ha de jugar en ella.
No somos ni necios ni inocentes. Demasiado hemos
tenido que bregar, sufrir, indagar y reflexionar para que pretendamos ser niños
necesitados de que alguien nos guíe, ni salvajes que requerimos del
conquistador para que nos fuerce a vivir en las ciudades. Sabemos qué tenemos
que hacer, y por qué. Por estar muy seguros de esto, en el momento triunfal del
avatar revolucionario en que nos tocó vivir, supimos decidir y determinar
nuestra conducta, en función de conceptos y valores que constituyen nuestra fe
y nuestra razón de ser, y a los cuales no estamos dispuestos a renunciar ni por
el riesgo de nuestras vidas.
Si un día renunciamos a la guerra como método
de solución, es porque no podemos someter la verdad --de la que estamos
absolutamente seguros-- al azar de quien gane o pierda en el combate. Dos y dos
son cuatro, aunque se caigan los cielos y la tierra. No somos escépticos ni
relativistas. No jugamos ni con nuestra alma ni con el destino de nuestro
pueblo. Nos hemos propuesto ser consecuentes, no con nuestras ideítas
particulares, sino con lo que ha sido el espíritu ético integral --y la
formación del ser-- de la nación cubana a través de sus distintas
generaciones y de los avatares trágicos por los cuales se define nuestra
vocación histórica.
Todo se puede discutir --y en todo podemos
llegar a una transición-; entiéndase por esto: el paso desde una situación
encasquillada hasta la promoción libre de un Nuevo, y cada vez más necesario,
horizonte histórico.
No hay ni regreso al pasado, ni triunfo de un
bando sobre otro, sino la patria de todos, por la que todos tenemos obligación
de esforzarnos, y a la que todos hemos de defender.
El único valor del amor que predicamos está en
que no estamos dispuestos a matar por lo que creemos, sino a morir por ello.
Porque nuestra sustancia de hombres y la nación a la que pertenecemos --por lo
que se identifica nuestra existencia en la tierra-- nos ha precedido y nos
sucederá, a pesar de nuestros errores y culpas, pero también por nuestros
afanes y esfuerzos.
Jorge Valls.
Exilio, 12 de octubre del 2003.
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Cuba
y el sindicato en el proyecto social-revolucionario
Los social-revolucionarios comprendemos que el
sindicato es el tenso enlace de conjunción dialéctica entre el desarrollo
económico y el desarrollo social. A través de esta institución el mundo del
trabajo, directamente vinculado a la producción y constituido por la base
social más amplia, ejerce la función configuradora y centralizante del
dinamismo socio-económico, y es capaz de conducir hacia una nueva civilización
del trabajo. Esta sería la única base posible de una nueva cultura,
desalienada y fundada en una jerarquía del servicio y el mérito.
El sindicato, como expresión organizada y autónoma del mundo del trabajo,
ubicado dentro de la estructura del estado, constituiría el fundamento más
sólido del carácter democrático que éste último debe tener. Significaría
la presencia inmediata y en ejercicio de la base, en el ámbito de deliberación
y la decisión de la sociedad. Se evitaría así el desvirtuamiento de la
democracia, cuando deviene una pura formalidad jurídica que, por su
distanciamiento de la base, deja abierto el paso a las mediaciones, privilegios
y presiones desde el medio económico. Esto abre grietas en el orden
institucional y pone impedimentos a la movilidad social y a la interpelación
orgánica entre los estamentos. En consecuencia, se genera, por una parte, el
indiferentismo político, y por otra, el extrañamiento social del ciudadano, el
cual, verdaderamente, ha dejado de ser tal, pues ha pasado de sujeto responsable
y participante, a objeto que padece el poder, el cual, en consecuencia, se le
presenta ahora como una entidad divinizada e irremovible.
Las prácticas disgregantes de algunas formas
del capital internacional a veces se conjugan con los privilegios internamente
desarrollados, o con la acción de ciertos sectores menos concientizados de los
trabajadores, que pretenden considerar el movimiento obrero como una asociación
para reclamar beneficios económicos y separarlo de todo protagonismo
sociopolítico en cuanto el reordenamiento de la praxis civilizadora.
Los social-revolucionarios comprendemos que hay
una relación directa entre la estabilidad social y la participación de las
organizaciones sindicales en la dirección y realización de toda política
socio-económica. El crecimiento económico se conjuga con la garantía del
ejercicio de los derechos sociales, entre los cuales se incluye, por supuesto,
la satisfacción de las necesidades vitales del trabajador y su familia, la
educación, la salud, etc. Estos, a su vez, no pueden ser conculcados por
estructuras, ya capitalistas ya paternalistas, que limiten la libertad y la
espontaneidad de la acción comunitaria.
El sindicato ha evolucionado dramáticamente. En
Cuba especialmente, tuvo transformaciones muy peculiares, que se han fijado como
una proposición histórica. Este claro y definido desarrollo histórico del
movimiento obrero proyectaba un programa de genuino sindicalismo
social-revolucionario. Cuando el triunfo insurreccional del 1ro. de enero de
1959, el movimiento estaba institucionalmente apto para asumir el rol que le
correspondía en un clima de soberanía popular.
Pero a la profunda sacudida social que se
produjo al desplomarse la vieja sociedad y darse a la fuga los sostenedores de
la corrupta dictadura de Batista, donde la dirigencia obrera estaba
públicamente desprestigiada, sucedió una profunda convulsión en el movimiento
obrero organizado. Inmediatamente después del X Congreso de la C.T.C. de 1959,
se inició la declinación.
El sindicato dejo de ser en Cuba el modo de
expresión organizada de los trabajadores, porque la libertad laboral dejó de
existir. El derecho de huelga, que había sido plasmado en el Decreto-Ley nº 3
de 1934 y luego consagrado en la constitución de 1940; el de libre
sindicalización, y el reconocimiento jurídico de la Confederación de
Trabajadores, las Federaciones de Industria y los sindicatos como organismos
sociales autónomos, al imponerse la subordinación de los mismo al gobierno y
al partido gobernante, fueron conquistas abolidas.
En el XIII Congreso de la C.T.C. de noviembre de
1973, primero, y luego en la Constitución de la República de 1976, decretada
por el gobierno, la subordinación se impuso. Lazaro Peña y otros
sindicalistas, durante el proceso organizativo, hicieron intentos, aunque
pusilánimes, de enfrentamiento. Posteriormente, de forma aún más débil,
también lo ensayó Carlos Veiga. Quedó, pues establecido que "los
sindicatos son cuerpos autónomos, pero dirigidos y guiados políticamente por
el partido, y que deben seguir su política", lo cual era absolutamente
contradictorio.
