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De los social-revolucionarios a la nación cubana


Cuba ha vivido durante más de medio siglo un profundísimo proceso de conflictividad interna así como de demolición y construcción de patrones estructurales. A través de estas colisiones e improvisaciones, la nación ha intentado pasar de su condicional semicolonia y subdesarrollada a la instrumentación necesaria para participar eficazmente en las competencias del estado moderno y soberano. Esto, por supuesto, ha desembocado en una problemática distinta, en condiciones especialmente varias. Pero el esfuerzo implementado no puede ser ignorado ni barrido sin riesgo de lesionar fatalmente el alma nacional, que de una forma u otra se empeñara en el mismo.


Si el hecho de cambiar las estructuras temporales, con su violencia produjo el descontento sicológico y el deterioro de la eficiencia práctica de nuestra población, el intento de cambiar de nuevo las estructuras fundamentales seria inasimilable por nuestra población, y nos abismaría en males e incapacidades mayores aún que las presentes. No podemos permitir que nuestro pueblo sea llevado por la violencia y subversividad de los cambios, a dudar de su capacidad para resolver sus problemas y de orientar su destino.


Nuestro pueblo, en principio, no dispone sino de los recursos naturales y de civilización que en las condiciones actuales se hallan en su territorio, y de la capacidad de trabajo que puedan sus hijos desplegar. Nosotros creemos que Cuba tiene recursos suficientes y población específicamente adiestrada para el encauzamiento de su esfuerzo, y que reorganizados adecuadamente, en un clima de paz y confianza. Las deficiencias presentes –más producto de la confusión sicológica que de la carencia de capacidad y medios – son perfectamente superables a muy corto plazo.


En cambio, la enajenación de los recursos y el trastorno sistemático, si pueden traer males catastróficos para el futuro, como el entrampamiento de nuestra propia capacidad de decisión y trabajo. En consecuencia, rechazamos el intento de conversión al liberalismos económico o la pretensión de traspaso de las propiedades cubanas a manos actualmente no comprometidas con el trabajo en las mismas. Una empresa funciona no por quien la posea sino por cómo se administra; según dónde vaya aparar el rendimiento de la misma, así serán las condiciones de las generaciones futuras.


Si nos preocupa especialmente definir jurídicamente, una vez más, las funciones y responsabilidades distintas en el oficio económico, la confusión de las cuales ha conducido al actual entorpecimiento y enajenación, empezando por la empresa y siguiendo por los estamentos gestores –planificador, administrador y trabajador, a saber-, cuya autonomía y exacta delimitación son imprescindibles para la instrumentación de una correcta correlación dialéctica y, como consecuencia de su máxima eficacia.

El país ha vivido, en esta pugna de sus fuerzas internas, una perversa confusión entre la organización de la nación y la facción o partido dominante. Lo que redundado en el deterioro de su tejido institucional y su incapacidad de comprender y plantearse el problemas esencial de la libertad y la autoridad. Antes de que pueda constituirse un desarrollo pluripartidista dentro de un marco institucional fiable, es necesario que en el proceso de cambio hasta tanto se acuerde a plenitud jurídica –estado de derecho- deje sin efecto cualquier actividad o pretensión partidista Tienen que dejar de actuar el partido o los partidos posibles, para que puedan organizarse, sobre la realidad única de la población en su medio, una sistemática nacional.


Por eso consideramos que hay que ir, libremente, antes de cualquier decantación faccional, a la constitución viva de las comunidades básicas –el sindicato, asociaciones comunales, campesinas y cooperativas; las universidades, centros superiores de estudios, casas de la cultura, etc.-, donde realmente puede ejercerse una democracia directamente vinculada a la realidad inmediata. Estas comunidades básicas autónomas, no partidistas han de ser la fuerza dinámica que nos encamine al socialismo,


` Por el momento, la pluralidad de partidos serviría sólo para estimular la competencia rival entre factores y grupos de interés, que con demasiada facilidad se precipitarían en el conflicto civil y ahondarían en la actual desintegración y dispersión nacional.


Si nosotros existimos actualmente como partido, es sólo un pretexto coyuntural, para proponer y defender un sistema de ideas. Pero deseamos disolvernos en el instante mismo en que podamos trabajar por el proceso de cambio que ya el pueblo cubano vislumbra.


Por la misma razón, creemos que no corresponde, en el momento actual la pretensión –por otra parte, poco menos que imposible- de una estrategia y táctica de frente unido de distintas organizaciones, contra un objetivo o en propósito de un un fin, sino por el contrario, el esfuerzo por definir lo más radical y rigurosamente posible una posición que pueda servir de guía intelectual en la comprensión de nuestro problema y en la postulación de un programa razonablemente viable de medidas de solución.



La autoridad política se constituirá siempre – y ésta es la perspectiva del siglo XXI de acuerdo con las condiciones sociales existentes y en función de los valores que el horizonte ideológico proyecte; y el esfuerzo económico se organizará para el mantenimiento de la población.


Lo que se va decidir es la existencia misma de nuestra comunidad nacional y su constitución de entidad histórica suficiente, y con ello la realización o no de un destino nacional que se viene proyectando desde nuestros orígenes. Pero cuya frustración o desviación esencial significaría

la muerte de la comunidad.


Por es no podemos dejar de insistir en la índole iberoamericana de nuestra nación y compromiso con la mancomunidad de naciones del sur de América. Fuera la cual Cuba desaparecería, por contradicción con sus propias esencias espirituales y materiales..


Es obvio que este proceso tiene que realizarse, en uno u otro momento, mediante el encuentro discursivo –que ya de una manera u otra se está dando entre los distintos factores que asumen la responsabilidad nacional.


Esto, en principio, se resume en la noción de que es necesario constituirse en estado de legitimidad y derecho, realidad no alcanzada desde el lamentable quebrantamiento institucional en 1952.


El estado de legitimidad y derecho no consiste jamás en la realización más o menos formal de un recetario formular –constitución, pluripartidismo, elecciones etc.-,


He aquí que lo que llamamos un estado de legitimidad y derecho es, en primer lugar, una confianza mutua entre gobernantes y gobernados entre los que se hallan en la posición superior dominante y la amplia base, a quien toca ejecutar los trabajos y mantener sistemáticamente la continuidad del esfuerzo. Mientras el ciudadano no obedezca la autoridad y las leyes porque crea que eso es lo mejor y más necesario, y este dispuesto a comprometer con ello, no habrá policía ni represión capaz de ordenar la conducta, ni rendirá el hombre sino lo menos que pueda y de la peor manera. Habrá un estado de pugnacidad interna que impedirá la colaboración y desintegrará la comunidad.


Cuba tiene que ir a la constitución de un gobierno cuya autoridad se acate y cuyas disposiciones sean obedecidas por convicción interna, no por miedo, y de una normatividad sobre la cual puedan comprometerse los esfuerzos más allá de la persona que ejerza el poder y de la coyuntura temporal sobre la que éste se establece.


La confianza empieza por creer que ni el otro ni yo vamos agredir, y que, por ende, no somos peligrosos el uno para el otro. Esto se hace praxis mediante la amnistía política general y el ejercicio, de hecho y de derecho, de una tabla de garantías penales, civiles y sociales, que provea la libertad personal.