A pesar de las frustraciones que produjo el XIII
Congreso, y de la posterior imposición constitucional que convertía la C.T.C.
en un aparato burocrático coactivo subordinado por la ley fundamental al
Partido Comunista de Cuba -lo cual invalidaba su representatividad y su
tradición histórica de más de un siglo-, en las asambleas de los trabajadores
se respira una mayor agilidad y creatividad y hay un grado menor de
supeditación que en cualquier otra actividad asamblearia del actual régimen.
Ahora bien, esto mismo nos ofrece indicios adecuados -conjuntamente con la
proyección histórica del movimiento obrero y la necesidad de crear una fuerte
estructura social- para avizorar la realización de esa soberanía popular
activa por la cual trabajamos los social-revolucionarios.
Estos antecedentes, y la realidad presente, nos
hacen llegar a la conclusión de que la institución del sindicato y de sus
organismos representativos como entidades apartidistas y autónomas, han de ser
el fundamento imprescindible y el nervio protagónico de la estructura social
que pretendemos construir, una vez que sea superada la actual situación por un
estado social de derecho, cuya legitimidad sea confirmada por una verdadera
Asamblea Nacional Constituyente representativa de toda la población.
Sólo a partir del pleno ejercicio de la
libertad sindical por parte de los trabajadores podemos plantearnos la
estructura del movimiento obrero organizado. Asimismo, contemplamos la función
social del sindicato y de sus órganos representativos, a partir de una
estructura democrática en la base, que ha de delegar sus funciones en los
organismos regionales, sectoriales y nacionales sólo cuando por la naturaleza
de las mismas no las pueda realizar directamente.
En el actual régimen se ha establecido una
estructura vertical en las "organizaciones de masas", denominación
ésta usada en las leyes vigentes bajo la cual se incluye la organización de
los trabajadores junto con las de las mujeres, los pioneros, etc., cuya misión
es simplemente apoyar acríticamente la teorización y práctica inmediatas del
gobierno. Así, pues, la comunidad del trabajo, que debe ser rigurosamente
apartidista para poder cumplir su función de representar universalmente a todos
los trabajadores, se encuentra, en primer lugar, subordinada al partido
gobernante. La organización sindical se inserta, pues, como peón perfectamente
servil a las decisiones superiores, a cuya determinación o discusión no ha
tenido ningún acceso El sindicalismo social-revolucionario rechaza, con máxima
energía, la estructura vertical impuesta al país en las actuales leyes
vigentes -entiéndase: tanto el régimen de partido único como la intervención
partidista en la organización de los trabajadores.
Los sindicatos, o sus organizaciones
representativas, no han de participar en actividades partidistas, No obstante,
al igual que todo organismo de la base social, en consecuencia de su interés
público, y atendiendo al número de sus representados, podrán ejercer la
iniciativa legislativa y nominar candidatos a los cargos electivos. Esto no es
un derecho exclusivo de los partidos políticos, ni tampoco un deber público de
los organismos en la base social, sino una potestad que debe ser instrumentada..
No es posible un proceso democratizador sin que
los organismos de la base social mantengan el diálogo y la interacción
permanente, como instrumentos dedicados al quehacer colectivo, con las
autoridades que ejercen el gobierno. El reconocimiento de la importancia
fundamental de las organizaciones de la base social, y de su necesaria acción
protagónica, nos permitirá comprender la permanente renovación que se
requiere para la realización de una sociedad cada vez más democrática.
Para que el movimiento sindical cubano sea capaz
de realizar la función que le corresponde en el proceso democratizador, el
Partido Social- Revolucionario Democrático ha mantenido siempre que es
necesario que los obreros permanezcan dentro de las organizaciones sindicales.
En ellas han de desplegar la mayor actividad que les permitan las actuales
circunstancias. Ha de proclamarse el derecho irrenunciable de concertar
convenios colectivos de trabajo, en cada empresa, sin intromisión partidista,
para hacer que la legislación sindical vigente -no obstante su ineficacia e
insuficiencia- se cumpla en el centro de trabajo. El propósito es que este
activismo permita a las organizaciones de los trabajadores estar en condiciones
de participar e impulsar una inmediata democratización y de poder ejercer
inmediatamente sus funciones, cuando se produjere el transito a un estado social
de derecho.
Los social-revolucionarios, siempre abiertos al
dialogo, hemos reiterado en muy diversos documentos, actividades de prensa y
conversaciones personales la necesidad que todo el pueblo cubano, gobierno y
no-gobierno, residente en Cuba o en el extranjero, participen en una amplia
discusión por el logro de una democracia popular activa, sustentada en una
economía social de mercado y enmarcada en un estado social de derecho.
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Cuba
and the labor union in the social-revolutionary project
We the social-revolutionaries
understand that the labor union is the tense link of dialectical conjunction
between economic development and social development. It is through this
institution that the world of labor, directly linked to production and made up
of the wider social foundation, exerts the function that configures and
centralizes the socioeconomic dynamics. This would be the only possible
foundation of a new culture not alienated and based on a hierarchy of service
and merit.
The labor union --as an organized
and autonomous expression of the world of labor, located within the structure of
the State- would constitute the most solid foundation of the democratic
character that the State must have.
This creates cracks in the
institutional order and puts obstacles to social mobility and to the organic
relations between the nation's estates. Consequently, on the one hand, political
indifference is generated, as well as the citizen's social estrangement, which,
in reality, has ceased as such: He has changed from being the responsible and
participating subject to being the suffering object of power which, as a result,
is now presented to him as an entity made divine and immovable.
The disintegration practices of
some forms of international capital sometimes come together with the privileges
developed internally, or with action by certain less conscientious sectors of
the workers. These pretend to consider the labor movement as an association to
claim economic benefits and take it away from any and all sociopolitical roles
in the civilizing praxis.
The social-revolutionaries
understand that there is a direct relationship between social stability and the
participation of the labor organizations in the direction and performance of all
socioeconomic policies. Economic growth goes hand in hand with the guarantee to
exercise social rights; included among these are, of course, filling the vital
needs of the worker and his family, their education, health, etc. At the same
time, these cannot be infringed upon by structures, whether capitalist or
paternalist, that limit the freedom and spontaneity of action by the community.
The labor union has evolved
dramatically. In Cuba, specially, it underwent very peculiar transformations
that had been set as a historical proposal. This clear and defined historical
development of the labor movement projected a program of genuine
social-revolutionary syndicalism. At the time of the triumph of the insurrection
in January 1st, 1959, the labor movement was institutionally capable to assume
the role that belonged to it in a climate of popular sovereignty.
However, upon the far reaching
social shakeup that occurred at the fall of the old society, and with the escape
of the supporters of the corrupt Batista dictatorship, a deep convulsion took
place in the organized labor movement whose leadership had lost its prestige
publicly. Right after the X Congress of the C.T.C. of 1959, the decline began.
The labor union ceased being the
organized means of expression of the worker, for freedom ceased to exist:
- The right to strike, that had
become the law through Decree-Law No. 3 of 1934 and was later integrated into
the Constitution of 1940.
- The right to unionize freely.
- The legal recognition of the
Cuban Workers Confederation (C.T.C.), the industrial federations and the labor
unions as autonomous social institutions.
All of labor achievements were
abolished as the unions were subordinated to the government.
At the XIII Congress of the C.T.C.
in November 1973, by governments degree, first, and later in the 1976
Constitution of the Republic, subordination was imposed. Lazaro Pena and other
labor leaders during the organizational process made confrontational but wimpy
attempts. Later on, even more weakly so, Carlos Veiga also tried. There thus
remained that "the labor unions are autonomous entities, but politically
directed and guided by the party, and must follow its policy," which was
absolutely contradictory.
In spite of the frustrations
stemming from the XIII Congress, and of the later constitutional imposition that
converted the C.T.C. into a coercive bureaucratic organization subordinated by
the Constitution to the Communist Party of Cuba -which voided its representative
condition, and its historical tradition of over a century- at the workers'
meetings there is greater agility and creativity, coupled with a lesser degree
of subservience than in any other assembly activity of the present regime.
However, this in itself offers us adequate hints -together with the historical
projection of the labor movement and the need to create a strong social
structured-to be able of perceive the creation of active popular sovereignty for
which we, the social-revolutionaries, work.
These elements, and the present
reality, lead us to conclude that the institution of the labor union and of its
representative bodies as nonpartisan and autonomous entities must be the
essential foundation and the proactive nerve of the social structure that we
intend to build once the present situation is overcome by a lawful social state
whose legitimacy be confirmed by a true Constitutional National Assembly
representing all the people.
Only by starting with the workers'
full exercise of labor union freedoms shall we be able to attempt to structure
the organized labor movement. Likewise, we see the social function of the labor
union and of its representative bodies starting from a democratic structure at
the foundation that shall delegate its functions in the regional, sector and
national bodies only when, due to their nature, it cannot perform directly.
Under the present regime, a
vertical structure has been set up in the "mass organizations," thus
named in the present legislation under which the workers' institution is
included together with those of women, "pioneers," etc. Their mission
is simply to give uncritical support to the immediate theories and practices of
the government. Thus, the workers' community that must be scrupulously
nonpartisan to be able perform its function of universally representing all the
workers finds itself, firstly, is subordinated to the governing party. The labor
union organization is thus inserted, as a perfectly servile pawn, to the
decisions passed down from above, having had no access in their discussion and
decision-making. The social-revolutionary syndicalism rejects most strongly the
vertical structure imposed upon the country through the current laws, that is,
both the one-party system and the party intervention in the workers'
institution. The labor unions, or their representative bodies, shall not
participate in party activities. Nevertheless, they shall be able to exercise
legislative initiative and nominate candidates to elective office, as a
consequence of their public interest and the size of their membership. This is
not an exclusive right of the political parties, nor is it a public duty of the
institutions at the foundations of society, but a right that must be put into
practice.
A democratizing process is not
possible without the institutions at the foundation of society maintaining
permanent dialogue and interaction as instruments in the collective work with
those in power in the government. Recognition of the fundamental importance of
the institutions at the foundation of society, and of its necessary key role and
action, shall allow us to understand the permanent renewal required to create a
society evermore democratic.
For the Cuban labor movement to be
able to carry out its function rightfully in the democratizing process, the
Social-Revolutionary Party has always maintained that it is necessary for
workers to stay within the labor organizations. They shall be as active as the
present circumstances allow. The non-relinquishable right to enter into
collective work agreements in each business, without party interference, shall
be proclaimed -no matter how inefficiently and insufficiently-- to make current
present labor legislation complied with at the workplace. The purpose of this
activism is to allow the workers' institutions to carry out their functions
immediately when the transition of a social state of law takes place..
The social-revolutionaries, always
open to dialogue, have reiterated in very diverse documents, press activities
and personal conversations the need for the entire Cuban people, governmental
and non-governmental, residing inside Cuba or out, to participate in a
wide-ranging discussion for achieving an active popular democracy, sustained in
a socially planed economy and framed in a social state of law.
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Mensaje
en el aniversario decimoprimero de la fundación del Partido
Social-Revolucionario Democrático de Cuba.
"Nos necesitamos para existir".
A los cubanos, dondequiera que se encuentren.
Entre 1952 y la fecha, ya en el 2003, Cuba ha
vivido los más profundos trastornos después de su incorporación al proyecto
de civilización universal de 1515. Nunca se ha actuado tanto, de tan diversos
modos ni desde tantos centro de interés como en las últimas cinco décadas. De
tal manera nos hemos removido y desconcertado los un día habitantes de la isla,
que las propias imágenes y connotaciones de nuestra identidad y destino a veces
no nos son fáciles de reconocer.
El conflicto civil llega a expulsar al exterior
casi a la décima parte de la población. Es decir uno de cada diez cubanos ha
considerado imposible -e incompatible consigo mismo- su existencia en nuestro
territorio; ha sido expelido centrífugamente, ha tenido que asentarse en otras
tierras, entre otras comunidades, sin protección alguna del estado cubano, y
aún sufrir la agresión de factores políticos contrarios. Lo que un tiempo se
mostrara por una feroz beligerancia, derivó después en acendrados rencores y
orgullos y en una contraposición ininteligible de proclamas ideológicas.
Hasta lo más elemental para la vida de un
pueblo, su mantenimiento económico con acceso de los bienes de consumo más
elementales ha sido de tal modo violentado en el país que el hombre común,
fuera de su oportunismo casual, inmediato y perentorio, no ve su sostén sino
como ocasional e inalcanzable, y siempre de modo insatisfactorio. A tal punto
hemos llegado a nuestro propio enredo -puesto esto no se produjo por una
invasión exógena sino por una perturbación interna- que el cubano se siente
incapaz e indeseoso de abordar el problema de su destino nacional, y opta ora
por una sumisión final a un fatalismo invencible ora por la fuga y
desprendimiento individual. Ambas actitudes son comunitarias suicidas.
Mientras ocurre eso -lo que se comprueba por el
número cada vez más creciente de los que abandonan el país- una parte
considerable de la población insiste en que el estado de cosas que vive es
óptimo, inmutable y definitivo, que solo así se puede vivir y se desea vivir,
y que hay que persistir en defenderlo contra cualquier intento de cambio. Otra,
no menos empecinada, no quiere ver sino una condición de absoluta malignidad,
que ha de ser barrida, y el país puesto en manos ajenas, a que lo rediseñen
según el modelo idealizado de otros medios, casi siempre intraducible a la
realidad de nuestro contexto natural e histórico.
En ambos caso la obnubilación sicológica lleva
a no ver a Cuba, sino a la imagen artificialmente compuesta de un mal monstruoso
que tiene que ser rechazado y del cual hay que huir, o la de un bien no menos
irreal, para cuyo acceso Cuba debe resignar su ser histórico y ser convertida,
por un poder foráneo, en un mercado ideal multiabastecido, donde toda felicidad
será gratuita y mágicamente asequible.
Por el contrario, la Cuba verdadera, la que ha
existido, existe y seguirá existiendo, de la que somos y hemos de ser
insoslayablemente responsables, es, ha sido y será lo que sus hijos, por su
intención y esfuerzo, hayan querido que sea, como lo es cualquier comunidad en
la tierra.
El jugar imaginativamente entre lo
horrorosamente repudiable y lo ilusamente deseable, conduce a la inacción, a la
autoemasculación y, en definitiva, al suicido material o moral. Sobre todo,
estorba la percepción sin prejuicios de la realidad y el que nos reconozcamos
como la gente necesariamente apta y obligada a hacernos cargo de nuestra
situación. Nos desvía de percibir y definir claramente las dos categorías
imprescindibles para abordar cualquier problema: 1) ¿qué es lo necesitamos
realmente? y 2) ¿cuál es nuestra verdadera posibilidad?
Lo primero de lo que tenemos que darnos cuenta
es de que no importa cuán distintas y ferozmente antagónicas parezcan nuestras
denominaciones políticas o ideológicas, o nuestros intereses espirituales o
materiales, ni cuánto creamos combatirnos los unos a los otros, lo único que
no se logrado -ni se logrará jamás- es que dejemos de ser cubanos. Allá o
aquí, si hablamos, vivimos y nos comunicamos, o si intentamos, queremos y
rechazamos, es sobre Cuba; se lo piensa en la Cuba esencial a la que todos
pertenecemos, sin la cual no podemos vivir, y en función de la cual reconocemos
nuestro destino y lo compartimos, no importa dónde nos encontremos.
Ya vamos por la quinta década debatiéndonos.
No hay partido ni líder ni parcela ideológica que logre juntarnos y
conducirnos. Pero todos los partidos, lideres, grupos y marcos ideológicos se
identifican por esa única causa: ser cubanos, vivir y obrar por Cuba y para
ella, necesitamos los unos a los otros para existir. Así, hablamos o peleamos,
pecamos o nos redimimos, todos, en cualquier parte del mundo insoportablemente,
como cubanos. Porque eso es lo único que no podemos dejar de ser, aún a pesar
nuestro.
Insistimos en una frase anterior: "Nos
necesitamos para existir". Nos necesitamos los unos a los otros para tratar
de salvarnos de la nada, y para poder encontrar el único bien que acaso pueda
satisfacernos.
Esta agonía del ser nos impide, como seres
humanos también -y primera e inevitablemente- somos, asumir las más amplias
responsabilidades que, por la región en que estamos, la civilización a la que
pertenecemos y la humanidad de la que somos parte, nos corresponden.
La generación que tomó, discutió, conquistó
y determinó el poder -quien manda y lo que se ha de hacer- esta envejecida, a
las puertas de la muerte y de su disolución histórica. La situación del mundo
mas allá de nosotros ha cambiado hasta lo irreconocible; nuevas alianzas, en
una nueva correlación de fuerzas, forcejean sobre un mapa cambiante. La
problemática interna y externa de los cubanos, las edades y perspectivas de los
que pueden obrar en ella, y los medios y modos de abordarla, también.
No obstante, el problema no es mayor que
nosotros; ni, por supuesto, insoluble. Por el contrario, los proyectos que
avizorábamos en los momentos más luminosos de nuestro proceso, quién sabe
ahora sea cuando hay mejores condiciones para realizarlos. El mundo se precipita
hacia una gran perturbación. Quien sepa dónde va, y no duden, atravesará la
tormenta y trazará el camino. Nunca ha sido más necesaria la conciencia y
ejercicio de nuestra libertad como hombres; nunca la posibilidad de reorganizar
nuestros recursos naturales y de civilización así como nuestro trabajo en
función de la independencia económica -individual y nacional- tan apremiante;
nunca la obligación de la justicia social y la responsabilidad del común y de
todos y cada uno de nosotros, tan imprescindible para encauzar la vida. Nunca
nuestra responsabilidad determinante para con Ibero-América, el Caribe, nuestra
civilización y el mundo se nos ha exigido tan inmediatamente.
En breve tiempo, acontecimientos internos en
nuestro país y externos en el mundo, sin tiempo para consulta previa, pondrán
la obligación irrecusable de guiar -señalar un horizonte y desarrollar un
método- en las manos de unos cubanos distintos de los que actualmente deciden,
con distintos puntos de vista y aún de intereses. Lo que fue el mundo del
abuelo, no es, ni puede, el del nieto.
Algunos puntos, pocos pero imprescindibles,
hemos de tener bien firmes los cubanos todos, para cuando ese momento.
1. - La existencia de la República de Cuba, el
estado cubano único, libre, soberano, independiente y eficiente, y la identidad
de todo su pueblo, la nación y su patrimonio nacional, tiene que ser defendido
y confirmados. Es lo único que tenemos para existir.
2. - Hay un principio clave que tiene que ser
reconocido y respetado y ejercido en todo momento y para todas nuestras
opciones: la incolumidad de la persona humana desde el instante de su
concepción hasta el de su muerte. Nadie puede ser ignorado, no tomado en
cuenta, ni violado en el ejercicio de su persona particular y pública, ni no
defendido o abandonado. Esto es determinadamente válido para la evaluación de
nuestra conducta, la orientación de nuestra moral, la formulación de nuestras
leyes, la dirección de nuestra política, la organización de nuestra economía
y la producción de nuestra cultura. Esto obra para con todos y cada uno de
nosotros.
3. - El trabajo -el esfuerzo intencional
dirigido a la obtención de un fin- es lo único que disponemos, con los
recursos que hayamos acumulado en el acervo nacional, y el uso libre y protegido
de nuestra voluntad, inteligencia y capacidad de acción, para intentar la
solución de nuestros problemas y alcanzar los fines que nos propongamos. En la
manera en que justamente organicemos la colaboración de todos y cada uno, y la
participación en el producto que de ella resulte, así será nuestra capacidad,
no de supervivencia, sino de verdadero y legitimo crecimiento y multiplicación
Estos tres valores, que han marcado lo más
noble de nuestra historia, se pueden reconocer por tres simples palabras, y
nuestro esfuerzo honrado.
Hará falta un gobierno que se responsabilice
por todos y por todos vele, en el que todos confiemos, porque de nuestra propia
decisión habrá provenido su autoridad, con el que en justicia comprometamos
nuestra colaboración. Esto no puede salir sino de la consulta y aprobación
expresa de la población, en pleno y garantizado ejercicio de las libertades
públicas y dentro de un orden legal aprobado por todo el país, sin exclusiones
y manipulaciones. Esto, en términos prácticos significa: 1) una previa
amnistía de todas las contradicciones políticas, 2) el pleno ejercicio de las
libertades públicas garantizado por el brazo armado de la República, 3) la
suscripción de un pacto común por todos los cubanos, cualesquiera que fueren
su historia o su discurso, y 4) la confirmación de una autoridad gobernante
dentro de un orden legal, sólo entonces legítima.
Pero para eso hace falta: 1) la conciencia moral
de reconocernos los unos a los otros como respetables, 2) trascender el pasado,
por doloroso o magnifico que haya sido, y tener el firme propósito de construir
un futuro digno de las generaciones sucesoras, que nos redima de errores pecados
que todos hemos cometido. Esto no es posible sin libertad,... ni la libertad es
posible sin esto.
No neguemos nuestra historia, ni la
tergiversemos ni la mitifiquemos. La vida del hombre es un constante
discernimiento y opción entre lo cierto y lo falso, el bien y el mal, lo justo
y lo injusto. Podemos equivocarnos y aún haber incurrido en culpa, eso es
humano. Pero no nos salvamos si nos empecinamos en nuestros errores y en la
soberbia de nuestras maldades. Cuando esto ocurre, la violencia nos arrebata,
nos ciega y nos destruimos a nosotros mismos.
No estamos ahora proponiendo un programa para
"cuando tomemos el poder". Eso sería ridículo e irrespetuoso para
con nosotros mismo. Planteamos la lealtad a unos principios para poder enfrentar
cualquier problemática. Pero sí sabemos adónde queremos ir y cómo. Nos hemos
pasado todo el tiempo en cómo resolver cada uno de los capítulos de la
problemática nacional, regional y mundial, Esta ha sido nuestra primera
obligación como hombres libres. Pero sabemos, desde siempre, que no se puede ir
a ninguna parte sin la clara conciencia y la colaboración de todos, que no es
un caudillo ni partido ni grupo lo que salva y construye, sino el pueblo, al que
todos pertenecemos y donde nadie es más ni menos que otro.
Sabemos que nosotros, los cubanos, podemos y
tenemos con que. No importa cuán borrascosa sea la noche; el alba está por
llegar. Por lo que somos y hemos sido, vamos a ser.
Por el Comité de Dirección del
Partido Social-Revolucionario Democrático de Cuba.
Jorge Valls
Presidente |
Roberto Simeón
Secretario. |
En el exilio, febrero del 2003.
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Construyendo
la Paz
La situación
general de Cuba y sus alternativas políticas
La política es acción sobre un
espacio-tiempo-histórico determinado relativizado por las realidades que la
condicionan. Existe una errónea predisposición de partir de la concepción
ideal al efecto de modificar la sociedad, en la creencia de que vivir la
experiencia de una situación dada permite conocer el fenómeno político, sin
comprender que vivir una situación no es en modo alguno conocerla y mucho menos
comprenderla.
La nación cubana es un todo, aunque aislemos
para su estudio sus componentes -objetivos y subjetivos- que pueden determinar
su quehacer social, considerando que los mismos actúan interfiriendo o
acelerando el proceso que determina el destino nacional.
En el presente, muchos no comprenden las razones
de la presencia histórica de Cuba en América siempre protagónica y su
condición geopolítica aún determinante. No es el tema a considerar en este
trabajo los factores ingerencistas extranjeros positivos o negativos y la aguda
polarización de la sociedad cubana, que hoy carga como en ningún momento de su
historia una profunda frustración. El tema es como crear a partir del presente
las condiciones para concertar un nuevo pacto nacional.
La frustración y las actitudes extremistas
preponderante entre la población cubana agrietan la nación, algunos consideran
al actual régimen eterno e inconmovible, otros pretenden hacerlo desaparecer
con todos sus componentes. Ambas posiciones no tienen otro corolario que la
guerra civil, o quizás que factores extraños se inclinen a sostenerlo por
considerarlo por el momento el mal menor.-
La guerra civil no solo ahogaría al pueblo
cubano en un baño de sangre, sino que pondría en altísimo riesgo a la nación
al facilitar condiciones para propiciar la intervención extranjera, directa en
primer término e indirecta después, utilizando a elementos que siempre están
prestos en todo país a subordinarse a la potencia hegemónica. Rechazada la
guerra civil o cualquier otra situación caótica por el riesgo que conlleva,
hemos de coincidir que la primera acción a tomar es la de neutralizar a los que
en Cuba y en el exterior obstaculicen o pretendan obstaculizar un proceso de
democratización, que es la única alternativa para superar la situación
presente..
Sin extendernos en el tema digamos por el
momento que democratización no significa en modo alguno imitar o importar
estructuras políticas o económicas de otros países que se denominan
democracias o se hacen llamar social-demócratas.
Los social-revolucionarios cubanos hemos
reiterado que pretendemos reencauzar el proceso de la Revolución Cubana y
estamos conscientes que el término de revolución no tiene igual sentido en
diferentes latitudes. En el proceso político cubano el término expresa la
continuidad del desarrollo del pensamiento político nacional que tiene entre
sus más relevantes representativos a Félix Varela, José Martí y Antonio
Guiteras.
Si es evidente que la democracia tiene
esencialmente una connotación jurídica, el socialismo es esencialmente ético
con muy precisos valores individuales y sociales. No se puede identificar a la
democracia con una estructura jurídica determinada, si no se tiene el objeto de
prostituirla. Es un contrasentido hablar de "centralismo democrático',
"democracia autoritaria", "democracia directa" etc. Así
mismo, no se puede propiciar el socialismo enmarcándolo en una estructura
económica determinada, si no es al objeto de distorsionarlo.
"Socialismo" es libertad creadora, para si y para los demás, ya que
nadie es plenamente libre mientras todos los demás no lo sean. Dicha libertad
aparece en la conciencia del hombre cuando siente la necesidad de la solidaridad
de la especie y descubre el trabajo como co-labor-ación.
Al efecto de este preámbulo que consideramos
pertinente para dilucidar el próximo futuro de la sociedad cubana, y determinar
factores fundamentales que debemos cuidadosamente considerar al objeto de
percibir la realidad, los elemento dinamizadores del proceso histórico y como
incidir en el mismo nos permitimos proponer un proyecto para construir la paz.
En primer término se requiere un consenso lo
más amplio posible para evolucionar del estado de facto que sufre el país por
más de medio siglo (10 de marzo de 1952 hasta el presente) hacia un estado de
derecho por el que clama el pueblo sin diferencias de posiciones políticas o
emocionales. Gobierno de facto es aquel consecuencia de una causal política sin
la legitimación que concede la voluntad popular, la cual sólo puede expresarse
en una sociedad donde el ejercicio de los derechos políticos y sociales por las
personas naturales y sus entidades representativas estén jurídica y
socialmente garantizadas. En consecuencia el proceso de la creación del estado
de derecho y su legitimidad no pueden lograrse mediante un decreto o decisión
de un grupo que ostente el poder. La legitimidad no se establece por decreto ni
la democracia tampoco, es producto de un proceso.
Eludir las definición ideológica del estado
que tanto abruma al cubano de hoy es un punto de partida esencial. Toda
definición establece a priori que la acción u omisión diferente a la
"filosofía oficial" crea la autoridad para determinar quiénes son
antisociales y heréticos. El "ideologismo del estado" anula la
posibilidad del estado social de derecho, el cual se caracteriza porque la
interpretación jurídica se circunscribe a garantizar los derechos sociales,
políticos e individuales del ciudadano y sus entidades representativas.
Conocemos que, por razones estructurales, los
factores externos e internos que inciden en la conformación de la nación no
nos permiten contemplar fórmulas similares a la pereztroika y otras modalidades
que han sufrido los países que una vez formaron parte del bloque soviético en
Europa. Se requiere un diálogo básico en la cúpula del poder y entre los
factores comprometidos en una afirmación de la nación y del estado del
no-gobierno, que establezca un consenso que ofrezca al gobierno y al no-gobierno
la confiabilidad y credibilidad necesaria para proponerlo, iniciarlo y
desarrollarlo.
La violencia, en cualquiera de sus modalidades
provoca un rechazo de las mentes lucidas por que ello justifica la represión
con sus dramáticas consecuencias, y el compromiso de los diferentes estamentos
del poder que tratan de mantener el status quo y conlleva consigo graves riesgos
para nuestra soberanía por lo que seria inevitable la ingerencia extranjera.
Toda otra solución política es válida siempre que no menoscabe o condicione
la soberanía nacional o cree condiciones que impidan el ejercicio de los
derechos individuales, sociales y políticos del ciudadano.
No obstante lo expresado en Cuba y en el
exterior hay quienes, posiblemente con una sana intención, pretenden sustentar
un proceso de cambio dentro del ordenamiento legal existente, y en forma no
fundamentada plantean la posibilidad de que el actual gobierno, a lo que llaman
"legalidad socialista", se modifique por inercia. Lo que afirmamos no
es en modo alguno pretender desconocer la legislación y la práctica vigente,
imponiendo otra por un grupo dirigente que carezca por su propia naturaleza de
legitimidad.
El proceso histórico que hemos de iniciar
partiendo del presente, ha de proyectarse por los agentes sociales del cambio al
logro del máximo consenso posible desde el primer paso, a la creación de una
judicatura autónoma no partidista que este comprometida solamente aplicar la
ley conforme a derecho y su interpretación se circunscribe a consagrar los
derechos individuales y sociales mediante normas objetivas y procesales
claramente establecidas.
Proyección de la sociedad cubana que podemos percibir
En consecuencia de lo expresado sobre el proceso
de cambio que muy pronto ha de iniciarse, requiere en forma prioritaria el
dialogo necesario entre gobierno y no-gobierno para hacer las modificaciones a
la legislación penal y procesal que pueda instrumentar a la judicatura para
ejercer sus atribuciones y delimitar sus áreas de competencia. Establecida la
autonomía de la judicatura y el ministerio fiscal, el gobierno actuante con la
más amplia participación ciudadana posible en mensaje de reconciliación y al
efecto de garantizar el ejercicio de los derechos sociales y políticos, hará
las modificaciones en el código penal y procesal vigente que es imprescindible.
El actual estado absolutista y represivo está
sustentado en el ordenamiento constitucional y en el Código Penal vigente, así
como en la falta de garantías procesales que se padece. En consecuencia en este
mensaje de reconciliación las partes que compartan el mensaje han de
comprometerse a participar en un proceso de no-violencia y de firme apoyo a las
normas legales que sancionen severamente la apología o la incitación a la
violencia.
Esta primera fase del proceso, para superar la
presente situación, ha de culminar en que el gobierno actuante conceda una
amplia amnistía política e invite a todos los cubanos residentes en la
República o en el exterior comprometidos como cubanos a la participación
activa en el mismo. La auto exclusión es asumir una responsabilidad histórica
y el proceso no ha se ha de detener por los que lo hagan, ni pueden aceptarse
condicionar el mismo y mucho menos a la Asamblea Nacional Constituyente Soberana
que creará el pacto nacional. Los partidos no crean al estado de derecho, los
partidos y sus funciones han de ser consecuencia de las normativas
constitucionales que se establezcan.
En el proceso histórico nacional hay tres
instituciones en la base social plenamente reconocidas, y la gran mayoría de
activistas sociales de muchas generaciones las han definido como órganos
autónomos de derecho público expresión directa de la soberanía nacional.
Estas instituciones son el municipio (representativo de la comunidad local), el
sindicato (representativo de la comunidad del trabajo) y la universidad
(representativo de la comunidad intelectual -profesores, estudiantes y
trabajadores de la educación-). En consideración a este consenso histórico de
la nación cubana, y la necesidad de fortalecer las bases sociales del país
para que puedan dar el soporte social necesario al nuevo pacto social que se ha
de establecer mediante la Asamblea Nacional Constituyente Soberana, es necesario
institucionalizar previamente estas instituciones.
En consecuencia a lo expresado, es prioritario
para el desarrollo del proceso histórico que estamos tímidamente iniciando
establecer la autonomía de los municipios, los sindicatos y las universidades
como órganos independientes, no partidistas y democráticos de sus respectivas
comunidades y que estos puedan establecer sus instituciones representativas a
nivel regional y nacional.
Establecida una estructura jurídica que obliga
al gobierno y al no gobierno -es decir un estado de derecho- es necesario crear
la base social suficiente y eficiente sobre la que pueda sustentarse un estado
social derecho y construir la paz, a esos efectos podemos contemplar fórmulas
posibles mediante las cual podamos constituirlo: decisiones unilaterales de
cambio del gobierno actuante, el plebiscito, asamblea nacional constituyente
soberana.
Decisiones unilaterales de cambio del gobierno
actuante, proceso que requeriría un largo periodo de tiempo para ganar
credibilidad en los diversos sectores nacionales y en sus relaciones
internacionales. Esta fórmula no paralizará la frustración creciente del
pueblo de Cuba en su presente situación, ni crearía las condiciones necesarias
para acuerdos económicos en optimas condiciones y a largo plazo con proyectos
económicos que se contemplan como la Anfictionía del Caribe, asociación con
el Merco-sur, ampliar las relaciones con la Comunidad Europea o incrementar las
recién iniciadas con los Estados Unidos de América.
El plebiscito, fórmula que se ha comentado en
el caso cubano es absolutamente inapropiada, ya que en Cuba el tema no es si
ésta u otra ley debe implementarse o modificarse, sino es establecer un nuevo
pacto social. No es tema a decidir - es dogmática a respetar- si se garantizan
los derechos individuales, sociales y políticos de uno u otro sector de la
sociedad o de cada ciudadano, y mucho menos si es aceptable o no que nuestro
país renuncie a su integridad territorial y soberanía parcial o totalmente.
Un plebiscito es una medida de gobierno para
establecer una relación directa con el no-gobierno, y sólo debe usarse para
asuntos que no afecten la condición legal de la estructura jurídica o su
definición dogmática. Desde un estado de derecho puede emplearse el plebiscito
como una forma rápida de dialogo entre el gobierno y el no-gobierno sobre casos
particulares de medidas a tomar. Un plebiscito no engendra una democracia. si se
pretende se pervierte de origen.
La existencia del estado de derecho en lo real
(no sólo en lo formal), el funcionamiento de los órganos representativos de
las comunidades en la base social y el clima social imprescindible en que todos
los ciudadanos cubanos sin que la posición ideológica y política, presente o
pasada, lo limiten o lo cohiban en su participación, o los lleve al ostracismo
o a riesgos personales, crean ya las condiciones para conformar el pacto
nacional que nuestro sufrido pueblo ansia y tan necesario es para que las nuevas
generaciones puedan asumir a plenitud la dirección del país, con las
garantías necesarias para que se respete su modo de concebir la sociedad humana
y la trascendencia o no de la misma.
La Asamblea Nacional Constituyente Soberana. Es
decir asamblea no condicionada a otra cosa que no sea el respeto a la soberanía
e integridad nacional y a los derechos individuales y sociales de la persona;
requiere en su convocatoria establecer medidas cautelares que impidan que los
recursos financieros puedan determinar en el proceso electoral, estos han de
proceder de los electores -no de corporaciones o instituciones de gobiernos
nacionales o extranjeros- y a ese efecto las contribuciones han de estar
estrictamente reguladas y supervisadas para evitar la manipulación publicitaria
o estructurar
otros métodos fraudulentos, y en caso de infracción determinar previamente
severas sanciones para los electores, sus candidatos, e instituciones que
infrinjan la ley.
Se ha de institucionalizar el tribunal superior
electoral que rija el proceso electoral a nivel nacional. Este tribunal al
integrarse ha de brindar por la respetabilidad de sus integrantes y por las
facultades del mismo, las garantías necesarias para que la elección de los
delegados respondan realmente a la decisión de sus electores. Ha de
determinarse los modos de elección y el número de delegados a elegir, nosotros
sugerimos que cada provincia y la comunidad cubana residente en el exterior
elija un número de delegados proporcionalmente al número de sus electores.
El gobierno ha de satisfacer las necesidades
financieras necesarias para el proceso electoral y funcionamiento de la Asamblea
Nacional Constituyente cuando esta fuera constituida, prestar los servicios que
el Tribunal demande y poner bajo sus ordenes las autoridades administrativas y
policíacas que el mismo requiera.
Concluido el proceso electoral, electos los
delegados en forma y modo de que sean representativos de un pueblo no alienado,
constituida la Asamblea en ejercicio de su soberanía asumiendo el poder
legislativo y constituyente al efecto de concertar el pacto nacional -que es en
esencia lo que es la Constitución legítima de un país-, iniciándose una
nueva fase del proceso histórico de la República de Cuba.
No pretendemos formular normas rígidas del
proceso, hemos solamente intentado exponer nuestra interpretación de la
realidad cubana en el presente y conforme a esa percepción plantearnos como
superarla.
Nuestro ideal es realizar la sociedad que soñó
Martí -con todos y para el bien de todos-, en la cual la Ley primera sea el
respeto a la dignidad plena del hombre.
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**********
ENGLISH
VERSION
Working for
Peace
The Situation in Cuba
and Viable Alternative Policies
Policy is an action placed upon a certain
space-time-historical moment which is conditioned by reality. There is an
erroneous predisposition to attempt to reform society from an idealist
conception, based on the belief that living a situation leads one to comprehend
the political phenomena. Living a situation does not allow for comprehension.
The Cuban nation is a whole, although we study
isolated objective and subjective components which interfere or promote the
process that leads to the country's determination.
Currently, many do not comprehend the causes of
Cuba's historical presence in Latin America as a protagonist, within its
still-relevant geopolitical condition. This is not the moment to analyze foreign
intervention, positive or negative, and the profound polarization of Cuban
society, which nowadays carries more frustration than any other time in its
history. The objective is how to create at the present, the conditions to
facilitate a new national contract.
The frustration and extreme attitudes that
permeate Cuban society, weaken the nation. Some believe the current regime is
eternal and unalterable. Others want it and its components to vanish. Both
positions do have a corolary that is not civil war. And others want the status
quo, because it might be the lesser of two evils.
Civil war would not only drown the people in a
blood bath, but put the nation at great risk of triggering foreign intervention,
directly at first and indirectly afterwards by taking advantage of the elements
present in all nations that want subordination to the hegemonic power. Having
rejected civil war or other chaotic situations, we must agree that the first
necessary act is to neutralize elements in Cuba and overseas that attempt to
undermine the process of democratization, which is the only viable alternative
to change the present situation.
Without delving into details, it is necessary to
say that democratization does not mean the importation of political and economic
structures from other nations call themselves democracies or social democrats.
The social-revolutionaries have reiterated that
we seek to redirect the Cuban revolutionary process y we are well aware that the
term "revolution" does not have the same meaning everywhere. In the
Cuban political process, "revolution" is the continuity of national
political identity via its main thinkers: Felix Varela, Jose Marti and Antonio
Guiteras.
If it is evident that democracy has in its
essence a judicial connotation, socialism is essentially ethical with specific
individual and social values. Democracy cannot be identified with a specific
judicial structure, if one does not want to prostitute it. It is a contradiction
to talk about "centralized democracy," "direct democracy,"
"authoritarian democracy," etc.. Furthermore, socialism cannot be
defined within a certain economic structure, if the aim is to not distort it.
"Socialism" is creative liberty, for itself and for others, because
nobody is truly free while others are not. Freedom enters the conscience when
humans feel the need of solidarity with their species and discovers work as
co-labor.
This preamble is needed to foresee the future of
Cuban society and to determine the fundamental factors that we must consider in
order to perceive reality and the elements that move history forward.
In the first place, the widest consensus
possible is needed to evolve from the de facto state the country has been living
under since March 10, 1952, to the state of law which the people clamor. The de
facto government is the result of a political motive that lacks the legitimacy
which only the people can grant. Popular will can only be expressed in a society
which guarantees political rights. Therefore, the creation of a state of law
cannot grow from a decree. It is the product of a process.
A critical starting point is to avert the
ideological definition of a state which is so cumbersome to today's Cubans. All
definitions establish a priori, that an action or omission outside of
"official philosophy" generates the authority to determine who is
antisocial or a heretic. "State ideology" negates the possibility of a
state of law, where political, social and individual rights are guaranteed.
For structural reasons, the nation's internal
and external factors do not allow us to contemplate formulas similar to
Perestroika and other modes used in former Soviet bloc countries in Europe. What
is needed is a basic dialogue in the spheres of power and among the factors that
conform the nation and non-government state, which establishes a consensus,
which in turns offers the government and non-government the needed trust and
credibility to develop it.
Violence, in any form, is rejected by lucid
minds and can most likely lead to foreign intervention. All other political
solutions are valid as long as they do not undermine national sovereignty or
trample on people's political, social and individual rights.
Nevertheless, some people, possibly with good
intentions, want to engage in a process of change within the current legal
system. Without the proper foundation, they believe in the possibility that the
current government, known as "socialist legality," can change by
inertia.
We do not purport to disregard current
legislation and customs, imposing another group which lacks legitimacy.
The historical process which we must start from
the present, ought to be projected by agents of social change to its maximum
consensus possible. It must lead to the creation of an autonomous non-partisan
judiciary committed to the objective application of the law, while guaranteeing
social and individual liberties.
Projection of Cuban society which we can
foresee
As a result of what has been said about the
process for change which will start soon, a priority is the beginning of a
dialogue between the government and non-government in order to reform the penal
and procedural code, so the judiciary can proceed with its tasks. Having
established judicial autonomy, the acting government, with ample public
participation, will implement the necessary reforms to guarantee people's social
and political rights.
The current absolutist and repressive state is
sustained by the constitutional order, penal code, and lack of due-process
guarantees. Consequently, those who share this message of reconciliation must
commit to a process of non-violence and firm support of legal norms which
severely punish APOLOGIA and the instigation of violence.
In order to overcome the current situation, this
first phase must culminate with the government's decision to concede political
amnesty and to invite Cubans living in the Republic and overseas to participate.
Self-exclusion is the assumption of a historical responsibility and the process
will not be detained by those who choose so. Neither the process nor the
National Constitutional Assembly can be conditioned. Political parties do not
create a state of law. Parties and their functions ought to be the result of
established constitutional norms.
In the national historical process there are
three amply recognized institutions and the overwhelming majority of social
activists have defended them as autonomous organs representing the public's
expression of national sovereignty. Those institutions are the municipalities
(representing the local community), the labor unions (representing the workers),
and the universities (representing the intellectual community). In consideration
of this historical consensus, and due to the need to strengthen the nation's
social basis to facilitate the Constitutional National Assembly's social
contract, these institutions must be institutionalized.
Therefore, municipalities, unions, and
universities must be autonomous, non-partisan, and democratic, and able to
establish their regional and national institutions.
With an established state of law, a social base
is needed to sustain social rights and the construction of peace, for which
certain instruments are possible: unilateral reforms by the current government,
referendums, and a Sovereign Constitutional Assembly.
The current government's unilateral reforms
would take time to enjoy credibility in the country's diverse sectors and in the
international community. This formula will not halt the Cuban people's
frustration or create the situation needed to establish optimal economic
agreements and long-run projects such as the "Anfictionía del
Caribe," an association with the Southern Cone Common Market (Mercosur),
and tighter relations with the European Union and United States of America.
The referendum as commented in the Cuban case is
inappropriate. The issue is not whether to support or amend a certain law, but
whether to change the system.
A referendum is a measure by the government to
establish a direct relationship with the non-government, and can only be used
for matters that do no affect the judicial system's legal condition. In a state
of law, this instrument can be used for rapid dialogue between the government
and non-government on particular issues. It does not endanger democracy.
Otherwise, its origin and aim would be perverted.
The real existence, not only formal, of a state
of law, functioning community-based representative organisms, and a climate
which facilitates participation of all Cubans regardless of ideology, create the
conditions needed for the social contract that our nation desires and which is
so necessary for the new generations to lead the country accordingly.
The Sovereign National Constitutional Assembly.
It is to be conditioned to nothing else but the respect for sovereignty,
national integrity, individual and social rights. It will need to adopt norms to
prevent financial resources from controlling the electoral process, which must
depend on the people and not corporations or local and foreign governments.
Therefore, contributions must be carefully regulated to prevent manipulation. In
cases of electoral fraud, severe punishment should be dealt to the responsible
parties, whether they be voters, candidates or institutions.
A supreme electoral court must be established to
supervise the voting process on a national scale. It must establish measures to
guarantee that elected delegates will respond to their electorate. It will
establish voting methods and the number of delegates to be voted for. We suggest
that each province and community residing overseas to choose a number of
delegates proportional to its electorate.
The government must deliver the financial needs
to execute the electoral process and guarantee the proper functioning of the
National Constitutional Assembly, and deliver the services requested by the
Court and supervise administrative and police units.
Having completed the electoral process, with
representative delegates in place, with a sovereign Assembly working as the
legislature and creating the social contract, which in essence is what the
legitimate Constitution stands for, the new historic phase for the Republic of
Cuba will have started.
We do not intend to apply rigid norms to the
process. We have only exposed our interpretation of present Cuban reality and
how to overcome it.
Our ideal is to implement the society dreamed by
Marti, with everyone and for the good of everyone, in which the supreme law will
be the full dignity of man.
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